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Relatos Ardientes

A solas en casa descubrí hasta dónde llega mi deseo

Carmen se marchó el lunes a Valencia, a un curso de enfermería que llevaba meses esperando, y yo no pude acompañarla. Recién vuelta de las vacaciones de verano, pedir días en la oficina es un suicidio en toda regla, así que me quedé en casa con la promesa de que una semana separadas nos vendría bien. Ninguna de las dos es celosa ni controladora. Sabíamos que el reencuentro tendría más hambre, si cabe.

Nadie en el trabajo sabe que, desde mi divorcio de hace un par de años, Carmen y yo somos pareja. Es un secreto que cuidamos con esmero, y quizá por eso el silencio de la casa vacía me supo distinto esa tarde. Decidí desconectar a mi manera: limpieza a fondo, ropa ordenada, ventanas abiertas. La casa parecía una leonera y necesitaba dedicarle horas.

Fue ordenando el armario cuando di con la caja. Una caja de cartón de cuando Carmen se mudó, atada con cinta y olvidada en el rincón más alto. La bajé pensando que serían papeles y, al levantar la tapa, una sonrisa pícara se me dibujó sola.

Dentro había todo un arsenal que yo desconocía: esposas, un par de collares de cuero, dos arneses con sus respectivos accesorios, una fusta, mordazas, cuerdas y varios juguetes anales. Y al fondo, lo que más me llamó la atención: una bomba de succión por vacío.

Así que mi Carmen tenía un pasado bastante más interesante de lo que me había contado.

Me senté en el suelo con la bomba entre las manos, dándole vueltas. Nunca había probado nada parecido. Me daba un respeto enorme por los cinco piercings que llevo en el sexo, sobre todo por el aro del clítoris. Siempre había temido hacerme daño. Pero esa tarde no tenía a nadie que me viera dudar, y la curiosidad pesaba más que el miedo.

—Hoy no voy a ser cobardica —dije en voz alta, sola en mitad del dormitorio.

Preparé lo que iba a necesitar y lo dejé todo a mano sobre la mesilla: lubricante de efecto calor, un par de juguetes y la bomba. Después busqué un buen ángulo y apoyé el móvil contra una pila de libros, con la cámara grabando. Si iba a perderme algo, al menos Carmen vería en diferido todo lo que se estaba perdiendo. Esperaba que no le molestara que hubiera fisgoneado en su caja. Apostaba a que la idea le iba a encantar.

Antes de empezar me quedé un momento mirando el techo, escuchando el silencio del piso. Era raro tener tanto espacio y tanto tiempo para mí sola. En los dos años que llevábamos juntas siempre había sido ella quien marcaba el ritmo, quien me proponía cosas nuevas. Esa tarde, por primera vez, iba a ser yo la que descubriera algo antes que ella. La idea me caldeó por dentro casi tanto como cualquiera de los juguetes que tenía esperando.

***

Lo bueno de medir un metro cincuenta y pesar poco más de cuarenta y siete kilos es que soy extremadamente flexible. Me recosté sobre un almohadón grande, me coloqué bien y abrí las piernas hasta dejar todo expuesto. Voy depilada por completo, así que sabía que la bomba no encontraría obstáculos.

Pero, antes de bajar, quise probar arriba. Tengo el pecho generoso, y siempre me había picado la curiosidad de ver qué hacía el vacío sobre mis pezones. Me empapé el pecho izquierdo de lubricante hasta dejarlo brillante y resbaladizo, ajusté la copa con cuidado para no pillar el piercing, y empecé a bombear.

Primero deprisa, hasta que noté cómo el aire desaparecía y la presión tiraba de mi piel hacia dentro. El pezón se puso rojo enseguida. Seguí un poco más, hasta el punto exacto en que el dolor empezaba a ganarle al cosquilleo, y entonces paré.

No imaginaba que pudiera estirarse y abultarse tanto. Cuando solté la copa, el pezón había quedado enorme, palpitante, con la marca circular de la bomba dibujada alrededor. Todo el pecho me latía. Repetí la operación dos veces más, hasta que el roce más leve de mis propios dedos me hacía estremecerme entera.

Le tocaba al derecho. Para entonces ya empezaba a notarme húmeda sin haberme tocado todavía. Repetí el proceso con la misma paciencia, mirando de reojo cómo quedaban los dos pezones igual de hinchados. Me giré un segundo hacia el espejo del armario y solté una risa: parecía cualquier cosa menos yo.

***

Llegó el momento que de verdad me intimidaba. Me abrí de piernas otra vez y acerqué la bomba a mi sexo. Ya ni siquiera necesité lubricante: llevaba un buen rato mojándome solo de anticipación.

Empecé a succionar despacio. Vi cómo el cristal se iba empañando y cómo mis labios internos afloraban poco a poco, atraídos por el vacío. El coño entero comenzó a latirme, pero sabía que aguantaba más, así que seguí apretando el gatillo para forzar la succión.

El resultado me dejó sin aire. Mis labios completamente hinchados, entremezclados con el brillo metálico de los piercings, y el clítoris, normalmente pequeño, convertido en un botón redondo y abultado que parecía pedir atención a gritos. Repetí la maniobra varias veces más hasta que el más mínimo contacto me arrancaba un estremecimiento, esa mezcla rara y deliciosa de placer y dolor.

Me levanté y me planté delante del espejo. Me quedé impresionada de verdad. Todo mi sexo sobresalía hinchado, ardiente, tan sensible que el simple aire de la habitación me hacía cerrar los muslos. Miré a la cámara y me coloqué para que lo grabara todo, sin dejar ni un rincón fuera de plano, con la cara más lasciva que supe poner.

Esta noche, Carmen, vas a acordarte de mí más que nunca.

Volví a tumbarme, bien abierta, y acerqué dos dedos. Bastó rozarme para que diera un salto sobre el almohadón. No podía creérmelo: lo tenía todo tan expuesto y tan vivo que el menor contacto me empujaba al borde. Me llevé un dedo a la boca, lo mojé bien y empecé a introducirlo despacio. La sensación fue brutal. Pero quería más.

***

Caí en la cuenta de que tenía el culo bastante abandonado. Rebusqué entre los juguetes y elegí uno grueso, de unos cuatro dedos de ancho, lo unté de lubricante y me lo metí poco a poco hasta que entró del todo. Apoyé las nalgas con fuerza contra el colchón para que no se moviera y dejé las manos libres para seguir con el resto.

Otra vez tumbada, las piernas abiertas y el juguete bien sujeto dentro, separé los labios tirando con cuidado de los piercings para abrirme por completo. Las contracciones de mi sexo eran cada vez más intensas, como si el cuerpo me suplicara que le diera algo más grande. Me empapé la mano entera de lubricante y empecé a empujar.

Me daban ganas de llorar, pero el placer era tan profundo que no me detuve. Seguí presionando, milímetro a milímetro, hasta que cedió y la mano entró del todo. Una oleada de orgasmos me recorrió de golpe al sentir y ver mi propia mano dentro de mí. Cualquier movimiento, por leve que fuera, me hacía vibrar, así que empecé a abrir y cerrar el puño despacio, notando cómo todo amenazaba con reventar de placer.

Quise ir un poco más allá. Estiré uno de los dedos buscando llegar lo más adentro posible, presionando hasta que sentí cómo luchaba por colarse contra la entrada de mi cuello del útero. Cuando por fin lo conseguí, el orgasmo fue tan violento que estuve a punto de perder el conocimiento. La habitación se difuminó un instante.

Seguí, metiendo y sacando ese dedo, hasta que, como una cascada que se desborda sin avisar, me corrí con un chorro que dejó la cama empapada. Saqué la mano temblando y me di la vuelta para que el juguete que aún tenía dentro saliera también, y me quedé boca abajo, extenuada, mientras las últimas réplicas del placer me recorrían el cuerpo entero.

***

Tardé un rato en moverme. Cuando recuperé el aliento, me arrastré hasta el móvil para detener la grabación. Antes de cortarla, miré a la cámara, le mandé un beso y susurré que su chica la esperaba en casa, exactamente así de necesitada.

Revisé el vídeo entera, todavía desnuda y con el cuerpo latiendo. No me reconocía y a la vez nunca me había sentido tan yo. Lo guardé para enviárselo esa noche, cuando supiera que Carmen estaba sola en su habitación de hotel y pudiera disfrutarlo sin prisa.

Recogí la caja sin cerrarla del todo. Algo me decía que íbamos a vaciarla pronto, los dos arneses y la fusta incluidos. Me imaginé su cara cuando le contara que había estrenado yo sola la bomba de vacío, esa que ella ni siquiera me había enseñado. Sin duda, cuando Carmen volviera, tendríamos que probar juntas todo aquel arsenal, una pieza cada noche si hacía falta.

Cambié las sábanas, que habían quedado para tirar, y abrí del todo la ventana para que entrara el aire de la tarde. El cuerpo me pesaba de esa manera tan agradable que solo deja un buen orgasmo, ese cansancio satisfecho que te deja flotando. Me serví un vaso de agua y me senté un rato en el borde de la cama, todavía sonriendo, repasando mentalmente cada momento del vídeo.

Me metí en la ducha sonriendo. A veces, pensé, está bien quedarse a solas y descubrir de lo que una es capaz. La semana acababa de empezar y ya prometía mucho más de lo que había imaginado.

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Comentarios (5)

CuriosaYoli

increible!! me quede pegada leyendo sin darme cuenta de como pasaba el tiempo

Mora_sf

Por favor seguí con esto, quede con muchas ganas de mas!

Valentina_23

me encanto como lo contaste, se siente real y cercano. Sigue asi!

NocheLibre_07

jajaja lo de grabar con el movil me mato, que ocurrencia. tremendo

SandraM_lee

excelente!!!

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