La noche en que me vengué sin planearlo
La noche en que descubrí que Rodrigo me engañaba fue también la noche en que descubrí algo sobre mí misma.
No hubo escena. No grité, no lloré en su cara, no tiré nada al suelo. Los vi juntos en el café de la esquina donde él siempre decía que se quedaba a trabajar hasta tarde, sentados frente a frente, con esa familiaridad que no se finge. Ella era mayor que yo. Reían. Él tenía la mano sobre la suya encima de la mesa. Me quedé paralizada en la acera unos tres segundos, los suficientes para entenderlo todo, y luego me di la vuelta y me fui.
Bajé al metro sin recordar haber bajado las escaleras. Salí dos estaciones después sin saber por qué. Y empecé a caminar.
Era tarde. Pasada la medianoche, las calles del centro ya estaban casi vacías. Solo unos pocos borrachos, algún taxi solitario, las persianas metálicas bajadas sobre los comercios. Caminaba deprisa, como si tuviera a dónde ir, aunque no tenía ningún sitio. La rabia era más grande que el dolor, y eso me sorprendió. No quería llorar. Quería hacer algo, aunque no sabía qué.
Mi mente daba vueltas en bucle: Rodrigo, la mano de ella, la sonrisa de él. Dos años. Dos años de fines de semana y planes compartidos y la sensación de que aquello era sólido. Caminé sin pensar en la dirección y en algún momento tomé una calle que no reconocí.
Las farolas aquí eran más amarillas, más escasas. Había cantinas con las puertas abiertas, música lenta derramándose sobre la acera, hombres agrupados en las entradas fumando y bebiendo con la parsimonia de quien no tiene prisa. Me miraron pasar. Alguien silbó. Otro dijo, con la voz espesa de alcohol, que qué culo tenía y que se me notaba lo bien follada que estaba, y algo se me apretó y se me aflojó al mismo tiempo entre las piernas al oírlo.
¿Qué estás haciendo aquí?
Pero no me detuve. Seguí mirando al frente, con los tacones resonando en el asfalto húmedo, hasta que noté que uno de los hombres ya no estaba en su grupo. Caminaba a mi lado. No sé desde cuándo.
Era mayor, cincuenta y pico, de complexión ancha, con una chaqueta oscura y el olor mezclado de alcohol y tabaco. No era amenazante en el sentido convencional, pero tampoco era inofensivo. Me miraba de reojo con la tranquilidad de quien sabe que tiene tiempo y que las negativas no le quitan el sueño.
—¿A dónde vas tan sola a esta hora? —dijo. No era una pregunta real, era una apertura.
No respondí. Aceleré.
Fue al llegar a un solar vacío, entre dos edificios con las ventanas a oscuras, cuando me tomó del brazo. No fue un tirón violento, fue algo más calculado: me giró hacia él con suavidad y me empujó contra la pared de ladrillo con el peso de su cuerpo. Era grande. Mucho más grande que Rodrigo.
—Suélteme —dije. Mi voz no sonó tan firme como quería.
—No te voy a hacer nada que no quieras —respondió él, y su mano ya estaba deslizándose por debajo de la falda, subiendo por el interior del muslo con una lentitud que no era duda sino paladeo.
Lo que pasó después no lo entiendo del todo, incluso ahora, cuando ya han pasado varias semanas. Debería haber gritado. Había gente no tan lejos. Tenía el teléfono en el bolso. Pero no grité ni busqué el teléfono. Me quedé quieta mientras su mano levantaba la tela y encontraba la parte trasera de mis muslos, y algo en mi cuerpo decidió, sin consultarme, que eso no era necesariamente terrible.
Sus manos eran ásperas, gruesas, con la palma cuadrada de quien se gana la vida con ellas. Me acariciaba con una familiaridad que no había ganado y que yo, inexplicablemente, no le quitaba. Sus labios encontraron mi cuello y sentí el roce de la barba sin afeitar raspándome la piel, y luego los dientes cerrándose sobre el músculo, mordiendo lo suficiente para dejarme la respiración corta. No era suave. No pretendía serlo.
Rodrigo siempre había sido delicado, casi ceremonioso. Hacía todo en orden, con cuidado, como siguiendo un protocolo. Yo había querido pedirle algo diferente muchas veces, algo más urgente, más descuidado, sin los bordes pulidos, y nunca había encontrado cómo decirlo sin parecer extraña. Y ahora este desconocido que apestaba a cerveza me tenía contra una pared en mitad de la noche, con la rodilla metida entre mis piernas para separármelas, y mi cuerpo respondía con una claridad que me avergonzaba.
—Estás caliente —murmuró contra mi cuello. No era una pregunta.
—Cállese —dije. Pero no me moví.
Metió la mano entre mis piernas desde atrás y cuando sus dedos apartaron la tela de las bragas y encontraron lo que encontraron, los dos nos quedamos un momento en silencio. Él porque lo confirmaba. Yo porque ya no tenía nada que argumentar. Estaba empapada. Le chorreaba entre los dedos y él lo sabía, y me lo hizo saber pasándome la yema mojada por los labios del coño de arriba abajo, muy despacio, con la parsimonia de quien está midiendo mercancía.
—Mira cómo estás —dijo, y me metió dos dedos hasta los nudillos de una sola vez. Se me escapó un gemido corto contra el ladrillo. Los sacó y me los volvió a meter, y otra vez, empujando con la palma contra el clítoris en cada empujón, y yo abrí más las piernas sin decidirlo—. Así, puta, abre.
La palabra me atravesó como si me la hubieran metido junto con los dedos. Rodrigo nunca me había hablado así. Nadie me había hablado así. Y en vez de indignarme, apreté los muslos contra su mano.
Con la otra mano me subió la falda hasta la cintura, me bajó las bragas hasta las rodillas de un tirón, y volvió a meterme los dedos, ahora directamente, sin tela por medio. Yo tenía la mejilla pegada al ladrillo y las manos abiertas contra la pared. Sentía la humedad bajándome por la cara interna de los muslos.
—¿Por qué no nos vamos a algún lugar más tranquilo? —dije al fin, con la voz rota.
El hombre se separó lo suficiente para mirarme. Tenía los ojos entrecerrados y una media sonrisa que no era exactamente amable. Sacó los dedos de mí sin prisa, se los llevó a la boca y los chupó, mirándome fijo. Se acomodó la chaqueta y señaló con la cabeza hacia la siguiente esquina.
—Conozco un sitio —dijo.
***
El cine quedaba a dos cuadras. Desde afuera no parecía nada: una entrada angosta, una taquilla con un vidrio rayado, un letrero de neón a medias encendido. Pagó él sin preguntarme nada. Entramos.
Adentro hacía frío. Un frío artificial y deliberado que contrastaba con el calor de la calle y con el calor que yo llevaba encima. La pantalla proyectaba imágenes que en cualquier otra circunstancia me habrían hecho reír de nervios: una mujer arrodillada mamándole la polla a dos tipos a la vez, cambiando de uno a otro, con la cara embadurnada de saliva y semen. Aquí solo me pusieron más alerta, más consciente del peso de lo que había decidido hacer, y más consciente todavía de la humedad que me seguía bajando por dentro del muslo.
Había cuatro o cinco personas dispersas en la sala. Nadie nos miró. O nadie miró de frente, que no es lo mismo.
Nos sentamos al fondo. Él me pasó el brazo por los hombros con una naturalidad que no correspondía al tiempo que llevábamos de conocernos, y sacó una petaca del bolsillo interior. Me la ofreció sin decir nada.
Bebí. Ardía, no sé qué era, pero ardía y eso era lo que necesitaba.
Su mano libre encontró el camino bajo mi falda casi de inmediato. Esta vez sin la urgencia del solar, con más calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo tenía los ojos fijos en la pantalla, aunque ya no veía nada de lo que pasaba en ella, solo oía los gemidos amplificados de la mujer y el sonido húmedo de las pollas entrando y saliendo de su boca.
Cuando llegó hasta el borde de la ropa interior y la corrió a un lado, contuve la respiración.
—Quieta —dijo, aunque yo no me había movido.
Introdujo dos dedos despacio y yo tuve que morderme el labio para no hacer un ruido que no quería hacer en ese lugar, con esa gente cerca. Me los movió sin apuro, hundiéndolos hasta el fondo y sacándolos hasta la punta, torciéndolos adentro, buscando algo con la yema que encontró enseguida y que me hizo arquear la espalda contra el respaldo. Y eso fue peor que si lo hubiera hecho rápido. Peor en el buen sentido. En ese sentido en que la espera se convierte en algo físico que te presiona desde adentro. Con el pulgar me apretaba el clítoris en círculos cortos mientras los dedos seguían entrando y saliendo, y yo apreté los muslos alrededor de su muñeca para que no parara.
—Tócame tú también —dijo.
Busqué el cierre de su pantalón con la mano que tenía libre, lo bajé sin dificultad, aparté la tela del calzoncillo y metí la mano. Lo que encontré me hizo exhalar despacio. Era sustancialmente más grande de lo que conocía. No solo en longitud: en grosor, en densidad, en la forma en que respondía sin esfuerzo. La tenía dura como una piedra, pesada, y en la punta ya había una gota espesa que le esparcí con el pulgar en toda la cabeza mientras la agarraba entera con la otra mano.
Eso era exactamente lo que había querido tocar durante años sin saber cómo pedirlo.
La envolví con los dedos, apenas alcanzaba a cerrarlos alrededor, y empecé a moverla de arriba abajo con el ritmo lento que él me iba marcando con los dedos dentro de mí. Ese intercambio duró varios minutos, en la oscuridad del cine con la pantalla iluminándonos de lado. Yo la apretaba en la base y luego subía hasta la punta, apretando más al llegar arriba, y él respondía metiéndome los dedos más hondo, buscando ese punto que me hacía apretar los dientes.
—Mámamela —dijo. Directo, sin adornar la frase—. Aquí. Ahora.
Algo en ese tono tan crudo me hizo querer obedecer. Me agaché sobre su regazo, se la saqué completamente del pantalón y me la metí en la boca. Lo escuché inhalar con fuerza. Lo sentí tensarse bajo mis manos. Me agarró el pelo, no violentamente, pero con firmeza suficiente para no dejar dudas sobre lo que quería, y marcó el ritmo desde arriba, empujándome la cabeza hacia abajo hasta que la punta me golpeaba la garganta y me hacía toser bajito.
—Toda —susurró—. Trágamela toda.
Me relajé la mandíbula y lo dejé entrar más hondo. Se me llenaron los ojos de agua, la nariz me tocaba el vello áspero de la base, y él soltó un gruñido bajo que le salió del pecho. La saqué para respirar, con un hilo de saliva colgándome del labio, y volví a metérmela, ahora yo marcando el ritmo, chupando la cabeza y bajando de golpe hasta el fondo. Le lamí toda la longitud desde la base hasta la punta y luego le tomé los huevos en la palma de la mano, apretando suave, mientras seguía chupando arriba.
Estuve así un buen rato. Él no hacía esfuerzo por callarse: gemía con esa soltura de quien no se preocupa por lo que piensan los demás, y eso, combinado con lo que sus dedos seguían haciendo bajo mi falda cada vez que yo levantaba la cadera buscándolos, me estaba llevando a un punto en el que ya no pensaba en Rodrigo ni en el café ni en nada que hubiera ocurrido antes de esa noche.
Antes de que llegara a su límite, me levantó de los hombros tirándome del pelo.
—Arriba —dijo, y se puso de pie con la polla todavía afuera, brillante de mi saliva.
***
La planta alta del cine estaba casi vacía. Dos siluetas al fondo, inmóviles, aunque una de ellas se movía apenas con el ritmo inconfundible de quien se está pajeando en la oscuridad. El resto era oscuridad y el murmullo apagado del audio de abajo, amortiguado por el techo bajo.
Fuimos hasta la última fila. Me giró de espaldas sin decir nada, y yo puse las manos en el respaldo de la butaca delantera y esperé. Me subió la falda hasta la cintura de un empujón, me bajó las bragas hasta los muslos y las dejó ahí, tensas entre las piernas. Se colocó detrás de mí. Sentí la punta caliente de la polla apoyándose entre los cachetes del culo, deslizándose hacia abajo, buscando la abertura del coño y encontrándola empapada.
—Mírate cómo estás para mí —murmuró contra mi oreja, pasando la cabeza arriba y abajo entre los labios, sin entrar—. Estás derretida, puta.
—Métemela —dije, y no reconocí mi propia voz.
Entró despacio la primera vez. Solo la primera. Se abrió camino a fuerza, tramo a tramo, hasta que sentí los huevos golpeándome contra el clítoris y una respiración larga saliéndose de mí como si me hubiera guardado el aire durante años.
Después ya no fue despacio.
Cada embestida me empujaba contra las butacas, y yo me aferraba al plástico duro como si fuera lo único que me mantenía anclada. Follaba con las caderas enteras, hasta el fondo, sacándola casi entera y volviendo a meterla de un golpe seco que me hacía subir en puntas. Era exactamente lo que había necesitado que alguien me hiciera alguna vez y nunca había tenido: sin consideraciones, sin preguntas a mitad, sin pausas para verificar que todo iba bien. Solo eso, él detrás de mí con las manos firmes en mis caderas, tirando hacia él cada vez que empujaba hacia adentro, hundiéndomela hasta el tope con una violencia calculada que me sacaba el aire.
Me pasó una mano por delante y me agarró una teta por dentro del sostén, pellizcándome el pezón entre el pulgar y el índice, retorciéndomelo mientras seguía embistiendo. La otra mano me bajó por el vientre hasta el clítoris y empezó a frotármelo en círculos, sincronizado con los golpes de cadera, y yo sentí que se me doblaban las rodillas.
—Aguántalo —gruñó contra la nuca—. Aguántalo, no te caigas.
Se salió de golpe. Yo iba a protestar cuando sentí la punta apoyándose en el otro agujero, en el culo, esparciendo mi propia humedad ahí atrás.
—¿Aquí también? —preguntó, aunque no esperó respuesta. Empujó apenas, la punta abriéndose paso, y yo apreté las manos contra el respaldo y contuve el aliento hasta que la sentí adentro. Ardió. Ardió lo justo. Luego volvió al coño, y luego otra vez al culo, alternando en un ritmo que me tenía a mí gimiendo bajo, muy bajo, dentro de la boca cerrada, para que las siluetas del fondo no oyeran—. Los dos son míos esta noche, ¿verdad? —dijo, y yo asentí contra el respaldo sin poder hablar.
Volvió al coño y se quedó ahí, follándome duro, con la mano otra vez en el clítoris.
—No te pares —escuché salir de mi propia boca, en voz apenas audible.
No se paró.
Cuando llegué al orgasmo lo hice con un sonido que no pude controlar, un gemido corto y seco que resonó en el techo de la sala en completo silencio, seguido de un temblor largo que me subió desde los muslos hasta el estómago y me hizo apretar el coño alrededor de la polla como un puño. Él soltó una maldición sofocada, aumentó el ritmo tres, cuatro embestidas más, y la sacó de golpe justo a tiempo para correrse encima de mí, chorros calientes y espesos que me cayeron en la espalda baja, en el culo, en el interior del muslo, mientras él se seguía sacudiendo con la mano y gruñía por lo bajo hasta la última gota.
Nos quedamos así un momento, sin movernos. Sentí el semen bajándome despacio por la piel.
Luego él se acomodó la ropa. Sacó un pañuelo arrugado del bolsillo y me limpió la espalda con una brusquedad que no era descuido sino costumbre. Yo hice lo mismo con las bragas, subiéndomelas todavía calientes y pegajosas por dentro, y me acomodé la falda. Ninguno de los dos dijo nada. Bajamos las escaleras sin hablar, salimos a la calle donde el aire de la noche olía a asfalto mojado y a algo frito que venía de algún local cercano, y el hombre señaló con la cabeza hacia una esquina y se fue en esa dirección sin mirar atrás.
Yo fui en la contraria.
***
Caminé de vuelta al metro con los pies más firmes que a la ida, y con la sensación tibia y húmeda entre las piernas de lo que acababa de pasar todavía muy presente. No sé si lo que había hecho era una venganza. No sé si Rodrigo merecía que yo pensara en él mientras ocurría todo aquello.
En realidad no pensé en él en ningún momento.
Eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que me dejó pensando durante el trayecto de regreso a casa: no la culpa, no la adrenalina, no el desconocido ni su nombre que no me dio ni le pregunté. Solo esa ausencia. La facilidad con la que dos años de algo que creía sólido habían desaparecido de mi cabeza en cuestión de horas, reemplazados por algo tan simple y tan inmediato como el frío del cine y unas manos ásperas sobre mis caderas.
Me senté en el vagón vacío, miré mi reflejo en el vidrio oscuro de la ventanilla y pensé que la persona que me devolvía la mirada no parecía rota. Parecía, de una manera que no sabía cómo explicar, bastante más despierta que antes.