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Relatos Ardientes

Mi jefe me encontró donde no debía estar

Pedí la semana libre sin dar explicaciones. En la empresa nadie pregunta demasiado cuando la solicitud llega con un mes de antelación y el expediente está limpio de ausencias. Solo yo sabía para qué la quería.

Llevaba casi un año trabajando en el club los fines de semana. Lo había empezado casi por accidente, un viernes de desesperación económica y curiosidad mal disimulada, y se había convertido en algo que no podía ni quería abandonar. Era mi otro mundo, el que existía en paralelo a los informes, las reuniones y los cafés con leche de la oficina. Pilar, que llevaba allí doce años y conocía cada rincón del negocio, me había avisado: la temporada de caza comenzaba en el valle cercano, y eso significaba semanas de trabajo intenso, dinero de verdad y una energía que no encontrarías en ningún otro lugar.

El primer día llegué a las once de la mañana. El club ya olía diferente: a colonia de campo, a cuero mojado, a cerveza fría. Los cazadores llegaban en grupos de cuatro o cinco, con las botas todavía con rastros de barro y la euforia del monte pegada a la piel. Hablaban fuerte, reían más fuerte aún, y pedían de todo con la generosidad de quienes han pasado la mañana al aire libre y sienten que se merecen el mundo entero.

En aquellos días llegué a atender a diecisiete hombres en una sola jornada. Mi cuerpo aprendió a funcionar en un estado de presencia pura: el tacto, el peso, el ritmo, el calor. La mente se vaciaba de todo lo demás. No existía la oficina, no existían los plazos de entrega ni las hojas de cálculo, no existía ninguna versión de mí con blazer y tacones bajos. Solo existía eso: el presente inmediato, físico, sin pasado ni futuro. Vergas de todos los tamaños, algunas gordas y venosas que me abrían el coño hasta arrancarme un quejido, otras largas y curvas que me tocaban un punto en el fondo que me hacía apretar los dientes. Corridas espesas resbalando por el mentón, por las tetas, por la raja del culo. Dedos sucios metiéndose en mi boca mientras otra polla me follaba por detrás. El olor a semen mezclado con sudor de hombre pegado a las sábanas y a mi pelo durante horas.

Los grupos eran lo más exigente. Tres hombres a la vez, a veces cuatro. Uno detrás, empujando con una fuerza que me hacía aferrar la almohada con ambas manos, con la polla clavada hasta la raíz golpeando contra mi cérvix cada embestida; otro encima, sentado sobre mi cara, restregándome los huevos contra la nariz mientras yo le chupaba la verga hasta el fondo de la garganta; un tercero de pie junto a la cama, meneándosela con la mano derecha y esperando turno con la impaciencia de quien ya no puede contenerse, a veces sin esperar y descargándome la corrida caliente sobre las tetas o en el pelo. Era una coreografía caótica que demandaba atención en varias direcciones al mismo tiempo: chupar, gemir, apretar el coño, abrir el culo con los dedos para que el que venía detrás encontrara mejor sitio. Al final de esas noches el coño me palpitaba hinchado, el culo me ardía cada vez que me sentaba, y tenía las mandíbulas doloridas de tantas pollas metidas hasta la garganta. El cuerpo dolía de una manera específica, honesta, que se podía medir con precisión: en semen escurriéndome muslo abajo, en marcas de dedos en las caderas, en billetes contados sobre la cómoda antes de dormir.

El champán que los clientes ofrecían casi sin pausa ayudaba a que las horas pasaran más rápido, pero también dejaba una borrachera liviana que hacía todo más borroso de lo conveniente. Creo que adelgacé dos kilos esa semana. En cambio, la caja metálica que guardaba en el armario del cuarto del club creció hasta un volumen que no había visto antes. Pilar me miraba con una mezcla de orgullo y advertencia: esa mujer sabía que el entusiasmo sin límites terminaba mal, pero también sabía que detenerlo era imposible cuando estabas en pleno centro de él.

El último día todo se fracturó.

Eran las cuatro de la tarde y el salón empezaba a llenarse de nuevo. Yo estaba en la barra, bebiendo agua con gas, cuando la puerta principal se abrió y entró Ernesto Valverde.

Mi jefe. El director de administración de la empresa donde yo llevaba cuatro años como responsable de gestión documental. El hombre que dos meses antes había intentado invitarme a cenar con una torpeza que mezclaba halago y presión, y a quien yo había rechazado con una frialdad que no dejaba margen de interpretación. Ernesto Valverde, con sus cincuenta y tantos años de cargo fácil y su alianza matrimonial bien visible, estaba ahí, en mi otro mundo, riéndose de algo que le decía el tipo a su lado.

El tiempo se detuvo durante dos segundos exactos.

Nuestras miradas se encontraron. Vi cómo el reconocimiento le cruzaba la cara en oleadas: primero la sorpresa, luego la incredulidad, luego algo más oscuro que se instaló en el fondo de sus ojos y torció la comisura de su boca hacia arriba.

Me moví hacia el pasillo de las habitaciones, pero no fui lo suficientemente rápida.

—Vaya, vaya —dijo en voz baja, colocándose a mi lado antes de que pudiera llegar a la puerta—. Así que las vacaciones se usan para esto, Clara. Qué sorpresa tan agradable.

Su tono era el de alguien que acaba de encontrar algo que buscaba sin saber que lo buscaba. Se inclinó un poco hacia mí, y continuó con la voz de quien disfruta oyéndose a sí mismo:

—Te lo juro que cuando me rechazaste en octubre, con esa cara de señorita seria, pensé que ibas a ser el único problema sin solución del departamento. Y mira tú. Resulta que con mucho menos de lo que yo estaba pensando, te tengo exactamente donde quiero. Puta de club de carretera. Quién lo hubiera dicho.

Busqué a Pilar con los ojos. Estaba apoyada en la barra, mirando. Cuando nuestras miradas se cruzaron, hizo un movimiento de cabeza casi imperceptible: una inclinación mínima que yo ya sabía descifrar. Las reglas del club eran las mismas para todas: un cliente que no representa peligro físico no puede ser rechazado. Ernesto Valverde no era peligroso. Era solo repugnante, y eso no estaba en el reglamento.

—Venimos los dos —anunció él, señalando al hombre que lo acompañaba—. Yo invito.

No dije nada. Subí las escaleras delante de ellos.

***

En la habitación, Ernesto se transformó en la versión de sí mismo que había estado reprimiendo en la oficina durante todos esos años. Me arrancó el kimono corto de un tirón, dejándome desnuda de pie junto a la cama, y se quedó mirándome con la boca entreabierta y la lengua asomándole en la comisura.

—Joder, si estás mejor de lo que imaginaba —dijo, y me pellizcó un pezón con esos dedos gordos que había visto tantas veces sostener bolígrafos y firmar nóminas—. Todo este tiempo debajo del traje. Cabrona.

Sus manos me recorrieron con la torpeza entusiasta de alguien que finalmente tiene permiso para hacer lo que antes tuvo que fingir que no quería. Me apretó las tetas con las dos manos, me las sopesó como si estuviera valorando una fruta en el mercado, me metió dos dedos en la boca y me obligó a chuparlos. Comentó mis caderas, mis piernas, con el vocabulario plano y satisfecho de quien cataloga una adquisición que ha esperado demasiado tiempo.

—Mama —ordenó, bajándose los pantalones hasta las rodillas—. Enséñame lo que le haces a los cazadores.

Me arrodillé en la moqueta. Su polla era corta, gruesa en la base, colorada, con las venas marcadas y ese olor a hombre encerrado en traje toda la mañana. Se la agarré con la mano derecha y me la metí en la boca sin ceremonia. Él me sujetó el pelo con las dos manos y empezó a moverme la cabeza a su ritmo, empujando la cadera hacia adelante para clavármela hasta la garganta. Yo cerré los ojos y trabajé la mandíbula, chupando con los mofletes hundidos, dejando que el hilo de saliva le cayera desde los huevos hasta el suelo.

—Así, así, ahí es donde tenías que haber estado desde el primer día —jadeaba él—. Con la boca ocupada, no soltando esos discursitos de organigrama.

Me colocó a cuatro patas sobre la cama y se posicionó detrás. Me abrió las nalgas con las dos manos, se escupió en la palma, se frotó la verga y me la metió de una sola embestida hasta el fondo. Yo apreté la almohada con los dientes. Él empezó a follarme rápido, con esa desesperación de hombre mayor que sabe que no le va a durar, agarrándome de las caderas con los dedos clavados en la carne.

—Dime que soy tu jefe —gruñó, empujando más fuerte—. Dilo. Con estas mismas palabras. Dime «follame, jefe».

—Follame, jefe —repetí con la cara aplastada contra el colchón, sin ninguna inflexión, mientras él aceleraba.

—Otra vez. Más alto.

—Follame, jefe. Más fuerte, jefe.

Sus comentarios eran continuos: que si ahora no podía negarme, que si así era como tenía que haber sido desde el principio, que si ya lo sabía él desde aquella tarde de octubre, que si el lunes me iba a acordar de esto cuando entrara a su despacho a pasar el informe trimestral. Cada frase era una pequeña humillación envuelta en la certeza de quien cree que ha ganado la partida. Cada embestida golpeaba con un ruido húmedo, sus huevos chocando contra mi coño empapado, la cama crujiendo.

Duró muy poco. A los tres o cuatro minutos noté cómo el ritmo se le desordenaba, cómo la respiración se le rompía en jadeos cortos, y de pronto se sacó la polla y se corrió sobre mis nalgas, chorros gruesos y calientes cayéndome en la raja del culo y en los riñones, mientras él soltaba un gemido largo y ridículo, agarrándose la verga con la mano.

—Ay Dios, ay Dios, mira lo que me haces, cabrona.

Llegó demasiado rápido, como siempre llegan los que más hablan, pensé, sintiendo su semen resbalarme piel abajo, y la amargura de ese pensamiento fue lo más honesto que sentí durante toda la escena.

Luego vino el otro. Más callado, más técnico. Se desnudó sin decir palabra, la tenía ya durísima, larga y fina, curvada hacia arriba. Se sentó al borde de la cama y me indicó con dos dedos que fuera a montarlo. Me subí encima, con las piernas abiertas, y me empalé despacio, sintiendo cómo me llegaba a un sitio que el otro no había tocado. Empezó a moverme por las caderas, marcándome el ritmo, subiendo y bajando, mientras me miraba las tetas botar delante de su cara.

—Más despacio —dijo, la única frase que soltó en todo el rato—. Aprieta.

Apreté el coño alrededor de su verga y me moví como me pedía, girando la cadera, contrayendo y soltando. Él me cogió una teta y se la metió entera en la boca, chupándome el pezón hasta ponérmelo tieso y morado.

Ernesto, que seguía presente sin necesidad evidente, se colocó frente a mí e indicó con un gesto lo que esperaba. Se había bajado del todo los pantalones y volvía a tener la polla medio dura en la mano, meneándosela despacio para levantarla otra vez. Obedecí con los ojos cerrados, abriendo la boca, y él me la metió hasta el paladar mientras el otro me seguía cabalgando desde abajo. Empujó la cadera con una lentitud pastosa, más para verse a sí mismo follándose la boca de su empleada que por otra cosa.

—Traga —murmuró, con una voz que ya no era la del despacho ni la del salón, sino algo más pequeño—. Trágamela, Clara, trágamela toda.

Mandé la mente a otro lugar, a la caja metálica del armario, a los números que ya había calculado para la cuenta de ahorro, a lo que haría el domingo por la noche cuando todo esto hubiera terminado. Mientras tanto seguí chupando con método, con la lengua trabajando el frenillo, con la mano en sus huevos, mientras el de abajo me embestía cada vez más rápido y me clavaba los dedos en el culo.

El técnico se corrió primero, dentro, sin avisar, con un gruñido corto y un tirón que me clavó las uñas en las caderas. Sentí los chorros calientes dentro del coño, uno tras otro, y él me mantuvo empalada hasta la última contracción. Ernesto aguantó unos segundos más, se sacó la polla de mi boca, se la meneó dos veces frente a mi cara y me descargó la segunda corrida sobre la barbilla y el cuello, hilos blancos y espesos que me cayeron entre las tetas.

—Ahí. Ahí tienes. Guárdatelo bien.

Me quedé quieta, respirando por la nariz, con el semen del uno escurriéndome del coño y el del otro secándoseme en la piel del pecho.

Cuando acabaron, Ernesto se abrochó la camisa con la parsimonia de alguien que no tiene prisa porque cree que el tiempo es suyo.

—El lunes hablaremos de tu posición en el departamento —dijo desde la puerta—. Creo que hay margen para reajustar tus responsabilidades. Y tus horarios. Disponibilidad total, ya sabes cómo funciona esto. Y algún viaje juntos, para cerrar cuentas con clientes.

Salió sin esperar respuesta.

***

Me quedé sentada en la cama durante varios minutos sin moverme. No lloraba todavía. El llanto llegó después, en el pequeño despacho de Pilar, cuando ya no había nadie en el pasillo y la música del salón sonaba amortiguada desde abajo.

Le conté todo. La amenaza laboral, las palabras exactas, la sonrisa que no se le borró ni un segundo. Pilar escuchó sin interrumpirme, con esa calma suya que no es indiferencia sino distancia calculada. Cuando terminé, hizo la misma pregunta de siempre en estos casos:

—¿Está casado?

—Sí. Tres hijos. La mayor ya está en la universidad.

Pilar asintió despacio y se levantó.

—Ven conmigo.

Me llevó al fondo del pasillo de servicio, a una puerta que yo había visto siempre cerrada con llave. Adentro había una sala pequeña, sin ventanas, con tres monitores apilados y un sistema de grabación que ocupaba media estantería metálica. Las cámaras, me explicó, estaban instaladas detrás de los espejos de todas las habitaciones desde hacía años, por razones de seguridad: si un cliente se ponía violento, había pruebas. Si alguien amenazaba con denunciar, había pruebas. El club llevaba mucho tiempo en pie precisamente porque Pilar nunca había subestimado el valor de documentar lo que ocurría bajo ese techo.

Buscó la grabación por fecha y número de habitación. Apareció en el monitor con una claridad que me sorprendió: ángulo fijo desde la esquina superior derecha del espejo, imagen nítida, audio sin interferencias. Ernesto Valverde, completamente identificable, con los pantalones bajados hasta las rodillas y la polla en la mano, diciendo con exactitud cada una de las cosas que había dicho. La escena entera, del principio al final: el kimono cayendo, el «follame, jefe», la corrida sobre mis nalgas, la segunda sobre mi cara.

Pilar extrajo un pendrive del cajón inferior, copió el archivo, y lo colocó en mi mano como quien entrega una herramienta que ya sabe cómo funciona.

—El lunes, cuando llegues a la oficina, lo pones en la pantalla antes de que él abra la boca —dijo—. No hace falta explicar nada más. Él solo va a entender lo que necesita entender.

Volví a la ciudad esa noche con el pendrive en el bolsillo interior del abrigo, pegado al cuerpo. El trayecto duró dos horas largas y no encendí la radio. Conduje pensando en el lunes, en la sala de reuniones, en el tono exacto que iba a usar.

***

El lunes, Ernesto entró en mi despacho a las diez menos cuarto. Lo hizo sin llamar, como siempre, pero con una calidad diferente en los pasos: la de alguien que cree haber cambiado el orden de las cosas durante el fin de semana.

—He estado pensando en tu situación —empezó, antes incluso de sentarse—. Creo que el puesto actual ya no refleja bien lo que necesita el departamento. Voy a proponerte un cambio de funciones. Con horario ampliado, disponibilidad para cuando surjan imprevistos, y quizás alguna tarde con colaboraciones externas que te convendrá gestionar de manera discreta.

Sonrió. Era la misma sonrisa del club.

No dije nada. Giré la pantalla del ordenador hacia él y presioné la barra espaciadora.

La grabación duró cuatro minutos con veintitrés segundos. Imagen y sonido perfectos. La voz de Ernesto reconocible desde el primer segundo, sus palabras sobre octubre, sobre el precio, sobre «tenerme donde quería», sobre la puta de club de carretera. Su polla en la mano, su culo blanco al aire, la corrida saliendo sobre mis nalgas en primer plano. Y su cara sobre todo, bien encuadrada, sin posibilidad de confusión ni de duda razonable.

Lo vi cambiar de color en tiempo real.

Primero el rojo subió hasta las orejas. Luego se fue, rápido, y quedó una palidez que yo no le había visto antes ni en los peores cierres de trimestre. La mandíbula se tensó. Los ojos fijos en la pantalla como si creyera que mirando con suficiente intensidad podría deshacer lo que estaba viendo.

Detuve la reproducción cuando me pareció suficiente. No todo el archivo. Solo lo que hacía falta.

—Quiero el aumento que me corresponde desde enero —dije, con la voz firme, sin rastro del miedo del sábado—. A partir de hoy salgo media hora antes cada tarde. Los viernes, una hora antes. No me llames el fin de semana salvo emergencia real, y por emergencia real no me refiero a tus colaboraciones externas.

No hubo réplica. Ernesto asintió con un movimiento tan pequeño que casi podría haberse confundido con un temblor involuntario. Se levantó. Salió de mi despacho sin pronunciar otra palabra y sin cerrar la puerta, y el sonido de sus pasos por el pasillo fue apagándose hasta desaparecer.

El tema nunca volvió a ser mencionado entre nosotros.

***

Ahora, cuando salgo de la oficina media hora antes los martes y los jueves y me dirijo al estacionamiento con el abrigo abierto aunque haga frío, pienso a veces en el pendrive que sigue guardado en el cajón de mi mesilla de noche. Pienso en las cámaras detrás de los espejos, en Pilar con su calma indestructible, en esa sala sin ventanas que guarda tantas historias como la mía.

Hay una versión de mí misma que durante mucho tiempo creyó que el poder era algo que otros construían y ella solo aprendía a esquivar. Ya no creo eso.

El poder no se pide. Se construye en silencio, en los lugares donde nadie espera encontrarte, con las herramientas que nadie imagina que guardas.

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Comentarios(9)

SolaNocturna

Dios mio, no me esperaba ese giro!!! me quedé helada jajaja. Tremendo

Tomas_84

Por favor seguí con esto, no podés dejarnos colgados así!! quiero saber como terminó todo

CrisRio45

Me enganchó desde el principio. Esa tensión de la doble vida está muy bien descripta, se siente real. Buen relato!

MaguiGdl

increible!!! mas por favor

DiegoNoche23

jaja tremendo momento ese de la puerta, me lo imaginé perfecto. Muy bueno!

VeroNk

ay no jaja pobrecita... buenisimo el relato

MarianoLP

Me gustó mucho como fuiste construyendo la tension. La parte del final lo cambia todo. Seguí escribiendo, tenés buena mano para los giros.

Anabela_Ros

Y bueno??? cómo termina todo eso??? así no se puede dejar jaja, necesito la continuacion

lector_nocturno

Muy bien escrito, te lo leo en 5 minutos y quedé con ganas de mas. Esperando la segunda parte!

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