Confieso mi adicción a tocarme a todas horas
Desde que tengo memoria no he sido capaz de parar. No hablo de una manía pasajera ni de una fase de la adolescencia que se cura sola. Hablo de que cualquier rato libre, cualquier hueco del día por pequeño que sea, lo dedico a meterme la mano entre las piernas, a abrirme el coño con dos dedos y frotarme el clítoris hasta que me tiemblan los muslos. Es lo primero que pienso al despertar y lo último antes de dormir.
Lo más curioso es que ni siquiera me obsesiona follar tanto como pensar en ello después. Me acuesto con alguien, sí, dejo que me claven la polla hasta el fondo y me llenen de semen, pero en el fondo lo que de verdad espero es el momento de quedarme sola, repasar cada detalle en mi cabeza y tocarme recordándolo. El sexo, para mí, casi es material de archivo. La función de verdad empieza cuando se cierra la puerta y me quedo con los dedos hundidos en el coño mojado, recreando el polvo escena por escena.
Los hombres con los que me lío creen que han ganado la lotería. Siempre les pido lo mismo, que me la metan por detrás, a cuatro patas, la cara contra la almohada y el culo bien alto, y se van convencidos de que soy un regalo del cielo. La gracia es que la afortunada soy yo. Mientras ellos se concentran en embestir, en agarrarme de las caderas y clavarme la verga con todas sus fuerzas, yo tengo las manos libres, los ojos medio cerrados, y me dedico a frotarme el clítoris a mi ritmo sin que se note demasiado. Con dos dedos hago círculos rápidos justo donde sé, aprieto los muslos alrededor de su polla y me corro en silencio una, dos, tres veces mientras él sigue follándome sin enterarse de nada. Ellos terminan agotados, vaciándose dentro con un gruñido de imbécil satisfecho. Yo termino con el coño empapado de semen y las mismas ganas de repetir a solas en cuanto se duerman.
Si alguien me viera un día cualquiera, lo más normal sería encontrarme despatarrada en la cama, las sábanas revueltas, las piernas abiertas de par en par y un dedo dentro del culo mientras con la otra mano me castigo el clítoris sin descanso. Imagino escenas que jamás contaría en voz alta: pollas anónimas metiéndose por todos mis agujeros al mismo tiempo, corridas espesas cayéndome por la cara, hombres masturbándose delante de mí sin llegar a tocarme. No es algo que decida hacer. Es algo que simplemente pasa, como respirar.
***
Cuando he tenido pareja, mis fantasías siempre han ido por el mismo camino raro. Más de una vez le insistí a algún novio para que montáramos un trío, y no porque me muriera de ganas de compartirlo con otra mujer. Lo hacía para poder mirar. Quería sentarme en un rincón, verlo a él con la polla dura enterrada en el coño de otra, oírla gemir como una perra mientras se la mamaba, ver cómo la ponía a cuatro patas y le abría el culo con los pulgares. Y tocarme mientras los observaba, con las piernas abiertas sobre el sillón, dos dedos dentro y el pulgar en el clítoris, como si fuera una película hecha a medida para mí.
Esa es mi verdad incómoda. Disfruto más mirando y tocándome que participando. Hay quien diría que soy una mirona, y puede que tenga razón. Lo que me enciende no es el contacto, sino la distancia, el detalle de saber que estoy ahí observando cómo una polla entra y sale de otro coño, cómo se hincha una teta bajo la boca de un hombre, cómo se derrama el semen entre unos labios ajenos, mientras yo me deshago en silencio y me corro mordiéndome el labio para que no me oigan.
Tengo otra costumbre que nunca le he confesado a nadie. Cuando estoy a punto de correrme, me chupo bien el dedo corazón y me lo meto por el culo hasta el fondo, apretando el esfínter alrededor mientras sigo frotándome el clítoris con la otra mano. No sé explicar por qué, pero ese gesto lo multiplica todo, como si cerrara un circuito. Siento cómo se me contrae todo por dentro, cómo el coño se aprieta sobre el vacío pidiendo una polla que no está, y me vengo con espasmos que me sacuden de arriba abajo. Es mi truco privado, el que reservo para cuando quiero que el orgasmo me deje temblando y con las bragas hechas un charco.
***
El vicio es tan fuerte que se cuela en situaciones absurdas. Puedo estar hablando por teléfono con cualquiera, me da igual quién sea —un amigo, mi jefe, el marido de una conocida— y mientras sostengo una conversación de lo más normal, tengo la otra mano metida debajo de la ropa interior, con dos dedos hundidos en el coño y el pulgar dando vueltas sobre el clítoris, moviéndome despacio para que mi voz no me delate. Aprendí a controlar la respiración por pura necesidad. He llegado a correrme mientras mi jefe me dictaba instrucciones, mordiendo la manga del jersey para no soltar un gemido. Si supieran que me acabo de venir escuchándoles hablar del informe del lunes, no volverían a llamarme.
Cualquiera pensaría que con semejante apetito me encantaría chupar, lamer, mamar pollas hasta ahogarme. Pero no. Lo que de verdad necesito es tener las manos libres. Esa es mi obsesión: los dedos, sola o acompañada, dándome lo que sé que nadie me da mejor que yo misma. Si alguien se empeña en metérmela en la boca, la aguanto un rato por educación, pero mi mano ya está trabajando ahí abajo, follándome yo a mí misma mientras él cree que me está usando.
Recuerdo la época de la universidad como una de las más intensas en ese sentido. Compartía piso con varias chicas, y el mejor momento de la semana era cuando alguna traía a un ligue a casa. Yo me encerraba en mi habitación, pegada a la pared, con la oreja aplastada contra el tabique y la mano ya dentro del pantalón del pijama. Cada gemido que llegaba amortiguado era gasolina: los golpes rítmicos del cabecero, el crujido del colchón, la voz de ella pidiendo más fuerte, el gruñido de él al vaciarse. No necesitaba ver nada. Me bastaba con escuchar cómo la follaban al otro lado del muro para follarme yo con tres dedos, corriéndome dos y tres veces seguidas en cuanto ella empezaba a gritar que se venía.
***
Los días que vuelvo especialmente caliente son un problema. Si he pasado la jornada entera fuera de casa, sin poder tocarme, llego con las bragas empapadas, pegadas a los labios del coño, y una urgencia que no atiende a razones. Tiro las llaves donde caigan, me quito todo de cualquier manera —falda al suelo, tanga arrancado, camisa a medio desabrochar— y voy directa a por mi juguete favorito, un consolador grueso que se me abre entera cuando lo empujo hasta el fondo. Cuando no lo tengo a mano, improviso con lo que encuentre: el mango de un cepillo, un pepino sacado directo de la nevera, el cabezal de la ducha a máxima presión sobre el clítoris. Así me corro dos o tres veces seguidas, con las piernas temblando y el consolador aún dentro, hasta quedarme floja y con el coño palpitando.
La verdad es que no se diferencia tanto de mi rutina normal. Llegar, quedarme en cueros, tumbarme en el sillón con las piernas abiertas colgando sobre los brazos del mueble y darme placer hasta reventar, con un dedo dentro del culo y el consolador entrando y saliendo del coño a toda velocidad. Es mi forma de cerrar el día, mi manera de dejar la tensión en otra parte. Hay quien medita. Yo me follo a mí misma hasta que me quedo dormida con las bragas puestas de nuevo, empapadas de mis propios flujos.
Los fines de semana que me quedo sola son otro mundo. Paso el día entero desnuda por la casa, de una habitación a otra, con las tetas al aire y el coño siempre a un roce del siguiente orgasmo, y pierdo por completo la cuenta de las veces que me toco. Lo hago en la cocina apoyada contra la encimera fría, con dos dedos abriéndome los labios y el pulgar castigándome el clítoris hasta que las piernas me fallan. Lo hago frotándome contra el canto de una mesa al pasar, cabalgando la esquina de madera hasta que me vengo mordiéndome el puño. Lo hago tirada en el suelo del salón, con las piernas abiertas contra la alfombra y tres dedos hundidos hasta los nudillos, sin ningún motivo más que el de querer. No es algo planeado. Es que el coño me lo pide a cada rato, se me hincha y me chorrea sin previo aviso, y yo nunca aprendí a decirle que no.
***
Tengo un secreto que nunca le he contado a un alma. Cada mañana, antes de levantarme, abro la galería del móvil y elijo la foto de algún contacto cualquiera. Me da igual quién sea: el padre de una amiga, el fontanero que vino la semana pasada, un compañero de trabajo casado. Me toco mirando esa cara, imaginando cómo me abriría de piernas encima de la cama y me la metería hasta el fondo, cómo me la sacaría chorreando para que me la mamara, cómo se correría en mi boca. Y justo cuando estoy a punto, con los dedos volando sobre el clítoris y el coño contrayéndose, le mando un mensaje de buenos días de lo más inocente. En cuanto veo que responde, me corro mirando su nombre en la pantalla, con espasmos silenciosos y la cadera levantada del colchón. Esa persona jamás sabrá el papel que jugó en mi despertar, ni que se acaba de vaciar imaginariamente dentro de mí antes del primer café.
Con el porno me pasa algo parecido de contradictorio. Empiezo buscando cosas extremas, escenas brutales de pollas enormes destrozando gargantas, gangbangs donde una tía acaba cubierta de semen de pies a cabeza, dobles penetraciones que parecen imposibles. Pero termino siempre en lo mismo: vídeos de mujeres dándose placer a solas, con las piernas abiertas frente a la cámara, los dedos brillantes de flujo, el clítoris hinchado latiéndoles al ritmo del orgasmo. Las miro para copiarlas, para aprender un gesto nuevo, para descubrir un ángulo distinto con el que tocarme el punto G, para sentir que no soy la única que vive enganchada a sus propias manos.
***
El que mejor me entendió fue uno con el que estuve saliendo un tiempo. Era el hombre perfecto para alguien como yo, porque lo que más le gustaba en el mundo era verme hacerlo a su lado, con la polla en la mano meneándosela al ritmo de mis dedos. Con él no había que esconder nada, y eso lo convirtió en una temporada de las que no se olvidan.
Cada mañana me despertaba cinco minutos antes que él a propósito. Apartaba la sábana, abría las piernas de par en par y empezaba a tocarme despacio, dos dedos entrando y saliendo del coño con un chapoteo húmedo que llenaba el dormitorio. Él abría los ojos con el sonido de mis jadeos pegados a su oreja, se giraba y sin decir nada se sacaba la polla ya dura y empezaba a masturbarse mirándome. Yo aceleraba, me abría más, me metía un dedo por el culo para que lo viera bien, y nos corríamos casi a la vez, él salpicándome la barriga de semen mientras yo me venía chillando su nombre. No había mejor despertador. Si lo veía leyendo tranquilo en el sillón, yo me tiraba en la alfombra, abría las piernas hacia él, me escupía en los dedos y empezaba sin pedir permiso, sabiendo que él dejaría caer el libro y se sacaría la verga tarde o temprano para pajearse mirándome hasta correrse encima de las páginas.
Cuando salíamos a cenar con amigos, él ya conocía el ritual. A la hora del postre yo me excusaba un momento, me encerraba en el baño del restaurante, me subía la falda, apoyaba una pierna sobre la taza y me follaba con tres dedos hasta correrme mordiendo una servilleta para que no me oyeran. Volvía a la mesa con las mejillas encendidas, los dedos aún oliendo a coño bajo la mesa, y una sonrisa que solo él sabía leer. A veces le pasaba la mano por debajo del mantel y le hacía chuparse el dedo que acababa de sacarme de dentro. Nadie más en aquella mesa imaginaba lo que acababa de hacer a tres metros de ellos.
Si dábamos un paseo por el campo, terminábamos siempre detrás de alguna roca, con la ropa medio bajada, la falda subida a la cintura y los pantalones en los tobillos, tocándonos el uno frente al otro como dos adolescentes sin paciencia. Él se meneaba la polla con la mano llena de saliva mientras yo, apoyada contra la piedra, me abría el coño con los dos dedos en uve y me castigaba el clítoris con el corazón hasta correrme encima de sus zapatos. Y del cine prefiero ni hablar. Iba directamente sin nada debajo de la falda, sin bragas, y en la oscuridad se me caían dos o tres orgasmos mientras me hundía los dedos en el coño empapado y él me tapaba la boca con la mano para que no montáramos un escándalo en plena sala. A veces le desabrochaba la bragueta y le mamaba la punta un rato, no por gusto, sino para que se corriera en mi boca mientras yo seguía frotándome sin parar debajo del abrigo.
***
Lo que casi nadie creería es que, en el fondo, soy una persona tímida. Me cuesta mirar a los ojos, me sonrojo por tonterías, evito ser el centro de atención en cualquier reunión. Y sin embargo, a veces fantaseo con llenar mi casa de cámaras conectadas a esas páginas donde la gente paga por mirar. Me imagino con las piernas abiertas frente al objetivo, dos consoladores metidos a la vez, uno en el coño y otro en el culo, mientras cientos de tíos anónimos se corren pagando por verme. Estoy convencida de que me forraría. Pocas mujeres deben de vivir el deseo con esta intensidad, despiertas a todas horas, con el coño siempre húmedo, atadas a un apetito que no se sacia nunca.
No lo cuento como una queja. Lo cuento porque por una vez quería decirlo en voz alta, soltar el secreto que cargo desde siempre. Soy así, no pienso cambiar, y si he aprendido algo es a no pedir perdón por ello. Mañana me despertaré cinco minutos antes que el mundo, elegiré una cara cualquiera en la pantalla, me abriré de piernas bajo la sábana, y todo volverá a empezar con dos dedos dentro y el pulgar sobre el clítoris.