Confieso mi adicción a tocarme a todas horas
Desde que tengo memoria no he sido capaz de parar. No hablo de una manía pasajera ni de una fase de la adolescencia que se cura sola. Hablo de que cualquier rato libre, cualquier hueco del día por pequeño que sea, lo dedico a meterme la mano entre las piernas. Es lo primero que pienso al despertar y lo último antes de dormir.
Lo más curioso es que ni siquiera me obsesiona follar tanto como pensar en ello después. Me acuesto con alguien, sí, pero en el fondo lo que de verdad espero es el momento de quedarme sola, repasar cada detalle en mi cabeza y tocarme recordándolo. El sexo, para mí, casi es material de archivo. La función de verdad empieza cuando se cierra la puerta.
Los hombres con los que me lío creen que han ganado la lotería. Siempre les pido lo mismo, que me la metan por detrás, y se van convencidos de que soy un regalo del cielo. La gracia es que la afortunada soy yo. Mientras ellos se concentran en lo suyo, yo tengo las manos libres, los ojos medio cerrados, y me dedico a frotarme a mi ritmo sin que se note demasiado. Ellos terminan agotados. Yo termino con ganas de repetir a solas.
Si alguien me viera un día cualquiera, lo más normal sería encontrarme despatarrada en la cama, las sábanas revueltas, dándome placer sin descanso mientras imagino escenas que jamás contaría en voz alta. No es algo que decida hacer. Es algo que simplemente pasa, como respirar.
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Cuando he tenido pareja, mis fantasías siempre han ido por el mismo camino raro. Más de una vez le insistí a algún novio para que montáramos un trío, y no porque me muriera de ganas de compartirlo con otra mujer. Lo hacía para poder mirar. Quería sentarme en un rincón, verlo a él perdido entre las piernas de otra, y tocarme mientras los observaba como si fuera una película hecha a medida para mí.
Esa es mi verdad incómoda. Disfruto más mirando y tocándome que participando. Hay quien diría que soy una mirona, y puede que tenga razón. Lo que me enciende no es el contacto, sino la distancia, el detalle de saber que estoy ahí observando algo que arde mientras yo me deshago en silencio.
Tengo otra costumbre que nunca le he confesado a nadie. Cuando estoy a punto de correrme, me gusta meterme un dedo por detrás hasta el fondo. No sé explicar por qué, pero ese gesto lo multiplica todo, como si cerrara un circuito. Es mi truco privado, el que reservo para cuando quiero que el orgasmo me deje temblando.
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El vicio es tan fuerte que se cuela en situaciones absurdas. Puedo estar hablando por teléfono con cualquiera, me da igual quién sea —un amigo, mi jefe, el marido de una conocida— y mientras sostengo una conversación de lo más normal, tengo la otra mano metida debajo de la ropa interior, moviéndome despacio para que mi voz no me delate. Aprendí a controlar la respiración por pura necesidad. Si supieran lo que estoy haciendo al otro lado de la línea, no volverían a llamarme.
Cualquiera pensaría que con semejante apetito me encantaría chupar, lamer, hacer de todo con la boca. Pero no. Lo que de verdad necesito es tener las manos libres. Esa es mi obsesión: los dedos, sola o acompañada, dándome lo que sé que nadie me da mejor que yo misma.
Recuerdo la época de la universidad como una de las más intensas en ese sentido. Compartía piso con varias chicas, y el mejor momento de la semana era cuando alguna traía a un ligue a casa. Yo me encerraba en mi habitación, pegada a la pared, y mientras los oía a través del tabique me daba placer sin parar. Cada gemido que llegaba amortiguado era gasolina. No necesitaba ver nada. Me bastaba con escuchar e imaginar.
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Los días que vuelvo especialmente caliente son un problema. Si he pasado la jornada entera fuera de casa, sin poder tocarme, llego con la ropa interior empapada y una urgencia que no atiende a razones. Tiro las llaves donde caigan, me quito todo de cualquier manera y voy directa a por mi juguete favorito. Cuando no lo tengo a mano, improviso con lo que encuentre, sin demasiados remilgos. Así me corro dos o tres veces seguidas, hasta quedarme floja.
La verdad es que no se diferencia tanto de mi rutina normal. Llegar, quedarme en cueros, tumbarme en el sillón con las piernas abiertas y darme placer hasta reventar. Es mi forma de cerrar el día, mi manera de dejar la tensión en otra parte. Hay quien medita. Yo hago esto.
Los fines de semana que me quedo sola son otro mundo. Paso el día entero desnuda por la casa, de una habitación a otra, y pierdo por completo la cuenta de las veces que me toco. Lo hago en la cocina apoyada contra la encimera, lo hago frotándome contra el canto de una mesa al pasar, lo hago tirada en el suelo del salón sin ningún motivo más que el de querer. No es algo planeado. Es que el cuerpo me lo pide a cada rato y yo nunca aprendí a decirle que no.
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Tengo un secreto que nunca le he contado a un alma. Cada mañana, antes de levantarme, abro la galería del móvil y elijo la foto de algún contacto cualquiera. Me da igual quién sea. Me tocó mirando esa cara, y justo cuando estoy a punto, le mando un mensaje de buenos días de lo más inocente. En cuanto veo que responde, me corro mirando su nombre en la pantalla. Esa persona jamás sabrá el papel que jugó en mi despertar.
Con el porno me pasa algo parecido de contradictorio. Empiezo buscando cosas extremas, escenas brutales que me llaman la atención por lo exageradas. Pero termino siempre en lo mismo: vídeos de mujeres dándose placer a solas. Las miro para copiarlas, para aprender un gesto nuevo, para sentir que no soy la única que vive enganchada a sus propias manos.
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El que mejor me entendió fue uno con el que estuve saliendo un tiempo. Era el hombre perfecto para alguien como yo, porque lo que más le gustaba en el mundo era verme hacerlo a su lado. Con él no había que esconder nada, y eso lo convirtió en una temporada de las que no se olvidan.
Cada mañana me despertaba cinco minutos antes que él a propósito. Empezaba a tocarme despacio, y él abría los ojos con el sonido de mis jadeos pegados a su oreja. No había mejor despertador. Si lo veía leyendo tranquilo en el sillón, yo me tiraba en la alfombra, abría las piernas y empezaba sin pedir permiso, sabiendo que él levantaría la vista del libro tarde o temprano.
Cuando salíamos a cenar con amigos, él ya conocía el ritual. A la hora del postre yo me excusaba un momento, me encerraba en el baño del restaurante y volvía a la mesa con las mejillas encendidas y una sonrisa que solo él sabía leer. Nadie más en aquella mesa imaginaba lo que acababa de hacer a tres metros de ellos.
Si dábamos un paseo por el campo, terminábamos siempre detrás de alguna roca, con la ropa medio bajada, tocándonos el uno frente al otro como dos adolescentes sin paciencia. Y del cine prefiero ni hablar. Iba directamente sin nada debajo de la falda, y en la oscuridad caían dos o tres orgasmos mientras él me tapaba la boca con la mano para que no montáramos un escándalo en plena sala.
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Lo que casi nadie creería es que, en el fondo, soy una persona tímida. Me cuesta mirar a los ojos, me sonrojo por tonterías, evito ser el centro de atención en cualquier reunión. Y sin embargo, a veces fantaseo con llenar mi casa de cámaras conectadas a esas páginas donde la gente paga por mirar. Estoy convencida de que me forraría. Pocas mujeres deben de vivir el deseo con esta intensidad, despiertas a todas horas, atadas a un apetito que no se sacia nunca.
No lo cuento como una queja. Lo cuento porque por una vez quería decirlo en voz alta, soltar el secreto que cargo desde siempre. Soy así, no pienso cambiar, y si he aprendido algo es a no pedir perdón por ello. Mañana me despertaré cinco minutos antes que el mundo, elegiré una cara cualquiera en la pantalla, y todo volverá a empezar.