La tarde que me quedé sola y dejé de fingir
La casa entera para mí. No recuerdo la última vez que eso había pasado un martes a media tarde. Mi compañera de piso, Renata, se había ido a casa de sus padres hasta el domingo, y yo tenía por delante varias horas sin nadie que entrara por la puerta, sin pasos en el pasillo, sin esa sensación constante de tener que comportarme.
Me quité los zapatos en la entrada y caminé descalza hasta mi habitación. El sol entraba demasiado fuerte por la ventana, así que bajé las persianas hasta dejar la pieza en penumbra. Apagué el teléfono. No quería interrupciones. Había algo que llevaba semanas posponiendo, una idea que volvía a mi cabeza cada noche antes de dormir y que nunca terminaba de atender como quería.
Empecé despacio. Me desabroché la blusa botón por botón, sin prisa, mirándome de reojo en el espejo del armario. Me gustaba esa lentitud, esa especie de ceremonia privada que nadie más vería. La blusa cayó sobre la silla. Después el sostén, y mis pechos quedaron al aire, fríos por un instante hasta que mis propias manos los cubrieron.
Me acaricié con las palmas abiertas, sintiendo cómo los pezones se endurecían bajo el roce. Cerré los ojos. Nadie va a venir. Tengo todo el tiempo del mundo. Bajé la falda y la dejé caer al suelo, y me quedé de pie en medio de la habitación con solo la ropa interior puesta, respirando el silencio de la casa vacía.
Me senté en la cama y encendí el portátil. No buscaba nada en particular, o eso me decía a mí misma. Pero mis dedos sabían exactamente adónde ir. Entré en la página de siempre y fui directa a la categoría que más me gustaba, la que nunca le confesaría a nadie en voz alta: dos mujeres juntas, sin hombres, sin guion, solo ellas.
Elegí un vídeo casi al azar. Una chica de pelo oscuro recorría con la lengua el cuerpo de otra, más clara, que se arqueaba sobre las sábanas y no podía quedarse quieta. No había música ni diálogos forzados, solo respiraciones y el sonido húmedo de una boca trabajando con paciencia. Me bastó con eso.
Sentí el calor subir entre mis piernas casi de inmediato. Pasé la mano por encima de la tela de mis bragas y noté la humedad que ya empezaba a filtrarse. Me acaricié así, por encima, presionando con dos dedos en círculos lentos, mientras con la otra mano seguía jugando con mis pezones. La imagen en la pantalla y mi propio cuerpo empezaron a confundirse en mi cabeza.
***
No tardé en querer más. La ropa interior se había vuelto un estorbo, demasiada barrera entre mis dedos y lo que de verdad necesitaba tocar. Me la quité tirando de los lados y la lancé hacia algún rincón de la habitación. Me recosté contra la almohada, abrí las piernas y me miré por un segundo: estaba completamente expuesta, brillante, lista.
Me llevé los dedos a la boca y los humedecí, aunque no hacía falta. Era un gesto que me gustaba, una forma de prepararme, de prolongar el momento antes del primer contacto directo. Cuando por fin bajé la mano y rocé el clítoris con la yema del dedo, un escalofrío me recorrió la espalda entera y se me escapó un suspiro que llenó la habitación.
Empecé con movimientos suaves. Círculos pequeños, sin apretar, dejando que la sensación creciera por sí sola. En la pantalla, las dos chicas habían cambiado de posición; ahora se enredaban una sobre la otra, cada una con la cara entre las piernas de su compañera, y los gemidos se solapaban. Imaginé que era yo la que estaba ahí. Que era mi cuerpo el que esa boca recorría sin descanso.
La fantasía se armó sola en mi mente, vívida, detallada. Inventé a una mujer que no tenía rostro definido pero sí manos firmes y una lengua que no tenía ninguna prisa. La imaginé arrodillada entre mis piernas, mirándome desde abajo, esperando a que yo le pidiera que siguiera. Por favor, no pares. En mi cabeza se lo decía, y en mi cabeza ella obedecía.
Aumenté el ritmo de mis dedos sobre el clítoris y, con la otra mano, llevé el dedo medio hacia mi entrada. Lo metí despacio. Mi interior estaba tan resbaladizo que entró sin la menor resistencia, apretado pero cálido, recibiéndome. Lo saqué y lo volví a meter, marcando un compás que iba en aumento, hasta que un solo dedo dejó de ser suficiente.
Añadí el segundo. Ahora me follaba con los dos, hundiéndolos hasta el fondo, separándolos apenas dentro para sentir cómo mis paredes se cerraban a su alrededor. La fantasía se volvió más concreta: imaginé que no eran mis dedos los que entraban y salían, sino los de aquella mujer sin nombre, que me miraba a los ojos mientras lo hacía y sonreía al notar lo mojada que estaba por ella.
***
Cambié de posición sin pensarlo, guiada solo por lo que el cuerpo me pedía. Me incorporé hasta quedar montada sobre mi propia mano, dejando que el peso hiciera el trabajo. Me mecía sobre los dedos, subiendo y bajando, mientras con la otra mano no dejaba de frotarme el clítoris. La espalda se me arqueaba sola, la cabeza caída hacia atrás, la boca abierta buscando aire.
Abrí los dedos dentro de mí en forma de tijera y un gemido largo se me escapó, más alto de lo que esperaba. Por un instante el reflejo viejo de bajar la voz apareció, pero lo deseché enseguida. No había nadie. Podía gritar si quería. Y por primera vez en mucho tiempo me permití hacerlo, dejar salir el sonido tal como nacía, sin filtrarlo, sin vergüenza.
Estaba cerca. Lo notaba en la tensión que se acumulaba en el bajo vientre, en el temblor que empezaba a apoderarse de mis muslos. Pero no quería llegar todavía. Aflojé el ritmo a propósito, saqué los dedos, me detuve al borde y me quedé ahí, suspendida, respirando entrecortado mientras la sensación se desinflaba apenas lo justo.
Volví a mirar la pantalla. La chica morena tenía a la otra al borde, frotándola con la mano mientras la besaba en el cuello, y la rubia repetía un «sí» tras otro como si fuera lo único que supiera decir. Sincronicé mi mano con la de ella. Cuando la chica del vídeo aceleraba, yo aceleraba. Cuando ella se detenía un segundo, yo me detenía. Era como si bailáramos sin tocarnos.
Me puse de rodillas sobre la cama, inclinada hacia delante, con una mano apoyada en el colchón y la otra entre las piernas. Desde ese ángulo el placer llegaba distinto, más profundo. Metí de nuevo dos dedos y esta vez no me detuve. Los movía rápido, sin tregua, y sentía cómo todo el cuerpo me pedía soltar de una vez aquello que llevaba reteniendo desde el principio.
La fantasía alcanzó su punto más alto en mi cabeza. Imaginé a esa mujer susurrándome al oído que me dejara ir, que estaba preciosa así, que no tenía que aguantar más por nadie. Y le hice caso. Apreté los párpados, froté mi clítoris con frenesí mientras los dedos de la otra mano entraban hasta el fondo, y el orgasmo me golpeó como una ola que no avisa.
Se me tensó la espalda entera, los muslos se cerraron sobre mi mano, y un grito ronco salió de mi garganta sin que pudiera contenerlo. Las piernas me temblaron durante varios segundos, los ojos se me fueron hacia atrás, y por un momento dejé de tener pensamientos: solo quedaba el latido caliente entre mis piernas y el placer recorriéndome de arriba abajo en oleadas que no terminaban de irse.
***
Saqué los dedos despacio, todavía sintiendo los últimos espasmos, y me dejé caer de costado sobre las sábanas revueltas. Me quedé así un buen rato, desnuda, con la respiración volviendo poco a poco a la normalidad y una sonrisa floja que no podía borrar. El vídeo seguía reproduciéndose, pero ya no le prestaba atención. Estiré el brazo y cerré la tapa del portátil.
La habitación olía a mí, a sexo, a tarde robada. Me pasé la mano por la frente, apartándome el pelo húmedo, y me quedé mirando el techo en penumbra. No sentía ni una pizca de culpa, y eso era lo que más me sorprendía. Durante años me había convencido de que esa parte de mí, la que deseaba a otras mujeres aunque nunca hubiera dado el paso, era algo que debía esconder incluso de mí misma.
Pero ahí, sola en casa, sin nadie a quien rendir cuentas, me había permitido dejar de fingir. Y no había sido sucio ni vergonzoso. Había sido honesto. Quizá lo más honesto que había hecho en mucho tiempo.
Pensé en Renata, que volvería el domingo, y en lo poco que se imaginaba la clase de tardes que yo pasaba cuando la casa quedaba vacía. Pensé también, por primera vez sin asustarme, en que tal vez la mujer sin rostro de mi fantasía no tenía por qué seguir siendo siempre una fantasía. Que quizá, algún día, me atrevería a buscarla de verdad.
Me levanté con las piernas todavía flojas, subí un poco las persianas para que entrara la luz de la tarde, y fui hacia la ducha. El agua tibia me cayó por la espalda y me quedé un rato bajo el chorro, sin pensar en nada, simplemente disfrutando de la sensación de ser, por una vez, exactamente quien era. Cuando salí, encendí el teléfono y vi un mensaje de Renata preguntándome qué tal mi tarde sola.
Mejor de lo que imaginas, escribí. Y lo borré antes de enviarlo. Algunas cosas, decidí, eran mías y de nadie más. Al menos por ahora.