Me pidió que me tocara mientras su amiga dormía
Cuando volvimos al salón, Noa ya se había quedado dormida en el sofá. Tenía las piernas recogidas y un brazo colgando sobre el borde, y respiraba con esa lentitud que delata el sueño profundo. Bajamos el volumen del equipo para no despertarla y nos sentamos en el suelo, sobre la alfombra, con la espalda apoyada en la base del mueble. La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la pantalla del reproductor.
Vera echó los brazos hacia atrás y se apoyó en las manos. Cerró los ojos y empezó a mover la cabeza muy despacio, siguiendo el ritmo de la canción. Yo la observaba en silencio. Había algo en esa postura, en su cuello estirado y en la curva de sus hombros, que me hacía sentir un tipo con suerte. Después de un rato, abrió los ojos como saliendo de un trance.
—Uf… esta canción es una maravilla. Hasta me pone —murmuró.
—Pues soy lo único que tienes a mano —respondí—. Así que tú verás si cambias la canción o cambias la sensación.
Se rió bajito, con cuidado de no hacer ruido.
—Si la oferta no me convence, siempre puedo apañármela yo sola —dijo con un tono juguetón, casi de desafío.
—Me parece bien. Igual te acompaño.
Me miró de reojo y, sin dejar de sostenerme la mirada, separó las rodillas. El vestido se le deslizó hasta la parte alta de los muslos. Bajé la vista hacia sus piernas abiertas y luego volví a su cara. Ella sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
—¿Harías algo por mí? —preguntó.
—¿Acaso te he fallado alguna vez?
—No, pero por algo hay que empezar, ¿no?
—¿Qué se te ha metido en la cabeza esta vez?
—Una idea. Te la voy contando sobre la marcha.
***
Subió el vestido hasta las caderas y cruzó las piernas al estilo indio. Después se inclinó hacia delante, abrió el cajón de la mesa baja y sacó una bolsita de hierba. Me la puso en la mano.
—Lía uno.
Rebusqué en el cajón hasta encontrar el papel. Armé el porro con calma, lo cerré y se lo tendí.
—Dale tú primero. Mi padre jura que esta es de la buena —dijo.
Lo encendí y le di una calada. No mentía: era suave y limpia. Le di un par más y se lo pasé. Vera fumó tranquila, ausente, como flotando en una nube, concentrada en la música y haciendo pequeños movimientos casi imperceptibles con los hombros. Echaba la cabeza hacia atrás y soltaba el humo hacia el techo en una línea fina. Me lo devolvió. Bebí un trago de la copa, recuperé el porro y di otra calada. Conocía bien ese estado, esa pesadez tibia en los párpados.
Entonces se acercó a mí y frotó la mejilla contra mi hombro, despacio, como una gata buscando mimos.
—Enséñamela —susurró pegada a mi oído.
—¿Qué es lo que quieres exactamente?
—Verla.
—¿Solo eso?
—Bueno… y que te toques para mí.
—Eres una cabrona. Así, en frío, me da vergüenza. Noa podría despertarse en cualquier momento.
—¿Ves? Ahí salió el tímido —se burló.
—No es eso, Vera. Es que nunca me he masturbado para nadie. Me resulta raro.
—Mentira. Noa me ha contado que cuando estabais juntos se lo pedíais el uno al otro.
Me quedé callado un segundo.
—¿Habéis hablado de eso?
—De eso y de mucho más —dijo con una sonrisa ladeada—. ¿Tú crees que, con todo lo que le está pasando ahora, le va a importar que yo te vea tocarte por pura curiosidad?
—Sé que vosotras dos os habéis enrollado, pero esto es otra cosa. No quiero líos con ella. La aprecio demasiado.
—Y yo lo sé. Hazme caso, lo tenemos más que hablado. ¿Quieres una prueba?
—¿Cómo que una prueba?
—Tienes un lunar redondo, bastante grande, en el lado izquierdo de la polla si la miras de frente. Te operaron de fimosis, y según ella, con el glande siempre al aire, tienes una de las más bonitas que ha visto. ¿Sigo?
—Sí —respondí, mientras notaba cómo empezaba a apretarme la tela del pantalón.
—Vale. Te vuelve loco el culo, es tu zona favorita. Morderlo, lamerlo, dar algún azote… ¿Te describo la cara que pones?
—Joder. ¿También te ha contado eso?
—Hasta el último detalle. ¿Entonces? ¿Me la enseñas o no?
***
La miré, la cogí de la nuca y la besé en la boca. Le metí la lengua despacio, solo un poco, lo justo para que entendiera que ya me había encendido. Cuando me separé, llevé la mano al botón del pantalón y lo desabroché.
—Esta postura es incomodísima —dije, levantándome del suelo—. Ven.
La tomé de la mano y la llevé hasta el sillón orejero, que estaba a unos tres metros del sofá donde Noa seguía dormida. Me bajé los pantalones hasta las rodillas y me senté con los calzoncillos todavía puestos. El bulto era imposible de disimular. Le pedí que se sentara en el reposabrazos y obedeció. Se deslizó los tirantes del vestido, que a esas alturas era ya poco más que un cinturón arrugado en la cintura, y se desabrochó el sujetador. Quedaron a la vista sus pechos y sus bragas oscuras.
—Desenfunda, pistolero —dijo con voz pícara, pasándose la mano por encima de la tela del coño.
Enganché el calzoncillo y lo bajé hasta donde tenía atascados los pantalones.
—Quítatelos del todo. Deja las piernas libres.
La obedecí. Me saqué las zapatillas y me desnudé de cintura para abajo. La tenía completamente dura, apuntando al aire.
—Acaríciatela —ordenó en voz baja.
La rodeé con la mano y empecé a recorrerla de arriba abajo. Siempre me había gustado tocarme, pero hacerlo delante de ella, con sus ojos clavados en mí, era una sensación distinta, eléctrica y un poco vertiginosa. Vera y yo nos habíamos besado mil veces, habíamos tonteado hasta el cansancio, nos habíamos cambiado de ropa en la misma habitación entre bromas subidas de tono, pero nunca habíamos llegado a este punto. Ella miraba cómo me la trabajaba despacio mientras se frotaba el sexo por encima de las bragas.
—Me gusta tu polla —dijo—. Noa tenía razón, es bonita.
—Gracias. A ella también le gustas tú. Me lo está diciendo ahora mismo, ¿no la oyes? —bromeé.
—Sí, pero hoy quiero verla contigo. Hoy quiero que sea así.
Empecé a frotarme más rápido, con la respiración cada vez más corta.
—Eso es, dale fuerte para mí —dijo, mientras se apartaba las bragas a un lado y me enseñaba el coño húmedo, acariciándoselo despacio para animarme.
—¿Te gusta lo que ves?
—Mucho. Voy a tener que pasarme por aquí algún día de estos. Me apetece, y de qué manera.
El momento me estaba tragando entero. No podía pensar en nada más que en su mano entre las piernas y en la mía sobre mí mismo.
—A veces me toco pensando en aquella tarde en que te quedaste mirando cómo me follaba Marco —soltó de pronto.
Paré en seco.
—¿Cómo dices?
Ella se rió por lo bajo, sin dejar de acariciarse.
—¿Te crees que no me di cuenta? ¿Por qué piensas que cambié tantas veces de postura? No pares.
No supe qué contestar. Había sido pura casualidad: salí al pasillo en dirección al baño, la puerta de su cuarto estaba entornada y los vi por la rendija. Me quedé clavado en el marco hasta el final, incapaz de moverme, viéndola follar sin que ella supiera —o eso creía yo— que estaba ahí. Saber ahora que lo había hecho para mí me golpeó en el estómago y, sobre todo, más abajo.
Seguí agitándomela y ella se levantó, se puso de pie frente a mí para que la viera mejor y luego se arrodilló entre mis piernas.
—Me encanta la cara que pones. Estás guapo, cabrón —dijo.
Me subió las manos por los muslos, acercó la boca a la punta y me pidió que me detuviera. Cuando lo hice, dejó caer un hilo de saliva sobre el glande, tibio y espeso.
—Sigue —ordenó.
Continuó tocándose mientras me observaba a un palmo de distancia.
—No voy a aguantar mucho —avisé.
Ella me levantó la camiseta con la mano libre.
—Córrete. Quiero ver cómo estallas.
Aceleré el ritmo. Unos segundos después eyaculé sobre mi propio abdomen, bajo su mirada fija. Vera acercó la mano derecha, recogió un poco de semen con los dedos y se lo llevó al coño para masturbarse con él. Había subido el ritmo y, por la forma en que tensaba la mandíbula y se le entrecortaba la respiración, supe que no tardaría en llegar.
—Estoy cachondísima. Me voy a correr —jadeó.
Acerqué la boca a su cara, que empezaba a contraerse.
—Córrete como una loba —le dije al oído—. Quiero verte.
Empezó a gemir, lo más bajo que pudo, con leves espasmos recorriéndole el cuerpo. Se dejó caer sobre los talones y se encogió sobre sí misma, atrapada por el orgasmo.
***
Mientras recuperaba el aliento, pasó la mano por mi vientre, la empapó de semen y se la llevó a los pechos, extendiéndolo despacio. Después me la agarró otra vez, se la metió en la boca, le dio un par de lametones lentos y la soltó. Nos quedamos así un momento, uno frente al otro, mirándonos en silencio, todavía con la respiración agitada.
—Vamos a limpiarnos —dijo al fin, poniéndose de pie.
Fuimos al baño y abrió el grifo del lavabo. Me acerqué, ella se mojó la mano y me retiró los restos del vientre. Luego le limpié yo los de los pechos mientras ella se aseaba entre las piernas. Nos mirábamos de vez en cuando en el espejo, sin decir nada, con una sonrisa cómplice que valía más que cualquier palabra.
Volvimos al salón. Noa seguía dormida, ajena a todo, en la misma postura. Decidimos llevarla a una cama. La cogimos con cuidado, la acostamos en una de las habitaciones, le quitamos los zapatos y la arropamos. Después regresamos al salón. Recogí mis calzoncillos y mis pantalones del suelo.
—No te los pongas —sugirió Vera, tirándome de la muñeca—. Vámonos a la cama.
Nos metimos en la suya. Era estrecha, demasiado para los dos, y los pies se me asomaban por el borde. No me importó lo más mínimo.