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Relatos Ardientes

La fantasía que cumplí durante la ola de calor

Hace muchísimo que no me siento a escribir. Lo sé, y pido perdón de antemano. La vida me dio vuelta como un guante en los últimos meses: entre el trabajo, los exámenes y esa sensación constante de no tener un solo minuto para mí, la inspiración se fue por el desagüe. Pero hoy vuelvo, y vuelvo con una de esas anécdotas que me cuesta creer que me hayan pasado de verdad. Cumplí una fantasía rara, una curiosidad medio incómoda de confesar, de esas que uno arrastra durante años sin animarse. Espero que les guste.

Me llamo Lucas, tengo veintisiete años y soy bisexual. Mido un metro setenta y cinco, tez clara, ojos marrones, pelo oscuro. Nada que llame demasiado la atención si me cruzaran por la calle. Soy el tipo de persona que pasa desapercibida, y quizá por eso mi cabeza compensa por dentro lo que no se anima a mostrar por fuera.

Hace unos días empecé a sentirme mal. Dolor de cabeza sordo, la garganta seca como papel de lija, la nariz tapada. Nada grave, pero suficiente para encender la alarma. Decidí aislarme hasta poder hacerme un hisopado y descartar lo peor. Vivo en una construcción al fondo de la casa de mis padres: una habitación propia y, pegado a ella, un baño que todavía está a medio terminar. Tiene de todo —inodoro, una especie de ducha, las paredes ya levantadas— menos dos cosas: la puerta y el agua. La cañería sigue siendo una promesa.

Para no contagiar a nadie, me propuse usar ese baño a medio hacer durante los días de encierro. El problema del agua lo resolví como pude: enganché una manguera a una canilla que quedaba justo afuera, la estiré hasta adentro y listo. Improvisado, sí, pero funcionaba.

Encima estábamos atravesando una ola de calor brutal. El tipo de calor que no afloja ni de noche, que se mete en las sábanas y no deja dormir. El agua salía a temperatura ambiente, casi tibia, y uno terminaba metiéndose bajo la manguera dos o tres veces por día solo para poder respirar. No era un lujo, era supervivencia.

Los primeros días del encierro fueron raros. Sin nadie con quien hablar, sin obligaciones más allá de medirme la fiebre y esperar, las horas se estiraban como chicle. Leía un poco, miraba el celular hasta que se me cansaban los ojos, dormía siestas largas que me dejaban más cansado que descansado. Y el cuerpo, encerrado y sin estímulos, empezó a pedir lo suyo de una forma cada vez más insistente.

***

Esa tarde el calor era de los peores. Me había pasado horas tirado en la cama, pegoteado, mirando el techo y maldiciendo el ventilador que no daba abasto. Cuando ya no aguanté más, agarré la manguera, abrí la canilla y dejé que el agua me cayera encima. Fue un alivio inmediato, esa clase de placer simple que uno subestima hasta que lo necesita.

Me enjaboné despacio, sin apuro, disfrutando de estar solo y de que nadie fuera a aparecer. La casa principal estaba vacía: mis padres habían salido y no volvían hasta la noche. El baño sin puerta dejaba entrar la luz blanca de la siesta y el ruido lejano de alguna cigarra. Estaba completamente solo en mi mundo.

El agua tibia me corría por la espalda y se juntaba en las baldosas, formando un charco que se escapaba lento hacia el desagüe a medio terminar. Cerré los ojos un momento y dejé que la sensación me envolviera: el calor de afuera, el frescor relativo del agua, la piel resbaladiza por el jabón. Hacía tanto que no me tomaba un rato así, sin culpa, sin reloj, que casi se sentía prohibido.

Mientras me pasaba la mano enjabonada por el pene, sentí esa cosquilla familiar, la que no tiene nada que ver con la higiene. Hacía rato que no me daba un momento para mí, y el cuerpo me lo estaba reclamando. Seguí jabonándome, ahora con otra intención, deslizando los dedos hacia atrás, hacia el ano, algo que no me permitía hacer desde hacía bastante.

Empecé despacio. Una mano subía y bajaba por la erección, la otra masajeaba con cuidado, los dedos resbalando por el jabón. Metí uno, después un poco más. La respiración se me fue acelerando sola. Y entonces apareció la idea.

La manguera.

Estaba ahí, a mis pies, escupiendo agua tibia contra las baldosas. No era gruesa, la presión era suave, casi un hilo. Y de golpe recordé algo que había visto más de una vez en algún video perdido a las tres de la mañana: mujeres que se metían una manguera y dejaban que el agua las llenara por dentro para después expulsarla. Siempre me había generado una mezcla rara de curiosidad y morbo. Nunca me había animado. Pero esa tarde, solo, caliente en los dos sentidos de la palabra, me pregunté por qué no.

Total, nadie me ve. Nadie va a saber.

Me enjaboné todavía más, generoso, asegurándome de que todo estuviera bien resbaladizo. Me agaché, me puse en cuclillas y acerqué la punta de la manguera. El primer contacto fue raro: el plástico frío, el agua chorreando, mi propia mano temblando un poco por los nervios. La presioné con suavidad, sin forzar, mientras con la otra mano seguía acariciándome para no perder la concentración ni las ganas.

No entró a la primera. Ni a la segunda. El cuerpo se resistía, como si dudara tanto como yo. Aflojé, respiré hondo, volví a intentar. Jugué con la posición, con el ángulo, masturbándome al mismo tiempo para mantener el cuerpo relajado y excitado a la vez. Y de pronto, cuando dejé de pensarlo tanto, cedió. La punta se deslizó hacia adentro y un escalofrío me recorrió la espalda entera.

Sentí el agua tibia abriéndose paso, llenándome despacio, una sensación completamente nueva, incómoda y fascinante al mismo tiempo. Me quedé quieto unos segundos, asimilando, con el corazón golpeándome el pecho. Después seguí. Empujé un poco más la manguera, la moví apenas, y el placer se mezcló con esa rareza líquida hasta volverse algo que no tenía nombre.

Era una mezcla difícil de explicar. La presión suave del agua expandiéndose, el roce del plástico, la mano firme sobre la erección que no aflojaba ni un segundo. Cada cosa por separado no habría significado mucho; juntas, formaban un cóctel que me tenía completamente entregado. Abrí los ojos y me vi reflejado borrosamente en el azulejo mojado: encogido, jadeante, haciendo algo que jamás había confesado a nadie. Y me gustó verme así.

***

Y ahí, en medio de todo, caí en la cuenta de un detalle que no había terminado de procesar: el baño no tenía puerta.

Si alguien aparecía —un vecino curioso, mi viejo volviendo antes de tiempo, cualquiera— me iba a encontrar así. En cuclillas, jadeando, con una manguera metida en el culo y la mano ocupada en lo evidente. La sola idea, en lugar de frenarme, me prendió fuego. El riesgo, por más improbable que fuera, le agregó una capa de morbo que no esperaba. Empecé a imaginar pasos en el patio, una sombra recortándose en el umbral sin puerta, unos ojos descubriéndome justo en ese momento.

No sé si quería que pasara o si solo me excitaba el filo de la posibilidad. Probablemente las dos cosas. Me masturbé más fuerte, más rápido, mientras seguía jugando con la manguera, atento al menor ruido, con esa tensión deliciosa de quien hace algo que no debería y a la vez muere por hacerlo a la vista de cualquiera.

El placer fue subiendo en oleadas. Cada movimiento de la manguera me arrancaba un temblor distinto, y la mano sobre el pene marcaba el ritmo. Empecé a respirar por la boca, a apretar los dientes, a sentir cómo todo se concentraba en un solo punto a punto de reventar. Aguanté lo más que pude, estirando la sensación, demorándola, hasta que ya no hubo forma de contenerla.

Terminé con un espasmo que me dobló hacia adelante. Un gemido se me escapó sin permiso y rebotó contra las paredes sin terminar. Me quedé unos segundos así, encogido, con el agua todavía cayendo y mi propio jadeo como única banda sonora. Las piernas me temblaban del esfuerzo de la cuclilla y del orgasmo a la vez.

Cuando recuperé un poco el aire, retiré la manguera con cuidado. Después me senté en el inodoro y dejé que el cuerpo hiciera lo suyo, expulsando toda el agua que había quedado adentro. Básicamente me había hecho un enema sin proponérmelo. El detalle práctico, en medio de semejante experiencia, casi me dio risa.

***

Lo curioso es que, lejos de quedar saciado, me quedé con ganas de más. Ahora tenía todo el interior limpio, el cuerpo flojo y la cabeza llena de ideas nuevas. Mientras escribía esto —porque sí, lo escribí casi enseguida, todavía con la piel erizada— me di cuenta de que contar estas cosas me vuelve a poner duro. Me pasa siempre. No puedo redactar un relato así sin terminar masturbándome otra vez en el proceso. Y creo que apenas ponga el punto final voy a volver al baño a seguir explorando.

Perdón por los errores que se me hayan escapado, sigo siendo un desastre escribiendo. Prometo intentar volver más seguido, ahora que descubrí que el encierro y el calor pueden ser muy buenos compañeros de creatividad. Pero antes de irme me quedé con una duda dando vueltas, y se las dejo a ustedes.

¿Cuál fue la cosa más rara que usaron alguna vez para darse placer?

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Comentarios (5)

Roxana_MX

Buenisimo!!! me encanto, sigue publicando

DiegoNorte88

Por favor que haya continuacion, quede con ganas de saber mas

SandraRioBA

Me recordo a un verano que tuve hace unos años, esa combinacion de calor y soledad da para mucho jaja. Muy buen relato

ViajeroN22

¿Vas a escribir una segunda parte? me quede intrigado

Caro_Baires

El ambiente que le da el calor al relato es increible, se siente sofocante de la mejor manera. Muy bien logrado

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