La noche que descubrí el club de los mirones
Esteban tenía dos vidas y solo una era cierta. Por el día era oficinista, llegaba puntual al trabajo, contestaba correos sin pasión y volvía a su departamento con la rutina pegada al cuerpo como una segunda piel. Por la noche, cuando el barrio dormía, se convertía en otra cosa: un cazador silencioso, un coleccionista de sonidos ajenos.
Su afición había empezado a los veintipocos, con el porno y la masturbación lenta frente a la pantalla. Pasaba horas con la polla en la mano, cambiando de video sin terminar en ninguno, buscando ese gemido puntual, esa cara desencajada de mujer corriéndose que le disparara el orgasmo. Pero pronto descubrió que la pantalla no le bastaba. Lo que de verdad le aceleraba el pulso era saber que del otro lado de una pared había gente real follando de verdad. Por eso, durante años, su ritual fue siempre el mismo.
Cada dos o tres semanas se escapaba a alguno de los moteles baratos que rodeaban la avenida Centeno, esos lugares con luces de neón parpadeando sobre el cartel y una recepcionista a la que no le importaba quién entraba o salía. Pedía la habitación más barata, dejaba el dinero sobre el mostrador y subía la escalera intentando no hacer ruido.
Una vez dentro, apagaba la luz, se sentaba en el borde de la cama y esperaba.
Los moteles eran predecibles en eso: siempre había alguien al otro lado. Una pareja que discutía y terminaba follando con rabia, dos amantes furtivos que se reían bajito antes de empezar, una mujer sola que llamaba a alguien por teléfono y se tocaba el coño mientras hablaba. Esteban se desnudaba despacio y pegaba la oreja a la pared. Los muelles de la cama vecina vibraban contra la madera, los gemidos llegaban en oleadas, las palabras a medio decir se le metían en la cabeza como un susurro: «así, más adentro», «mamámela toda», «cogeme más fuerte hijo de puta».
Se acariciaba con la misma lentitud con la que escuchaba. Se escupía en la palma y se envolvía la verga entera, subiendo y bajando el puño al compás de los golpes de cadera del otro cuarto. Sincronizaba la mano con el ritmo del otro cuarto. Cerraba los ojos y se inventaba la escena: la postura, los rostros, la ropa tirada en el suelo, los espejos del baño empañados, ella arrodillada con la boca abierta, él con las manos en la nuca de ella empujándole la cara contra su pija hasta hacerla arcadear. Cuando los vecinos terminaban, él también terminaba, casi siempre poco después, mordiéndose el labio para no delatarse, largando chorros calientes de semen sobre su propia panza y limpiándose después con la toalla áspera del motel.
Esa había sido su existencia durante años. Hasta que dejó de funcionar.
***
El problema con cualquier vicio es que siempre pide más. Los moteles empezaron a parecerle escenarios usados, los gemidos al otro lado de la pared sonaban repetidos, como si las parejas se hubieran puesto de acuerdo en imitarse. Una noche, en su departamento, abrió el portátil con la esperanza vaga de encontrar algo nuevo y se metió en uno de esos foros que aparecen y desaparecen cada pocos meses, llenos de hilos sobre fetiches, recomendaciones de saunas y advertencias sobre tipos peligrosos.
En medio de un hilo titulado «Para los que ya vimos todo», alguien escribió una sola línea: «Penumbra. Calle Tárcoles, cuadra ocho. Pero no para todos».
Debajo había una decena de comentarios. «Es real. Cuesta. Vale la pena». «Si vas, no preguntes. Solo mirá». «No es para principiantes». Nadie daba detalles concretos. Solo insinuaban cabinas, paneles acústicos, espejos, vecinos reales. Una promesa apenas dibujada que se le metió en la cabeza y no quiso salir.
Tardó tres semanas en animarse. Pasó por el lugar dos veces antes de entrar; las dos veces se obligó a seguir de largo, con el corazón golpeándole las costillas. La fachada era discreta hasta el ridículo: un portón negro entre una lavandería y un local cerrado, sin cartel visible, con una luz roja diminuta sobre el timbre. La tercera vez se bajó del auto y tocó.
Le abrió un hombre mayor con la barba descuidada y unos lentes que se le resbalaban por la nariz. Lo midió sin disimulo de arriba abajo. No le pidió nombre ni documento.
—¿Primera vez? —preguntó, masticando un palillo.
—Sí.
—Cabinas básicas o suite. Las cabinas, setenta. La suite, doscientos.
Esteban pagó las cabinas en efectivo, contando los billetes despacio para que no le temblaran las manos. El hombre guardó la plata en el bolsillo del pantalón y le hizo una seña para que lo siguiera.
El pasillo era angosto y olía a humedad mezclada con un desinfectante dulzón, como si alguien hubiera intentado tapar otra cosa peor. Las paredes estaban forradas con un terciopelo bordó comido por los años. Había seis puertas numeradas. El hombre abrió la cuatro y le hizo un gesto hacia adentro.
—Una hora —dijo, y se fue arrastrando los pies.
***
La cabina era del tamaño de un placard. Un sillón reclinable de cuero sintético, una pantalla a la altura de los ojos, un par de auriculares colgando de un gancho. En la pared lateral había dos botones discretos: uno verde con la etiqueta «contenido», otro rojo con la etiqueta «vecino».
Esteban cerró la puerta por dentro. Pasó el pestillo dos veces, por las dudas. Se sentó. La piel del sillón estaba tibia, como si alguien hubiera salido recién. Trató de no pensar en eso, aunque la idea de otro tipo corriéndose ahí mismo minutos antes le puso la verga dura contra la tela del pantalón.
Apretó el botón verde y la pantalla se encendió. El menú era largo, mucho más largo de lo que había imaginado, con categorías clasificadas con una pulcritud burocrática que contrastaba con el lugar. Eligió algo suave para empezar: una pareja en una cama deshecha, ella arrodillada entre las piernas de él con la boca llena de polla, chupándola de raíz a punta con los ojos húmedos, tragando saliva y babeándose el mentón. Se aflojó el cinturón, se bajó el pantalón hasta los tobillos y se sacó el calzoncillo. La verga le saltó pegada al vientre, hinchada, con la punta ya mojada. Se la agarró entera y empezó a masajearse con la mano seca, apretando el prepucio hacia abajo para dejar el glande brillante y expuesto. Se escupió en la palma, extendió la saliva por todo el tronco y volvió a envolvérsela, esta vez con el puño resbalando fácil, marcando un ritmo lento que le arrancó un temblor en los muslos.
Pero a los pocos minutos el botón rojo le pesaba en la mirada. Tardó en apretarlo. Cuando lo hizo, el sonido le entró por los auriculares como una bofetada.
No era una grabación. Eran los auriculares conectados a la cabina de al lado. Un hombre respirando fuerte, el roce húmedo de la piel contra sí misma, la mano de otro tipo trabajándose la polla a un ritmo parejo, chac-chac-chac, con la lubricación pegajosa que hacía que cada pasada sonara mojada. Una pausa, un suspiro largo, otra vez la respiración acelerada. Alguien como él, encerrado en un placard idéntico, con la verga al aire y el puño lleno de semilla, masturbándose a un metro de distancia, sin saber que lo escuchaban.
Esteban se quedó quieto un momento, con la mano detenida en la base de su propia polla. Después siguió, despacio, sincronizando como había aprendido a hacerlo en los moteles. La diferencia era que ahora el otro tampoco veía nada real, también vivía de imaginar. Eran dos hombres encerrados en placares contiguos, cada uno alimentando al otro sin saberlo, con las pijas duras en la mano, mirando pantallas distintas y construyendo la misma fantasía a tientas.
El placer subió en escalones. La pantalla cambió a un video de cámara oculta, una ducha con la puerta de vidrio empañada. Una silueta de mujer se enjabonaba las tetas, se metía dos dedos entre las piernas, arqueaba la espalda contra los azulejos. El sonido del agua se mezcló con la respiración del vecino, cada vez más entrecortada. Esteban aceleró la mano, empezó a bombearse la verga con fuerza, apretando el glande al final de cada bajada, sintiendo la vena gruesa palpitar contra los dedos. Dejó que se le escapara un gemido bajo y, por una décima de segundo, le pareció escuchar que el otro respondía con otro, más ronco, seguido de un jadeo que sonó a corrida contenida. Se quedó duro contra el aire, conteniendo el aliento, con la polla temblándole en la mano. La pausa duró demasiado. Después los dos siguieron, sin volver a romper el silencio, cada uno paja y paja en su propio placard.
Cuando terminó, la corrida le salió a chorros gruesos, uno tras otro, manchándole la mano, el vientre, el pelo del pubis. Se quedó hundido en el sillón, jadeando, con la cabeza echada hacia atrás y el semen enfriándosele encima de la piel, con un nudo extraño en el pecho. Le quedaban veinte minutos del paquete básico. No los usó. Se limpió con unos pañuelos que había en un dispensador junto al sillón, se subió el pantalón, salió, pagó la diferencia con los billetes que le quedaban y pidió la suite.
***
La suite estaba en el primer piso. Subió por una escalera de madera que crujía a cada paso. El hombre del palillo lo dejó frente a una puerta con el número doce y le entregó una llave atada con un cordel.
—Una hora más. Si querés extender, tocás el timbre del pasillo.
Adentro, el aire estaba cargado. Una cama matrimonial con sábanas color vino, mal estiradas. Una pared cubierta por cuatro pantallas chicas conectadas a un mismo cable. Y, en otra pared, lo que Esteban había venido a buscar sin saberlo del todo: tres ventanitas rectangulares, cada una del tamaño de un libro abierto, con un cristal espejado del lado del vecino. Encima de cada una, una etiqueta plástica decía «no golpear».
Se desnudó hasta quedar en calzoncillos y se sentó en el borde de la cama. Encendió las pantallas con el control remoto que encontró sobre la almohada. Las imágenes empezaron a moverse: cuatro escenas a la vez, todas en vivo, todas tomadas de cámaras escondidas en distintas suites del lugar. Una mujer sola, sentada en el suelo contra la pared, con los pies abiertos y la mano metida debajo de la pollera, dos dedos entrando y saliendo de un coño depilado y brillante, mientras la otra mano le apretaba una teta por debajo de la blusa. Una pareja peleando todavía vestida, mirándose como si fueran a romperse algo, hasta que el hombre la agarró del pelo y le metió la lengua en la boca; en dos segundos ella ya le estaba desabrochando el pantalón y le sacaba la polla afuera con rabia, para escupirle encima y empezar a mamársela con odio, mirándolo desde abajo con los ojos aguados. Un hombre solo, en una cama idéntica a la suya, masturbándose con los ojos cerrados y la boca abierta, la verga larga y roja resbalándole entre los dedos. Un grupo —no llegaba a contar cuántos— deshaciendo botones y enredándose entre risas, dos tipos y una mujer que ya tenía una polla en la mano y otra en la boca, las tetas al aire, las tres bocas buscándose.
Las pantallas estaban bien, pero los espejos eran otra cosa.
Se acercó a la primera ventanita y pegó la frente al vidrio frío. Del otro lado, una mujer joven, completamente desnuda, se inclinaba sobre la cama con las piernas separadas. Un hombre detrás la sujetaba por las caderas y le hundía la polla despacio, milímetro a milímetro, hasta que las bolas le quedaban apoyadas contra los muslos de ella. Después la sacaba casi entera, dejando ver el tronco brillante y grueso, y volvía a empujar sin apuro, mordiéndose el labio. La mujer gemía cada vez que él tocaba fondo, un gemido gutural que se le escapaba de la garganta como si no pudiera evitarlo. El sonido le llegaba apenas amortiguado a Esteban: respiraciones rotas, pieles golpeándose con ese chasquido húmedo tan puntual, una palabra suelta cada tanto —«así», «puta», «tomá»—. El hombre le agarró un mechón de pelo y le tiró la cabeza hacia atrás, cogiéndola más fuerte, más rápido, hasta que ella empezó a gritar contra el colchón. Después la dio vuelta, la puso boca arriba con las piernas abiertas, y volvió a metérsela mirándola a los ojos, con una mano apretándole el cuello sin llegar a lastimarla. La mujer giró la cabeza por encima del hombro y miró hacia el espejo, no a través, claro, sino contra su propio reflejo. Esteban se quedó congelado, con la sensación absurda de que lo había descubierto a él, y con la verga otra vez dura y palpitante debajo del calzoncillo.
Se movió a la segunda ventana. Un hombre, solo, sentado en una butaca, vestido todavía de oficina con la corbata floja, masturbándose despacio. Tenía la pija afuera del pantalón, gruesa, rojiza, y la trabajaba con dos dedos y el pulgar, girando la muñeca en la punta como si estuviera enroscando algo. Tenía los ojos clavados en algo fuera del campo visible. Esteban entendió que del otro lado, ese hombre también miraba algo o a alguien, y que la cadena podía no terminar nunca: cada cuarto un espejo, cada espejo un voyeur, todos con la mano en la polla, todos mirando sin ser vistos.
Le subió un escalofrío que no era miedo. Era esa otra cosa que llevaba años persiguiendo.
Volvió a la cama. Se sacó el calzoncillo, se acostó boca arriba y dejó que el sonido de las suites invadidas lo envolviera por completo. Las pantallas seguían encendidas, los espejos seguían en su sitio, los vecinos seguían siendo desconocidos. Y por primera vez en años, mientras se agarraba la verga y empezaba a bombeársela con las dos manos —una en el tronco, la otra masajeándose las bolas—, Esteban no necesitó imaginar nada. Todo lo que siempre había construido en su cabeza estaba ahí, en cuatro pantallas y tres rectángulos de cristal, sucediendo de verdad y al mismo tiempo. Escuchaba a la mujer del cuarto vecino gritar cada vez que la polla del otro le tocaba el fondo, escuchaba al oficinista de la butaca acelerando el puño, y sentía cómo su propia verga se le hinchaba hasta el límite.
Terminó dos veces. La primera con violencia, jadeando contra una almohada que olía a otro, con los muslos tensos y las bolas contraídas, largando una corrida espesa que le salpicó el pecho y le llegó hasta el mentón. Se quedó tirado unos minutos con la respiración descompuesta, la mano todavía cerrada sobre la polla mojada, sintiendo cómo el semen se le enfriaba en la piel. Después se lamió los dedos, despacio, probándose a sí mismo. La segunda corrida vino más tarde, casi en silencio, con los ojos abiertos y fijos en la ventanita central, donde un nuevo desconocido había llegado para reemplazar al anterior. Esta vez se tocó despacio, alargándolo, apretando la base cada vez que sentía que se venía, hasta que no aguantó más y se corrió en su propia mano, con la boca abierta contra la almohada, mordiéndola para no gritar.
***
Cuando salió, eran cerca de las cuatro de la mañana. La calle Tárcoles estaba vacía y mojada, con esa quietud que tienen las ciudades cuando ya nadie miente sobre lo que está haciendo. El hombre del palillo lo despidió con un cabeceo, sin sonreír, como quien ya sabe que ese cliente va a volver.
Esteban caminó hasta el auto con las piernas blandas, el calzoncillo pegajoso y un sabor metálico en la boca. Sabía que las paredes finas de los moteles de la avenida Centeno nunca volverían a alcanzarle. Penumbra había abierto una puerta y, del otro lado, había más puertas, todas espejadas, todas mostrando a alguien parecido a él, con la polla en la mano y la respiración rota.
Encendió el motor y se prometió volver el viernes. Sabía, también, que no iba a cumplir esa promesa. Iba a volver mucho antes.





