Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que vi a mi mujer con el gerente del bar

Esa noche habíamos decidido que era el momento. Llevábamos meses fantaseando con la idea, hablándola en susurros después del sexo, riéndonos al día siguiente como si fuera un chiste, pero ninguno de los dos olvidaba. Mi mujer quería estar con otro hombre. Quería que yo la viera. Y yo, aunque me costara admitirlo, lo deseaba tanto como ella.

Escogimos un bar al que solíamos ir con sus primos en fechas señaladas. Conocíamos el lugar, la música, el tipo de gente que iba. Eso nos daba una falsa sensación de control sobre algo que, en realidad, no se podía controlar.

Camila —así se llama mi mujer— se metió en la ducha a las nueve. Salió envuelta en una toalla, con el pelo mojado pegado al cuello, y me lanzó una mirada que ya era una promesa. Tardó casi una hora en arreglarse.

Cuando bajó por las escaleras casi me quedo sin aire. Una blusa blanca, fina, sin sostén. Una falda negra muy corta. Una tanga del mismo color que se adivinaba si caminaba contra la luz. Unos Converse blancos, porque me dijo que no quería verse «como una cualquiera». Y una chaqueta de cuero negra sobre los hombros.

—¿Estás lista? —le pregunté.

—Estoy nerviosa —respondió—. Pero sí. Vámonos antes de que me arrepienta.

En el coche apenas hablamos. Ella miraba por la ventanilla y se mordía el labio. Yo le apretaba el muslo cada cierto rato, no por deseo, sino para recordarle que estaba ahí, que no iba a quedarse sola en esto.

Al llegar al bar nos recibió el valet. Camila bajó del coche y la mirada del chico se fue directa a sus piernas. Ella lo notó. Sonrió. Se acomodó la falda con un gesto lento, deliberado, y caminó hacia la entrada con las caderas un poco más sueltas que de costumbre.

—¿Y eso? —le susurré.

—A esto vinimos, ¿no? —contestó sin mirarme—. Ya empecé a calentarme.

En la puerta había un tipo alto, de unos treinta y cinco años, encargado del cacheo. Le dijo a Camila que sus compañeras todavía no habían llegado, que si le permitía. Ella se quitó la chaqueta y levantó los brazos.

Las manos del hombre subieron por la cintura, rodearon el costado de los pechos, bajaron por las caderas. Le pidió que se diera la vuelta. Le pasó las palmas por las nalgas, por debajo de la falda, sin disimulo. Camila soltó un suspiro muy bajo, casi inaudible, pero yo lo escuché. El tipo también.

Nos dejó pasar. Mientras nos alejábamos lo vi sacar el radio y hablar con alguien, sin perderla de vista.

La primera hora fue lo que esperábamos. Camila pidió un gin tonic, después otro. Cada vez que sonaba una canción que le gustaba se iba a la pista. No le faltaron parejas de baile. La sacaban de la mesa, le rozaban la cintura, alguno se le pegaba por detrás más de lo necesario. Yo la miraba desde lejos y sentía esa mezcla rara de excitación y de algo que no sabía nombrar, parecido al vértigo.

Volvía a la mesa, me daba un beso largo, me decía al oído lo que el último le había susurrado o lo que había sentido cuando le había puesto una mano en la cadera. Y se iba otra vez.

A eso de la una se sentó a mi lado y respiró hondo.

—No hay nadie —dijo.

—¿Cómo que no hay nadie?

—Mira a tu alrededor. Borrachos, viejos, niñatos que no saben ni dónde poner las manos. No me apetece ninguno. Vamos a tener que dejarlo para otra noche.

Le di un sorbo a mi copa para esconder la cara. Estaba decepcionado. Pero la entendí. Si la fantasía no se cumple con el hombre adecuado, no se cumple. La esencia estaba en el deseo, no en cualquier sustituto.

Estábamos pidiendo la última cuando se acercó una mesera y le dijo a Camila si podía hablar un momento con ella, aparte. Se fueron a un rincón donde la música bajaba un poco. Las observé desde la mesa. Vi a Camila negar con la cabeza una vez, otra. Volvió con una sonrisa rara.

—¿Qué quería?

—El gerente del local. Dice que me ha visto durante toda la noche y que le gustaría conocerme.

—¿Y qué le has dicho?

—Que no. Estos gerentes son siempre tipos mayores, con tripa, con cara de cerdo. No voy a echar a perder la noche por darle el gusto a uno que me va a dar asco.

Me quedé callado. Por un lado tenía razón. Por otro, la curiosidad ya me había mordido. Si el gerente la había estado observando, sabía exactamente lo que había pasado en la puerta, en la pista, en cada baile. Y si se había atrevido a mandar a una camarera, no era un cualquiera.

—Quedémonos un rato más —le dije—. Toma otra copa. Vamos a relajarnos. Si después de eso quieres irte, nos vamos.

Aceptó de mala gana. Esperé a que se metiera en el móvil, le dije que iba al baño y me fui a buscar a la mesera.

La encontré junto a la barra. Le dije que necesitaba hablar con el gerente, que tenía que ver con la propuesta que le había hecho llegar a mi mujer. Me miró como si le hubiera pedido las llaves de la caja fuerte. Tardó en decidirse. Al final me pidió que la siguiera.

Atravesamos un pasillo detrás de la barra, otro detrás de una cocina pequeña, y subimos por una escalera estrecha hasta una puerta sin cartel. Llamó dos veces y entró.

El despacho no era lo que yo había imaginado. Un escritorio negro, dos butacas de cuero, una pared entera de monitores con las cámaras del local. Y detrás del escritorio, un tipo de unos veintiocho o treinta años, con la camisa blanca arremangada, sin corbata, la mandíbula afeitada y una sonrisa que no era amable pero tampoco hostil. Atractivo. Muy atractivo. Y lo sabía.

Me ofreció asiento y me sirvió un whisky sin preguntarme si quería. Lo acepté.

—Así que tu mujer es la que ha estado provocando a medio bar y, cuando le llega la invitación, dice que no —dijo, sin tono de pregunta—. ¿A qué jugáis?

Le conté la verdad. Que era una fantasía nuestra. Que ella había rechazado la propuesta porque se había imaginado a otra cosa, a otro tipo de hombre. Que yo, en cambio, había venido a hablar con él porque me había picado la curiosidad.

Soltó una carcajada corta.

—Vaya par. Mira, lo voy a hacer fácil. Le mando otra copa, una de la casa. Le digo a la mesera que le diga que es de mi parte y que, si quiere subir un momento, suba. No voy a obligar a nadie a nada. Si baja, baja. Si se queda, te aviso para que vengas a verla. Tengo monitor y audio en este despacho y en el de al lado. ¿Te parece?

Me parecía. Le di la mano. Volví a la mesa.

—¿Tardaste mucho? —me dijo Camila.

—Había cola. Pide otra copa. La última. Te lo prometo.

A los cinco minutos llegó la mesera con dos copas de vino, un Ribera, y dijo en voz alta que invitaba la casa. Después se inclinó hacia el oído de Camila y le susurró algo. Vi cómo a mi mujer se le aceleraba la respiración. La mesera se fue.

—¿Qué te ha dicho?

—Que el gerente quiere verme un momento. Arriba.

—¿Y?

—No sé.

—Sube —le dije—. Solo a verlo. Si no te gusta, bajas. No tienes que hacer nada que no quieras.

Me miró durante varios segundos. Después se levantó, se acomodó la falda con el mismo gesto deliberado de la entrada y se fue detrás de la mesera. Antes de perderse por el pasillo se giró y me lanzó una mirada que no supe leer.

Le di un minuto. Después me levanté y fui a la barra. La mesera ya me esperaba con la indicación. Me llevó al despacho de al lado, abrió la puerta y me dijo en voz baja: «Cualquier cosa, abres y se acabó. No hay show si no quieres».

Cerró. Me senté frente al monitor. Me puse los auriculares.

***

En la otra habitación, Camila estaba de pie frente al escritorio. El gerente la había recibido con una copa en la mano y se la había ofrecido. Ella la cogió, pero no bebió.

—Esperaba a alguien más viejo —dijo ella.

—Yo esperaba a alguien menos cabrona —contestó él. Lo dijo con media sonrisa, y mi mujer se rio sin quererlo.

Hablaron un par de minutos. Él le preguntó por la fantasía. Le preguntó qué quería que pasara. Le preguntó qué no quería que pasara. Yo, desde el monitor, lo escuché todo. Era la primera vez en la noche que alguien le hablaba a Camila como si fuera una persona y no un trozo de carne. Y, paradójicamente, eso fue lo que la convenció.

Se sentó en el borde del escritorio. Cruzó las piernas. La falda se le subió un par de centímetros.

—Está mirando, ¿verdad? —dijo ella, sin levantar la mirada.

—Está mirando —respondió él.

Camila respiró hondo. Y después dejó la copa.

—Que mire.

Él se acercó despacio. Le puso una mano en la rodilla, subió por la cara interna del muslo, sin prisa, esperando una señal de freno que no llegó. Cuando los dedos rozaron el borde de la tanga, Camila cerró los ojos.

—Quítatela —le dijo él—. Despacio.

Mi mujer se levantó. Se bajó la tanga negra por las piernas y la dejó caer sobre la moqueta. Volvió a sentarse en el escritorio y separó las piernas un poco, lo justo, mirándolo a los ojos.

El gerente se arrodilló entre sus muslos. Lo que pasó después yo lo viví por los auriculares más que por la imagen. Los suspiros de Camila, su manera de tirar la cabeza para atrás, las palabras que llevaba meses sin decirme y que ahora le decía a un desconocido en una oficina iluminada a medias. Le pedía que no parara. Le decía que siguiera. Le decía cosas que ni yo sabía que sabía decir.

Cuando él se incorporó, ella le buscó el cinturón con las dos manos. Estaba decidida. No había rastro de la mujer que media hora antes me había dicho que estaba decepcionada. Esa mujer se había quedado abajo, en la mesa.

Lo siguiente fue más largo y más lento de lo que yo esperaba. Él la giró, la dobló sobre el escritorio, le subió la falda hasta la cintura. La penetró sin prisa, marcándole el ritmo, sujetándola por las caderas. Camila tenía los ojos abiertos, mirando hacia la pared sin ver nada, y se le escapaba la boca abierta en cada embestida.

—Mira a la cámara —le dijo él en un momento—. La de la esquina.

Mi mujer giró la cabeza y me buscó. Aunque sabía que no podía verme, miró exactamente a la cámara que me daba la imagen. Y me sonrió.

Esa sonrisa fue, posiblemente, lo más excitante que he visto en mi vida.

Estuvieron un rato más. Cambiaron de postura. Ella se sentó encima, llevando el ritmo, mirando a la cámara cada pocos segundos. Cuando él terminó, lo hizo fuera, sobre la espalda baja de mi mujer, y ella se rio bajito, como si todo aquello fuera una broma privada entre los tres.

Se vistieron casi en silencio. Camila se recogió el pelo. Recogió la tanga, la miró un segundo y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta. El gerente le dio un beso corto en la sien, casi paternal, casi burlón.

—Cuando quieras volver —le dijo—, sabes dónde estoy.

***

Salió por la puerta del despacho. Yo salí por la del mío al mismo tiempo. Nos encontramos en el pasillo. No nos dijimos nada. Le di la mano. Me la apretó tan fuerte que pensé que me iba a partir los dedos.

En el coche, de camino a casa, tampoco hablamos demasiado. Solo, cuando ya estábamos llegando, me cogió la mano y la puso sobre su muslo, todavía sin tanga, y me dijo:

—Esta noche tú no me has tocado.

—Esta noche no tocaba.

—Pues ahora sí.

Llegamos a casa y la abracé en la entrada, contra la puerta, antes de subir. Lo que vino después no lo voy a contar aquí, porque era nuestro, solo nuestro. Pero le dije, mientras estábamos en la cama y ella respiraba sobre mi pecho, que no sabía si quería repetirlo.

—Yo tampoco lo sé —me contestó—. Pero por si acaso, no tires la tarjeta de ese sitio.

Y se durmió encima de mi pecho, con la respiración tranquila, como si no acabara de pasar nada.

Ver todos los relatos de Voyerismo

Valora este relato

Comentarios (5)

Tonito_Baires

que relato...!!! me dejo sin palabras, de lo mejor que lei en mucho tiempo

Meli_cba

esa tension antes de que pase todo es lo que mas me engancho. no podia dejar de leer

LecturaNocturna7

me imagino la adrenalina que se siente en ese momento. tremendo

Claudio_mdp

buenisimo. te animas a contar como siguio despues? quedo con esa duda jaja

Pauli_89

se siente muy real, como si uno estuviera ahi mirando junto con el. felicitaciones en serio

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.