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Relatos Ardientes

El sueño del que desperté tocándome

El sueño se apodera de mí poco a poco, como una marea que sube sin que yo me dé cuenta. Las piernas me pesan, los párpados me arden y la pantalla del portátil empieza a desdibujarse frente a mis ojos. Son las dos de la madrugada y llevo media hora peleando contra el cansancio para terminar el capítulo, pero es una batalla perdida. La voz de los personajes se vuelve un murmullo lejano y mi cabeza se va de lado contra el cojín del sofá.

Me levanto a duras penas y arrastro los pies hasta mi habitación. La casa está en silencio. Daniela, mi compañera de piso, lleva horas durmiendo al otro lado del pasillo, y solo el zumbido de la nevera rompe la quietud del apartamento.

Al llegar a mi cuarto busco el pijama y no lo encuentro. Mi cabeza medio dormida recuerda que lo eché a lavar esta misma mañana. ¿O era la de ayer? Da igual. No tengo fuerzas para abrir el cajón y buscar otro. Me desprendo de la ropa con torpeza, dejándola caer en el suelo, y me cuelo bajo las sábanas frescas y limpias.

El peso del edredón sobre mi cuerpo desnudo me acuna. La tela acumula mi calor segundo a segundo y, en ese capullo tibio, siento que floto. Cierro los ojos. Lo último que pienso es que mañana tengo que poner una lavadora. Después, nada.

***

Floto, pero no en el aire. Es más bien un vapor denso, casi líquido, que me sostiene y me mece. Mi pelo se expande ingrávido alrededor de mi rostro, como si estuviera sumergida en agua tibia. No hay suelo ni techo, no hay paredes. Solo esa penumbra cálida que me envuelve por todos lados.

Entonces siento su presencia. Se aproxima despacio, desde algún lugar a mi espalda, lenta e inexorable como algo enorme que se desliza por el fondo del mar. Da miedo. Quiero girarme, quiero mirar, pero mi cuerpo no obedece. Es como si cada músculo estuviera hecho de plomo.

Su calor llega antes que su contacto. Lo noto trepar por mi columna, una tibieza húmeda que me eriza la piel de la nuca. Quiero gritar, pero mis labios tampoco responden. Es un sueño, me digo, solo es un sueño. Y, sin embargo, todo se siente demasiado real.

Por el rabillo del ojo percibo movimientos sigilosos, sombras que reptan en la oscuridad. El calor de esa mole invisible es tan intenso que siento cómo mis poros se abren, cómo una fina película de sudor me cubre entera hasta volverme una luciérnaga de piel perlada y brillante.

Algo me roza la pierna. Algo firme y resbaladizo que se desliza por mi pantorrilla y desaparece. Cuando intento buscar la causa de ese contacto, otro roce, leve pero inconfundible, me recorre el costado. El pánico hace que mi cabeza gire muy despacio, como si me costara un esfuerzo titánico, y entonces lo veo.

Un apéndice oscuro y flexible empieza a enroscarse sobre mi vientre, que palpita bajo su peso. Es suave y cálido, no rígido como esperaba. Se ajusta a mis curvas con una delicadeza que me desarma. A lo largo de su superficie noto pequeñas presiones, como bocas diminutas que reproducen besos esporádicos alrededor de mi cintura mientras la punta se retuerce con pereza en torno a mí.

Un segundo apéndice se desliza por debajo de mi brazo, asciende rozando el costado de mi seno y se alza frente a mi cara, oscilando despacio, como si me estudiara. Contengo la respiración. No me atrevo a moverme. No quiero moverme, me corrige una voz dentro de mi cabeza, y esa certeza me asusta más que la propia presencia.

Algo se apodera de una de mis piernas y empieza a subir, milímetro a milímetro, por mi gemelo. Gana la rodilla. Apura el muslo. Con un último resto de voluntad aprieto las piernas para evitar la invasión, pero el sudor que me cubre se mezcla con su humedad y todo resbala, todo cede. La presión es suave y constante, paciente, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Una de esas bocas diminutas se detiene a escasos milímetros de mi pezón. No me da tiempo ni a pensar. Lo rodea, se posa sobre él y succiona con una suavidad que me arranca un espasmo desde la nuca hasta el bajo vientre. Es una descarga de placer tan intensa como prohibida, una corriente que me deja sin aliento.

Mi cuerpo aletargado se arquea sin que yo lo decida. Y entonces, mi otro pecho recibe el mismo trato. Las dos succiones, simultáneas y rítmicas, me nublan la mente. Lo peor —o lo mejor— es que soy consciente de que me encanta. Lo deseo. Quiero más.

Exploto en un placer que me satura los sentidos. Me siento rodeada de calor y de succión por todas partes, atrapada en una red tibia que no quiero romper. Gimo. Me retuerzo. Creo escuchar algo parecido a una risa baja, satisfecha, pero no logro distinguir de dónde viene. Solo siento el fuego que mana de mí y un extraño, gozoso sacrificio.

No sé cómo, de pronto tengo algo firme entre los labios. Lo lamo, lo trago, mientras un hilo de saliva se me escapa por la comisura de la boca. Mis pechos hinchados de placer no dejan de recibir caricias, un magreo intenso y constante como nunca antes había sentido. Cada terminación de mi piel parece haberse multiplicado por mil.

Abro las piernas. Lo hago yo, voluntariamente, ayudada por los apéndices que me aferran los tobillos y me separan los muslos sin prisa. Y entonces siento, inequívoco, cómo varios de ellos se deslizan contra mi sexo, sin pudor, sin piedad ante la tortura deliciosa que me produce la excitación. Rozan, presionan, se retiran, vuelven. Juegan conmigo.

Gimo y me retuerzo. Ya no sé qué es arriba y qué es abajo. Solo sé que mi cuerpo entero vibra como las cuerdas de una guitarra que espera, tensa, el primer acorde. Cada nervio está afinado al límite. Cada roce es una nota que me sacude.

Me ofrezco. Me expongo sin vergüenza, suplicando con gestos lo que mi boca no puede pedir. Muevo las caderas buscando el contacto, siento palpitar mi entrepierna, me arden los pezones endurecidos, muerdo la almohada para ahogar un grito que no puedo contener.

La almohada.

***

La almohada está húmeda de mi propia saliva.

Abro los ojos de golpe. La quietud de la habitación me envuelve, oscura y silenciosa. Estoy sudada bajo las sábanas, el corazón me late con fuerza y tardo unos segundos en entender dónde estoy y qué es real. Poco a poco tomo conciencia: todo ha sido un sueño.

Estoy boca abajo, desnuda, con el cuerpo todavía temblando. Una de mis manos está atrapada entre mis muslos, mi muñeca presionada contra mi sexo. La otra me estruja un pecho. El pelo se me ha pegado a la cara, sofocándome, y lo aparto con un gesto torpe mientras intento recuperar el aliento.

Qué tonta he sido. Solo era un sueño. Mi mente me ha jugado una mala pasada, como tantas otras noches, apoderándose de mi voluntad en ese reino confuso donde el tiempo y el espacio se deshacen y la realidad se vuelve una mentira líquida.

Me quedo quieta un momento, escuchando. Al otro lado del pasillo, Daniela sigue durmiendo. La casa entera duerme. Solo yo estoy despierta, en mitad de la madrugada, con el cuerpo encendido y la respiración agitada.

Porque, sea como fuere, estoy muy excitada. El sueño se ha cortado justo antes del final, dejándome al borde de un precipicio del que no he llegado a caer. Y ahora, despierta, con la piel todavía erizada y el recuerdo de esas caricias imposibles latiendo en cada centímetro de mi cuerpo, no puedo evitarlo.

Me giro despacio sobre la espalda. Las sábanas resbalan por mi piel sudada. Cierro los ojos e intento recuperar las imágenes del sueño: el calor, la succión, esos apéndices suaves recorriéndome entera. Me imagino que sigo allí, que la presencia no se ha ido, que solo se ha quedado mirándome desde algún rincón oscuro del cuarto, esperando a ver qué hago.

Deslizo una mano por mi vientre, despacio, igual que lo hacía él en el sueño. Me detengo donde mi pecho aún recuerda la presión. Me acaricio, me pellizco con suavidad, y un escalofrío me recorre de arriba abajo. Con la otra mano bajo más, entre mis muslos abiertos, y me encuentro empapada, lista, palpitando de pura necesidad.

Empiezo despacio, dibujando círculos perezosos, igual que esos roces que me torturaron en sueños. Mi cuerpo responde al instante, como si nunca se hubiera despertado del todo, como si una parte de mí siguiera flotando en ese vapor tibio. Muerdo el labio inferior para no hacer ruido. La sola idea de que Daniela pudiera oírme me eriza la piel todavía más.

Acelero. Mis dedos se mueven con la urgencia de quien lleva demasiado tiempo al borde. Me imagino otra vez aquellas bocas diminutas en mis pezones, aquel apéndice firme que llenaba mi boca, los que se deslizaban entre mis piernas sin pedir permiso. Y entonces, con dos dedos, me penetro. Despacio primero, luego con más ansia, mientras la palma de mi mano presiona justo donde necesito.

El placer vuelve a crecer, esta vez real, esta vez mío. Arqueo la espalda, hundo la cabeza en la almohada húmeda y dejo que el remolino me arrastre. Mis caderas suben a buscar mi propia mano, una y otra vez, en un ritmo que ya no puedo controlar. El edredón ha quedado arrugado a mis pies y el aire fresco de la noche me golpea la piel ardiente.

Aprieto los dientes para ahogar el gemido que me sube por la garganta. Estoy cerca, tan cerca que me duele. Cada movimiento de mis dedos me empuja un poco más al borde de ese precipicio del que el sueño me apartó. Pienso en la presencia que me observa desde la oscuridad, imagino sus ojos sobre mí, y eso me termina de desbocar.

El orgasmo me parte en dos. Llega como una ola que rompe sin aviso, sacudiéndome de la cabeza a los pies, y tengo que morder de nuevo la almohada para no despertar a media casa. Me quedo temblando, con los dedos todavía dentro, sintiendo cómo mi cuerpo se contrae en oleadas que tardan en apagarse. El remolino del placer se traga lo que me quedaba de cordura.

Cuando por fin recupero el aliento, retiro la mano despacio y me dejo caer de lado, agotada y satisfecha. La habitación sigue en penumbra, en silencio. Sonrío en la oscuridad, con la piel todavía latiendo.

Me cubro de nuevo con el edredón, busco un trozo seco de almohada y cierro los ojos. Ojalá vuelvas mañana, pienso justo antes de dormirme otra vez. Y juro que, en el último segundo de conciencia, antes de que el sueño me arrastre de nuevo, creo escuchar de nuevo aquella risa baja y satisfecha en algún rincón oscuro del cuarto.

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Comentarios (5)

SofiaM_lect

excelente!!! me quede sin palabras

Fernanda_RT

Por favor segui con este, me dejo con ganas de mas. Necesito saber como continua!!

jorge_69

me recordó a una noche de verano que tuve hace unos años jaja, esas cosas raras que solo pasan cuando uno deberia estar durmiendo

LuzNocturna_R

La forma en que describis esa sensacion entre el sueño y la vigilia es increible. Te atrapa desde el principio y no podes parar. Uno de los mejores de la categoria sin dudas.

Karina_M

hay segunda parte?? quede con muchas ganas jaja

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