Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que descubrí lo que mi cuerpo podía hacer

Llevo tocándome desde la adolescencia. Al principio cargaba con una culpa enorme, esa que te meten en la cabeza desde chica sobre lo que una mujer debería o no debería hacer con su propio cuerpo. Pero los años pasaron y la culpa se fue gastando, como una mancha que se lava sola con el tiempo. En su lugar quedó otra cosa: el placer, limpio y sin pedir permiso a nadie.

Siempre disfruté tocarme. Abrir las piernas para mí misma, sin público, sin que nadie me dijera qué estaba bien. Meterme los dedos, o cualquier cosa que tuviera a mano y que sirviera, y dejarme llevar por el ritmo de mi propia respiración. Era mi ritual privado, el único espacio donde no tenía que rendirle cuentas a nadie.

Lo hacía de noche, casi siempre, cuando la casa dormía y yo podía escuchar mi propio pulso. Aprendí a conocer mi cuerpo mejor que cualquier amante que vino después. Sabía exactamente dónde presionar, cuánto esperar, cómo respirar para estirar el momento justo antes del final. Esa educación silenciosa, hecha a solas y a oscuras, fue la base de todo lo que vino después.

La primera vez que oí hablar del squirt, fue como descubrir que existía un cuarto secreto en una casa que creía conocer de memoria.

Era una chica curiosa que apenas empezaba a entender que le gustaban tanto los hombres como las mujeres. Pasaba noches enteras viendo videos de otras chicas que soltaban chorros y chorros de sus fluidos, fascinada, con una mezcla de envidia y deseo que no sabía cómo nombrar. Quiero hacer eso, pensaba. Necesito saber qué se siente.

Lo recuerdo perfecto: un sábado por la noche, la casa en silencio. Tomé la laptop y me encerré en mi habitación. Busqué información, técnicas, consejos. La mayoría decía lo mismo —paciencia, presión en el punto justo, no rendirse antes de tiempo— así que tendí una toalla sobre la cama por si acaso, me acomodé contra la almohada y me dispuse a intentarlo.

Tomó su tiempo. Casi media hora tocándome, metiéndome los dedos hasta el fondo, buscando ese lugar del que todos hablaban como si fuera un mito. Hubo un momento en que pensé en rendirme, en que quizá mi cuerpo no servía para eso. Y justo entonces, cuando ya casi bajaba los brazos, algo cambió.

Una presión distinta, urgente, que subía desde adentro.

El squirt salió. Por poco mojo la computadora.

Me quedé ahí, abierta de piernas, viendo cómo caían varios chorros sobre la toalla, temblando por un orgasmo que disfruté hasta el último segundo. Fue una revelación física, casi escandalosa. Para fortuna mía, sería el primero, pero no el último ni de cerca.

***

Unos años más tarde tuve uno de mis primeros novios serios. Se llamaba Tobías y vivía con esa ansiedad permanente de los que están lejos: pasábamos semanas sin vernos y todo se sostenía a fuerza de mensajes y videollamadas. Una noche surgió el tema de mandarnos fotos, videos, esas cosas que una hace cuando el deseo no encuentra dónde aterrizar.

Me pidió un video. Quería verme tocándome, dijo, con esa voz baja que ponía cuando estaba realmente caliente.

Acepté encantada. No por complacerlo a él, sino porque la idea de actuar para una cámara, de saberme observada aunque fuera a la distancia, me prendía de un modo que no esperaba. Así que me puse manos a la obra para grabar el material más erótico que pudiera.

Empecé con los dedos, lento, mirando el lente como si fuera él. Pero quería algo más. Tomé el mango de un cepillo de pelo que tenía sobre la mesita y empecé a metérmelo despacio, como si fuera una verga, sintiendo el plástico liso abrirse paso. Esto se va a poner bueno, pensé, mordiéndome el labio para no reírme de mi propia osadía.

Entonces se me ocurrió cambiar de posición. Apoyé el torso y los pechos sobre la cama y dejé las piernas firmes contra el piso, ofreciéndole a la cámara mi culo como protagonista absoluto del plano. Era una pose impúdica, descarada, y eso era exactamente lo que buscaba.

Seguí con el vaivén de mi consolador improvisado. La excitación empezó a treparme por la espalda, por los muslos, hasta que las piernas me temblaron sin que pudiera controlarlas. No era solo un orgasmo el que se anunciaba. Era una de esas venidas grandes, de las que arrasan.

Los chorros se derramaron sobre el piso con un squirt provocador, acompañados de mis propios gemidos, que se me escaparon más fuertes de lo que pretendía. Cuando terminé el show y me incorporé, todavía agitada, observé el charco que había dejado en las baldosas. Sonreí. Por fin lograba un squirt sin esfuerzo, como quien aprende a andar en bicicleta y ya nunca lo olvida.

Le mandé el video a Tobías. Su respuesta tardó apenas un minuto en llegar, y fueron tres palabras escritas con manos temblorosas. Esa noche entendí que tenía un poder, y que apenas empezaba a usarlo.

***

Pasaron más años. Pasaron más amantes. Y con cada uno fui descubriendo lo fácil que era para mí convertirme en una fuente, lo poco que mi cuerpo necesitaba para desbordarse.

Hubo uno en particular, Damián, que hizo de mis squirts un deporte personal. La primera vez que pasó estábamos haciendo un sesenta y nueve. Yo sentada sobre su cara, él con la boca y los dedos trabajándome sin tregua, y cuando menos lo esperaba ya le había llenado la boca de chorros. Su cara entera quedó empapada.

No solo no se quejó. Se rió, orgulloso, con los labios brillantes, como si acabara de ganar algo.

—Otra vez —dijo, y volvió a hundir la lengua.

A partir de esa noche, lo convirtió en una costumbre. Cada vez que cogíamos, me dedeaba sin descanso, decidido a no terminar hasta que yo fuera un manantial. Tenía manos grandes y una paciencia infinita, y si todavía le quedaba energía, era capaz de volver a metérmelos una y otra vez hasta arrancarme cinco squirts seguidos en una sola noche.

Llegaba a ser brusco. Yo me aferraba a él después de cada orgasmo, con las uñas clavadas en su espalda, porque las piernas dejaban de responderme y sentía que me iba a deshacer si no me sujetaba a algo.

Había aprendido a leer mi cuerpo casi mejor que yo. Sabía reconocer el instante exacto en que mi respiración cambiaba, ese segundo en que dejaba de gemir y contenía el aire, y justo ahí aceleraba en lugar de aflojar. Era como si conociera el mapa de mis terminaciones nerviosas de memoria. Yo me entregaba a esa certeza suya, confiada, sabiendo que me iba a llevar siempre un paso más allá de donde creía que era mi límite.

—No te sueltes —me decía al oído—. Todavía no terminé contigo.

Y yo no quería que terminara.

Una vez lo hicimos en su propia cama. Normalmente cogíamos en moteles, en ese terreno neutral donde nadie tiene que pensar en las sábanas. Pero esa noche fue distinta. Esa noche, en mitad de todo, me tomó del cuello y apretó apenas lo justo, ahorcándome de forma ligera, controlada, sin nunca pasarse de la raya.

El gesto hizo que mi orgasmo se apurara, que todo se concentrara en un punto a punto de estallar. Aguanté la respiración, sentí el pulso golpeándome en las sienes, y cuando él aflojó la mano dejé salir un gemido largo, roto, que me vació por completo.

Había mojado sus sábanas, su brazo, medio colchón. Un desastre glorioso.

Lo miré, todavía jadeando, esperando que pusiera mala cara por el estropicio. Pero Damián estaba ahí, recostado a mi lado, con una sonrisa de oreja a oreja, mirando lo que había provocado como quien admira su propia obra.

—Vas a tener que dormir vos del lado mojado —le dije, riéndome.

—Valió cada centímetro —contestó.

***

A veces pienso en aquella chica de dieciséis años encerrada un sábado por la noche, siguiendo las instrucciones de un video con una toalla sobre la cama y el corazón a mil. No tenía idea de lo que estaba empezando. No sabía que ese primer chorro sobre la toalla era apenas el prólogo de una historia que iba a durar años, con nombres distintos y camas distintas, pero siempre con la misma protagonista descubriendo de qué era capaz.

Para mí, el squirt es la forma más honesta de materializar el placer. No se finge, no se actúa, no se puede esconder. O pasa o no pasa, y cuando pasa lo deja todo empapado, sin pedir disculpas. Es mi cuerpo diciendo la verdad a gritos.

Me gusta esa honestidad descarada. En una época en la que todo se simula, en la que se aprende a actuar el deseo para complacer a otros, mi cuerpo se niega a mentir. No puedo fingir un squirt como se finge un gemido; o me derramo de verdad o no pasa nada. Y esa imposibilidad de engañar, lejos de incomodarme, me parece lo más liberador que me ha dado el sexo.

Mientras escribo esto, lo confieso, tengo el mango del mismo cepillo de aquella tarde adentro, recordando, dejando que la memoria haga su trabajo. Algunas fantasías no necesitan inventarse. Solo hace falta cerrar los ojos, abrir las piernas y volver a aquella primera noche en que entendí que mi cuerpo guardaba un secreto líquido, y que yo había nacido para soltarlo.

Soy feliz de ser capaz de tenerlos uno tras otro. Feliz de no haberme rendido aquella media hora interminable. Feliz, sobre todo, de haber aprendido a no sentir nunca más ni una pizca de culpa.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (5)

SilviaN88

Dios mio que relato!!! Me dejo sin palabras, de verdad.

Adriana_76

Que bien escrito, me enganche desde la primer linea. Se siente tan cercano y real. Espero que escribas mas pronto.

Maru_Cba

Me recordo a cuando yo tambien descubri algo asi jaja, esas cosas que el cuerpo guarda y uno no sabe hasta que lo encuentra. Muy bueno el relato!

CarlaRosario

increible como lo contaste, nada forzado, todo muy natural. Sigue escribiendo asi por favor!

VeraLectora

¿Vas a escribir una segunda parte? Porque quede con muchas ganas de saber que mas paso despues. Muy buen relato.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.