La noche que descubrí lo que mi cuerpo podía hacer
Llevo tocándome desde los diecinueve. Al principio cargaba con una culpa enorme, esa que te meten en la cabeza desde chica sobre lo que una mujer debería o no debería hacer con su propio cuerpo. Pero los años pasaron y la culpa se fue gastando, como una mancha que se lava sola con el tiempo. En su lugar quedó otra cosa: el placer, limpio y sin pedir permiso a nadie.
Siempre disfruté tocarme. Abrir las piernas para mí misma, sin público, sin que nadie me dijera qué estaba bien. Meterme dos dedos hasta los nudillos en el coño, frotarme el clítoris en círculos hasta que se me hinchaba y latía, o agarrar cualquier cosa que tuviera a mano y que sirviera de consolador improvisado, y dejarme llevar por el ritmo de mi propia respiración. Era mi ritual privado, el único espacio donde no tenía que rendirle cuentas a nadie.
Lo hacía de noche, casi siempre, cuando la casa dormía y yo podía escuchar mi propio pulso. Aprendí a conocer mi cuerpo mejor que cualquier amante que vino después. Sabía exactamente dónde presionar dentro del coño para que se me erizara la piel, cuántos segundos aguantar la respiración antes de correrme, cómo abrirme los labios mayores con dos dedos y usar el pulgar para machacarme el clítoris hasta que el orgasmo me trepaba por la columna. Esa educación silenciosa, hecha a solas y a oscuras, fue la base de todo lo que vino después.
La primera vez que oí hablar del squirt, fue como descubrir que existía un cuarto secreto en una casa que creía conocer de memoria.
Era una chica curiosa que apenas empezaba a entender que le gustaban tanto los hombres como las mujeres. Pasaba noches enteras viendo videos de otras chicas que soltaban chorros y chorros de sus fluidos, coños abiertos de par en par empapando sábanas y caras, fascinada, con una mezcla de envidia y deseo que no sabía cómo nombrar. Quiero hacer eso, pensaba. Necesito saber qué se siente que me chorree la concha así, sin poder pararlo.
Lo recuerdo perfecto: un sábado por la noche, la casa en silencio. Tomé la laptop y me encerré en mi habitación. Busqué información, técnicas, consejos. La mayoría decía lo mismo —paciencia, presión en el punto justo, no rendirse antes de tiempo— así que tendí una toalla sobre la cama por si acaso, me acomodé contra la almohada y me dispuse a intentarlo.
Tomó su tiempo. Casi media hora tocándome, primero por encima de las bragas, después metiendo la mano por debajo del elástico y sintiendo cómo se me iba mojando el coño hasta empapármelo entero. Me arranqué las bragas y las tiré al piso. Abrí bien las piernas, me lamí dos dedos y me los hundí hasta el fondo, curvándolos hacia arriba, buscando esa zona rugosa de la que todos hablaban como si fuera un mito. Metía y sacaba, apretaba, movía los dedos en círculos contra la pared de adelante mientras con la otra mano me frotaba el clítoris sin parar. Hubo un momento en que pensé en rendirme, en que quizá mi cuerpo no servía para eso, en que tenía los dedos acalambrados y la concha ardiendo de tanto sobarla. Y justo entonces, cuando ya casi bajaba los brazos, algo cambió.
Una presión distinta, urgente, que subía desde adentro como si tuviera que mear pero no fuera pis. Un peso que se acumulaba detrás del hueso del pubis y empujaba para salir.
El squirt salió. Por poco mojo la computadora.
Me quedé ahí, abierta de piernas, viendo cómo caían varios chorros calientes sobre la toalla, mi coño contrayéndose una y otra vez alrededor del vacío, la concha soltando líquido a borbotones mientras temblaba de un orgasmo que disfruté hasta el último segundo. Fue una revelación física, casi escandalosa. Se me habían escapado unos gemidos roncos que no reconocía y tenía los muslos empapados hasta las rodillas. Para fortuna mía, sería el primero, pero no el último ni de cerca.
***
Unos años más tarde tuve uno de mis primeros novios serios. Se llamaba Tobías y vivía con esa ansiedad permanente de los que están lejos: pasábamos semanas sin vernos y todo se sostenía a fuerza de mensajes y videollamadas donde él se la sacaba en cámara y yo me abría el pijama para mostrarle las tetas duras. Una noche surgió el tema de mandarnos fotos, videos, esas cosas que una hace cuando el deseo no encuentra dónde aterrizar.
Me pidió un video. Quería verme tocándome, dijo, con esa voz baja que ponía cuando estaba realmente caliente. Que me metiera los dedos hasta el fondo pensando en su verga, que me abriera el coño para él.
Acepté encantada. No por complacerlo a él, sino porque la idea de actuar para una cámara, de saberme observada aunque fuera a la distancia, me prendía de un modo que no esperaba. Así que me puse manos a la obra para grabar el material más erótico que pudiera.
Empecé con los dedos, lento, mirando el lente como si fuera él. Me chupé los dedos hasta dejarlos brillando de saliva y me los pasé por los pezones hasta ponerlos duros, después bajé la mano hasta la concha y empecé a abrirme los labios para la cámara, mostrándole cómo brillaba de mojada, cómo se me contraía el agujero. Pero quería algo más. Tomé el mango de un cepillo de pelo que tenía sobre la mesita, largo y grueso, y empecé a metérmelo despacio, como si fuera una verga, sintiendo el plástico liso abrirse paso adentro, forzando la entrada hasta que el coño se lo tragó entero. Esto se va a poner bueno, pensé, mordiéndome el labio para no reírme de mi propia osadía.
Entonces se me ocurrió cambiar de posición. Apoyé el torso y los pechos sobre la cama y dejé las piernas firmes contra el piso, ofreciéndole a la cámara mi culo como protagonista absoluto del plano. Con una mano me abrí un cachete, mostrándole el ojete y la concha empapada, y con la otra me seguí cogiendo con el cepillo, moviéndolo hacia adentro y afuera con fuerza, cada vez más rápido, hasta que el mango entero salía brillante de mis jugos. Era una pose impúdica, descarada, y eso era exactamente lo que buscaba.
Seguí con el vaivén de mi consolador improvisado, hasta que se me escapaban chapoteos húmedos cada vez que lo empujaba adentro. La excitación empezó a treparme por la espalda, por los muslos, hasta que las piernas me temblaron sin que pudiera controlarlas. Sentí esa presión conocida acumulándose, ese peso urgente que ya sabía cómo interpretar. No era solo un orgasmo el que se anunciaba. Era una de esas venidas grandes, de las que arrasan.
Saqué el cepillo de golpe y los chorros se derramaron sobre el piso con un squirt provocador, un arco de líquido que salió disparado desde el coño abierto, acompañados de mis propios gemidos guturales —"ay, papi, mirá cómo me corro"— que se me escaparon más fuertes de lo que pretendía. Cuando terminé el show y me incorporé, todavía agitada, con la concha latiendo y los muslos brillantes, observé el charco que había dejado en las baldosas. Sonreí. Por fin lograba un squirt sin esfuerzo, como quien aprende a andar en bicicleta y ya nunca lo olvida.
Le mandé el video a Tobías. Su respuesta tardó apenas un minuto en llegar, y fueron tres palabras escritas con manos temblorosas. Esa noche entendí que tenía un poder, y que apenas empezaba a usarlo.
***
Pasaron más años. Pasaron más amantes. Y con cada uno fui descubriendo lo fácil que era para mí convertirme en una fuente, lo poco que mi cuerpo necesitaba para desbordarse.
Hubo uno en particular, Damián, que hizo de mis squirts un deporte personal. La primera vez que pasó estábamos haciendo un sesenta y nueve. Yo sentada sobre su cara, la concha aplastada contra su boca, mientras yo le tenía la verga entera en la garganta, chupándosela con las mejillas hundidas y las manos apretándole los huevos. Él me lamía el clítoris con la punta de la lengua, me la metía y sacaba del coño mientras me chupaba los labios enteros, mordisqueándomelos. Después subió dos dedos gruesos y me los enterró hasta los nudillos, curvándolos justo donde tenía que curvarlos, y siguió comiéndome el clítoris sin bajar el ritmo. Cuando menos lo esperaba ya le había llenado la boca de chorros. Su cara entera quedó empapada, la barba goteando, mis fluidos escurriéndole por el cuello hasta el pecho.
No solo no se quejó. Se rió, orgulloso, con los labios brillantes, como si acabara de ganar algo. Me sacó la verga de la boca por un segundo y me dio una palmada seca en el culo.
—Otra vez —dijo, y volvió a hundir la lengua entre mis pliegues, chupándome el clítoris con los labios y clavándome los dedos más profundo.
A partir de esa noche, lo convirtió en una costumbre. Cada vez que cogíamos, me dedeaba sin descanso, decidido a no terminar hasta que yo fuera un manantial. Tenía manos grandes y una paciencia infinita, y si todavía le quedaba energía, era capaz de volver a metérmelos una y otra vez hasta arrancarme cinco squirts seguidos en una sola noche. Me follaba primero con la verga, sacándola y metiéndola con fuerza hasta hacer sonar los golpes de la pelvis contra mi culo, y cuando yo ya había tenido el primer orgasmo salía, me daba vuelta boca arriba, me abría las piernas de un manotazo y empezaba con los dedos. Tres, a veces cuatro, embistiendo dentro del coño a un ritmo que me hacía chillar, con la palma golpeándome el clítoris en cada envión.
Llegaba a ser brusco. Yo me aferraba a él después de cada orgasmo, con las uñas clavadas en su espalda, porque las piernas dejaban de responderme y sentía que me iba a deshacer si no me sujetaba a algo. La cama quedaba empapada, mis muslos también, y él seguía moviendo la muñeca dentro de mí como si nada, chupándome un pezón mientras me miraba fijo a los ojos.
Había aprendido a leer mi cuerpo casi mejor que yo. Sabía reconocer el instante exacto en que mi respiración cambiaba, ese segundo en que dejaba de gemir y contenía el aire, y justo ahí aceleraba en lugar de aflojar. Era como si conociera el mapa de mis terminaciones nerviosas de memoria. Yo me entregaba a esa certeza suya, confiada, sabiendo que me iba a llevar siempre un paso más allá de donde creía que era mi límite.
—No te sueltes —me decía al oído, con la voz ronca, sin dejar de cogerme con los dedos—. Todavía no terminé con vos. Vas a soltar otro chorro, puta, así que aguantá.
Y yo no quería que terminara.
Una vez lo hicimos en su propia cama. Normalmente cogíamos en moteles, en ese terreno neutral donde nadie tiene que pensar en las sábanas. Pero esa noche fue distinta. Empezamos con él sentado en el borde del colchón y yo arrodillada entre sus piernas, mamándosela con toda la boca, escupiéndole en la punta y usando la mano para masturbarle el tronco mientras se la chupaba hasta el fondo. Me agarró del pelo y empezó a moverme la cabeza a su ritmo, cogiéndome la boca, mientras yo lo miraba desde abajo con los ojos llenos de lágrimas y los hilos de saliva colgándome del mentón. Después me tiró sobre la cama boca arriba, me abrió las piernas de un manotazo y me clavó la verga de un solo envión, hasta el fondo del coño.
Esa noche, en mitad de todo, me tomó del cuello y apretó apenas lo justo, ahorcándome de forma ligera, controlada, sin nunca pasarse de la raya. Con la otra mano me seguía cogiendo, embistiéndome con la pelvis contra la mía, la verga entrándome y saliéndome del coño con un sonido húmedo que llenaba el cuarto.
El gesto hizo que mi orgasmo se apurara, que todo se concentrara en un punto a punto de estallar. Aguanté la respiración, sentí el pulso golpeándome en las sienes, la vista se me nubló un segundo, y cuando él aflojó la mano dejé salir un gemido largo, roto, que me vació por completo. El coño se me contrajo alrededor de su verga con tanta fuerza que se lo escuché maldecir, y en el mismo instante estallé.
Había mojado sus sábanas, su brazo, medio colchón, la verga entera. Un desastre glorioso. Cuando él salió de adentro de mí, otro chorro se escapó por delante, empapándole el vientre y los muslos.
Lo miré, todavía jadeando, con las tetas subiéndome y bajándome, esperando que pusiera mala cara por el estropicio. Pero Damián estaba ahí, recostado a mi lado, con una sonrisa de oreja a oreja, mirando lo que había provocado como quien admira su propia obra. La verga todavía dura, brillante de mis jugos.
—Vas a tener que dormir vos del lado mojado —le dije, riéndome.
—Valió cada centímetro —contestó, y se agachó a chuparme una teta como postre.
***
A veces pienso en aquella chica de diecinueve años encerrada un sábado por la noche, siguiendo las instrucciones de un video con una toalla sobre la cama y el corazón a mil. No tenía idea de lo que estaba empezando. No sabía que ese primer chorro sobre la toalla era apenas el prólogo de una historia que iba a durar años, con nombres distintos, vergas distintas y camas distintas, pero siempre con la misma protagonista descubriendo de qué era capaz.
Para mí, el squirt es la forma más honesta de materializar el placer. No se finge, no se actúa, no se puede esconder. O pasa o no pasa, y cuando pasa lo deja todo empapado, sin pedir disculpas. Es mi cuerpo diciendo la verdad a gritos.
Me gusta esa honestidad descarada. En una época en la que todo se simula, en la que se aprende a actuar el deseo para complacer a otros, mi cuerpo se niega a mentir. No puedo fingir un squirt como se finge un gemido; o me derramo de verdad o no pasa nada. Y esa imposibilidad de engañar, lejos de incomodarme, me parece lo más liberador que me ha dado el sexo.
Mientras escribo esto, lo confieso, tengo el mango del mismo cepillo de aquella tarde metido hasta el fondo del coño, entrando y saliendo despacio mientras con la otra mano me froto el clítoris en círculos, recordando, dejando que la memoria haga su trabajo. Ya siento esa presión familiar acumulándose en el pubis, el peso que anuncia el chorro que está por venir. Algunas fantasías no necesitan inventarse. Solo hace falta cerrar los ojos, abrir las piernas y volver a aquella primera noche en que entendí que mi cuerpo guardaba un secreto líquido, y que yo había nacido para soltarlo.
Soy feliz de ser capaz de tenerlos uno tras otro. Feliz de no haberme rendido aquella media hora interminable. Feliz, sobre todo, de haber aprendido a no sentir nunca más ni una pizca de culpa.