Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El método especial del doctor para mi accidente

En pleno barrio de Polanco, en Ciudad de México, hay una consulta médica que casi nadie sabría encontrar. Ocupa el cuarto piso de un edificio de cristal ahumado, sin placa en la entrada, sin nada que delate lo que ocurre detrás de su puerta. La discreción es intencionada. Solo llegan allí los pacientes que otro paciente ha recomendado, y casi siempre por problemas que no se cuentan en voz alta.

La puerta es de madera negra y tiene, bajo la mirilla, un pequeño letrero dorado del tamaño de una moneda. Una sola letra grabada: «V.».

Nada más. El que sepa a qué va, que toque.

Esa tarde tocó Daniela. No era su primera vez en aquel piso, aunque sí la primera que llegaba con una urgencia tan íntima. Caminaba despacio, con las rodillas algo juntas, sosteniendo el bolso contra el vientre como si eso pudiera esconder lo evidente: que no podía sentarse.

En la recepción la esperaba Renata, la mujer que el doctor llamaba «mi mano derecha para todo». Pelirroja, delgada, con un pecho discreto que su blusa rosa apenas insinuaba bajo la bata blanca. Llevaba unas gafas de pasta gruesa y unos labios rojos, carnosos, de esos que uno se queda mirando sin darse cuenta de que lo hace.

—Buenas tardes, ¿en qué podemos ayudarte? —preguntó Renata con una sonrisa profesional.

—Tuve un accidente en casa —dijo Daniela bajando la voz, aunque no había nadie más—. Se me quedó atrapado un consolador. Uno sin ventosa.

Renata no se inmutó. Lo había oído todo.

—Tranquila, te paso con el doctor enseguida.

Daniela entró a la consulta de pie, porque sentarse era imposible, y se encontró con un hombre alto, de manos grandes y mirada serena, que la invitó a explicarse sin prisa.

—Doctor, normalmente uso juguetes con ventosa justamente para no terminar así —empezó ella, mirando al suelo—. Pero pasé el fin de semana en la casa de campo de mi familia y no llevé nada. Le mentí afuera: no fue un consolador. Fue una zanahoria.

El doctor asintió sin cambiar el gesto, como quien escucha el parte del clima.

—Estaba cocinando —siguió Daniela, ya sin frenos, porque una vez empezada la confesión era más fácil terminarla—. Pelé varias para la cena. Una tenía el grosor justo, la forma justa. No me resistí. Empecé a frotármela por el clítoris, despacio, y después me metí la punta fina en el coño. Pero a mí lo que me vuelve loca es el anal, doctor. Mientras me masturbaba con una mano, con la otra me iba dilatando el ano. Cuando lo tuve listo, le di la vuelta y me la metí por atrás, por la parte gruesa.

—Y ahí estuvo el error —dijo él, sin reproche.

—Ahí estuvo el error. Me gustaba tanto que la empujaba cada vez más adentro. Hasta que escuché pasos en el pasillo, me asusté, apreté todo de golpe y se me metió entera. No pude sacarla. No pude expulsarla en el baño. Y aquí estoy, que ni caminar puedo.

—Lo importante es que no se rompa dentro y provoque una lesión —respondió el doctor con calma—. La buena noticia es que no tiene piezas ni baterías que puedan intoxicarla. Vamos a intentar la extracción por el método habitual, con instrumental. Y si no funciona, pasaremos al método especial.

Daniela no preguntó qué era el método especial. Algo en el tono del doctor le dijo que lo averiguaría a su tiempo. Obedeció cuando él le pidió que se montara en el potro y separara las piernas.

***

El doctor se puso unos guantes y empezó a lubricar el ano de su paciente con dos dedos, despacio, buscando la posición del objeto. Daniela dejó escapar un gemido largo, mezcla de alivio y de algo que no era exactamente alivio. El sexo anal era su debilidad, y aquel contacto profesional le estaba encendiendo todo el cuerpo de una manera que no debería.

Él palpó la zanahoria con la yema del dedo y frunció el ceño.

—Tengo malas noticias. Está muy adentro, y cada vez que intento engancharla con el instrumental, usted contrae las paredes y la empuja más arriba. No puedo forzarla, podría lastimarla. Necesito que sea su propio cuerpo el que la expulse.

—¿Y cómo se supone que voy a hacer eso? —preguntó ella, con la respiración ya alterada.

—En algunas mujeres, el esfínter se relaja por completo durante un orgasmo intenso. La musculatura entera de la zona se activa y, en la contracción, expulsa lo que tenga dentro. Es la vía más segura.

—Doctor, yo en esos momentos no controlo nada. No sabría ni decirle si lo abro o lo cierro.

—Solo hay una forma de averiguarlo —dijo él, acercándose otra vez al potro—. ¿Me permite?

Daniela tragó saliva. Sabía perfectamente lo que estaba aceptando, y lo aceptó igual.

—Sí. Me pongo en sus manos.

—Cálmese. Voy a acariciarle los labios mayores y a estimular el clítoris desde fuera, con dos dedos. La mayoría de la gente cree que lo correcto es tocarlo directamente, como un botón. Mi técnica es otra: presionar desde el exterior, sin invadirlo, dejando que él mismo salga a buscar el contacto.

Lubricó un poco más los dedos y empezó. Acariciaba la entrada del sexo de Daniela con una lentitud calculada mientras, con la otra mano, vigilaba el esfínter. Comprobó lo que esperaba: en cada pico de placer, el ano cedía un milímetro, se aflojaba y volvía a cerrarse. Había esperanza.

Con el pulgar y el índice atrapó el capuchón del clítoris y lo presionó. Apretaba y soltaba, apretaba y soltaba, haciendo que el clítoris asomara una y otra vez de su pliegue. Daniela respiraba cada vez más fuerte, agarrada a los bordes del potro.

—Lo está haciendo muy bien, señorita. Veo que se va abriendo. Si llega a un orgasmo lo bastante fuerte, debería expulsar la zanahoria sola.

—Ahh… sí… ahí… no pare… —jadeaba ella, arqueando la espalda contra la camilla.

—Voy a colocarle un succionador en el clítoris mientras le aplico estimulación interna. Será más eficaz.

—Sí… por favor… —la voz le salía entrecortada—. Por favor, fólleme.

—Tranquila —dijo él, sin alterarse—. Todo esto tiene una finalidad médica, no sexual.

Ella siguió suplicando entre gemidos, y el doctor, sin perder la compostura, se bajó la cremallera y liberó lo que él mismo llamaba, con cierta ironía, su instrumental especial. No le decían «Doctor Verga» por su apellido real, sino por aquello. Tenía un aguante fuera de lo común, y esa resistencia era, según él, la clave de tratamientos como este.

***

Con una mano sostenía el succionador contra el clítoris empapado de Daniela. Con la otra guio la punta hacia la entrada de su sexo, que lo recibió sin la menor resistencia. Empezó a moverse a un ritmo firme y constante, los ojos fijos no en ella, sino en el esfínter que vigilaba como un cirujano vigila una herida.

Daniela movía las piernas sin control, las cerraba, las abría, golpeaba el potro con los talones. El doctor tuvo que detenerse un momento para sujetárselas con dos correas acolchadas a los soportes laterales.

—Es por su seguridad —explicó—. Y por mi precisión.

Con las piernas inmovilizadas pudo subir el ritmo. Las penetraciones se volvieron más profundas, el succionador trabajaba sin descanso, y Daniela sentía cómo el orgasmo trepaba desde algún punto del vientre. Intentaba aferrarse a la bata del doctor, tirar de él hacia ella, pero él esquivaba las manos con suavidad y se concentraba en su único objetivo: sacar de una vez esa maldita zanahoria.

Entonces la respiración de Daniela se cortó. Un segundo entero de silencio absoluto, el cuerpo tenso como una cuerda. Después, un grito largo, y su sexo se contrajo con tal fuerza que expulsó al doctor de un solo empuje.

Tras él salió un chorro de líquido transparente, arqueado, no demasiado intenso, que lo mismo podía ser orina que el codiciado squirt. El doctor ni se inmutó. Lo que le interesaba estaba más abajo: en plena convulsión, el ano de Daniela se había abierto, y unos cuatro o cinco centímetros de zanahoria asomaron al fin.

Estiró la mano para atraparla. La rozó, la tuvo medio segundo entre los dedos, y se le escapó. Una nueva contracción la tragó de vuelta hacia adentro.

—Casi —murmuró él, lejos de rendirse.

Volvió a penetrarla, esta vez rápido, diez o doce embestidas seguidas y muy fuertes. Un segundo chorro, más débil que el primero, anunció lo que podía ser otro orgasmo o la prolongación del anterior, porque el placer de una mujer no se enciende y se apaga como una luz: tiene corrientes, mareas, continuidad.

Con esa segunda oleada la zanahoria volvió a salir. Pero esta vez el doctor estaba preparado. Tenía una gasa lista entre los dedos, atrapó el extremo para que no se le resbalara y fue tirando, milímetro a milímetro, con una paciencia infinita, hasta que el objeto salió por completo. Detrás quedaron los dos orificios de Daniela rosados, hinchados, completamente abiertos por el esfuerzo.

***

Daniela se quedó tendida un momento, recuperando el aire, mientras el doctor le soltaba las correas y le alcanzaba una toalla para que se limpiara. Él recogía el instrumental con la misma naturalidad con la que habría guardado un estetoscopio, todavía con su miembro al aire porque no había tenido tiempo de acomodarse.

Ella se incorporó despacio, todavía temblando, y antes de bajarse del potro se inclinó y le dio un beso largo y agradecido en los labios.

—Doctor… ¿puedo chupársela? Como agradecimiento.

—Lamento decirle que no —respondió él, abrochándose la bata con una sonrisa imperceptible—. No sería profesional.

Daniela se rio por primera vez en toda la tarde. Se vistió despacio, comprobando con alivio que ya podía sentarse, que ya podía caminar como una persona normal. En la puerta se giró una última vez.

—La próxima vez que cocine, prometo usar la zanahoria solo para la ensalada.

—Eso espero —dijo el doctor—. Aunque, si vuelve a tener un accidente, ya sabe dónde estamos.

Al salir, Renata le entregó un papelito doblado con la fecha de una revisión de control dentro de un mes. Daniela lo guardó en el bolso, sabiendo de antemano que iba a inventarse cualquier excusa con tal de volver a aquel cuarto piso sin placa, donde un hombre de manos grandes y aguante infinito curaba males que ningún otro médico se atrevía a tratar.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (5)

ClaraVidal_07

jajajaja el titulo me engancho al instante y el relato cumple todo lo que promete. Muy bueno!!

Rulo88

Uno de los mejores que lei ultimamente, de verdad. Sigan publicando asi

LaraBA

Me encanto, tiene ese toque de humor que lo hace diferente al resto. Ojala haya continuacion!

PatyNocturna

excelente!!!

Lorena_lec

La premisa es demasiado buena jajaja. Me quede queriendo saber que paso despues, por favor escribi mas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.