Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La criatura del bosque que me esperaba entre los árboles

Lo que voy a contar no pasó nunca, y a la vez lo he vivido cien veces en mi cabeza. Es una de esas fantasías que me da vergüenza admitir en voz alta, pero que vuelve a mí cada noche que cierro los ojos y dejo que mi mano baje despacio por debajo de las sábanas.

Empezó casi como un juego. Hace unos meses caí en cierto tipo de videos y dibujos que jamás habría buscado a propósito: criaturas imposibles, monstruos de muchos brazos, bestias hechas de tentáculos que perseguían mujeres en bosques y cuevas. Sé que suena extraño. Yo también pensé que me iba a dar asco. En cambio, me descubrí mordiéndome el labio frente a la pantalla, con el corazón acelerado y un calor entre las piernas que no podía justificar.

Desde entonces no me lo saqué de la cabeza. Y la fantasía siempre es la misma.

***

Me imagino caminando sola por un bosque que no figura en ningún mapa. No es un bosque normal: es un lugar donde habitan criaturas de todas las formas y tamaños, y donde su único instinto no es comer ni sobrevivir, sino reproducirse. Algunas son pequeñas y escurridizas. Otras, enormes. Yo lo sé, y por eso entro igual. Voy ligera de ropa, apenas un short suelto y una camiseta sin nada debajo, buscando justo lo que no debería buscar.

Avanzo entre los helechos con la curiosidad pesándome más que el miedo. El aire está húmedo y huele a tierra mojada. Y entonces, en un claro, la veo.

Es una criatura del doble de mi tamaño. Grande, grotesca, brillante de humedad, pero no del todo amenazante. Me quedo paralizada un segundo demasiado largo. Cuando por fin reacciono y me giro para correr, ya es tarde.

De su cuerpo se desprenden varios tentáculos que cruzan el claro en un instante y se enredan en mis brazos. Se envuelven entre sí, tiran de mí y me arrastran hacia ella. La criatura se inclina, como si me olfateara, como si me estudiara. Forcejeo. Otro tentáculo atrapa mi muñeca libre y junta mis manos por encima de la cabeza, dejándome sin la menor posibilidad de moverme.

Después de observarme un rato, suelta una especie de chillido grave, mezcla de gemido y orden, y me deja caer al suelo con los brazos todavía atados. Es entonces cuando empiezan a brotar los demás.

Los hay de muchos tipos. Unos delgados que terminan en punta. Otros igual de finos pero rematados en una especie de mano abierta. Algunos parecen tentáculos de pulpo, gruesos en la base y estrechos en el extremo, con esa textura de ventosas que deja marcas en la piel. Otros son más anchos y viscosos, los mismos que me sujetan. Y unos pocos, los que más me inquietan, parecen tener filo.

Los primeros se acercan reptando por mis piernas, subiendo por mis muslos, rozando mi entrepierna por encima de la tela y trepando hacia mis pechos. Uno intenta colarse bajo la camiseta. Yo me retuerzo, intento que no me toquen, pero es inútil: se mueven con voluntad propia, coordinados, como si supieran exactamente lo que hacen.

Entre varios empiezan a desnudarme. Los que tienen filo se deslizan bajo mi camiseta y la cortan con una facilidad que me corta también la respiración. La tela cae a los lados y mis pechos quedan al descubierto. Dos tentáculos finos los rodean al instante, los aprietan desde la base y dejan que la punta se ocupe de mis pezones, masajeándolos en círculos lentos. Otros dos se enganchan al elástico de mi short y tiran hacia abajo por mis piernas hasta arrancármelo, dejándome solo con la ropa interior.

Cuando vuelvo a intentar cerrar las piernas, los mismos tentáculos que me sujetaban se enroscan en mis tobillos y las separan de par en par. Atada de las cuatro extremidades, la criatura me levanta apenas del suelo y me acerca a ella. Más brazos rodean mi cintura para sostenerme en el aire.

Y entonces empieza lo que de verdad fui a buscar.

Uno de los tentáculos con forma de ventosa se cuela por detrás de mi ropa interior y encuentra el camino hasta mi sexo. Sin prisa, sin avisar, empieza a frotarse contra mí. El miedo se me transforma en otra cosa: esa textura rugosa, ese tamaño, ese ritmo que primero es lento y después se acelera, me arrancan los primeros gemidos de verdad. Me humedezco en cuestión de segundos. La fricción sube, y al mismo tiempo otro tentáculo succiona uno de mis pezones, y la combinación me destroza por dentro.

No tardo nada. Con las piernas temblando y sin poder cerrarlas, sin poder escapar, me corro contra ese tentáculo en una sacudida que me deja la ropa interior empapada y la mente en blanco. Y eso, descubro, era solo el calentamiento.

***

Porque todo lo anterior la criatura lo hizo únicamente para prepararme. Uno de los tentáculos de filo corta de un tajo mi última prenda, que cae al suelo hecha jirones. Ahora sí estoy completamente desnuda, expuesta, abierta.

De su cuerpo emergen dos tentáculos nuevos, mucho más largos y gruesos. Al principio son delgados, pero veo cómo se hinchan, cómo cambian de tamaño a voluntad. Uno termina en una forma que recuerda a un sexo, con la cabeza ancha y redonda, de un grosor que no parece posible. El otro, un poco más pequeño, está cubierto de pequeñas protuberancias en toda su longitud. Ambos se acercan a mi cara, casi como si me saludaran, y después descienden buscando sus dos objetivos.

El primero intenta entrar y resbala, una y otra vez. Soy demasiado estrecha y él demasiado grande. Como si lo entendiera, encoge un poco su tamaño, y con algo más de esfuerzo se abre paso dentro de mí. Una vez adentro, vuelve a crecer. Siento dolor y placer a la vez, esa mezcla exacta que mi cuerpo no sabe cómo procesar. Gracias a lo de antes estoy tan lubricada que puede moverse sin piedad, golpeando profundo, llegando a un punto que nunca había sentido tan adentro. Grito, gimo, me sacudo, mientras otros tentáculos siguen chupando mis pezones hasta dejarlos hinchados y duros.

Unos minutos después, el segundo tentáculo encuentra mi entrada trasera y empuja hasta el fondo. El alarido que se me escapa no es de protesta. Esta criatura no soporta dejar un hueco sin llenar: antes de que pueda recuperarme, un cuarto tentáculo se desliza entre mis labios y se hunde en mi boca hasta donde aguanto, estirándola alrededor de él.

Una mujer de poco más de metro y medio, dominada por completo por una bestia de tentáculos de casi tres metros. Todos mis agujeros ocupados a la vez, sin poder gemir, sin poder moverme, reducida a sentir cómo esa textura desconocida entra y sale de mí sin descanso. Aunque decir «entra y sale» es mentira: son tan largos que nunca terminan de salir del todo.

Pasan muchos minutos así. Cambia de posición, me gira en el aire, me dobla, pero jamás deja de penetrarme. Cuando creo que no puedo más, ocurre lo que en mi fantasía siempre me hace abrir los ojos en la oscuridad.

El tentáculo de mi sexo se detiene un instante y adelgaza de nuevo. Encuentra el límite que ningún hombre había cruzado, ese tope que se supone infranqueable, y ahora más lubricado que nunca logra empujar un poco más allá. Vuelvo a gritar incluso con la boca ocupada, porque siento que ha llegado a un sitio nuevo, imposible. Y entonces, ya dentro, recupera todo su grosor. Es indescriptible. Puedo ver el bulto desplazándose bajo mi vientre, marcando hasta dónde llega, una forma moviéndose dentro de mi propio cuerpo.

El placer despierta algo que ni yo conocía. Me deshago en oleadas que no me dejan ni respirar, al borde de no poder soltar un gemido más. Y justo cuando creo que voy a desmayarme, la criatura llega a su final. Todos los tentáculos se contraen a la vez. Siento cómo se derraman dentro y fuera de mí en chorros espesos y tibios: sobre mi pecho, en mi espalda, en mi boca, en lo más profundo. El que sigue hundido en mí palpita varias veces, vaciándose con una abundancia que ninguna mujer debería poder contener.

Unos segundos después, los tentáculos salen uno a uno y la criatura me deja caer despacio sobre la hierba. El vacío que dejan es enorme, casi un eco. Noto cómo todo lo que me llenó comienza a escurrirse de mí mientras quedo tendida, sin fuerzas, con la respiración rota.

La bestia no me hace daño. Solo me mira un momento más y desaparece entre los árboles, dejándome ahí, desnuda y temblorosa, sintiéndome saciada de una manera que la vida real jamás me ha dado.

Y cada noche, cuando apago la luz y deslizo la mano bajo las sábanas, vuelvo a ese bosque. Vuelvo a entrar sabiendo lo que me espera. Y esa, supongo, es la parte que de verdad no debería confesar: que volvería sin pensarlo.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (4)

MateoLector_78

increible, que historia!!! sigan subiendo cosas asi

Nati_Lectora

Me quedé sin palabras. El comienzo me atrapó y no pude soltar hasta el final. Ojalá haya segunda parte!

BosqueReader

jaja nunca pensé que un relato así me iba a enganchar tanto. Muy original el tema, no había leído algo parecido acá

Elena_rdz

Es basado en algo real? porque se narra con una convicción que parece vivido jaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.