La fantasía que escribí para una mujer a kilómetros
Hacía mucho que quería escribir esto y nunca encontraba el modo. Lo intenté varias veces, pero siempre me detenía antes de la primera línea, como si poner las palabras sobre la pantalla fuera a romper algo. Fue ella quien me dio el empujón. Una tarde cualquiera, entre mensajes que iban y venían, me dijo que dejara de pensarlo tanto y simplemente lo escribiera. Así que aquí estoy, por fin, dejando que esto salga.
Lo que voy a contar es una fantasía y nada más que una fantasía, porque la persona que la inspiró vive a miles de kilómetros de mí. Nunca compartimos una habitación, ni una mesa, ni siquiera el mismo huso horario. Y sin embargo, hubo noches en que la sentí más cerca que a cualquiera que hubiera tenido al alcance de la mano. A ella va dedicada. A Lucía.
La primera vez que vi su foto no pude hacer otra cosa que imaginarla entre mis brazos. No fue una decisión, fue un reflejo. Cerré los ojos y ahí estaba, completa, como si la conociera de toda la vida.
Su cuerpo es lo que yo entiendo por belleza. No la belleza de las revistas, sino la otra, la que te hace olvidar lo que ibas a decir. Tiene un busto bien formado, redondo, con esos pezones que parecen pedir que alguien se detenga en ellos. Las caderas anchas, el contorno suave de la cintura, una espalda que invita a recorrerla despacio con la punta de los dedos.
Y entre las piernas, una hendidura perfecta, tibia, escondida, con un sabor que imaginé dulce mucho antes de tener derecho a imaginarlo. No me hacía falta nada más. Con eso, mi cabeza ya había cruzado la distancia que mi cuerpo no podía cruzar.
Porque eso es lo que pasa con ella. Mi mente hace lo que mi cuerpo no puede. Y sé, por la forma en que me escribía de madrugada, por las cosas que me confesaba cuando creía que nadie la leía, que a ella le pasaba lo mismo. Que en algún punto de esas noches paralelas, los dos nos dábamos el mismo respiro que la naturaleza nos pedía a gritos.
***
En la fantasía no hay distancia. En la fantasía ella aparece en mi cuarto sin que yo sepa cómo, con la luz baja y la puerta cerrada, y se queda de pie mirándome como si llevara meses esperando este momento. Porque los dos lo esperábamos.
—Sabía que ibas a venir —le digo, aunque la que vino fue ella.
—Vine porque ya no aguantaba pensarte y nada más —responde.
Y yo tampoco aguantaba.
Mis manos viajan primero, antes que mi boca. Le recorro los costados, subo despacio hasta cubrirle el pecho, y siento cómo se le corta la respiración apenas la toco. Sus pezones se endurecen contra mis palmas, y ese pequeño detalle, esa respuesta involuntaria de su cuerpo, me dice más que cualquier palabra.
Bajo la cabeza y la beso ahí, sin prisa. Primero uno, después el otro. La escucho suspirar, un sonido bajo, casi un quejido contenido, y noto cómo arquea apenas la espalda buscando más contacto. La muerdo con suavidad y suelta el aire de golpe.
—No pares —murmura.
No tengo ninguna intención de parar.
Mis dedos empiezan a descender. Le recorro el vientre, dibujo círculos lentos sobre la piel tibia, y cuando llego al lugar donde sus piernas se juntan, la encuentro ya húmeda, lista, abierta de la única forma que importa. La acaricio por encima primero, jugando, demorándome a propósito hasta que ella misma empuja las caderas contra mi mano.
—Por favor —dice, y esa palabra dicha así, con la voz quebrada, vale más que cualquier otra cosa.
***
Me deslizo hacia abajo por su cuerpo. Le beso el ombligo, la cara interna de los muslos, esa zona delicada donde la piel es más fina y todo se siente el doble. La oigo contener la respiración cada vez que me acerco y la suelto cuando me alejo, y juego con eso unos segundos, porque la anticipación también es parte del placer.
Cuando por fin la beso de lleno, su cuerpo entero reacciona. Las piernas se le tensan, una mano baja a enredarse en mi pelo, y deja escapar un gemido largo que no intenta disimular. La recorro con la lengua despacio, aprendiendo lo que le gusta por la forma en que responde, deteniéndome donde sus caderas se mueven solas.
Su sabor es exactamente como lo había imaginado todas esas noches. Dulce, cálido, el sabor de una mujer que se entrega sin reservas. Me pierdo entre sus piernas y la siento estremecerse, libar de ella como si tuviera una sed que solo así pudiera saciar.
—Así, justo así —jadea—. No te muevas de ahí.
La espalda se le arquea cada vez más. Sus dedos me aprietan el pelo, sus muslos me encierran, y cada suspiro que suelta es una manera de pedir más. La llevo hasta el borde con la lengua y, justo cuando creo que va a acabar, ella misma se aparta, jadeando, con una sonrisa torcida.
—Todavía no —dice—. Quiero que sea contigo dentro.
***
Se da vuelta y se pone en cuatro sobre la cama. La imagen me deja sin aire un instante: la curva de su espalda, las caderas alzadas, ella mirándome por encima del hombro con los ojos entrecerrados. Se abre con sus propias manos, ofreciéndose, y no hay gesto más directo que ese.
—Cógeme —pide, sin rodeos—. Llevo demasiado tiempo imaginándolo.
No dudo ni un segundo. Me acomodo detrás de ella y la penetro despacio, sintiendo cómo me recibe, cómo su cuerpo se ajusta al mío centímetro a centímetro. El calor, la humedad, lo apretada que está, todo se junta en una sensación que no creo haber sentido nunca con tanta intensidad. Y eso que es solo una fantasía.
Empiezo a moverme, primero con cuidado, después con ganas. Ella responde con el mismo ritmo, empujando hacia atrás cada vez que yo avanzo, los dos acoplados como si lleváramos toda la vida ensayando este momento. Mientras la embisto, dejo que uno de mis dedos juegue con su otro lugar, ese punto más estrecho que se dilata lentamente cada vez que la toco.
—Más fuerte —me grita—. No te contengas.
La obedezco. La tomo de las caderas y entro con más profundidad, más decidido, y cada golpe arranca de ella un sonido nuevo: un susurro, un suspiro, un grito ahogado contra la almohada. No hay nada actuado en eso. Es puro deseo que se desborda.
—Qué bien se siente —le digo entre dientes—. No tenés idea de lo que me hacés.
—Mostrámelo —responde—. Mostrame todo.
***
Mis dedos siguen trabajando en su entrada más estrecha, abriéndola con paciencia, y noto cómo le cambia la respiración cuando lo hago. Le gusta. Le gusta tanto que, justo antes de que yo acabe, gira la cabeza y me dice lo que llevaba toda la noche queriendo decir.
—Quiero terminar contigo en el otro lado —murmura—. Lléname ahí.
Salgo despacio. Apoyo mi sexo contra ese punto que ella misma me ofrece, ayudo con saliva y con paciencia, y entro con un esfuerzo suave hasta que la siento ceder. El gemido que suelta entonces no se parece a ninguno de los anteriores. Es más hondo, más entregado.
—Despacio —pide al principio, y enseguida cambia de idea—. No, así, seguí.
Es delicioso sentirla tan apretada, tan caliente, tan dispuesta. Me muevo con cuidado al principio, después al compás que ella marca, mientras una de sus manos baja para tocarse y acelerar su propio final. Sus contracciones me aprietan cada vez con más fuerza, y entiendo que no voy a poder aguantar mucho más.
—Ahora —me ordena, con la voz hecha pedazos—. Dame todo. Quiero irme llena de vos.
No me queda resistencia. Me dejo ir dentro de ella en el mismo instante en que la siento estremecerse, los dos al mismo tiempo, los dos perdidos en lo único que importa esa noche imaginaria. Por un segundo el mundo se reduce a eso: su cuerpo y el mío, sin distancia, sin pantallas, sin kilómetros.
***
Después nos quedamos quietos, todavía unidos, recuperando el aliento. Ella se gira despacio, me busca la cara y me sonríe, esa sonrisa que conozco solo de una foto pero que en la fantasía es entera y mía. Nos dejamos caer sobre la cama, enredados, uno dentro del otro, hasta que la respiración vuelve a la normalidad.
Y entonces, como pasa siempre con las fantasías, la imagen empieza a diluirse. La luz de su cuerpo se desvanece, la habitación vuelve a ser la mía de siempre, vacía, con la pantalla del teléfono brillando en la oscuridad y un mensaje suyo sin responder.
Pero algo queda. Queda la certeza de que, aunque vivamos a miles de kilómetros, hubo un instante en que estuvimos juntos del único modo en que la distancia no manda: en la cabeza, en el deseo, en estas palabras que ahora por fin existen.
Fue un placer imaginarte, Lucía. Y sé que, de un modo u otro, nos volveremos a encontrar.