El poder secreto que despertó la fantasía de mi mujer
Todo empezó hace dos semanas, una tarde cualquiera, cuando entré al cuarto de mi hijo Iván. Tenía dieciséis años y estaba pegado a la pantalla, enganchado a una partida de su videojuego de moda. Le hablé desde la puerta.
—Deja eso ahora mismo y ve a poner la mesa.
Lo dije a propósito con el tono más autoritario que pude, medio en broma incluso. Lo normal habría sido que me contestara «ya voy» sin moverse del sitio hasta terminar la partida, que es lo que pasaba siempre. Pero esta vez soltó el mando sin rechistar, se puso de pie y salió hacia el comedor sin decir una sola palabra, dejando el juego a la mitad.
Me quedé tan extrañado que entré a comprobar la consola: la partida seguía congelada en plena acción. Fui al comedor y ahí estaba él, colocando los platos como si nada.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí, ¿por qué?
—Por nada. Solo pregunto.
Volví a la cocina a terminar la comida con Marina, mi mujer. Servimos los platos y llamé otra vez a Iván para que viniera a la mesa. Bastó con que repitiera su nombre una segunda vez, poniendo voz seria, para que apareciera al instante y se sentara sin una queja. Algo no encajaba, pero lo dejé pasar.
Esa noche, cerca de las nueve, me asomé de nuevo a su habitación. Estaba viendo vídeos en la tablet, de esos que lo enganchan durante horas.
—Venga, deja eso, ve a ducharte y a dormir —le dije.
Estábamos empezando el verano, y en verano Iván no se acostaba nunca antes de medianoche. Solo quería picarlo un poco. Pero lo vi levantarse y caminar hacia el baño sin decir nada. Eso ya me puso los pelos de punta. Lo esperé en su cuarto y, al salir, fue directo a la cama y se acostó.
—Iván, ¿de verdad estás bien?
—Sí, ¿por qué?
—Porque te vas a dormir y es muy temprano.
—Pero tú me dijiste que durmiera.
—No, hombre, es verano, puedes quedarte despierto si quieres.
—Vale.
Y al decirlo se levantó, volvió a coger la tablet y retomó el vídeo donde lo había dejado. Salí de allí completamente desconcertado.
***
Fui al salón, donde Marina me esperaba para ver un capítulo de la serie que teníamos a medias.
—No sé qué le pasa a Iván, está rarísimo —le dije.
—¿Por qué? ¿Qué hace?
—Le pido algo y lo hace a la primera, sin protestar.
—Pues sí que es raro, sí —se rio.
—Te lo digo en serio. Le he dicho que se duche y se duerma, y ya estaba metido en la cama.
—A lo mejor estaba cansado.
—No, es como si ahora yo te dijera a ti: ve a ducharte y luego vuelves desnuda, y tú lo hi…
No terminé la frase. Marina se levantó del sofá y se fue derecha al baño. Me quedé clavado en el sitio, sin saber si me estaba siguiendo la broma. Entonces oí correr el agua de la ducha. No puede ser, pensé.
Seguía intentando entender qué demonios pasaba cuando Marina apareció por la puerta completamente desnuda, todavía con la piel húmeda, los pezones tiesos por el fresco y gotas resbalándole por el vientre hasta el coño recortado. Se sentó a mi lado en el sofá como si tal cosa, con las piernas ligeramente abiertas, ofreciéndomelo todo sin darse cuenta. Lo único que se me ocurrió decir fue:
—Hazme una mamada.
Ella reaccionó al instante, llevando las manos a mi cinturón. Me lo desabrochó de un tirón, me bajó la cremallera y me sacó la polla del bóxer antes de que yo pudiera reaccionar. Se la metió en la boca ahí mismo, en el sofá, con hambre, chupándome la punta y bajando hasta la base con una determinación que jamás le había visto. La frené, me levanté con ella colgada de mi verga y tiré hacia el dormitorio. Me siguió por el pasillo agarrándome de las caderas, intentando terminar de bajarme el pantalón sin esperar, y en el camino se agachó dos veces a chupármela otra vez, incapaz de aguantarse. Por suerte, Iván se encierra siempre en su cuarto. Cerré la puerta detrás de nosotros y Marina no perdió un segundo: terminó de desnudarme a tirones, se arrodilló en la alfombra y se metió mi polla entera en la boca hasta el fondo, hasta que sentí la punta chocarle contra la garganta.
Con el desconcierto todavía encima, me costó ponerme duro, pero ella se encargó pronto de solucionarlo. Me la sacaba de la boca con un hilo de saliva colgando, me lamía los huevos uno por uno, chupándomelos con los labios, y volvía a engullirme la verga hasta que la sentía crecerle contra el paladar. Me miraba desde abajo con los ojos brillantes, la boca llena, y con una mano me acariciaba el culo mientras con la otra me apretaba la base de la polla. Después de casi quince años casados, seguíamos deseándonos; que me hiciera una mamada no era raro. Lo raro era esta hambre, esta forma de tragársela hasta atragantarse y volver a por más, con el chico en casa, a esa hora y rompiendo nuestro ritual sagrado de la serie.
Le agarré la cabeza y empecé a moverla al ritmo que quería, empujándole la cara contra mi ingle. Ella dejaba que se la follara la boca, jadeando por la nariz, la barbilla llena de baba, y cada vez que le sacaba la polla para dejarla respirar, me la pedía otra vez con un «dámela, dámela toda». Por un momento aparqué todas las preguntas y me dejé llevar. Sentí la corrida subir desde los huevos como un latigazo.
—Me corro, me corro en tu boca.
Ella apretó los labios contra la base y aguantó ahí, con las manos clavadas en mis nalgas para tenerme entero hasta el fondo. Descargué chorro tras chorro directo en su garganta y ella tragó todo, sin soltar, ordeñándome con la lengua hasta la última gota. Cuando por fin me la sacó de la boca, se limpió la comisura con el pulgar y se lo chupó.
—Uf, qué rico —dije.
—¿Te ha gustado?
—Muchísimo.
La besé notando mi propio semen en su lengua y la tumbé sobre la cama, y entonces volvieron de golpe los pensamientos. Decidí hacer una última prueba.
—Bueno, ahora duérmete, que es tarde. Yo me quedo un rato en el salón.
—Vale. Te quiero.
Me dio un beso, se metió bajo las sábanas y se acurrucó. Me senté en el sofá con el corazón disparado. Una idea absurda me rondaba la cabeza.
***
Recordé una serie que había visto tiempo atrás, sobre una detective con superfuerza. En ella había un villano cuyo poder consistía en que cualquiera obedecía todo lo que ordenaba en voz alta, sin poder negarse. La rescaté esa misma noche y me vi cinco capítulos del tirón, tomando notas mentales como un loco.
Los días siguientes hice pruebas pequeñas con desconocidos, hasta confirmar sin ninguna duda que tenía algo parecido. No era idéntico: el villano de la pantalla no podía apagarlo, su poder funcionaba con cada palabra que decía. Yo, en cambio, hablaba normal sin que pasara nada, y solo surtía efecto cuando lo quería, poniendo cierto tono más grave y seguro.
También descubrí un detalle inquietante: al cabo de un rato, la gente empezaba a dudar de por qué había hecho lo que había hecho. Por suerte no había pedido nada que no se arreglara con un «era broma, no sé por qué me has hecho caso». De la serie aprendí un truco mejor: pedirles al final que olvidaran que yo se lo había dicho. Y funcionaba.
Una mañana en la playa vi a dos chicas tomando el sol. Me acerqué.
—Cuando me vaya a mi toalla, os pondréis en topless. Y olvidaréis que os lo he dicho.
Me alejé un par de metros y me tumbé. En cuanto apoyé la espalda en la arena, las dos se quitaron la parte de arriba del bikini. Minutos después, una le dijo a la otra: «Tía, ¿y yo por qué estoy en topless, si nunca lo hago?». «Ni idea», contestó la otra, y se taparon de nuevo, desconcertadas. No recordaban nada.
Esa noche Marina y yo vimos una película sobre gente que se metía en los sueños ajenos para plantar una idea y hacerles creer que era suya. Me dio una idea nueva. Fui al cuarto de Iván.
—Cuando yo salga, vas a ordenar tu habitación y dejarla impecable. Olvidarás que te lo he pedido. Llevas días con ganas de hacerlo y hoy por fin te has decidido.
A los cinco minutos apareció en el salón.
—Voy a ordenar mi cuarto, llevo días queriéndolo hacer.
—Ah, muy bien —dijo Marina—. Si necesitas ayuda, me avisas.
—Vale, gracias, mamá.
—Anda, ¿este ya tendrá novia y querrá invitarla a casa? —me susurró ella, divertida.
Por dentro yo solo pensaba: ha funcionado. Esa noche el cuarto seguía a medias y le pregunté, sin usar el tono, qué le había dado por ordenar.
—No sé, llevaba días pensándolo. Tenía ganas de tenerlo todo en su sitio.
Al día siguiente continuó por su cuenta hasta dejarlo perfecto. La idea había echado raíces sola. Habían pasado dos semanas desde el descubrimiento, y ya sabía más o menos cómo funcionaba todo. Había llegado el momento de dar un paso más grande.
***
Esa noche Iván dormiría en casa de un amigo, porque se quedaban hasta tarde en la playa. Marina y yo teníamos la casa para nosotros. Aunque nuestra vida sexual era buena, después de tantos años habíamos caído en cierta rutina. Los dos éramos demasiado tímidos para proponer cosas nuevas. Tanteábamos a medias y, si el otro no respondía, lo dejábamos pasar sin hablarlo.
Había un ejemplo que se me había quedado clavado: una vez, mientras me la chupaba, Marina intentó meterme un dedo en el culo y yo di un respingo por la sorpresa. Ella lo tomó como un no rotundo y nunca más lo intentó. Jamás hablamos del tema. Así, sin querer, se habían ido cerrando puertas entre los dos.
Pusimos una película y, al terminar, me coloqué frente a ella.
—Ahora te van a entrar ganas de probar algo nuevo. Vas a querer que te folle por el culo, llevas días deseándolo, muriéndote por sentirme metiéndote la polla ahí. En cuanto yo diga «vamos al cuarto», olvidarás que te lo he dicho y sentirás que es idea tuya, que hoy por fin te atreves a pedírmelo.
Hice una pausa.
—¿Vamos al cuarto?
Marina salió de una especie de breve trance y sonrió, con las mejillas ya encendidas.
—Sí, vamos.
Nos levantamos besándonos, dejando la ropa por el pasillo como siempre. Le quité la blusa fina que usaba para andar por casa y descubrí sus tetas, medianas y firmes, con los pezones rosados que se endurecieron en cuanto los llevé a la boca. Se los chupé uno tras otro, los mordisqueé, los estiré con los labios hasta hacerla gemir bajito. Ella me sujetaba la cabeza, presionándome contra uno y luego el otro, arqueando la espalda. Le bajé la mano por el vientre y le metí los dedos en las bragas: ya estaba empapada, chorreando por los muslos.
—Joder, Marina, cómo estás.
—Cállate y sigue.
Llegamos al borde de la cama. Me saqué la camiseta y el bóxer, ya con la polla completamente dura, apuntando al techo, un hilo de líquido preseminal en la punta. Ella me la miró como si fuera la primera vez, se la agarró con la mano, la apretó, y me la chupó de arriba abajo con un lametón lento y húmedo que me hizo cerrar los ojos. Le bajé la última prenda y la tumbé para empezar a comérselo despacio. Lo tiene recortado, no del todo depilado, justo como me vuelve loco; es de las pocas cosas que me atreví a decirle hace años. Abrí sus labios con la lengua y me encontré con el coño hinchado, brillante, abierto de par en par para mí. Subí hasta el clítoris y dibujé pequeños círculos, luego lo atrapé entre los labios y lo chupé con ganas.
—Ay, joder, así, así, no pares.
Ella separó más las piernas y dejó escapar gemidos cada vez más fuertes, agarrándome del pelo, restregándome el coño contra la cara. Con una mano le apretaba una teta jugando con el pezón entre los dedos; con la otra le metí un dedo poco a poco en el coño, luego dos, notando cómo lo apretaba, cómo la lubricación le corría hasta la mano. Le follé con los dedos mientras seguía chupándole el clítoris, y en una de esas bajé sin querer y le rocé el ano con el pulgar mojado. Marina dio un respingo de placer, me levantó la cara con la mano y me miró fijo a los ojos, jadeando.
—Oye… llevo unos días dándole vueltas.
Hizo una pausa, se mordió el labio y desvió la mirada con algo de vergüenza.
—¿Me lo harías por el culo?
—Si tú quieres, encantado —le dije, con la polla saltándome sola—. ¿Pero te apetece de verdad?
—No sé. Quiero probar. Quiero sentirte ahí.
Lo dijo sonrojada, sin mirarme, con la voz temblona. Estiré el brazo hacia el cajón de la mesita, donde guardamos el lubricante desde que descubrimos lo que cambiaba las cosas. Me puse un chorro en los dedos y otro directamente sobre su ojete apretado, viendo cómo se le contraía por el frío del gel. Le froté por fuera con el pulgar, en círculos, mientras volvía a bajar la cabeza y le chupaba el clítoris. Empecé a entrar despacio con el dedo, solo la primera falange, esperando a que cediera.
—Ay, sí… despacio, pero sigue. Se siente rico —murmuró.
Fui metiéndolo entero, poco a poco, hasta los nudillos, y noté cómo el culo se le iba abriendo, cómo empezaba a empujar ella misma contra mi mano. Añadí un segundo dedo con más lubricante y ella soltó un gemido largo y grave que no le había oído nunca.
—Joder, joder, no pares. Méteme otro.
Le metí un tercero con cuidado, moviéndolos dentro, abriéndolos en tijera para estirarla. Seguí con la lengua en su clítoris y los dedos marcando un ritmo lento que la hacía retorcerse en la cama, agarrando las sábanas.
—Ya, ya, dame la polla, méteme la polla —jadeó.
Después me incorporé, me eché un buen chorro de lubricante en la verga y la embadurné bien, hasta que quedó reluciente. Marina se levantó las piernas, se las abrió todo lo que pudo, sosteniéndoselas con los brazos por debajo de las rodillas, dejándome a la vista el coño chorreando y el culo abierto, brillando por el lubricante. Me hizo una seña con la barbilla para que continuara, mordiéndose el labio.
Apoyé la punta de la polla en el ojete y empujé poco a poco. Sentí la resistencia del anillo, la vi apretar los ojos y respirar hondo, y de golpe cedió, y la punta entró de un tirón. Ella soltó un grito ahogado.
—Espera, espera, no te muevas.
Me quedé quieto, aguantando las ganas de empujar. Al minuto sentí que se relajaba y ella misma me buscó, empujando las caderas hacia arriba.
—Sigue, sigue, dámela toda.
Empujé poco a poco, centímetro a centímetro, hasta enterrármela entera. La sentía apretarme con una fuerza deliciosa, un anillo caliente y estrecho ordeñándome la verga, y eso, sumado a sus gemidos cada vez más obscenos, me animó a empezar a moverme.
—Oh, sí… es mejor de lo que pensaba —jadeó—. Dame, dame, fóllame el culo, joder, no pares.
Escucharla hablar así, ella que nunca decía una palabrota en la cama, me volvió loco. Empecé a moverme con embestidas largas, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo, viendo cómo su culo se abría a mi ritmo, cómo la polla salía brillante y volvía a desaparecer dentro. Ver sus tetas balancearse con cada empujón, ver cómo entraba y salía, con el coño chorreando abierto justo ahí, encima, era demasiado.
—Más fuerte, más fuerte —me pidió, con los ojos cerrados y la boca abierta.
Le agarré las piernas, se las eché sobre mis hombros, me incliné sobre ella doblándola por la mitad y empecé a follármela a lo bestia, dando embestidas secas que la hacían gemir cada vez más fuerte. La cama chocaba contra la pared. Ella se llevó una mano al coño y empezó a frotarse el clítoris con dos dedos, rápido, mientras yo se la clavaba en el culo hasta los huevos.
—Me voy a correr, me voy a correr, no pares, no pares.
Cuando la mano se le movió más rápido y sentí que se le contraía todo alrededor de mi polla, me terminó de disparar. El culo se le cerró sobre mí como un puño y no aguanté más. Me la clavé entera y me corrí dentro, descargando en su culo entre gruñidos, sintiendo cómo la corrida salía a borbotones. Marina siguió frotándose con mi polla todavía enterrada en su interior, hasta que se sacudió en un orgasmo largo, entre gritos y temblores, arqueándose entera contra mí, con el coño empapando las sábanas, que la dejó sin aire.
Cuando por fin salí, un hilo blanco de semen le corrió del culo abierto hasta el coño. Me desplomé a su lado, con la respiración entrecortada.
—Uf… ¿qué tal? ¿Te ha gustado?
—Muchísimo. ¿Por qué no lo habíamos probado antes?
—No sé. Pensé que no te gustaba. Una vez te toqué por ahí y me apartaste la mano.
—Sí, bueno, me daba vergüenza, creo. Pero llevaba tiempo con la idea, hasta que hoy me animé. No para todas las veces, pero de vez en cuando, sí. Y ahora sé que quiero repetir.
—Pues que no te dé pena pedirme cosas. Si te apetece algo, me lo dices y ya.
—Vale —sonrió—. Pero solo si tú haces lo mismo.
—Trato hecho.
Nos quedamos abrazados, desnudos, con el olor a sexo pegado a la piel. Marina se durmió sobre mi pecho enseguida. Yo tardé un buen rato, mirando el techo en la penumbra. Había funcionado. Y, mientras escuchaba su respiración tranquila, no podía dejar de pensar en una cosa: aquello apenas abría la puerta a un mundo entero de posibilidades.





