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Relatos Ardientes

La duenda vino a cobrarme la suerte en siete noches

Damián estaba sentado en el suelo de su diminuta habitación de pensión, observando con incredulidad a la criatura que había quedado atada a la pata de su vieja mesa. La duenda era pequeña y regordeta, de piel arrugada y curtida, pero con unos labios carnosos y unas curvas que no encajaban con la idea que él tenía de un monstruo. Lo miraba con una mezcla de furia y burla.

—Así que pensaste que yo tenía la culpa de tu mala suerte, ¿eh, humano? —dijo con una voz áspera pero curiosamente seductora.

Damián tragó saliva. No esperaba esto. La adivina del mercado le había jurado que un espíritu lo estaba maldiciendo, robándole la prosperidad. Pero ahora, frente a la criatura, no podía evitar notar lo extrañamente atractiva que era, a su propia y rara manera.

—Tú… tú fuiste la que arruinó mi vida —murmuró, aunque hasta él escuchaba la duda en su propia voz.

La duenda se rió.

—No fui yo quien apostó hasta el último billete. No fui yo quien llegó tarde al trabajo tres semanas seguidas. Y desde luego no fui yo quien decidió huir de sus problemas en lugar de enfrentarlos.

—Entonces… ¿por qué la adivina dijo que…?

—Porque es más fácil culpar a un duende que admitir que te gusta el peligro —respondió ella, acercándose todo lo que las ataduras le permitían—. Lo sabes, ¿verdad? Te excita el riesgo. La apuesta, el dinero que se esfuma, la adrenalina de perderlo todo. Y ahora, aquí estoy.

Damián no podía negarlo. Había algo en ella, en su presencia tosca pero magnética, que lo hacía sentirse más vivo que en años.

—Ahora, humano… puedes seguir señalándome con el dedo, o puedes aceptar lo que de verdad eres.

Y entonces, con un movimiento sorprendentemente ágil, se zafó de las cuerdas y saltó sobre él. Damián no intentó detenerla. Al fin y al cabo, siempre le habían atraído las malas decisiones.

La duenda se acomodó sobre su regazo, las piernas cortas y gruesas rozándole los muslos de una forma que lo hizo contener un gemido. Sus ojos brillaban con astucia y algo más.

—Tienes suerte, humano —susurró, pasándole una mano arrugada pero suave por el pecho—. Porque aunque no arruiné tu vida, sí puedo aliviarte de esa carga.

—¿Cómo? —preguntó él, intentando mantener la voz firme.

—La mala suerte no desaparece, solo se transfiere. Durante siete noches, tu mala suerte será mía.

—¿Y cómo se hace eso?

Los labios gruesos de ella se curvaron en una sonrisa traviesa.

—Conectando nuestros cuerpos, claro.

Antes de que Damián pudiera preguntar nada más, se inclinó y lo besó. Fue un contacto electrizante, como si una corriente oscura pasara de su boca a la de ella. Cuando se separaron, jadeando, la duenda tenía los ojos más encendidos que antes.

—Prepárate, humano. Estas siete noches van a ser interesantes. Para transferir la suerte… necesitamos estar muy conectados.

Con un gesto pícaro se deslizó del regazo y, sin apartar la mirada, se llevó las manos a los tirantes de su vestido hecho de hojas secas y telas gastadas.

—Si vamos a hacer esto, mejor sin estorbos —dijo, bajando las tiras por sus hombros.

El vestido cayó al suelo y reveló un cuerpo compacto pero voluptuoso. Los pechos, grandes y pesados, descansaban con naturalidad, los pezones oscuros y endurecidos por el aire frío del cuarto. El vientre era redondo y suave, marcado por una vida larga, y las caderas se abrían hacia unas nalgas generosas que temblaban apenas cuando se giró.

Damián tragó saliva.

—¿Qué pasa, humano? ¿Nunca viste a una duenda desnuda? —se rió, deslizando sus propias manos por sus curvas—. O quizá es que nunca viste algo tan irresistible.

Él no pudo evitar endurecerse por completo al mirarla. La piel se veía tersa pese a las arrugas, el cuerpo una mezcla extraña de decadencia y sensualidad pura.

—No… no es eso —murmuró, desabrochándose el pantalón con manos temblorosas.

La duenda lo observó desvestirse, los ojos chispeando de malicia y deseo. Cuando por fin quedó expuesto ante ella, su sonrisa se ensanchó.

—Mmm… no está mal, para un humano —dijo, acercándose con pasos cortos pero seguros—. Veamos cuánto aguantas. Porque estas siete noches no son solo para transferir tu mala suerte.

—¿Y para qué más? —preguntó Damián, aunque ya lo sabía.

Ella le tomó la mano y se la llevó a los senos. Él gruñó al sentir el peso y el calor.

—Para divertirnos. Y para que aprendas que a veces la mala suerte puede ser muy, muy placentera.

***

Damián se tendió desnudo en la cama, el cuerpo tenso entre el deseo y la incertidumbre. La duenda, que dijo llamarse Brunilda, lo miró con sus ojos astutos, la sonrisa burlona dejando ver los dientes pequeños y afilados.

—Pobre humano, tan nervioso —murmuró, arrastrando los dedos arrugados pero hábiles por su muslo—. No te preocupes, yo sé cómo hacer que esto funcione.

Antes de que él reaccionara, ella se inclinó y tomó su sexo aún blando entre las manos pequeñas y cálidas. La sensación fue rara al principio: su piel era más áspera de lo esperado, pero el contraste con esos labios gruesos y suaves lo hizo estremecerse.

—Mmm… ahí vamos —susurró Brunilda, besando la punta antes de soltarla con un chasquido húmedo y audible.

Damián contuvo un gemido. No era el beso tímido de una mujer cualquiera; esto era salvaje, primitivo. Cada vez que sus labios se cerraban en torno a él y se apartaban con ese sonido obsceno, sentía un latido de placer que lo empujaba al borde.

Una docena de veces repitió el movimiento, hasta que, contra todo pronóstico, él quedó completamente erguido y palpitante en sus manos. Brunilda se separó con una risita satisfecha, limpiándose los labios con el dorso de la mano.

—¿Ves? Todavía tengo el toque —dijo orgullosa, pasándose la lengua por la boca carnosa—. Y esto es solo el principio.

Las caderas de Damián se levantaron por instinto hacia ella. Ya no había miedo, solo necesidad.

—Dame… más de ese toque —gruñó, con las palabras entrecortadas.

La duenda rió, grave y ronca, antes de trepar sobre él, las curvas generosas aplastándose contra su torso. Sin prisa, con una paciencia diabólica, siguió recorriéndole el cuerpo, las manos bajando para acariciarlo con una mezcla de ternura y burla.

—¿Te gusta, humano? —preguntó, levantando la vista con una sonrisa pícara—. ¿Te gusta que una duenda vieja y arrugada te adore así?

Damián no podía mentir. Su cuerpo respondía con sacudidas involuntarias, el placer acumulándose en el vientre.

—Sí… maldita sea, sí —gruñó, arqueándose cuando ella sopló cálidamente sobre su piel sensible.

Brunilda volvió a la tarea sin previo aviso, tragándolo entero de un solo movimiento, ahogando sus gemidos en una garganta que, aunque vieja, sabía exactamente cómo apretar. Él gritó, empujando las caderas hacia arriba, pero ella no se detuvo. Tenía otros planes.

Se dejó caer sobre él con todo el peso de su cuerpo regordete, montándolo de golpe, su interior increíblemente estrecho y ardiente. Damián vio estrellas. No duró ni medio minuto antes de que el calor, la presión y la intensidad de todo lo reventaran dentro de ella con un gemido sofocado.

Brunilda se rió, jadeando, los pechos pesados balanceándose mientras se mecía perezosa sobre él, exprimiendo las últimas gotas de su mala suerte.

—Jajá… tan rápido, humano —murmuró, antes de desplomarse sobre su pecho con un suspiro satisfecho.

En cuestión de segundos, los ronquidos ásperos de la duenda llenaron la habitación. Damián, todavía aturdido, no sabía qué sentir. ¿Había sido real, o solo otro truco de su mente desesperada por culpar a alguien de su ruina? Pero el peso de Brunilda sobre él y el dolor residual en la pelvis le dejaron claro que, por las próximas siete noches, todo iba a ser muy real.

***

Al amanecer, junto a la cama, encontró una moneda de oro grabada con runas antiguas que le erizaron la nuca.

—Y rápido, humano —bostezó Brunilda, estirándose como un gato satisfecho antes de hundirse de nuevo entre las sábanas—. No pienso alimentarme de miseria humana otra vez.

El hambre rugía en su estómago y solo le quedaban tres sobres de sopa instantánea sabor a nada, así que guardó la moneda y salió. En la casa de empeños, la moneda valió diez veces lo que esperaba, y el viejo del mostrador no hizo preguntas, aunque clavó en él unos ojos vidriosos como si supiera algo.

—No vuelvas con más de estas —le advirtió en un susurro áspero.

Regresó con comida decente y una botella de aguardiente barato, porque no era tonto: si la duenda quería alcohol, no iba a gastar en lo bueno. Al abrir la puerta, el olor a sexo y tierra mojada lo golpeó otra vez. Brunilda estaba recostada en la cama, desnuda, jugueteando con una segunda moneda de oro entre los dedos.

—Ah, por fin —dijo, sonriendo con malicia al ver la botella—. Sabía que eras listo… para ser humano.

***

La cena transcurrió entre el ruido de los cubiertos y los tragos largos de aguardiente que Brunilda bebía como si fuera agua. Damián apenas podía creer que compartía mesa con una duenda borracha y lasciva, los pechos pesados apoyados en la madera, la sonrisa de dientes afilados que nunca prometía nada bueno.

—Mmm… cocinas decente, humano —murmuró ella, lamiéndose los restos de salsa de los labios—. Pero todavía tengo hambre.

Damián fue a ofrecerle más comida, pero los ojos de Brunilda brillaron y, antes de que pudiera reaccionar, ya se deslizaba bajo la mesa. Un tirón brusco, el pantalón abierto, y de pronto el calor húmedo de su boca lo envolvió de nuevo.

—¡Mierda! —gruñó él, aferrándose al borde de la mesa.

Era idéntico a la noche anterior: esos labios carnosos succionando con fuerza, la lengua áspera trazando círculos en la punta, los pequeños dientes rozando apenas, como si en cualquier momento pudiera decidir morder.

—Mmmf… tan fácil… —murmuró Brunilda entre una cosa y otra, las manos apretándole los muslos.

Damián hundió los dedos en el pelo enmarañado de la duenda. No hubo resistencia; nunca la había habido. Y cuando ella tragó con un sonido obsceno, él ya estaba perdido.

—Buen postre —dijo Brunilda, apartándose con una sonrisa satisfecha, como si acabara de probar un dulce y no su rendición total.

***

El sueño de Damián fue pesado, cargado con el cansancio de la jornada y el aguardiente que aún le ardía en las venas. En la modorra, su cuerpo actuó por inercia, los brazos buscando el calor de un cuerpo contra el suyo, aunque ese cuerpo no fuera humano. Así, sin pensarlo, envolvió a Brunilda en un abrazo y hundió la nariz en su pelo enredado.

Olía a alcohol barato, a sudor, a sexo y a algo terroso, como raíces y hojas secas. No era agradable, pero tampoco le disgustaba. Era real, crudo, como si el mundo tuviera más textura con ella ahí.

La despertó el roce de la duenda volviendo a la cama, la piel todavía húmeda y caliente, arrastrándose sobre él como un gato perezoso.

—Mmm… humano caliente —murmuró, frotándose deliberadamente contra su muslo.

Damián contuvo un gemido. Su cuerpo ya respondía, traicionándolo. Ella rió, baja y ronca.

—Además… ya estás listo otra vez —susurró, mordisqueándole la oreja.

Y era verdad.

***

La cuarta noche, el baño minúsculo se llenó de vapor. Brunilda observó el cubo de agua humeante con una ceja levantada y escepticismo en la cara, pero el brillo en sus ojos al oír la palabra «tequila» la hizo ceder. Con un gesto brusco se quitó el vestido de hojas y se metió en la tina con un chapuzón que derramó media cubeta al suelo.

Bañar a una duenda no era como bañar a una mujer. Era más intenso. Las manos de Damián, al principio tímidas, se ensañaron con el jabón, recorriendo cada curva de su cuerpo pequeño y voluptuoso.

—Mmm… ahí no, humano —gruñó ella cuando sus dedos se demoraron demasiado entre sus piernas.

—Es que… hay que limpiar bien —murmuró él, sintiendo su propia respiración acelerarse al frotar esos pliegues sensibles, notando cómo Brunilda, contra su voluntad, se arqueaba hacia el contacto.

La duenda resopló, pero no lo detuvo. Hasta que él dejó que su dedo rozara, «accidentalmente», la entrada más estrecha.

—Humano… —susurró, arrastrando las palabras como un gato jugando con su presa—, si querías meterme algo ahí, solo tenías que pedirlo.

Damián casi se ahoga con su propia saliva. Antes de que pudiera responder, ella se giró y le guió la mano de vuelta a donde él tanto quería tocar.

—Pero esta vez… hazlo bien.

***

La tercera noche, Brunilda se rió con un sonido rasposo y se arqueó sobre las almohadas, las nalgas redondas expuestas sin pudor.

—Así que al fin te animaste, humano —se burló, mirándolo por encima del hombro con esos ojos que brillaban como monedas sucias—. Pues sírvete.

Damián no necesitó que se lo repitiera. Primero la lengua, recorriendo ese anillo apretado, sintiendo el sabor salado y terroso de la duenda. Ella gruñó, empujándose contra su boca.

—Más… idiota… —jadeó, clavando las uñas en la almohada.

Luego los dedos. Uno, después dos, moviéndose en círculos, preparándola con una mezcla de curiosidad y desesperación. Brunilda gimió, un sonido a medio camino entre el gruñido y el ronroneo, mientras su cuerpo se abría para él.

—Así… así… —murmuraba, cada palabra salpicada de jadeos.

Damián no fue gentil. No podía serlo. Se alineó y la penetró de un solo empujón, arrancándole un grito que no era de dolor, sino de triunfo. Era estrecho, más de lo que imaginaba, y caliente, como si su interior estuviera hecho de brasas. Cada embestida era una conquista y una rendición a la vez.

Brunilda no era una amante delicada. Era salvaje. Arañó, mordió, se retorció y lo jaló más adentro, como si quisiera devorarlo desde dentro.

—¿Ves, humano? —jadeó, volviendo la cabeza para clavarle los ojos llenos de malicia—. Esto es lo que querías.

Damián no pudo negarlo. Lo había querido.

***

La penúltima noche, un televisor de segunda mano parpadeaba con una telenovela absurda, la luz azulada bañando los cuerpos sudorosos desparramados en el sofá. Brunilda tenía el torso desnudo, los pechos pesados apoyados sobre el vientre de Damián, mientras sorbía aguardiente directamente de la botella con un placer obsceno.

—Mmm… esto sí está bueno —murmuró, ofreciéndole la botella—. Prueba, humano.

Él bebió un trago agrio y espeso, pero no le importó. No le importaba nada en ese momento, salvo el peso cálido de la duenda sobre él y el hecho de que solo quedaba una noche más. Una noche, y ella se iría con su mala suerte, sus monedas de oro, sus gruñidos y sus carcajadas rasposas. La idea le pesó en el pecho.

—Brunilda… —empezó, buscando las palabras.

Ella lo miró, los ojos astutos brillando con una comprensión que lo asustó.

—¿No quieres que me vaya? —preguntó, burlona pero no cruel.

Damián no respondió. No hacía falta. La duenda bajó la botella, se acomodó sobre él y presionó las caderas justo donde él empezaba a responder otra vez.

—Pobre humano —susurró, rozándole los labios—. Te gusta tu maldición, ¿eh?

Damián cerró los ojos. Sí. Le gustaba, demasiado.

—Por suerte para ti… —murmuró ella, guiándolo de nuevo hacia su calor—, los pactos se pueden renovar.

Y cuando se hundió sobre él, Damián supo que jamás iba a dejar ir esa maldición, ni a la duenda que la había traído.

***

Pasaron los meses. Aunque Damián no recuperó la opulencia de antes, algo mejor floreció en su vida: una rutina salvaje y adictiva, con sabor a alcohol barato y piel arrugada.

Esa noche llegó con una botella de whisky económico bajo el brazo y, como siempre, Brunilda lo esperaba, los brazos cruzados y el pie regordete golpeando el suelo con impaciencia.

—Otra vez llegando tarde, humano —gruñó, pero el brillo en sus ojos delataba su excitación.

Damián no perdió el tiempo. La agarró de esas nalgas que ya conocía tan bien y la aplastó contra sí, sellándole la boca con un beso profundo y dominante. La duenda respondió mordiéndole el labio inferior antes de reír, áspera y caliente.

—Te extrañé, duendecilla —murmuró él, mientras ella le arrancaba la camisa.

—Mentiroso —escupió Brunilda, aunque su sonrisa era de placer.

La levantó contra la pared, sintiendo cómo las piernas cortas y fuertes se enganchaban alrededor de su cintura, y en un solo movimiento la hizo suya donde más le gustaba. Brunilda gritó, una mezcla de triunfo y placer, clavándole las uñas en la espalda.

—¡Jodidamente tuyo! —rugió.

Damián apoyó la frente contra la de ella, inhalando ese olor a tierra, sexo y algo indescriptiblemente suyo. ¿Había sido mala suerte encontrarla? Quizá. Pero mientras la duenda lo mordía, lo arañaba y lo jalaba más adentro, ya no podía imaginarse una vida sin esa maldición.

—Renovamos el pacto —le susurró ella al oído, entre jadeos—. Otro año más.

Y él solo asintió, sabiendo que, al final, la mejor suerte de su vida había sido perderlo todo para ganarla a ella.

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Comentarios (4)

Gaston_lee

increible!! nunca lei algo asi de original, que imaginacion tienen

CrisLectora

Por favor que haya una segunda parte, no puede terminar ahi... quede con muchisimas ganas de saber como siguen las otras noches

PatriciaNoc

Que relato tan original!! hace tiempo que no encontraba fantasia erotica bien escrita en este sitio

MatiasLector

y la duenda no vuelve despues de las siete noches? jaja pregunto en serio porque me quede pensando en el final

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