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Relatos Ardientes

La fantasía que pediste en voz baja

La tela es fina pero opaca, y lo que no puedes ver te importa más de lo que esperabas. Tumbada sobre el edredón de la cama, con el brazo derecho libre y el izquierdo sujeto al cabecero con un pañuelo de seda, lo único que tienes son los sonidos: el runrún del aire acondicionado, el tráfico lejano por la ventana entreabierta, tu propia respiración volviéndose más corta a cada minuto. Llevas un camisón de encaje fino que casi no cubre nada, y aunque la habitación no está fría, la piel se te ha erizado igual.

Todo ha pasado demasiado deprisa para procesarlo bien.

Antes de que te pusiera la venda, dijiste una sola cosa. Lo dijiste en voz muy baja, con los ojos fijos en los míos y la mandíbula apretada, como si necesitaras escucharte para creerte que de verdad querías decirlo:

—Úsame.

Entonces te puse la venda. Y ya no hubo vuelta atrás.

***

Esa mañana, cuando llegamos a este hotel del centro, la idea no existía. El plan era descansar: dos noches fuera, una ciudad nueva, olvidarse del trabajo y de las obligaciones durante cuarenta y ocho horas. Pero fue entrar a la habitación, dejar las maletas sobre el baúl de madera al fondo, tumbarnos en la cama con los zapatos todavía puestos y quedarnos mirando el techo, y algo se coló entre los dos. Esa quietud espesa que tienen los hoteles, como si las paredes cerraran el mundo de fuera y solo quedara lo que pasara dentro.

Bajamos a comer tarde. Pediste el menú del día y yo pedí lo mismo. Tomamos dos copas de vino blanco que llegaron muy frías y que bajaron bien con el calor de la calle. Para el café, sin que ninguno lo hubiera dicho, sacaste el móvil y abriste la aplicación. Ya la teníamos instalada desde hacía meses, pero nunca la habíamos usado de verdad.

—Solo miramos —dijiste, sin apartar los ojos de la pantalla.

Empezamos a pasar perfiles. Parejas de la zona, mujeres solas, hombres solos. La mayoría los descartabas en dos segundos con el pulgar. Pero a algunos volvías. Hacías zoom en las fotos, leías las descripciones, te quedabas callada un momento con el labio inferior entre los dientes. Yo te miraba a ti más que a la pantalla, porque en tu cara estaba pasando algo que me interesaba mucho más que cualquier perfil.

Guardamos varios. Una pareja de cuarenta y tantos con fotos directas y una descripción concisa que dejaba claro que sabían lo que hacían y no buscaban complicaciones. Una mujer morena, pelo hasta los hombros, que salía en las fotos con ropa interior de encaje y una sonrisa torcida que prometía cosas. Dijiste que las fotos te parecían demasiado producidas, pero no borraste nada. También un hombre que escribía bien y que tenía esa clase de cara que resulta más atractiva cuanto más la miras.

Y luego había otro perfil. Sin cara, solo fotos del cuerpo de alguien que claramente no tenía ningún pudor al respecto. Pasaste por él en silencio la primera vez. La segunda volviste. La tercera te quedaste parada durante más tiempo del que cualquiera dedicaría a algo que «solo está mirando».

—Eso no significa nada —dijiste cuando noté que sonreía.

Pero ya lo habías guardado, así que me callé.

Subimos a la habitación con el café todavía caliente en el cuerpo y ese estado particular que deja la fantasía cuando llevas demasiado rato dándole vueltas: la cabeza acelerada, el cuerpo rezagado, un calor que no sabe bien adónde ir. Me dejaste que te quitara los zapatos despacio, luego el pantalón. Te quedaste con la ropa interior nueva —un conjunto de encaje blanco que habías comprado para el viaje— y la camiseta. Empezamos a tocarnos sin prisa, boca contra cuello, manos buscando lo que ya conocemos, pero fue cuando me incliné justo bajo la mandíbula izquierda —ese sitio tuyo, el que siempre cede primero— cuando algo en tu cara cambió.

—¿Por qué no? —dijiste, casi en un susurro.

Y yo entendí exactamente lo que me estabas pidiendo.

***

Ahora llevas un rato sola en la cama y no sabes cuánto. El tiempo funciona distinto cuando no puedes ver. Percibes cosas que normalmente no registras: el crujido del colchón cuando cambias el peso, la textura del edredón bajo los dedos libres, la temperatura del aire que entra por la ventana y que te roza el tobillo expuesto.

Preguntas algo. Nadie responde. Recordaste tarde que ese era el trato: quieta, callada, atenta a todo lo que llegaras a escuchar. Si te portabas bien, habría premio al final. O más de uno.

Los pezones se te endurecen sin que nadie los haya tocado. Desearías alcanzarlos con la mano libre, pero esperas. La escena no ha comenzado y no quieres romper algo que todavía no ha tenido la oportunidad de suceder.

La puerta de la habitación se abre.

Pasos. Más de un par. Murmullos en voz muy baja y una risa breve y contenida que no reconoces del todo. El sonido de la puerta cerrándose. Silencio.

El corazón se te va a la garganta y no puedes controlarlo.

¿Quién es? ¿Cuál de los perfiles? ¿Cómo ha podido organizarse todo tan deprisa?

Y cuando se te pasa el primer susto vienen las otras preguntas, las que no querías hacerte: ¿le gustaré? ¿Estaré a la altura de lo que se imagina? Pero te importan, claro que te importan, porque en el fondo este juego que os traéis sigue siendo cosa de dos aunque hoy haya una tercera persona en la habitación.

También piensas lo inevitable, dada la situación: ¿será hombre o mujer? Y la duda que se mece ante ti lo hace todo más intenso, porque cualquiera de los escenarios posibles tiene su propio peso y su propio calor.

Alguien se acerca al pie de la cama y retira el edredón que te cubría de un tirón suave. Escuchas un sonido breve desde abajo, algo entre sorpresa y aprobación, que te recorre la espalda entera.

La cremallera de una prenda. Calzado cayendo. Ropa sobre la silla. Más murmullos, risas apagadas, cómplices.

Después, un silencio demasiado largo. Agudizas el oído hasta que te duele la concentración. Y entonces llegas a escucharlo: una respiración que cambia de ritmo, el sonido inconfundible de dos bocas que se encuentran, algo húmedo y lento que no dejas de imaginar aunque no puedas verlo.

La cama se hunde un poco a tus pies. Alguien se sienta al borde.

Ya no hay duda. Lo que estás oyendo son besos, lametones, suspiros que van subiendo de intensidad a muy poca distancia de ti, mientras tú sigues tumbada con la venda puesta, inmóvil, tratando de construir una imagen a partir de solo lo que llegas a escuchar. Tienes la boca entreabierta y no sabes desde cuándo.

Recuerdas que al principio no querías. La pereza de organizar algo así, la incomodidad de lo desconocido, el pudor. Pero ahora estás sumergida en la oscuridad de la tela y lo que sientes no cabe en ninguna de las palabras que habrías usado antes.

***

Empiezas a imaginar. No puedes evitarlo.

Si es el hombre del perfil sin cara, te lo imaginas frente a mí, de rodillas en el suelo de la habitación. Me imaginas agarrándolo del pelo con suavidad al principio, luego con más firmeza. Me imaginas mirándolo desde arriba con esa expresión que pongo cuando algo va exactamente como quería. Me imaginas diciéndole que abra la boca más. Me imaginas con los pies plantados en el suelo y los ojos entrecerrados, disfrutando sin dar explicaciones a nadie.

El pensamiento te hace apretar los muslos. Te tocas los pechos por encima del encaje, despacio, con la palma de la mano, intentando no perderte lo que suena desde el otro extremo de la cama.

Si es la mujer de la sonrisa torcida, te la imaginas tumbada con el pelo esparcido sobre la almohada y los brazos abiertos. Me imaginas inclinándome sobre ella, empezando por el cuello, bajando despacio. Juntándole los pechos con las manos porque sé que eso te gusta cuando te lo hago a ti. Me imaginas pasando la lengua entre ellos, acariciando los pezones con cuidado primero y sin cuidado después.

¿Estará haciéndolo ahora mismo? ¿Ya habrá empezado?

El olor de la habitación cambia. Hay algo más cálido, más cargado en el aire. El sexo tiene un olor que no se puede confundir con ninguna otra cosa, y ahora la habitación lo tiene.

Escuchas los suspiros. Reconoces los míos entre los otros. Los reconocerías en cualquier sitio.

La cama empieza a moverse. Primero con un ritmo lento, casi contenido, como quien no quiere hacer demasiado ruido. Luego más definido, más claro, sin disimulo. Los muelles responden. Alguien dice algo muy por lo bajo que no llegas a entender. Y tú metes la mano dentro de la ropa interior y compruebas lo que ya sabías: estás completamente empapada, más de lo que recuerdas haber estado en mucho tiempo.

Te masturbas despacio. Con intención, sin prisa. Quieres aguantar en esta orilla el mayor tiempo posible, en ese punto exacto donde el deseo y la incertidumbre se mezclan y cada sonido nuevo es una pequeña descarga que sube por el vientre. Te mueves muy poco para no alterar la cama, para no romper nada, para que lo que suena ahí al fondo siga sonando sin interrupciones.

También imaginas que puede ser él quien ahora me tiene a mí. Que me está usando como yo podría usarte a ti. Que me tiene de rodillas, o boca abajo, o donde quiera, y que yo lo he dejado pasar porque era lo que los dos queríamos esta tarde. Me imaginas con la cara contra la almohada aceptando lo que viene, con los nudillos blancos aferrados al cabecero.

El pensamiento te empapa todavía más. Aceleras un poco los dedos.

Escuchas que el ritmo de la cama aumenta. Quien está ahí ya no disimula nada. Los muelles suenan sin pudor, alguien jadea en voz alta y hay un momento de tensión muy breve, ese silencio de dos segundos justo antes del final. Lo reconoces. Y entonces escuchas el sonido que buscabas.

Te aprietas más fuerte. Estás al borde.

Pero el peso abandona la cama antes de que llegues, y te quedas en el límite, temblando, con los dedos quietos y la respiración cortada.

Silencio. La ducha corriendo. Pasos. La puerta del baño cerrándose. El agua parando. La puerta abriéndose de nuevo. Murmullos muy bajos que no llegan a ser palabras claras.

Alguien se sienta en el borde de la cama, a la altura de tus caderas. Dos dedos en la cinturilla de la ropa interior, un tirón suave a cada lado. Levantas las caderas sin pensarlo, y el encaje blanco se desliza por tus piernas hasta los tobillos y cae al suelo.

Escuchas que alguien lo recoge del suelo, lo acerca a su nariz, inhala despacio. Luego te lo pasan bajo la tuya un instante, que es un segundo que dura mucho más de lo que debería, inundándote con tu propio olor, antes de dejarlo caer de nuevo.

Murmullos apagados junto a la puerta. Una risa muy breve, casi imperceptible. Entre los bisbiseos llegas a distinguir una sola palabra: disfruta. Luego la puerta de la habitación se abre y alguien sale sin hacer ruido.

La persona que se queda se acerca a ti. Te sube el camisón por encima del ombligo. Una respiración cálida muy cerca, bajando despacio.

Una lengua que recorre despacio lo que lleva rato esperando.

Estás tan acumulada, tan al borde, que tardas en registrar lo que me estás oyendo decir. Tengo que repetirlo, con la boca todavía húmeda de ti:

—Ya acabé yo. Ahora es tu turno. Quítate la venda si quieres.

No te la quitas. Abres las piernas más. Y yo sigo.

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Comentarios (4)

GonzaLP

Que morboso!! me encanto de principio a fin, de verdad.

LuciaMar_85

Necesito la segunda parte!! no podes dejarnos asi con tanta tension acumulada

TulioCba

La idea de no saber quien entra es lo que hace que se te dispare la imaginacion. Relato muy bien construido.

MarcosVR

como se te ocurrio esto? tiene mucho de vivido, se nota que no es pura invencion

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