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Relatos Ardientes

La fantasía que Marcos preparó en secreto

El reservado privado del club tenía esa atmósfera que se crea cuando varias cosas irremediables están a punto de ocurrir: luz muy baja, cuero oscuro en cada superficie y el silencio particular de un espacio donde nadie puede escucharte. Sofía llevaba media hora allí, sentada frente a Marcos, y aún no había conseguido descifrar del todo su expresión.

Marcos tenía esa mirada que ella había aprendido a reconocer en los últimos meses. No era la mirada de un marido. Era la de alguien que ha diseñado algo con mucho cuidado y espera a ver si funciona.

El Coleccionista entró sin llamar.

Era un hombre de unos cincuenta años, con el pelo entrecano y las manos grandes. Tenía esa forma de ocupar un espacio que tienen las personas que rara vez necesitan insistir para conseguir lo que quieren. Sofía lo había visto brevemente en la sala principal del club, pero ahora, en la penumbra del reservado, parecía más grande, más real.

Marcos no se levantó. Solo hizo un gesto breve con la cabeza, como quien da una señal que los demás ya esperaban.

El Coleccionista rodeó el sillón donde estaba Sofía. Se colocó detrás de ella. Apoyó las manos en sus hombros primero, solo para que ella sintiera el peso y la temperatura, y luego las deslizó hacia abajo siguiendo la curva de su espalda con una lentitud que no tenía ninguna prisa.

—Relájate —dijo, casi al oído.

Sofía exhaló. Llevaba días sabiendo que esta noche iba a ocurrir, que Marcos lo había planificado con una meticulosidad que rozaba la obsesión, que ella había dado su consentimiento en conversaciones que se extendían hasta las dos de la mañana. Y aun así, ahora que el momento había llegado, su cuerpo tardaba en ponerse al día con su cabeza.

Marcos se inclinó hacia delante. La miraba fijamente, con esa atención completa que a veces la hacía sentir como si fuera la única persona que existía en el mundo.

—Estás bien —dijo, y no era una pregunta.

El Coleccionista le subió el vestido por la espalda. Sus dedos encontraron la línea del encaje de su ropa interior y la bajaron con calma. Sofía se aferró a los reposabrazos del sillón. La presión comenzó despacio, explorando primero, luego insistiendo, abriéndose paso con una paciencia que dolía más que la prisa habría dolido.

—Marcos —susurró ella, sin saber bien qué pedía.

—Aquí estoy —respondió él, y se levantó del sillón para arrodillarse frente a ella, tomándole la cara entre las manos.

La penetración llegó con una quemadura que duró exactamente lo que tenía que durar y luego se convirtió en otra cosa: una presión plena y constante, la sensación de estar completamente ocupada, de no tener espacio interior para nada más. Sofía soltó el aire que llevaba reteniendo. Marcos la besó en ese mismo instante, con una suavidad que contrastaba con lo que ocurría en el resto de su cuerpo.

El Coleccionista estableció un ritmo pausado. Sus manos se movieron hacia el frente, encontraron el lugar donde Sofía llevaba horas húmeda y sin alivio, y comenzaron a trabajarlo con una precisión que parecía casi calculada. Ella no pudo controlar el sonido que salió de su garganta.

Marcos la besó con más fuerza para absorberlo.

El orgasmo tardó en llegar pero cuando llegó fue completo: una contracción que comenzó en el centro de su pelvis y se irradió hacia afuera en oleadas, dejándola sin aliento y con las piernas incapaces de sostenerse solas. El Coleccionista llegó casi al mismo tiempo, con un temblor que la llenó de calor desde dentro, un calor que se asentó lentamente, como una marea que baja.

El silencio después fue casi solemne.

Marcos la sostuvo mientras el otro hombre se retiraba en silencio, recuperando su ropa con la misma calma con la que había entrado. Sofía apoyó la frente en el hombro de su marido y notó que los dos temblaban un poco, cada uno a su manera.

—¿Estás bien? —preguntó Marcos en voz muy baja.

—Sí —dijo ella—. Estoy muy bien.

***

A la mañana siguiente el cuerpo de Sofía tenía esa cualidad de las cosas que han sido usadas con cuidado: una levedad extraña, una hipersensibilidad en la piel que hacía que la ducha caliente pareciera un acontecimiento. Se quedó más tiempo del habitual bajo el agua, dejando que la temperatura le disolviera los últimos vestigios de la noche anterior.

Marcos la esperaba en la cocina con café y una cajita de madera oscura sobre la mesa.

—Hoy tienes una cita —dijo.

Sofía miró la caja. Ya sabía lo que había dentro antes de abrirla: un huevo vibrador de silicona, blanco, perfectamente liso, conectado inalámbricamente al teléfono de él. Lo habían hablado. Lo habían acordado. Pero verlo ahí, sobre la mesa de la cocina a las nueve de la mañana, hacía que todo fuera más real de lo que esperaba.

—¿Dónde? —preguntó.

—La Sala Meridiem. Inauguran una exposición de fotografía esta tarde. Hay una copa incluida en la invitación. —Marcos abrió la caja y sacó el dispositivo—. Cuando veas a un hombre con reloj de plata y traje azul marino, ya sabrás que es él.

Sofía lo miró. Luego miró el huevo en la mano de su marido.

—¿Me lo pones tú? —preguntó.

Marcos sonrió por primera vez en toda la mañana.

***

La Sala Meridiem era un espacio de techos altos y paredes blancas en el que cada conversación sonaba más inteligente de lo que era. Sofía llegó a las seis de la tarde, recogió su acreditación en la entrada y aceptó una copa de vino que sostuvo durante veinte minutos sin beber.

Marcos la activó antes de que ella hubiera visto la mitad de las fotografías.

Fue solo un pulso corto, como un aviso. Sofía apretó los dientes y siguió caminando entre las obras enmarcadas, deteniéndose aquí y allá con la expresión de quien evalúa composiciones mientras en realidad intentaba no agarrarse a la pared. El pulso volvió. Se alargó. Varió de intensidad con una irregularidad que era claramente calculada, que conocía exactamente cuánto tiempo necesitaba ella para estar al límite sin llegar al borde.

Lo vio al fondo de la sala.

El reloj de plata era lo primero que captó la luz. Era un hombre mayor que ella por al menos treinta años, con la espalda recta y esa forma de observar las obras de quien lleva décadas frecuentando lugares como ese. No la buscó con la mirada cuando ella se acercó. Esperó.

—Su marido me ha descrito bien —dijo cuando Sofía estuvo lo suficientemente cerca, sin voltearse del todo hacia ella.

—¿Qué le ha dicho exactamente? —preguntó Sofía.

—Que llega puntual —respondió el hombre—. Y que sabe estar en un lugar sin pertenecer del todo a él.

En ese momento Marcos aumentó la intensidad al máximo durante tres segundos exactos. Sofía tuvo que apoyar una mano en el marco de la obra más cercana.

El hombre del reloj de plata la tomó del codo con discreción y la condujo hacia el fondo de la sala, donde una puerta de servicio daba a un pasillo de almacenamiento: cajas de embalaje apiladas, piezas a medio catalogar, olor a papel prensado y a madera vieja. La única luz llegaba por una rendija en el techo.

La giró despacio, de espaldas a él. Sofía apoyó las palmas abiertas contra la pared fría. Sintió cómo él le subía el vestido con la misma economía de movimientos con la que hacía todo, sin apresurarse, sin explicarse. Extrajo el dispositivo con cuidado y lo depositó sobre una caja cercana.

Marcos lo ha preparado todo. Solo tengo que estar presente.

El hombre se tomó su tiempo. Recorrió con los dedos el interior de sus muslos, midió lo que encontró allí —la humedad acumulada durante horas de vibración intermitente— y emitió un sonido muy bajo, apreciativo, casi inaudible.

Cuando la penetró fue con una cadencia completamente opuesta a lo que Sofía habría esperado: lenta, precisa, como alguien que ha decidido que no hay ninguna prisa. Cada empuje llegaba hasta el fondo y se retiraba despacio, como si quisiera que ella lo sintiera dos veces. Era una forma de control que no necesitaba la velocidad ni la fuerza para demostrar que existía.

Sofía presionó la frente contra la pared fría. Escuchaba los murmullos amortiguados de la inauguración al otro lado de la puerta, el tintineo de las copas, alguna carcajada. Ese mundo que continuaba ajeno a lo que ocurría en ese pasillo oscuro la empujaba hacia un estado que ya no podía nombrar con precisión.

El teléfono de ella iluminó la pantalla sobre una caja cercana. Videollamada de Marcos.

El hombre del reloj de plata lo tomó sin detenerse, aceptó la llamada y lo inclinó de forma que la cámara capturara la escena. Sofía vio el rostro de su marido en la pantalla: la mandíbula apretada, los ojos fijos en ella, esa expresión que reconocía como la de su placer más hondo.

—Sofía —dijo Marcos desde la pantalla, con voz tranquila—. Deja que llegue.

Ella cerró los ojos.

Y dejó.

El orgasmo no fue ruidoso ni violento. Fue profundo y prolongado: una ola larga que comenzó donde el hombre la llenaba y se extendió hacia arriba por la espalda, hasta los hombros. Se arqueó ligeramente hacia atrás, de forma involuntaria, y el hombre del reloj de plata la sostuvo por las caderas mientras ella terminaba de perder el control.

Él acabó poco después, con una contención casi formal, y se retiró con la misma calma con la que había empezado. Ajustó su ropa frente a ella, recogió el teléfono de Sofía, cerró la videollamada y se lo devolvió sin más palabras.

—Gracias —dijo, como si ella le hubiera pasado la sal en una cena.

Sofía tardó un minuto en poder moverse con normalidad. Se alisó el vestido, recogió el dispositivo de la caja y lo guardó en el bolso. Abrió la puerta de servicio y volvió a la sala, donde nadie había notado su ausencia y las fotografías seguían colgadas en las mismas paredes blancas.

Cogió una copa de vino de una bandeja que pasaba.

Esta vez la bebió entera.

***

Marcos estaba en el sofá cuando Sofía llegó a casa. Había dejado las luces bajas y tenía el teléfono en la mano, aunque lo guardó en cuanto la escuchó entrar.

—¿Cómo estuvo? —preguntó.

Sofía dejó el bolso en la silla del recibidor y fue hasta él. Se sentó a su lado, apoyó la cabeza en su hombro y se quedó un momento así, en silencio, sin necesidad de decir nada todavía.

—Bien —dijo al fin.

Marcos pasó el brazo por sus hombros.

—¿Segura?

—Muy segura.

Él la besó en la sien, luego en la mejilla, luego en la boca, despacio, sin urgencia.

—El mes que viene hay una cena —dijo cuando se separaron.

Sofía levantó la cabeza para mirarlo.

—¿Cuántos? —preguntó.

Marcos sonrió.

—Eso lo hablamos este fin de semana.

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Comentarios (4)

RojoNocturno22

Excelente relato!!! me quede pegado leyendo hasta el final

Cintia_RO

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas

Romi_Sur

Me hizo acordar a una sorpresa parecida que me organizaron a mi una vez jaja. que tiempos buenos

LecturaNocturna33

El detalle de la sala de exposiciones me encanto, que escenario tan original. Muy bien escrito!

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