La camilla de masaje que cambió nuestra amistad
Marcos y Lucía se habían conocido a través de Pablo, el mejor amigo de Marcos, con quien ella había salido durante casi dos años. La ruptura fue complicada y tensa, y desde entonces Lucía no quería saber nada de Pablo. Pero Marcos era otra historia.
Habían seguido en contacto de forma natural, sin que ninguno de los dos lo planificara. Se escribían, hablaban por teléfono, y cuando ella pasaba por la ciudad aprovechaban para verse. Salían a cenar, daban paseos sin destino fijo o simplemente se quedaban en el apartamento de él charlando hasta tarde. Era una amistad sin complicaciones, sin pretensiones, y los dos la valoraban precisamente por eso.
Lucía no tenía filtros con él. Le contaba sus aventuras con detalle, sus historias con otros chicos, lo que le gustaba y lo que no. A veces, mientras hablaba, ella misma se sorprendía al notar que el recuerdo la encendía. Marcos no lo decía, pero tampoco era inmune. Lucía tenía esa manera de contar las cosas con precisión y sin pudor que hacía difícil no imaginarse dentro de ellas.
Esa tarde Lucía había llegado al apartamento de Marcos sin ningún plan concreto. Llevaban ya un rato hablando sentados en el salón cuando ella se fijó en la camilla de masaje que había junto a la ventana.
—¿Eso es tuyo? —preguntó.
—De un compañero que me la dejó guardada —respondió Marcos—. Pero la uso bastante.
—¿Y sabes dar masajes de verdad?
—Nadie se ha quejado nunca.
Lucía se quedó mirando la camilla un momento y luego lo miró a él.
—¿Me darías uno?
No era la primera vez que se lo pedía. Ya tenían esa costumbre de antes, cuando ella pasaba visita y se quejaba de la espalda. Marcos siempre accedía sin drama. Ella se tumbaba, él le trabajaba los hombros y la zona lumbar, y en media hora todo quedaba olvidado. Nada raro. Nada incómodo.
Así que Marcos dijo que sí, como siempre, y fue a buscar la crema de aloe vera del baño.
Cuando volvió, Lucía ya estaba en la camilla, tumbada boca abajo y sin camiseta. Medía poco más de metro y medio, y tenía el cuerpo de alguien que había hecho gimnasia durante años y no lo había abandonado del todo: hombros redondeados, músculos de la espalda bien definidos, piernas firmes. Marcos había pensado más de una vez que era muy atractiva, pero nunca lo había convertido en un problema.
Empezó por los trapecios, con presión sostenida para aflojar los nudos que siempre se le acumulaban allí. Ella suspiró. Trabajó hacia abajo, vértebra a vértebra, con movimientos amplios y rítmicos. La crema hacía que sus manos se deslizaran bien por su piel.
—Desabróchame el sujetador —dijo ella.
Lo hizo sin pensarlo, lo mismo que las otras veces. Continuó. Cuando llegó a la zona lumbar, Lucía dijo algo que sí era diferente:
—¿Me masajeas los glúteos también?
Marcos río por lo bajo.
—Por supuesto —dijo, y le dio una palmada suave en el muslo.
Era el tipo de gesto que tenían entre ellos. Pero mientras pasaba los pulgares por la parte alta de los glúteos y luego abría las manos en abanico hacia los costados, notó algo que no había notado antes: en cada movimiento hacia el interior se acercaba mucho. La distancia entre sus manos y el borde del tanga era casi nula. Eso, en otra situación, no habría podido ser casual.
***
Cuando terminó, Lucía se incorporó despacio y se quedó sentada en la camilla, con la espalda desnuda y el sujetador en la mano. Tenía los hombros caídos de la forma en que solo los tiene alguien realmente relajado.
—Es una injusticia que siempre los des y nunca los recibas —dijo—. Túmbate.
Marcos no discutió. Se quitó la camiseta y se tumbó boca abajo. Lucía tardó un momento en empezar, como si estuviera calibrando algo. Cuando lo hizo, tenía las manos fuertes y sabía dónde apretar.
Pasaron unos minutos en silencio.
—Quítame los pantalones —dijo Marcos, con el mismo tono relajado con que ella le había pedido que le desabrochara el sujetador.
Lucía los bajó. Y con ellos, el bóxer. No fue un accidente. Lo hizo con intención, tirando de las dos prendas a la vez hasta dejar su trasero completamente al aire.
—Tienes un culo muy bonito —dijo ella, con una calma que no admitía debate.
—Gracias —respondió él, y sonó completamente normal, porque entre ellos lo era.
Ella siguió masajeando sus glúteos. En algún momento, con un movimiento que podría haber parecido accidental si los dos no hubieran estado muy atentos a lo que ocurría, sus dedos pasaron entre sus piernas. Lo rozó apenas, una sola vez. Luego otra.
Marcos separó ligeramente las piernas.
—Qué agradable —dijo—. Tienes buenas manos.
No era una respuesta a lo que ella había hecho con los dedos. Pero tampoco era ajena a ello.
Lucía lo repitió, esa vez con más claridad. Pasó la palma completa por la parte interior de sus muslos, llegó hasta donde llegó, y sintió cómo la piel de Marcos reaccionaba: un escalofrío que le subió por la columna sin que él dijera nada ni se moviera.
—Date la vuelta —dijo ella.
Él lo hizo.
***
Ahí estaba: tumbado boca arriba, completamente desnudo, con una erección que no necesitaba explicación. Lucía seguía de pie junto a la camilla, con el tanga puesto y los pechos al aire. Pequeños, redondos, firmes.
—Se suponía que debías estar relajado —dijo ella, mirando.
—No soy de piedra. Y tú tampoco has sido exactamente neutral en los últimos cinco minutos.
Ella se rió. Una risa corta, honesta. Y empezó a masajearle el pecho con la misma naturalidad de antes, pero todo había cambiado. Los dos lo sabían. La pregunta ya no era si iba a pasar algo, sino cuándo.
Lucía fue bajando las manos. Del pecho al vientre. Del vientre a las ingles. Trabajaba con presión constante, como si estuviera siguiendo un protocolo, pero cada pasada terminaba más cerca. Rodeaba la base, rozaba los bordes, y en cada vuelta Marcos respiraba un poco más despacio.
—Si en algún momento quieres que pare, me lo dices —dijo ella.
—No voy a pedirte que pares.
Fue entonces cuando ella lo agarró. Con firmeza, sin vacilación, sin preguntarlo dos veces. Lo miró mientras lo hacía.
—Dios —murmuró—. Qué bonita la tienes.
Lo dijo como lo que era: una observación honesta. Bajó la piel despacio, dejando el glande al descubierto, hinchado y liso, y Marcos soltó un sonido que no era exactamente un gemido pero tampoco era otra cosa.
Empezó a moverle la mano con un ritmo lento y deliberado, subiendo y bajando sin prisa. En un momento se inclinó hacia él y dijo:
—¿Te importa si me pongo más cómoda?
No esperó la respuesta. Con una agilidad que lo sorprendió, se subió a la camilla y se colocó encima de él, pero al revés. Su cadera quedó sobre la cara de Marcos, y desde ese ángulo él tenía delante el tanga de ella, oscuro de humedad en el centro, y ella tenía delante su polla erguida, con la vena marcada y el capullo brillante.
Marcos escuchó cómo ella murmuraba algo para sí misma, algo del tipo de «a ver si me cabe», pero lo dijo lo suficientemente alto como para asegurarse de que él lo oyera.
Su cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensar. Y entonces la sintió: los labios de Lucía cerrándose sobre el glande, su lengua describiendo un arco lento hacia abajo, su boca envolviéndolo poco a poco, con cuidado, sin prisa.
Marcos levantó las manos y le bajó el tanga con dos dedos hasta los muslos.
***
Lo que tenía delante era algo que nunca había imaginado ver. Labios pequeños y cerrados, más oscuros en los bordes y más rosados hacia el centro, donde ya estaba abierto y brillante de humedad. Olía bien. Olía a ella, a algo cálido y directo que le subió al cerebro sin escala.
La agarró por las caderas y la bajó sobre su boca.
No había nada calculado en lo que hizo. Lamió su clítoris con la lengua plana, sintiendo cómo palpitaba bajo la piel, y escuchó cómo ella dejaba de moverse un instante antes de volver a concentrarse en él con más intensidad.
Estaban en eso: él comiéndosela con lentitud y precisión, ella moviéndose sobre su boca al mismo tiempo que lo chupaba con una dedicación que no tenía nada de mecánica. De vez en cuando ella levantaba la cabeza para decirle algo con una voz pastosa —«eres un guarro», «me encanta cómo la tienes»— y a Marcos le parecía la cosa más erótica que había escuchado en mucho tiempo.
Él respondía con la lengua.
Le notó el cambio. Las piernas de Lucía empezaron a tensarse, las caderas a moverse de forma menos controlada, el ritmo de su boca sobre él se volvió más errático. Marcos apretó más, metió la punta de un dedo sin avisar en su ano y sintió cómo ella se estremecía, cómo sus muslos se cerraban sobre su cara, cómo un gemido largo y apagado salía de algún sitio entre su pecho y su garganta con la boca todavía llena de él.
Se corrió así, amordazada con su polla, restregando su coño contra la boca de él, temblando de arriba abajo durante varios segundos.
***
Cuando terminó, tardó un momento en reponerse. Se incorporó y lo miró desde arriba.
—Casi no puedo respirar —dijo.
—Tú empezaste.
Ella se rió. Esa risa fue la última cosa normal antes de lo siguiente.
Porque Lucía no había terminado. Se sentó sobre su cara de nuevo, con más peso, con más intención. Con una mano estranguló la base de su polla y con la otra hizo algo que él no esperaba: le golpeó el costado del miembro con la palma, dos veces, tres. No suave. Fuerte. Y luego se lo metió en la boca con toda la boca, sin preámbulos.
Marcos sintió que algo dentro de él llegaba al límite. El contraste entre el golpe y el calor húmedo de su boca, su mano apretando y soltando desde la base, los sonidos que hacía ella sin avergonzarse de nada. Todo a la vez.
Abrió la boca sobre su coño y gimió. Un gemido largo, sofocado en su entrepierna, y mientras gemía se corrió: primero dentro de su boca, y ella lo notó y no lo soltó, y luego, cuando se apartó, el resto cayó sobre su mano y sobre él, y ella lo usó para seguir moviéndole la mano hasta que no quedó nada.
Dos chorros más. El último casi sin fuerza.
Los dos se quedaron inmóviles unos segundos, jadeando.
Lucía se bajó de la camilla con más cuidado del que había subido. Cogió su ropa del suelo. Se quedó mirándolo tumbado, desnudo, todavía tratando de normalizar la respiración.
—Eres muy buen masajista —dijo.
—Tú tampoco estás nada mal.
Ella sonrió. Esa sonrisa que Marcos había visto cientos de veces y que, por alguna razón, en ese momento parecía completamente diferente.
Era una bonita amistad.