Soñé con un trío en el gimnasio y me desperté empapada
Esa tarde llegué al gimnasio más tarde de lo habitual, cuando la mayoría de los socios ya se habían marchado. El aparcamiento tenía tres coches, la música sonaba más baja de lo normal y algunas zonas de la sala estaban medio a oscuras. Me alegré. Había olvidado el sujetador deportivo en casa y la camiseta de algodón que llevaba no era exactamente discreta: fina, blanca, con el cuello un poco ancho.
«No pasa nada», me dije mientras empujaba la puerta. «Casi no hay nadie.»
Dentro solo había dos hombres haciendo pesas en el fondo de la sala. Y Rodrigo.
Rodrigo era el entrenador del turno de tarde. Tenía ese tipo de cuerpo que resulta difícil ignorar: hombros anchos, cintura estrecha, brazos que llenaban las mangas sin aparente esfuerzo. Siempre amable, siempre con una sonrisa preparada, con esa seguridad tranquila de quien sabe exactamente cómo ocupa el espacio. Lo conocía de vista desde hacía semanas, pero nunca habíamos intercambiado más de cuatro frases seguidas.
Me cambié en los vestuarios. Me miré al espejo un momento. Sin sujetador, el movimiento de mis pechos bajo la tela era evidente con cualquier gesto. Me hice la coleta, respiré hondo y salí.
Empecé con el calentamiento en las cintas. A los diez minutos apareció Rodrigo junto a la máquina de al lado, con las manos en los bolsillos del pantalón corto.
—Llevo semanas viendo cómo entrenas —dijo—. Hay cosas que podrías mejorar fácilmente. ¿Te importa si te doy unas correcciones? Sin compromiso.
—Claro —respondí, y bajé el ritmo.
Lo que siguió tenía la forma de una clase. Me llevó de una máquina a la siguiente, me explicaba la postura correcta, ajustaba la carga. Sus manos se posaban con naturalidad en mis hombros, mis caderas, mis lumbares. Cada corrección duraba un poco más de lo estrictamente necesario, y yo lo dejaba hacer porque era lo más honesto que podía hacer.
No era algo que imaginara. Era algo que notaba con toda claridad.
En un ejercicio de sentadilla con barra, me pidió que empujara la cadera hacia atrás hasta sentir la tensión en los glúteos. Cuando lo hice, mi trasero rozó su entrepierna. Me quedé un instante en esa posición antes de incorporarme. Él no se apartó.
—Así —dijo con la voz algo más baja—. Los glúteos bien apretados. ¿Los notas?
—Los noto —respondí sin mirarlo.
Los dos hombres del fondo seguían con sus pesas. De vez en cuando alguno levantaba la vista, pero yo había dejado de prestarles atención hace rato.
Rodrigo me llevó hacia las colchonetas para trabajar el core. Me tumbé boca arriba y él se arrodilló a mi lado para indicarme el movimiento. Cuando hice el primer ejercicio, su mano estaba en mi abdomen guiándome. En el segundo, había subido hasta mis costillas. En el tercero, rozaba la parte inferior de mis pechos con el borde de la palma.
Paré.
Lo miré.
Él me devolvió la mirada un segundo y luego se inclinó y me besó.
No fue un beso torpe ni dubitativo. Fue directo, con intención clara, con la mano colocándose en mi mejilla para que no pudiera apartarme aunque hubiera querido. Abrí la boca sin pensarlo. Su lengua encontró la mía, y durante un momento que se alargó más de lo esperado solo existió eso: el calor de su boca, el olor a sudor limpio, la música baja del gimnasio de fondo.
Cuando se apartó para quitarme la camiseta, no protesté.
El aire frío de la sala me erizó la piel. Rodrigo bajó la cabeza y cerró la boca en torno a uno de mis pezones con una presión lenta que me arrancó un sonido involuntario. Sus manos me recorrían las costillas, el abdomen, la cintura. Yo tenía los dedos enredados en su pelo y los ojos cerrados.
Me arrodillé para bajarle el pantalón. Su erección era grande, ya tensa, y la envolví con los dedos antes de llevarla a mi boca. Lo chupé despacio, encontrando el ritmo, con las palmas apoyadas en sus muslos. Él tenía una mano en mi nuca, sin empujar, solo sintiendo.
—Para —dijo al cabo de un rato, y me levantó con suavidad por el brazo—. Quiero follarte aquí mismo.
Me tendió sobre la colchoneta y se colocó entre mis piernas. Apartó la tela del pantalón corto hacia un lado y me lamió durante varios minutos, con la concentración de alguien que sabe lo que hace y no tiene prisa. Mis caderas se movían solas contra su boca. Tenía los dientes apretados para no hacer ruido.
Cuando me penetró, lo hizo despacio, dándome tiempo. Era grande y lo sentí en cada centímetro. Empujó varias veces con calma, encontrando el ritmo, y yo me aferré a sus hombros y dejé que me llenara del todo.
Entonces noté una mano en mi pecho.
Una mano que no era la suya.
Abrí los ojos.
Los dos hombres del fondo de la sala estaban de pie junto a la colchoneta. Se habían quitado las camisetas. Un tercero al que no había visto antes estaba detrás de ellos, en silencio. Los tres tenían la misma expresión: una mezcla de deseo y espera, como si llevaran tiempo aguantando y por fin les hubieran dado permiso.
Podía decir que no. Podía levantarme y marcharme.
No me levanté.
Extendí los brazos a los lados. Los dos más cercanos cogieron mis manos y las llevaron hacia ellos. Los envolví con los dedos. El tercero se arrodilló a la altura de mi cara y abrí la boca para recibirlo mientras Rodrigo seguía moviéndose dentro de mí con el mismo ritmo lento de antes.
Lo que siguió fue una confusión de manos, bocas y cuerpos que mi mente intentaba registrar en tiempo real sin conseguirlo del todo. Me chupaban los pechos desde lados distintos. Una mano ajena se coló entre los cuerpos para frotarme el clítoris sin pedir permiso. Tenía la boca ocupada y las manos ocupadas y la cadera de Rodrigo golpeando contra la mía con cada empujada.
Llegué al orgasmo sin avisar, con un gemido que quedó ahogado.
Rodrigo se corrió poco después, con un gruñido largo y las manos apretando mis caderas. Los otros no habían terminado.
Me levantaron y me colocaron encima de uno de ellos. Me cabalgué despacio, con las manos en su pecho, adaptándome al tamaño y al ángulo. El que estaba detrás de mí se arrodilló y empezó a abrirme con los dedos. Protesté, pero alguien me tapó la boca con la palma y luego la reemplazó con otra erección.
Me echaron algo frío y me prepararon con cuidado antes de entrar. Aun así dolió al principio. Luego pasó a ser algo completamente distinto.
Los dos dentro al mismo tiempo. El tercero en mi boca. Mis pechos amasados por manos que no sabía a quién pertenecían. Me corrí de nuevo antes de que alguno de ellos terminara, y esa vez no pude ahogar el sonido.
***
Fueron pasando. Algunos repitieron, otros no. Perdí la cuenta de los cuerpos y de las veces. En algún momento me pusieron a cuatro patas y así continué, con las palmas apoyadas en la colchoneta y los cuerpos chocando contra mí desde atrás, alternando entre mis dos aberturas sin darme tiempo a recuperar el aliento. Me corrí tres veces más, o cuatro. Ya no distinguía el cansancio del placer.
Cuando el último de ellos terminó y se alejó, me quedé tumbada boca abajo, agotada, con el pulso acelerado y los muslos húmedos.
Creí que había terminado.
Alguien me cogió del pelo.
Era un hombre joven que no había visto hasta entonces, más delgado que los otros, con los ojos fijos en mí. Me hizo arrodillarme despacio. Me miró desde arriba con una expresión que no era exactamente amable.
—Abre la boca —dijo.
Lo hice.
Me usó sin prisa, agarrándome de la nuca para controlar el ritmo, empujando hasta el fondo hasta que me ahogaba. Cuando le di palmadas en la cadera para que me soltara, esperó apenas lo suficiente antes de volver a empezar. Me ordenó que lo mirara a los ojos mientras lo hacía, y lo hice, con los ojos llorosos y la respiración cortada.
Se corrió en mi cara. El semen me cayó por las mejillas, la barbilla, el escote.
—Así estás mejor —dijo.
Y se marchó.
***
Me quedé sola en la colchoneta. Las luces del gimnasio seguían encendidas. La música baja seguía sonando. Me toqué la cara con los dedos.
Y me desperté.
La habitación estaba a oscuras. Las sábanas estaban enredadas en mis piernas y la almohada tenía la marca húmeda de mi mejilla. Me quedé inmóvil unos segundos, con el corazón todavía acelerado, intentando ordenar lo que era sueño y lo que era real.
Me toqué entre las piernas.
Las bragas estaban completamente empapadas. La tela pegada a la piel, los muslos húmedos también.
A mi lado, la cama estaba vacía. Alberto llevaba tres días de viaje de trabajo y no volvía hasta el fin de semana. Miré el techo en la penumbra. El reloj marcaba las tres y cuarto de la madrugada.
No me iba a quedar así.
Abrí el cajón de la mesita y saqué el vibrador que guardaba allí desde hacía meses. Lo lamí despacio, como en el sueño, mirando el techo con los ojos entornados. Me lo pasé por los pechos, que seguían sensibles, por los pezones que ya estaban duros sin que yo hiciera nada. Lo deslicé por el abdomen, por la cadera, hasta llegar abajo.
Lo introduje despacio en todo ese calor que se había acumulado durante el sueño.
No tardé mucho.
El orgasmo llegó en oleadas, con un gemido que intenté ahogar contra la almohada y que de todos modos se oyó más de lo que pretendía. Me quedé quieta un buen rato después, con el vibrador todavía dentro, la respiración lenta, los dedos sueltos sobre las sábanas.
Lo saqué. Me tapé. Cerré los ojos.
Todavía tenía la imagen de Rodrigo detrás de los párpados, aunque sabía que ese nombre me lo había puesto yo sola.
***
No sé si fue una fantasía o algo que mi cabeza lleva tiempo preparando. Todavía no le he contado nada a Alberto. No sé si lo haré, no sé si querría escucharlo, no sé si me gustaría más contarlo que guardarlo.
Lo que sí sé es que desde esa noche, cuando voy al gimnasio y el entrenador se acerca a corregirme la postura, tardo un poco más de lo normal en responderle. Solo un poco. El tiempo justo para preguntarme qué pasaría si un día llegara sin sujetador y la sala estuviera casi vacía.
Como aquella tarde.