El vecino de arriba aprendió a escuchar mis noches
Hay algo que no le cuento a casi nadie, y es que aprendí más sobre mi propio cuerpo en seis meses de encierro que en todos los años anteriores juntos. Vivo solo, en un piso pequeño de un edificio viejo donde las paredes son finas como el papel, y cuando el mundo entero se detuvo y dejó de ser posible follar con nadie, no me quedó otra que volver la mirada hacia dentro. Hacia mí, hacia mi polla, hacia todo lo que mi cuerpo me pedía a gritos y yo llevaba años despachando en dos minutos.
Tengo treinta y cuatro años y siempre fui de los que necesitan descargar a menudo. No es una exageración: hay días en que el deseo me despierta de madrugada como si tuviera dieciocho otra vez, con la polla dura pegada al vientre y la cabeza llena de imágenes que no piden permiso. La noche es mi hora. Cuando el edificio se queda en silencio y solo se oye el zumbido de la nevera, algo dentro de mí se enciende y ya no hay manera de apagarlo hasta que me corro.
Antes lo resolvía rápido, casi por trámite: cuatro pajas al día, la corrida disparada contra un pañuelo, y a otra cosa. Pero el encierro me obligó a tener paciencia conmigo mismo, a tratarme como me habría gustado que me tratara otra persona. Y descubrí, casi sin querer, que el placer en soledad no tiene por qué ser una versión menor de nada. Puede ser un territorio entero por explorar, un mapa de nervios y agujeros que yo mismo desconocía.
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Mi primer compañero de aquellos meses lo tenía guardado en un cajón desde hacía tiempo, comprado en un arrebato una tarde y casi olvidado después. Un dildo grueso, oscuro, con las venas marcadas y un tamaño que la primera vez me había intimidado tanto que lo devolví al cajón sin llegar a metérmelo. Lo rescaté una noche cualquiera, con una copa de vino de más y la casa a oscuras, y esa noche todo cambió.
Me eché boca arriba en la cama con las piernas abiertas, me embadurné el culo de lubricante hasta que los dedos me resbalaban solos, y empecé por uno. Después dos. Cuando el tercero entró con facilidad y noté que el agujero se abría pidiendo más, me arrodillé sobre el juguete pegado al colchón y bajé despacio. La cabeza gorda forzó la entrada, se detuvo un segundo, y después mi propio peso lo hundió hasta el fondo. Grité contra la almohada. No de dolor: de puta sorpresa. De sentirme lleno por primera vez en meses, la polla goteando sola sin que la tocara, apuntando al techo, mientras subía y bajaba las caderas encajándome ese pedazo de goma como si fuera la verga de alguien.
Me corrí a los pocos minutos, sin manos, apretando el culo alrededor del juguete, con chorros gruesos cayéndome sobre el pecho y el estómago. Me quedé ahí, ensartado, jadeando, y supe que aquel cajón se había acabado. Ese trasto ya no iba a volver a ninguna parte.
Como mucha gente, podía teletrabajar. Pasaba las mañanas delante del ordenador, contestando correos y atendiendo reuniones interminables. Y fue justo ahí, entre una hoja de cálculo y otra, donde se me ocurrió la idea más absurda y mejor de toda la cuarentena. Descubrí que si lo colocaba bien sujeto sobre la silla, con la ventosa pegada al asiento, y me sentaba despacio, podía seguir trabajando con la polla dura debajo del escritorio y el culo abierto, atravesado por una sensación lenta que me subía por la espalda cada vez que me movía un poco.
Aprendí a disimular en las reuniones. A apretar los labios cuando el placer amenazaba con escaparse en forma de jadeo, a mover apenas las caderas mientras alguien hablaba de objetivos trimestrales y yo notaba la verga de silicona hundida hasta el fondo, tocándome un punto que hacía que la polla me llorara sobre los calzoncillos. Si supieran, pensaba, y esa idea me encendía todavía más. Me imaginaba a la directora hablando de KPIs mientras yo, con la cámara cortada de cintura para abajo, me follaba solo a base de contracciones. Terminaba cada mañana con los calzoncillos empapados de precorrida y, en cuanto colgaba la última reunión, me arrancaba el pantalón, me tumbaba boca abajo sobre el escritorio y me la sacudía a dos manos hasta descargar en el suelo. Mis compañeros atribuían mi sonrisa, supongo, a las ganas de empezar el día.
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La ducha se convirtió en otro de mis lugares favoritos. Había comprado otro juguete con ventosa, más fino, más curvo, y lo fijaba a los azulejos a la altura justa. Bajo el agua caliente cayendo por la espalda, con el vapor empañándolo todo, me apoyaba con las manos contra la pared, sacaba el culo, y me empalaba hacia atrás. Empujaba las caderas contra la pared una y otra vez, follándome yo solo, notando cómo cada embestida me arrancaba un gemido más ronco, más animal. El sonido del agua tapaba mis quejidos, o eso creía yo entonces. La polla me colgaba dura entre las piernas, botando con cada golpe, hasta que no aguantaba más y me la agarraba con la mano jabonosa y me hacía una paja rápida y brutal, corriéndome a chorros contra los azulejos mientras el agua se llevaba el semen por el desagüe.
Y luego estaba la casa, que nunca había estado tan limpia. Descubrí que las tareas domésticas, además de necesarias, podían ser un juego. Mientras pasaba el aspirador o tendía la ropa, iba desnudo con un plug metido en el culo, uno de esos con base ancha que no se sale ni aunque camines. Fui inventándome maneras de no parar nunca del todo. Improvisé con lo que tenía a mano, aprendí a regular el grosor, el peso, a apretar el ojete alrededor del tapón para sentirlo bailar dentro. El truco estaba en no correrme, en dejar que la tarea más aburrida se convirtiera en una excusa para pasear la polla hinchada de una habitación a otra como quien lleva un secreto goteando bajo la ropa que no llevaba puesta.
Recuerdo una tarde de domingo, con la radio puesta y la luz entrando oblicua por la ventana, en que me sorprendí planchando camisas con el plug metido y la polla apoyada contra el borde de la tabla, temblando al mismo tiempo, mordiéndome el labio para no gritar. Al final tuve que soltar la plancha, apoyarme de frente contra la pared, sacar el plug, y masturbarme a dos manos a lo bestia, escupiendo la corrida a chorros contra los azulejos del pasillo. Me reí solo, después, tirado en el sofá con el semen todavía escurriéndome por el muslo. Nunca había imaginado que el confinamiento me llevaría hasta ahí.
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Pero donde de verdad gocé fue en mi cama. La cama vieja, con el cabecero de madera que golpeaba contra la pared, esa pared delgada que separaba mi habitación del resto del edificio.
Tuve noches enteras dedicadas solo a mí. Me untaba el cuerpo en aceite y me recorría despacio, pellizcándome los pezones hasta ponerlos duros, alargando cada sensación, negándole a la polla el final una y otra vez hasta que ya no podía más. Aprendí lo que llaman edging: llevar la corrida al borde exacto, sentir cómo empiezan a apretarse los huevos, y soltar de golpe. Esperar. Respirar. Volver a empezar. Cinco, seis, siete veces por noche, hasta que el semen se me acumulaba en la base de la verga como una amenaza, hasta que la más mínima caricia me hacía saltar.
Aprendí que el secreto no estaba en correrse rápido, sino en sostener: en llevar la polla al borde y retirar la mano, y volver, y retirarla otra vez, hasta que el placer se vuelve casi insoportable y entonces, solo entonces, dejarse caer y dispararse en chorros largos que me llegaban al cuello, a la cara, a la boca.
Boca abajo, con la almohada doblada debajo de las caderas para levantar el culo y las dos manos aferradas al cabecero, me metía el dildo grande y marcaba un ritmo que crecía solo. Primero lento, casi tímido, sintiendo cómo el ojete se estiraba con cada bajada. Después insistente, empujando el culo hacia atrás para tragármelo entero. Al final, frenético, follándome contra el colchón mientras la polla se me restregaba contra la almohada, con la madera dando contra el muro en un golpeteo constante que llenaba la habitación, mis piernas tensas, todo el cuerpo apretado como una cuerda a punto de romperse. Y cuando llegaba, llegaba con un grito ahogado contra la sábana que ni yo mismo reconocía como mío, corriéndome dentro y fuera al mismo tiempo, con el culo apretando el juguete y la polla vaciándose entre mi vientre y las sábanas empapadas.
En aquellos meses dejé de tener vergüenza de mi propio placer. Dejé de correrme en silencio, a escondidas de nadie, porque no había nadie. O eso pensaba.
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Una mañana, al recoger el correo de debajo de la puerta, encontré entre los folletos un papel doblado en cuatro. No tenía remitente. Lo abrí en la cocina, con el café en la mano, esperando una queja de la comunidad o un aviso del portero.
No era nada de eso.
«Vivo justo encima de ti», decía la nota, con una letra cuidada, masculina. «No quiero incomodarte y espero que no te lo tomes a mal. Pero estos meses han sido muy duros y, sin pretenderlo, te he escuchado más de una noche. Te he escuchado gemir, te he escuchado gritar, te he escuchado correrte. No sabes las pajas que me has hecho pegar. Gracias por recordarme que todavía sé desear. Un vecino agradecido.»
Me quedé de pie en mitad de la cocina, releyéndola, con la cara ardiendo y la polla hinchándoseme dentro del pantalón. La vergüenza me duró exactamente lo que tardé en darme cuenta de otra cosa: no me molestaba. Al contrario. La idea de que alguien, al otro lado del techo, hubiera estado escuchando mis noches, hubiera aferrado su propia verga al mismo tiempo que yo apretaba el culo alrededor del juguete, hubiera vaciado los huevos escuchándome vaciar los míos, me recorrió el cuerpo como una corriente.
Sabía quién era. Lo había cruzado un par de veces en la escalera. Un chico de mi edad o poco menos, de sonrisa fácil, con unos brazos gruesos y una boca que ahora me imaginaba abierta, jadeando contra el techo mientras se corría por mi culpa. Vivía solo igual que yo. Nunca habíamos hablado más allá de un saludo. Y de pronto compartíamos un secreto enorme, sostenido por una pared de yeso y un charco de semen a cada lado.
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Esa noche no pude pensar en otra cosa. Me acosté temprano, pero no para dormir. Me quedé tumbado en la oscuridad, con la polla ya dura pegada al ombligo, escuchando. Y por primera vez fui consciente de los sonidos que venían de arriba: una silla que se arrastra, unos pasos, el crujido de una cama.
Sonreí en la penumbra. Está despierto. Igual que yo. Cachondo. Igual que yo.
No sé qué me poseyó. Tal vez la certeza de tener público, de no estar solo en mi soledad. Saqué el dildo grande, el que golpeaba fuerte, lo pegué al cabecero y me arrodillé sobre él. Empecé despacio, como siempre, pero esta vez con toda la intención del mundo. Dejé que el cabecero hablara por mí, golpe a golpe contra la pared, marcando un ritmo que sabía que él reconocería al instante. Dejé escapar la voz que normalmente ahogaba contra la almohada. Gemí alto, gemí cerdo, dije en voz baja «así, más, más fuerte», sabiendo que cada palabra atravesaba el techo y le llegaba directa a la polla.
Me follé el juguete durante casi una hora. Subiendo, bajando, cambiando de postura. Me puse a cuatro patas apuntando la cabeza al techo, imaginándomelo justo encima, con la verga en la mano y la boca abierta. Me tumbé de lado, me abrí las nalgas con las dos manos y le pedí en voz alta al techo que se me follara. Susurré guarradas al colchón: que quería su semen, que quería tragárselo, que quería sentir su verga donde ahora tenía la de goma.
Y arriba, el silencio cambió. Se volvió un silencio que escucha, un silencio cargado, atento. Por un instante creí oír, entre golpe y golpe, un crujido que respondía al mío, como un eco que llegaba con un segundo de retraso. Un jadeo apagado. El golpeteo húmedo, inconfundible, de una mano corriéndose a toda velocidad sobre una polla mojada. Dos cuerpos separados por un techo, masturbándose el uno para el otro sin tocarse, cada gemido mío alimentando su paja, cada crujido suyo tensándome más los huevos.
Nunca había sentido nada parecido. No era el placer del cuerpo solamente, era saberme deseado, escuchado, acompañado a través de la única distancia que el encierro no había logrado cerrar. Cuando ya no aguanté más, me agarré la polla, la sacudí tres veces y me corrí con una intensidad que me dejó vacío y temblando, disparando chorros gruesos contra el cabecero, contra la pared, hasta contra mi propia cara, con el juguete aún clavado hasta el fondo y el nombre de un desconocido en la punta de la lengua aunque no lo supiera. Arriba, un golpe seco. Un gemido que se escapó. Y después, silencio. Los dos habíamos acabado a la vez.
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Al día siguiente le dejé yo una nota a él. Tardé media hora en escribir tres líneas. «No me lo tomé a mal. Todo lo contrario. Cuando esto termine y se pueda, me gustaría invitarte a un café. Y a lo que venga después. Las paredes ya nos conocen demasiado bien.» La firmé con mi número de piso y la deslicé bajo su puerta antes de arrepentirme.
Pasaron las semanas. Hubo más noches y más silencios compartidos, una conversación muda hecha de gemidos, de golpes de cabecero, de corridas simultáneas que ninguno de los dos se atrevía todavía a poner en palabras durante el día. Aprendí a desear con la certeza de ser escuchado, y descubrí que esa certeza multiplicaba cada sensación hasta volverla otra cosa: cada paja pensando en él, cada juguete metido pensando en su polla, cada corrida ofrecida hacia arriba como quien reza.
El encierro me enseñó a estar conmigo mismo sin miedo, a hacer del placer en soledad un arte y no un sustituto. Aprendí que conocer el propio cuerpo, cada nervio, cada agujero, cada forma de correrse, no es un premio de consolación, sino la base de cualquier polvo que valga la pena echar después con otro. Pero también me regaló algo que no esperaba: la fantasía de un otro al alcance de la voz, corriéndose al mismo tiempo que yo, separados apenas por unos centímetros de pared. Esa cercanía imposible, ese juego de ecos y semen en la oscuridad, me marcó más que cualquier polvo real de los que había echado antes.
Cuando por fin pudimos abrir las puertas al mundo, la primera puerta que llamé fue la suya. Me abrió en calzoncillos, con la polla ya marcada bajo la tela, y no hizo falta decir nada. Pero esa, amigos, es otra historia. Y os juro que valió la pena cada noche de espera, cada corrida a solas, cada gemido lanzado al techo como una invitación.