El vecino de arriba aprendió a escuchar mis noches
Hay algo que no le cuento a casi nadie, y es que aprendí más sobre mi propio cuerpo en seis meses de encierro que en todos los años anteriores juntos. Vivo solo, en un piso pequeño de un edificio viejo donde las paredes son finas como el papel, y cuando el mundo entero se detuvo y dejó de ser posible quedar con nadie, no me quedó otra que volver la mirada hacia dentro. Hacia mí.
Tengo treinta y cuatro años y siempre fui de los que necesitan descargar a menudo. No es una exageración: hay días en que el deseo me despierta de madrugada como si tuviera dieciocho otra vez, con el cuerpo tenso y la cabeza llena de imágenes que no piden permiso. La noche es mi hora. Cuando el edificio se queda en silencio y solo se oye el zumbido de la nevera, algo dentro de mí se enciende y ya no hay manera de apagarlo hasta que termino.
Antes lo resolvía rápido, casi por trámite. Pero el encierro me obligó a tener paciencia conmigo mismo, a tratarme como me habría gustado que me tratara otra persona. Y descubrí, casi sin querer, que el placer en soledad no tiene por qué ser una versión menor de nada. Puede ser un territorio entero por explorar.
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Mi primer compañero de aquellos meses lo tenía guardado en un cajón desde hacía tiempo, comprado en un arrebato una tarde y casi olvidado después. Un juguete grueso, oscuro, de un tamaño que la primera vez me había intimidado. Lo rescaté una noche cualquiera, con una copa de vino de más y la casa a oscuras, y esa noche todo cambió.
Como mucha gente, podía teletrabajar. Pasaba las mañanas delante del ordenador, contestando correos y atendiendo reuniones interminables. Y fue justo ahí, entre una hoja de cálculo y otra, donde se me ocurrió la idea más absurda y mejor de toda la cuarentena. Descubrí que si lo colocaba bien sujeto sobre la silla y me sentaba despacio, podía seguir trabajando, atravesado por una sensación lenta que me subía por la espalda cada vez que me movía un poco.
Aprendí a disimular en las reuniones. A apretar los labios cuando el placer amenazaba con escaparse en forma de jadeo, a mover apenas las caderas mientras alguien hablaba de objetivos trimestrales. Si supieran, pensaba, y esa idea me encendía todavía más. Terminaba cada mañana agotado y satisfecho, con una sonrisa que mis compañeros atribuían, supongo, a las ganas de empezar el día.
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La ducha se convirtió en otro de mis lugares favoritos. Había comprado uno de esos accesorios con ventosa, y lo fijaba a los azulejos a la altura justa. Bajo el agua caliente cayendo por la espalda, con el vapor empañándolo todo, me dejaba ir de una manera distinta, más resbaladiza, más animal. El sonido del agua tapaba mis gemidos, o eso creía yo entonces.
Y luego estaba la casa, que nunca había estado tan limpia. Descubrí que las tareas domésticas, además de necesarias, podían ser un juego. Mientras pasaba el aspirador o tendía la ropa, fui inventándome maneras de no parar nunca del todo. Improvisé con lo que tenía a mano, aprendí a regular la altura, el ritmo, a apoyar el peso del cuerpo de la forma exacta para que cada movimiento contara. El truco estaba en no tener prisa, en dejar que la tarea más aburrida se convirtiera en una excusa para alargar el deseo durante horas, paseándolo conmigo de una habitación a otra como quien lleva un secreto encendido bajo la ropa.
Recuerdo una tarde de domingo, con la radio puesta y la luz entrando oblicua por la ventana, en que me sorprendí planchando camisas y temblando al mismo tiempo, mordiéndome el labio para no gritar. Me reí solo, después, tirado en el sofá. Nunca había imaginado que el confinamiento me llevaría hasta ahí.
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Pero donde de verdad gocé fue en mi cama. La cama vieja, con el cabecero de madera que golpeaba contra la pared, esa pared delgada que separaba mi habitación del resto del edificio.
Tuve noches enteras dedicadas solo a mí. Me untaba el cuerpo en aceite y me recorría despacio, alargando cada sensación, negándome el final una y otra vez hasta que ya no podía más. Aprendí que el secreto no estaba en correr, sino en sostener: en llevar el cuerpo al borde y retirarse, y volver, y retirarse otra vez, hasta que el placer se vuelve casi insoportable y entonces, solo entonces, dejarse caer.
Boca abajo, con la almohada doblada debajo y las dos manos aferradas al cabecero, marcaba un ritmo que crecía solo. Primero lento, casi tímido. Después insistente. Al final, frenético, con la madera dando contra el muro en un golpeteo constante que llenaba la habitación, mis piernas tensas, todo el cuerpo apretado como una cuerda a punto de romperse. Y cuando llegaba, llegaba con un grito ahogado contra la sábana que ni yo mismo reconocía como mío.
En aquellos meses dejé de tener vergüenza de mi propio placer. Dejé de hacerlo en silencio, a escondidas de nadie, porque no había nadie. O eso pensaba.
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Una mañana, al recoger el correo de debajo de la puerta, encontré entre los folletos un papel doblado en cuatro. No tenía remitente. Lo abrí en la cocina, con el café en la mano, esperando una queja de la comunidad o un aviso del portero.
No era nada de eso.
«Vivo justo encima de ti», decía la nota, con una letra cuidada, masculina. «No quiero incomodarte y espero que no te lo tomes a mal. Pero estos meses han sido muy duros y, sin pretenderlo, te he escuchado más de una noche. No sabes el bien que me has hecho. Gracias por recordarme que todavía sé desear. Un vecino agradecido.»
Me quedé de pie en mitad de la cocina, releyéndola, con la cara ardiendo y el corazón disparado. La vergüenza me duró exactamente lo que tardé en darme cuenta de otra cosa: no me molestaba. Al contrario. La idea de que alguien, al otro lado del techo, hubiera estado escuchando mis noches, hubiera contenido la respiración al mismo tiempo que yo, me recorrió el cuerpo como una corriente.
Sabía quién era. Lo había cruzado un par de veces en la escalera. Un chico de mi edad o poco menos, de sonrisa fácil, que vivía solo igual que yo. Nunca habíamos hablado más allá de un saludo. Y de pronto compartíamos un secreto enorme, sostenido por una pared de yeso.
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Esa noche no pude pensar en otra cosa. Me acosté temprano, pero no para dormir. Me quedé tumbado en la oscuridad, escuchando. Y por primera vez fui consciente de los sonidos que venían de arriba: una silla que se arrastra, unos pasos, el crujido de una cama.
Sonreí en la penumbra. Está despierto. Igual que yo.
No sé qué me poseyó. Tal vez la certeza de tener público, de no estar solo en mi soledad. Empecé despacio, como siempre, pero esta vez con toda la intención del mundo. Dejé que el cabecero hablara por mí, golpe a golpe contra la pared, marcando un ritmo que sabía que él reconocería al instante. Dejé escapar la voz que normalmente ahogaba contra la almohada.
Y arriba, el silencio cambió. Se volvió un silencio que escucha, un silencio cargado, atento. Por un instante creí oír, entre golpe y golpe, un crujido que respondía al mío, como un eco que llegaba con un segundo de retraso. Dos cuerpos separados por un techo, encontrándose sin tocarse.
Nunca había sentido nada parecido. No era el placer del cuerpo solamente, era saberme deseado, escuchado, acompañado a través de la única distancia que el encierro no había logrado cerrar. Llegué con una intensidad que me dejó vacío y temblando, agarrado al cabecero, con el nombre de un desconocido en la punta de la lengua aunque no lo supiera.
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Al día siguiente le dejé yo una nota a él. Tardé media hora en escribir tres líneas. «No me lo tomé a mal. Todo lo contrario. Cuando esto termine y se pueda, me gustaría invitarte a un café. Las paredes ya nos conocen demasiado bien.» La firmé con mi número de piso y la deslicé bajo su puerta antes de arrepentirme.
Pasaron las semanas. Hubo más noches y más silencios compartidos, una conversación muda que ninguno de los dos se atrevía todavía a poner en palabras durante el día. Aprendí a desear con la certeza de ser escuchado, y descubrí que esa certeza multiplicaba cada sensación hasta volverla otra cosa.
El encierro me enseñó a estar conmigo mismo sin miedo, a hacer del placer en soledad un arte y no un sustituto. Aprendí que conocer el propio cuerpo no es un premio de consolación, sino la base de cualquier cosa que valga la pena compartir después con otro. Pero también me regaló algo que no esperaba: la fantasía de un otro al alcance de la voz, deseando al mismo tiempo que yo, separados apenas por unos centímetros de pared. Esa cercanía imposible, ese juego de ecos en la oscuridad, me marcó más que cualquier encuentro real de los que había tenido antes.
Cuando por fin pudimos abrir las puertas al mundo, la primera puerta que llamé fue la suya. Pero esa, amigos, es otra historia. Y os juro que valió la pena cada noche de espera.