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Relatos Ardientes

La fantasía que me visitó en la madrugada

Eran más de las dos de la madrugada y yo seguía despierta, mirando el techo como si ahí estuviera escrita la razón por la que no podía dormir. El cansancio me pesaba en los hombros, en los párpados, en cada hueso del cuerpo, y aun así mis ojos se negaban a cerrarse. Daba igual cuántas veces cambiara de postura: el sueño no llegaba.

Hacía calor esa noche, un calor pegajoso que se metía debajo de la sábana, pero no tanto como para apartarla del todo. La dejé enredada en las piernas, a la altura de las rodillas. Afuera no se oía nada, ni un coche, ni un perro, ni el viento. Solo mi respiración y ese zumbido leve que tiene el silencio cuando es demasiado grande.

No sabía si era el clima o si era yo. Algo me hervía por dentro, una inquietud que no tenía nombre y que se parecía mucho al deseo. Me sentía despierta de un modo distinto, con la piel atenta, como si cada centímetro estuviera esperando que alguien lo tocara.

Llevaba semanas durmiendo sola y supongo que el cuerpo terminaba pasando factura. No era tristeza, ni siquiera era soledad exactamente. Era hambre, una hambre física y concreta que no se calmaba con dar vueltas en la cama. Conocía bien esa sensación y sabía que no se iba a ir hasta que hiciera algo al respecto.

Bajé la mano por mi cuello casi sin pensarlo. La dejé resbalar muy despacio, rozando apenas la tela fina de la camiseta con la que dormía, hasta llegar al pecho. Me detuve ahí un momento, sintiendo cómo el pezón se endurecía bajo mis dedos. Después seguí, por el abdomen, por la curva del vientre, y dejé que la palma se quedara entre mis piernas, quieta, tomando calor.

Cerré los ojos con la esperanza de que mi imaginación me llevara a algún lado. Necesitaba terminar la noche de la única forma que sabía que me iba a relajar.

Y entonces, como si hubiera estado esperando ese permiso, la fantasía empezó sola.

Eran dos desconocidos. No les veía la cara, no sabía sus nombres, no importaba. Me sujetaban desde atrás con una firmeza que no era violencia, sino seguridad, esa clase de fuerza que te dice que no vas a poder moverte aunque quieras, y que en el fondo no quieres moverte. Sentí cómo unas manos grandes me recorrían los senos, los apretaban, los amasaban con una calma que me ponía más nerviosa que cualquier prisa.

Sin demora, sin pedir nada, me abrieron las piernas. Una mano subió hasta mi boca y dejé que dos dedos entraran entre mis labios; los lamí despacio, como si fuera otra cosa la que tenía ahí, mientras la otra mano bajaba y empezaba a acariciarme de arriba abajo, justo donde más lo necesitaba.

No abras los ojos, me dije. Si los abres, se acaba.

Me moría por ver al dueño de esas manos, por saber quién me estaba haciendo eso, pero estaba demasiado ocupada conteniendo los gemidos contra la almohada como para arriesgarme a romper el hechizo. Preferí quedarme ahí, suspendida, dejándome hacer.

El calor subió de golpe cuando sentí que me quitaban la última prenda. Quedé completamente desnuda en mi propia cama, abierta a unas manos que sabían exactamente qué buscar. Los dedos me separaron con cuidado y empezaron a sobarme entera, sin pudor, recorriéndome el sexo de punta a punta hasta que todo ahí abajo brillaba de lo mojada que estaba.

Después encontraron el punto. Mi clítoris empezó a recibir toda la atención: lo presionaban, lo tiraban suavemente, lo soltaban, volvían. Cada movimiento me arrancaba un suspiro que tenía que tragarme. Y mientras lo hacían, yo imaginaba otra cosa, una boca, unos labios carnosos cerrándose alrededor, una lengua larga y traviesa que bajara a terminar lo que esas manos habían empezado.

—Así —murmuré contra la oscuridad, sin abrir los ojos—. Así, no pares.

Mi propia mano se movía al ritmo de la fantasía, los dedos describiendo círculos cada vez más rápidos. En mi cabeza, esos desconocidos respondían a cada cosa que pensaba antes de que terminara de pensarla.

Eso es lo que más me gusta de imaginar: que todo sale exactamente como una quiere. No hay torpezas, no hay momentos incómodos, nadie se detiene a preguntar si está bien lo que hace. Las manos saben, la boca sabe, el cuerpo entero está ahí para una sola cosa. Y yo, en la oscuridad de mi cuarto, era la dueña absoluta de cada detalle.

Subí un poco las caderas, buscando más presión. La sábana terminó de resbalar al suelo y ni me molesté en recogerla. Tenía toda la piel erizada, una capa fina de sudor en el pecho, y el pelo pegado a la frente. Nunca me había importado menos el calor.

El deseo creció hasta volverse otra cosa. Ya no me bastaba con que me tocaran. Quería más. Quería sentirme llena, abierta del todo, atravesada. Lo pensé con una claridad que me sorprendió a mí misma: quiero que me penetren.

Y en la fantasía pasó. Un dedo entró en mí y arqueé la espalda contra el colchón. Estaba rico, muy rico, pero no era suficiente, nunca era suficiente cuando la imaginación tiene las riendas.

—Más —pedí en voz baja—. Mete otro. Por favor.

Entró el segundo y solté el aire de golpe. Empezaron a moverse dentro de mí, saliendo y entrando, lento al principio y después con más decisión. Yo seguía a mis dedos reales con los imaginarios, confundiendo lo que de verdad sentía con lo que me estaba inventando, hasta que las dos cosas fueron una sola.

Podía oír el sonido húmedo de mi propio cuerpo respondiendo a cada vaivén. Era un ruido obsceno y delicioso, el ruido de estar completamente entregada, y me gustaba escucharlo casi tanto como sentirlo. En mi cabeza les hablaba a esos hombres sin rostro, les decía lo que quería, lo que necesitaba, sin un gramo de vergüenza.

—Te la chuparía —les dije, y la frase me dio calor solo de pensarla—, pero primero quiero que me la chupes tú a mí.

Imaginé esa boca bajando por fin, instalándose entre mis piernas, la lengua tomándose su tiempo donde los dedos no llegaban. Imaginé que me succionaban despacio, que me lamían entera, que no tenían ninguna prisa por terminar. La sola idea me hizo apretar los muslos alrededor de mi propia mano.

Y mientras una boca me trabajaba abajo, las manos del otro seguían arriba, jugando con mis pechos, pellizcando los pezones con una mezcla de cuidado y crueldad que me volvía loca. Sentía dos bocas, cuatro manos, todas concentradas en mí, todas pendientes de cada reacción de mi cuerpo. Yo no tenía que hacer nada más que sentir, y eso, esa entrega total, era lo más excitante de todo.

En la realidad seguía siendo yo sola, una sola mano, el roce de mis propios dedos. Pero la frontera entre lo que pasaba de verdad y lo que me inventaba se había vuelto tan fina que ya casi no existía. Cada vez que tocaba un punto bueno, la fantasía lo amplificaba; cada gemido que se me escapaba alimentaba la escena que tenía detrás de los ojos.

—Más rápido —jadeé—. Estoy demasiado caliente, no aguanto.

Y obedecieron, porque en la fantasía siempre obedecen. Los dedos entraron hasta el fondo y se movieron de arriba abajo, justo como yo los necesitaba, justo en el ángulo que me hacía perder la cabeza. Yo copiaba cada movimiento con los míos, empapada, sintiendo cómo todo ahí dentro se tensaba hacia un punto que ya no estaba lejos.

—No pares —supliqué, y ya no sabía si se lo decía a ellos o me lo decía a mí—. No pares hasta que me corra.

El cuarto seguía a oscuras, en silencio, y sin embargo dentro de mi cabeza había manos por todas partes, bocas, voces que me contestaban. Subí la otra mano hasta el pecho y me apreté un pezón mientras seguía, doblando la sensación, multiplicándola.

El orgasmo empezó como un calambre tibio en el bajo vientre y se extendió hacia afuera, hacia los muslos, hacia la punta de los dedos de los pies. Lo sentí venir y dejé de pensar en aguantarlo. Apreté la mandíbula, ahogué un grito en la almohada y me dejé ir, temblando sobre las sábanas revueltas, con la fantasía todavía rondándome detrás de los párpados.

Cuando pasó, me quedé un rato así, desnuda y quieta, con la mano todavía entre las piernas y el corazón golpeándome el pecho. La piel me ardía y al mismo tiempo sentía una calma profunda, esa paz pesada que solo llega después.

Los desconocidos se habían ido tan silenciosamente como habían llegado. No volverían esa noche; nunca volvían. Pero sabía que estarían ahí la próxima vez que el sueño se negara a venir, esperando detrás de mis ojos cerrados, listos para sujetarme otra vez desde atrás.

Acomodé la sábana, esta vez sí, hasta los hombros. Giré sobre el costado y solté un suspiro largo. El calor seguía afuera, igual que antes, pero ya no me molestaba.

Cerré los ojos. Y esta vez, por fin, me dormí.

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Comentarios (5)

CatalinaVP

que relato tan intenso!!! me dejo con escalofrios de verdad

SantiRiver_88

Por favor una segunda parte, con esa descripcion de la madrugada quede con ganas de mas

Valeria_BA

Me encanto el ambiente que creaste, oscuro y sensual. Se siente muy real, como si le pudiera pasar a cualquiera

RuloBA

increible!!! me gusto mucho

ClaraRiver

Que bueno que encontré este relato a esta hora de la noche jajaja, muy apropiado

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