Lo que les regalé a los obreros desde el balcón
Me llamo Camila, tengo veintitrés años y esa tarde el calor me estaba volviendo loca. Vivo en un tercer piso con un balcón ancho que da a la calle, y cuando se va todo el mundo y la casa se queda en silencio, ese balcón es mi lugar preferido del planeta. Mido poco más de metro sesenta, tengo curvas que me gusta mirar en el espejo y un cuerpo que, lo confieso, me encanta enseñar aunque sea solo a la pared.
Estaba sola. Mi compañera de piso se había ido el fin de semana entero, y yo no tenía nada que hacer salvo derretirme. Me tumbé en el sillón largo del balcón, mirando el cielo, intentando adivinar si iba a llover. Las nubes pasaban gordas y grises, pero no terminaban de decidirse. Como yo.
El aire estaba quieto, pegajoso. La camiseta se me adhería a la espalda y el sudor me corría entre los pechos. Empecé a quitarme prendas casi sin pensarlo: primero las sandalias, después los pantaloncitos cortos, hasta quedarme en ropa interior tirada al sol como un gato. Aun así seguía teniendo calor.
Justo enfrente, cruzando la calle, hay una obra a medio construir. Llevan meses con ella: andamios, plástico ondeando, una grúa amarilla y un puñado de hombres grandes que suben y bajan todo el día con el torso brillante de transpiración. A veces los miro de reojo desde la cocina. Esa tarde, medio adormilada y muy aburrida, pensé algo que no debía pensar.
Ojalá uno de ellos cruzara, subiera y me hiciera suya aquí mismo.
La idea me prendió como una cerilla. No era la primera vez que me imaginaba cosas así, pero hacía mucho calor y estaba demasiado sola, y de pronto la fantasía se sintió más nítida que de costumbre.
Cerré los ojos. Dejé que mi mente volara.
***
Me excita pensar que alguien pueda ver lo descarada que soy cuando nadie mira. Me imaginé que uno de esos hombres, el más alto, el de los hombros anchos, estaba parado al borde del balcón observándome sin decir nada. Solo mirándome. Con esa idea metida en la cabeza, llevé las manos a mis pechos por encima del sujetador.
Mis pezones se endurecieron casi al instante. Me acaricié despacio, en círculos, sintiendo cómo la tela rasposa los rozaba, y noté que la ropa interior empezaba a humedecerse. El sujetador me estorbaba entre la excitación y las ganas, así que me lo quité y lo dejé caer al suelo del balcón.
Me masajeé los pechos con las dos manos durante un buen rato. Sin prisa. Dejando que el deseo creciera capa sobre capa, como cuando subes el volumen poco a poco hasta que de pronto te das cuenta de que está muy alto. Se sentía increíble.
Me chupé los dedos unos segundos, los sentí calientes contra la lengua, y abrí las piernas centímetro a centímetro. Mi mano traviesa bajó hasta la braguita y, al rozar la tela empapada, suspiré sin poder evitarlo. Estaba mucho más excitada de lo que creía.
Pasé dos dedos por encima de la tela, arriba y abajo, mientras con la otra mano tiraba de mi pezón izquierdo. El hombre de mi imaginación seguía ahí, observándome, y yo le hablaba en voz baja como si de verdad pudiera escucharme.
—¿Le gusta lo que ve, señor? —murmuré.
Él asentía despacio en mi cabeza y, con una voz grave que me recorría la espalda, me pedía que le enseñara más. Le hice caso. Metí la mano por debajo de la braguita y empecé a dibujar círculos lentos sobre el clítoris, abriendo las piernas todavía más, ofreciéndome a un público que solo existía detrás de mis párpados.
—Qué bien te tocas —me decía esa voz inventada.
—Para mí es fácil pensar en usted —contesté yo, mordiéndome el labio.
—Quieta. Quítate eso y ábrete para mí —ordenó.
Me deshice de la braguita roja con un movimiento torpe y, con dos dedos, me abrí para que ese desconocido imaginario pudiera mirarme entera. Que mire. Que vea todo. La sola idea de estar tan expuesta, de ser observada sin pudor, me tenía temblando.
—¿Le gusta, señor? —volví a preguntar.
No hubo respuesta en mi cabeza, pero no me importó. Volví a frotar los dedos contra el clítoris, imaginando que era su lengua húmeda y caliente la que me daba ese placer lento y constante. Apreté los ojos con fuerza. De mi boca se escapó un gemido cuando los dedos empezaron a moverse más rápido.
—Despacio, no acabemos tan pronto —susurró la voz, y obedecí, frenando justo al borde.
En mi fantasía, el hombre se inclinaba sobre mí y atrapaba mis pezones con la boca. Los chupaba con ganas, los mordisqueaba apenas, tiraba de ellos hasta dejarlos duros y empapados de saliva. Yo arqueaba la espalda contra el sillón, sintiendo el sol en la piel y un cosquilleo eléctrico subiéndome por dentro.
—Mete los dedos —me ordenó—. Quiero verte.
Le hice caso. Estaba tan mojada que no costó nada. Primero uno, luego dos, y al final tres dedos entrando despacio. Me sentí llena, abierta, y solté un quejido largo.
—Se siente demasiado bien —jadeé.
—Imagina que son mi sexo y móntalo. Fuerte. Muy fuerte.
Mis dedos empezaron a entrar y salir con rapidez, imaginando que era algo mucho más grande lo que me llenaba. Me puse de rodillas sobre el sillón, doblada hacia delante, y me follé a mí misma con más fuerza, más rabia, perdiendo por completo la noción de dónde estaba.
—Dios, qué rico —gemí contra el cojín—. Más fuerte, por favor, su zorrita quiere más.
***
Y entonces lo oí.
Un silbido. Largo, agudo, inconfundible. Después otro. Y una risa de hombre.
El corazón me dio un vuelco. Por un segundo pensé que era parte de la fantasía, otro detalle que mi mente había inventado para calentarme más. Pero los silbidos seguían, y eran demasiado reales, demasiado nítidos contra el zumbido lejano del tráfico.
Me incorporé despacio, todavía agitada, y miré hacia la obra de enfrente.
Ahí estaban. Todos. Cuatro, cinco, no los conté bien. Apoyados en el andamio del segundo piso, con los cascos echados hacia atrás y el sudor brillándoles en los brazos. Mirándome a mí. Habían parado de trabajar para mirarme a mí.
Uno de ellos tenía la mano metida en el pantalón, sin disimular. Otro me hizo un gesto con la cabeza, como invitándome a seguir. Me están viendo. Llevan un rato viéndome.
Tendría que haberme tapado. Tendría que haber agarrado la ropa, haber entrado corriendo y haber cerrado la puerta del balcón de un portazo, muerta de vergüenza. Eso es lo que haría cualquier chica sensata.
No lo hice.
Lo que sentí fue otra cosa, algo que me subió por el pecho y me dejó la garganta seca: el deseo de que miraran más. De darles exactamente lo que estaban esperando. Mi fantasía se había salido del balcón de mi cabeza y se había vuelto de carne y hueso, y yo no quería que terminara.
Me levanté del sillón, completamente desnuda, y caminé hasta el barandal. Sin prisa. Dejé que me vieran entera, de pie contra el cielo gris, y me apoyé en la baranda fría para que pudieran mirarme mejor los pechos. Otro silbido. Una palabra que no entendí, gritada entre risas.
Esto es lo más excitante que he hecho en mi vida.
Sentí cómo el flujo me bajaba por la cara interna del muslo, mi cuerpo entero pidiéndome que no parara. Me senté de nuevo en el sillón, esta vez de frente a ellos, y abrí las piernas sin pudor para que la obra entera tuviera la mejor vista de la tarde.
Volví a lo mío. Me metí los tres dedos de un solo golpe y gemí tan alto que estoy segura de que me oyeron por encima de la calle. Empecé suave, como antes, pero el público de verdad me encendía de un modo que el imaginario nunca había logrado. Cada segundo metía los dedos más rápido, más hondo, mirándolos a los ojos mientras lo hacía.
Ellos no fingían disimular. Dos se habían sacado el sexo y se masturbaban sin quitarme la vista de encima, siguiendo mi ritmo con el suyo. Saber que estaba provocando eso, que mi cuerpo los tenía a todos hipnotizados, me llevó al borde más rápido de lo que esperaba.
—Quiero acabar para ustedes —dije en voz alta, sin importarme nada—. Mírenme.
Mis dedos entraban y salían produciendo un sonido húmedo y obsceno que me ponía todavía peor. Con la otra mano volví al clítoris, frotando en círculos rápidos, sintiendo cómo todo el cuerpo se me tensaba como una cuerda a punto de romperse.
Llegó de golpe. Un gemido largo se me escapó de los labios y todo se sacudió a la vez: las piernas, el vientre, hasta los dedos de los pies. Me corrí con fuerza, manchando el sillón, temblando bajo la mirada de todos esos hombres que dejaron de masturbarse solo para aplaudirme, entre risas y silbidos, como si acabara de terminar la mejor función de su vida.
Me quedé un rato así, desplomada, recuperando el aliento, sintiendo el corazón galopar y la piel hormiguear. El cielo seguía sin decidirse a llover.
Cuando por fin reuní fuerzas, les lancé un beso con la mano, recogí mi ropa del suelo y entré con una sonrisa que me duró toda la noche. Al día siguiente, antes de salir de casa, me asomé al balcón casi sin querer. Uno de ellos levantó la vista desde el andamio, me reconoció y sonrió.
Yo le devolví la sonrisa. Quizá mañana vuelva a hacer demasiado calor.