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Relatos Ardientes

Me encerré en el baño de la oficina por su video

Hay tardes en la oficina en las que el tiempo se estira como chicle y no hay nada que llene las horas. Las llamadas se acaban, los correos quedan respondidos y el reloj de la pared parece burlarse de mí desde lo alto. Algunas de esas tardes las aprovecho bien: tomo algún curso en línea, ordeno carpetas que llevo meses ignorando, aprendo algo nuevo que pueda servirme. Otras, en cambio, abro el celular debajo del escritorio y me pierdo en Tinder. Porque, ¿por qué no? Si el día está muerto, al menos que algo me despierte.

Así fue como apareció Damián entre los perfiles. Lo vi y supe, con esa certeza que no necesita explicaciones, que quería acostarme con él. Alto, delgado, con ese cuerpo trabajado sin exagerar. La piel morena y un par de tatuajes que le subían por el antebrazo y desaparecían bajo la manga de la camiseta. Esos brazos fueron lo primero que imaginé alrededor de mi cintura.

El problema era la distancia. Él vivía a unas cuantas horas de mi ciudad, así que cerrar un encuentro real no era cosa de un día para otro. Habíamos quedado en vernos un fin de semana, todavía lejano en el calendario. Mientras tanto, llenábamos la espera con otra cosa.

Empezaron las conversaciones que no se pueden tener en voz alta. Mensajes que subían de temperatura a medida que caía la noche, fotos que mandábamos con el corazón acelerado, audios en los que su voz se volvía ronca y baja. Yo había jugado a esto antes, con otros, pero nunca había sido algo que me volviera loca. Con Damián, en cambio, había una corriente distinta. Cada notificación de su nombre en la pantalla me apretaba algo por dentro.

***

Aquella tarde era una de las muertas. Estaba sentada frente a la computadora fingiendo revisar un documento que ya había leído tres veces. Mis compañeros iban y venían por el pasillo, cada uno en lo suyo, y yo dejaba que la pantalla me diera una excusa para mirar a ningún lado.

Entonces vibró el teléfono. Era él.

Espero que te guste.

Debajo del mensaje, un video. Lo abrí con el dedo tapando un poco la pantalla, por instinto, aunque nadie podía verme desde donde estaba. Lo que apareció me cortó la respiración.

Era Damián dentro de su coche. La cámara temblaba apoyada en algún lugar del tablero, enfocándolo de la cintura hacia arriba y un poco más abajo. El semáforo en rojo se reflejaba en el parabrisas. Y él, con una mano en el volante y la otra ocupada en algo que no era conducir, se masturbaba despacio, mirando de reojo hacia la calle por si alguien lo descubría.

Cerré los ojos un segundo y volví a abrirlos. No era posible que me pusiera así de rápido. Pero pasaba. Verlo ahí, expuesto, jugando con el riesgo de que el coche de al lado lo sorprendiera, tocó exactamente una de mis fantasías más viejas. El peligro de hacerlo donde no se debe. La adrenalina de lo prohibido mezclada con el placer.

Sentí cómo el calor me subía por el cuello hasta las mejillas. Una sonrisa que no tenía nada de inocente se me dibujó sola en la cara. Miré alrededor. Mi escritorio estaba justo en una de las zonas de paso, donde mis colegas cruzaban a cada rato camino a la cocina o a la sala de juntas. Ahí no podía hacer nada de lo que estaba pensando.

Pero el baño sí.

***

Me levanté con toda la calma que pude fingir, como si fuera a estirar las piernas. Camino al fondo del pasillo le escribí, con el pulso latiéndome en la punta de los dedos.

—Me pusiste muy caliente.

—Te tengo una sorpresa.

Entré al pequeño baño que hay al final del corredor, ese de una sola pieza con cerrojo, y giré el seguro. El clic de la puerta cerrándose fue lo más excitante que había escuchado en semanas. Por fin a solas. Por fin sin nadie que pudiera verme la cara y adivinar lo que me bullía por dentro.

Ya sentía cómo la humedad se abría paso entre mis piernas, el deseo concentrándose en un punto tibio que pedía atención. Apoyé el celular sobre el lavabo, contra el espejo, y me bajé la falda hasta los muslos. Aparté la tela de la ropa interior con dos dedos. Me di la vuelta, arqueé un poco la cintura y me separé las nalgas para la cámara.

En la pantalla se veía con claridad lo que él me había provocado: el brillo de la humedad escurriendo entre mis labios, deslizándose lento. Tomé la foto sin pensarlo demasiado y se la mandé.

—No aguanto más. Mira cómo me tienes.

***

Dejé el teléfono apoyado de frente a mí, como si su mirada estuviera del otro lado del cristal. Me quité la blusa con cuidado de no hacer ruido y la colgué del gancho de la puerta. Frente al espejo me bajé el sujetador y dejé los senos al aire.

Me miré. La cara encendida, el pecho subiendo y bajando más rápido de lo normal. Llevé las manos a mis pezones, ya duros, y empecé a pellizcarlos con suavidad. Quería que fueran sus labios. Quería imaginar su boca cerrándose alrededor, mordiendo apenas, chupando despacio mientras yo trataba de no gemir.

Con una mano me terminé de acomodar la falda hacia abajo y bajé la otra entre mis piernas. Empecé por encima de la ropa interior, presionando la tela ya empapada contra mí. El roce áspero del algodón húmedo contra mis labios me arrancó el primer suspiro de verdad.

Se me escapó un sonido más alto de lo que quería y me quedé quieta, atenta. Pasos en el pasillo. Alguien caminó hasta la cocina, llenó un vaso, volvió. El miedo a que me escucharan, lejos de frenarme, me empujó hacia adelante. Que escuchen, pensé. Que sepan que estoy aquí dentro haciendo esto. La idea me prendió todavía más.

Aparté la braga de un tirón. Metí primero un dedo, despacio, sintiendo lo mojada que estaba. Luego un segundo. Después un tercero. Para entonces ya no había marcha atrás: estaba descontrolada, la respiración entrecortada y el corazón golpeándome las costillas.

***

Arqueé la espalda y apoyé una mano en el borde frío del lavabo para sostenerme. Con la otra empecé a moverme con más fuerza, más rápido, buscando ese punto exacto que conozco de memoria. Mis piernas empezaron a temblar. El temblor me subió por los muslos, por el vientre, por todo el cuerpo, y yo apretaba los dientes para tragarme los gemidos que querían salir.

Miré de reojo el celular sobre el lavabo y me lo imaginé a él, todavía en el coche, todavía con esa mano ocupada, esperando mi siguiente mensaje. Esa imagen fue la última gota.

Me giré de golpe y me recargué de espaldas contra la pared. Llevé la mano libre a mi boca, la apreté con fuerza contra los labios, y dejé que el orgasmo me reventara por dentro. Fue largo, denso, de esos que te doblan las rodillas. Todo mi cuerpo se sacudió contra los azulejos mientras yo ahogaba un grito que, de haber salido, habría puesto a media oficina a mirar hacia el baño.

Me quedé ahí un momento, jadeando, con la frente apoyada en la pared y una sonrisa tonta que no me podía quitar. La parte de mí que quería gritar, que quería que todos supieran lo que acababa de hacer entre esas cuatro paredes, seguía vibrando bajo la piel.

***

Solté un par de suspiros y volví en mí poco a poco. Había tardado demasiado; alguien podía empezar a preguntarse dónde estaba. Me reacomodé el sujetador, me puse la blusa, me subí la falda y me alisé la ropa frente al espejo. La chica que me devolvía la mirada tenía las mejillas rojas y los ojos brillantes, pero, con un poco de suerte, nadie lo notaría.

Abrí el cerrojo y salí al pasillo con la mayor naturalidad del mundo, saludando con la cabeza a una compañera que pasaba con su taza de café. Volví a mi escritorio, me senté como si nada y agarré el teléfono.

—Mira cómo me dejaste. Ya quiero verte pronto —le escribí.

La respuesta llegó enseguida, y supe que el fin de semana pendiente se me iba a hacer eterno.

***

Una posdata, para ser honesta. Cuando por fin nos vimos en persona, aquel fin de semana tan esperado, el sexo resultó una decepción. Damián era mucho mejor a través de una pantalla que entre las sábanas: torpe, apurado, lejos de la imagen que yo había construido en mi cabeza durante semanas. A veces el deseo vive mejor en la anticipación que en lo que ocurre después.

Pero algo me dejó de regalo aquella tarde de oficina. Descubrí lo mucho que me prende ese juego con el riesgo, ese filo entre el placer y el miedo a que me descubran. Desde entonces, cada vez que el reloj se arrastra y las horas no tienen nada que ofrecer, me levanto del escritorio con esa misma calma fingida y camino hasta el fondo del pasillo. Y por si la imaginación no alcanza, en el fondo del bolso siempre llevo un pequeño vibrador. Nunca se sabe cuándo una tarde muerta se va a volver la más interesante de la semana.

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Comentarios (5)

SolDeMar88

Dios mío que relato!!! me dejo sin palabras

AndresT_92

Por favor que haya continuacion, quede con ganas de saber que pasó después

Lupita_cba

La tension desde el primer parrafo es increible. Se siente real sin ser forzado. Bien narrado!

MorboArg

jajaja el titulo lo dice todo. tremendo!!!

TucumanLee

Buenisimo de verdad, de los mejores que lei en bastante tiempo. Esperando el siguiente!

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