Lo que escuché tras la puerta de mi hijo esa noche
El sábado pasado mi hijo organizó una reunión de exalumnos de la preparatoria. De todos los que pasaron por la casa, el único que se quedó a dormir fue Bruno, su mejor amigo de toda la vida, que ahora vive lejos y solo viene en contadas ocasiones. Llegaron pasada la medianoche, riéndose demasiado fuerte, chocando contra los muebles del recibidor. Venían tomados. Y ya se sabe lo que el alcohol le hace a la lengua de los hombres jóvenes.
Yo ya estaba acostada, o eso creían ellos. La verdad es que tengo el sueño ligero desde hace años, y el cuarto de mi hijo comparte pared con el pasillo que lleva al mío. Cuando hablan en voz baja, esa voz que creen que nadie oye, a mí me llega como si estuvieran al pie de mi cama.
Me levanté por un vaso de agua. Iba descalza, sin encender ninguna luz, y al pasar frente a la puerta entornada me detuve. No pensaba detenerme. Simplemente lo hice.
—Tu mamá sigue estando para comérsela, en serio —decía Bruno. Llevaba más de un año sin verme—. Yo se la mamaría hasta el amanecer, güey, te lo juro.
—No te voy a mentir —contestó mi hijo, y reconocí en su voz esa mezcla de orgullo y vergüenza—. A veces ni yo sé dónde meter los ojos cuando se pone esos pantalones que le marcan el coño y el culo. Se le nota todo, la raya, los labios, todo. Se me para nada más de verla caminar.
Me quedé clavada en el sitio. El vaso vacío todavía en la mano.
—¿Y de arriba? —preguntó Bruno, bajando aún más la voz.
—De arriba también, güey. Hay días que se pone a lavar los platos y yo me quedo sentado en el comedor haciéndome el distraído, nada más para verle las tetas rebotar bajo la blusa. No usa sostén en la casa, Bruno. Se le marcan los pezones como piedras. Un día voy a acabarme la verga a pajas nomás de verla.
Así que era eso lo que hacía cuando lo sentía rondando la cocina.
Debería haberme indignado. Debería haber empujado la puerta, encendido la luz y mandado a callar a ese par de inconscientes. En cambio, me apoyé contra la pared del pasillo, en la oscuridad, y seguí escuchando. El corazón me latía en el cuello, en las muñecas, y entre los muslos ya me sentía mojada, con el camisón pegándoseme al coño como si me hubiera meado encima.
***
—Oye —siguió Bruno, y por el tono supe que venía algo peor—, ¿y nunca te has acercado? Digo, así, como sin querer.
Hubo un silencio largo. El crujido de una lata abriéndose.
—Una vez —admitió mi hijo—. Hace unas semanas. Vino una amiga suya con su hija a quedarse, y como no había camas, mi mamá durmió en mi cuarto y yo en un colchón en el piso. A media noche me subí a la cama. Me dije que era para no pasar frío. Mentira. Se me había parado la verga desde que la vi meterse entre mis sábanas en camisón.
—No mames. ¿Y?
—Me acomodé detrás de ella. De cucharita. Pensé que estaba profundamente dormida por todo lo que habíamos cenado y tomado. Le pasé el brazo por la cintura, despacio, esperando que en cualquier momento se moviera y me corriera. No se movió. Y yo tenía la polla dura como piedra, güey, apretada contra su culo por encima del camisón. Le sentía las nalgas calientes contra la pija. Casi me corro ahí mismo.
Yo recordaba esa noche. Recordaba el peso tibio detrás de mí, la verga dura de mi hijo apretada entre mis nalgas, el brazo que tardó una eternidad en cruzar mi cintura. Recordaba haber decidido, con los ojos cerrados, no decir nada. Haberme hecho la dormida no porque no me diera cuenta, sino precisamente porque me daba cuenta de todo. De cada centímetro de esa polla joven que latía contra mi culo como si tuviera vida propia.
—¿Y la tocaste? —la voz de Bruno era un hilo.
—Le agarré una teta por encima de la pijama. Se la pesé en la mano, güey. Le sentí el pezón durísimo contra la palma. Como no dijo nada, se lo apreté despacito, y luego se lo pellizqué. Y ella respiraba como si estuviera dormida, pero yo te juro que sentí cómo su culo se apretaba contra mi verga un segundo. Le froté la pija ahí, entre las nalgas, así, sin meterla, sin bajarle nada, solo restregándome por encima de la tela. Duré horas. No me atreví a más. Pero esa noche no dormí, te lo juro, y me hice una paja en el baño que me dejó vacío como si me hubieran ordeñado.
—Estás cabrón —murmuró Bruno, y soltó una risa nerviosa—. Yo en tu lugar le hubiera metido la mano por debajo del camisón y le hubiera hecho un dedo. La hubieras oído gemir dormida.
Apoyada en la pared del pasillo, con la garganta seca y el pulso desbocado, recordé exactamente el momento en que su mano se cerró sobre mi pecho. Recordé cómo me pellizcó el pezón y cómo el mío respondió endureciéndose entre sus dedos como un delator. Recordé haber apretado los muslos con toda mi fuerza porque el coño me palpitaba, empapado, y tenía miedo de que él pudiera olerlo. Y recordé también que, cuando su verga dura empezó a moverse contra mis nalgas, muy despacio, en ese vaivén contenido de quien se coge a una mujer sin cogérsela, fui yo la que apretó el culo hacia atrás una fracción, ofreciéndoselo en secreto. Cuando él por fin se rindió y se quedó quieto, fui yo la que tardó horas en dormirse, con las bragas empapadas y las ganas de meterme la mano y acabarme ahí mismo, a su lado.
***
—Es que está bien buena tu mamá, no es normal —insistió Bruno—. Es de esas señoras que entre más años, mejor. Una MILF de manual. Yo me la cogería toda la noche, güey. Le comería el coño hasta que me suplicara.
—No le digas así.
—Pero si es la verdad. Me la imagino así, de cucharita como dices, y se me va la cabeza. Agarrarla de la cintura, pegármele por detrás, meterle la verga entre las nalgas como hiciste tú, pero yo sí se la meto, güey. Le doy vuelta, le abro las piernas y se la clavo hasta las bolas. Se la meto por atrás, se la meto en la boca, la pongo a cuatro patas y le doy hasta que se corra chillando. Uy, ya mejor ni sigo —se rió—. Tu casa, tu suerte, güey.
Y entonces mi hijo dijo algo que me cambió la noche entera.
—El problema es que no soy el único que la mira así. Mi mamá anda rara desde el año pasado. Distinta.
—¿Distinta cómo?
—Encendida. Cachonda, güey. Se arregla para salir, se va perfecta, peinada, perfumada, con vestidos que le marcan las tetas y el culo, y vuelve a las tantas con el vestido al revés, el peinado deshecho y una cara de recién cogida que no se le puede disimular. Una vez salió con uno blanco que se le transparentaba todo, se le veía la tanga por debajo, y regresó a media madrugada con manchas de semen en la falda, te lo juro. Las vi cuando echó la ropa a lavar. Mi mamá tiene una vida que yo no conozco, Bruno. Le meten verga, güey, y no una, varias. Y desde que me di cuenta de eso, ya no la veo igual. Se me para cada vez que pienso en las cosas que le hacen.
Casi se me cae el vaso.
No porque fuera mentira. Era verdad. Cada palabra. Llevaba más de un año redescubriendo un cuerpo que creía jubilado, dejándome follar por hombres que me recordaban que seguía viva, volviendo de madrugada con el coño ardiendo, los muslos pegajosos de semen y la certeza de que mi hijo dormía. Lo que me sacudió fue darme cuenta de que él lo sabía. Que había visto las manchas, que había leído mi cara de mujer recién penetrada, y que en vez de juzgarme, se le paraba la polla imaginándolo. Que durante todo ese tiempo, mientras yo me sentía discreta e invisible, él me había estado leyendo como un libro abierto. Y que, en vez de indignarse, lo que sentía era esto: deseo. Ganas de cogerme él también.
***
—¿Y sabes con quién anda? —preguntó Bruno, ya completamente entregado a la conversación.
—Sospecho de uno. Rodrigo, el de la oficina de al lado. Lo he visto dejarla, esperar a que yo no esté en la ventana, meterle la lengua en la boca hasta la garganta y estrujarle el culo con las dos manos como si fuera suyo.
—¿Rodrigo? ¿El amargado ese?
—El mismo. Y creo que hay más. No sé cuántos. Solo sé que mi mamá, a su edad, se coge a medio mundo mientras yo aquí me hago pajas pensando en ella.
Bruno se quedó callado un momento. Cuando volvió a hablar, lo hizo casi con respeto.
—Pues qué envidia, en todos los sentidos. Ojalá yo a los cuarenta y tantos tenga a alguien que me monte como te imagino a tu jefa montando a esos cabrones.
—Ya, güey. Mejor duérmete antes de que diga otra estupidez.
Las luces del cuarto se apagaron. Oí el roce de las cobijas, un par de bromas más cada vez más espaciadas, y por fin el silencio espeso de dos hombres vencidos por el sueño y el alcohol.
Pero yo seguía de pie en el pasillo, descalza, con el vaso vacío, los pezones erguidos contra la tela del camisón y el coño empapado hasta la mitad del muslo.
***
Volví a mi cuarto sin encender la luz. Cerré la puerta con cuidado y me senté en el borde de la cama con las piernas abiertas, el camisón subido hasta las caderas y el aire fresco chocando contra mi sexo mojado. Me quedé un rato escuchando mi propia respiración, demasiado rápida para alguien que supuestamente debía estar indignada. Tendría que haberlo estado. Una madre normal lo habría estado.
Pero hacía mucho tiempo que yo había dejado de ser una madre normal, si es que alguna vez lo fui.
Me recosté boca arriba, sobre las sábanas frías, y dejé que las palabras volvieran. Le agarré una teta. Se la apreté. Le froté la pija entre las nalgas. Cerré los ojos y reviví la noche del colchón en el piso: el peso detrás de mí, la verga dura latiendo contra mi culo, el brazo lento, la mano subiéndome despacio por el costado hasta pesarme el pecho en la palma. Volví a sentir el pellizco en el pezón, el modo en que mi coño se contrajo entero, la manera en que mi culo, traidor, se había empujado un milímetro hacia atrás para sentir mejor esa polla joven que se moría por meterse.
Me subí el camisón hasta el cuello, dejándome las tetas al aire. Me agarré una con la mano izquierda, con la misma presión con que él me la había pesado, y me pellizqué el pezón entre los dedos, fuerte, como me lo había hecho él. Un gemido se me escapó por la nariz. Con la derecha bajé por el vientre, despacio, dibujando el camino que me había hecho tantas veces esos meses, y me encontré el coño chorreando, los labios hinchados, el clítoris asomado como una perla, latiendo pidiendo dedos.
Me metí dos de un golpe. Se me hundieron enteros, hasta los nudillos, con un ruido húmedo que me pareció obsceno en el silencio de la casa. Cerré los ojos y a un lado de esa caricia imaginé a Bruno diciéndome cosas al oído: le hubieras metido la mano por debajo del camisón, le hubieras hecho un dedo, la hubieras oído gemir dormida. Al otro lado imaginé a mi hijo, con esa polla joven y desesperada, restregándomela entre las nalgas mientras me apretaba una teta. Dos hombres pensando en mi coño al mismo tiempo, a unos metros de mí, con las vergas hinchadas y las manos ocupadas con sus propias pollas, sin saber que yo me estaba deshaciendo pensando en lo que ellos pensaban de mí.
Empecé a bombearme los dedos rápido. Me mordí el labio para no chillar, con la otra mano me estrujaba una teta y me tiraba del pezón como si otro me la estuviera mamando. Me imaginé la polla de Rodrigo el viernes, gruesa, cabrona, entrándome hasta el fondo mientras me agarraba del pelo. Me imaginé a los otros, a los nombres que nadie conoce, sus manos impacientes en mis caderas, sus vergas de todos los tamaños partiéndome en dos. Me imaginé volviendo a casa a las tantas con el coño lleno de semen y mi hijo espiándome desde la ventana con la verga en la mano.
Saqué los dedos empapados y me los pasé por el clítoris en círculos rápidos, ese punto exacto que sé de memoria. Se me contrajo el vientre. Se me apretaron los muslos alrededor de mi propia muñeca. Y pensé en lo poderoso que era saberme deseada en todos los frentes a la vez, dentro y fuera de mi propia casa, coño mojado por hombres de la calle y por dos muchachos que dormían al otro lado de esa pared con la polla dura pensando en mí.
Me corrí mordiendo la almohada. Fuerte, largo, con espasmos que me sacudieron las caderas contra el colchón y me hicieron chorrear los dedos, la palma, la sábana debajo de mí. Ahogué el gemido en la tela justo cuando se me escapaba, y aun así juraría que la pared delgada llevó algo a los oídos de los dos borrachos del cuarto de al lado.
Cuando terminé, me quedé inmóvil mucho rato, con la mano todavía entre los muslos, los dedos pegajosos, el corazón retumbando y una sonrisa que agradecí que nadie pudiera ver en la oscuridad.
***
A la mañana siguiente bajé temprano. Me puse a propósito una bata corta y ligera, sin sostén, sabiendo perfectamente lo que hacía. Los encontré a los dos arrastrándose hacia la cocina, crudos, con esa cara de culpa difusa de quien recuerda a medias lo que dijo la noche anterior pero no del todo. Les preparé café y huevos como cualquier otra mañana.
—Buenos días, mamá —murmuró mi hijo, sin atreverse a mirarme de frente.
—Buenos días, señora —dijo Bruno, todavía más rojo que él.
Les serví el desayuno y, al inclinarme sobre la mesa para dejar los platos, dejé que la bata se me abriera lo justo para que se me vieran las tetas colgando libres por dentro. Sentí cómo los dos pares de ojos se clavaron en el escote un segundo de más antes de apartarse. Vi cómo mi hijo cruzaba las piernas debajo de la mesa, disimulando lo que se le acababa de parar. Vi cómo Bruno se atragantaba con el café. Me enderecé despacio. Les sonreí con una dulzura perfectamente maternal.
—Espero que hayan dormido bien —dije.
—Como troncos —contestó mi hijo demasiado rápido.
—Qué bueno —respondí, dándole la espalda para volver a la estufa, sabiendo que la bata me marcaba el culo desnudo por debajo—. Yo dormí divino.
Y mientras revolvía la sartén, sintiendo otra vez aquellas miradas resbalar por mi espalda, por mis nalgas apenas cubiertas, por mis muslos, decidí que esa pared delgada entre los cuartos era, de lejos, lo mejor que tenía esta casa. Algunas confesiones no están hechas para ser respondidas. Solo para ser escuchadas en la oscuridad, guardadas, y disfrutadas a solas, con dos dedos hundidos hasta el fondo y la boca llena de almohada.