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Relatos Ardientes

Lo que descubrí a solas con un cubo de hielo

Pasaron un par de meses desde aquella noche desastrosa con Rodrigo, y la verdad es que no me arrepentía de nada. Aquel encuentro torpe, frío, mecánico, me había dejado más preguntas que respuestas. La principal: si los hombres no me movían absolutamente nada, ¿por qué seguía insistiendo? Era nueva en esto de mirarme de verdad, de escucharme, y todavía me costaba decir en voz alta lo que ya sabía hacía rato.

Desde siempre me habían atraído las mujeres. No era algo que pudiera explicar con palabras bonitas: simplemente las miraba más de lo que debía. Admiraba la belleza femenina con una atención que ninguna amiga compartía. Cuando veía contenido erótico, mis ojos no iban hacia ellos. Iban hacia ellas.

Me fascinaba todo. La piel tersa y luminosa, esa que parecía suave incluso a través de una pantalla. Me preguntaba si sería tan firme como aparentaba, si aquel cuerpo de revista era cuestión de genética afortunada o de horas de gimnasio. Y sobre todo me hipnotizaba escucharlas: esos gemidos agudos, urgentes, que aunque fueran actuación me convencían de que el placer de verdad era posible, que existía un éxtasis que yo todavía no había rozado.

En esos meses de dudas empecé a fijarme en las mujeres reales que tenía cerca. Compañeras de la facultad, la chica que atendía la cafetería de la esquina, una vecina que regaba sus plantas cada mañana. Mujeres adultas, seguras de su cuerpo, que caminaban como si supieran exactamente lo que valían. No había para mí peor tentación que una melena larga y bien cuidada cayendo sobre unos hombros desnudos.

Quizá no estoy confundida. Quizá lo único confuso es lo que me empeño en negar.

Cada día las dudas pesaban menos y la certeza pesaba más. Y mientras tanto, me dediqué a estudiar el placer de la única forma en que me animaba entonces: a solas, en mi cuarto, con la puerta cerrada y todo el tiempo del mundo.

***

Aquella tarde estaba sola en casa. Mis compañeras de piso se habían ido el fin de semana y la quietud era absoluta. Sentada frente al escritorio, intentaba terminar un trabajo sobre historia contemporánea cuando un calor conocido nació entre mis piernas y se extendió sin pedir permiso.

—Maldita sea, ¿justo ahora? —murmuré, mordiéndome el labio.

Sabía que ya no podría concentrarme. El cursor parpadeaba en la pantalla, esperando una frase que no iba a llegar. Suspiré, cerré el documento y me dejé caer contra el respaldo de la silla.

Estaba aburrida de hacer siempre lo mismo. Mis dedos, la misma rutina, la misma cadencia previsible. Quería algo distinto, algo que no hubiera probado, algo que ni siquiera había visto en un vídeo. Mi mirada vagó por el escritorio hasta detenerse en un vaso que había dejado horas antes, con un par de hielos todavía intactos flotando en los restos de una gaseosa.

La condensación bajaba por el cristal en hilos finos, dejando un cerco húmedo sobre la madera. Me quedé observándola, hipnotizada, y entonces la idea llegó sola, nítida, como si alguien me la hubiera susurrado al oído.

Tomé el vaso. Atrapé uno de los hielos con la boca y lo paseé por la lengua un momento, quitándole el sabor dulzón de la bebida. Con la mano libre me quité la camiseta vieja con la que andaba por casa y la dejé caer al suelo sin mirar dónde.

El aire de la habitación me rozó la piel desnuda y me estremecí antes incluso de empezar. Empecé despacio, acariciándome los pechos con la yema de los dedos, deteniéndome en los pezones, sintiendo cómo respondían poco a poco a cada caricia. Siempre me habían gustado: grandes, de aréolas claras, sensibles de un modo que a veces me sorprendía a mí misma.

Saqué el hielo de la boca y, en lugar de soltarlo, lo deslicé por mi mejilla. La piel reaccionó al instante, un escalofrío repentino que me cortó la respiración. Sin detenerme, lo bajé por el pómulo, por la mandíbula, hasta el cuello.

Ahí la sensación cambió por completo. Ya no era un frío seco, sino algo húmedo y demorado, como una caricia ajena. Como el beso de un desconocido que sabe exactamente lo que hace. El hielo dejaba un rastro helado que mi propia piel convertía en calor un segundo después, y esa contradicción me volvía loca.

Bajé la mirada hacia mis pechos y lo vi con claridad: los pezones se habían alzado en dos puntas firmes, tensas, expectantes. Sonreí. Por primera vez en mucho tiempo me gustó de verdad lo que estaba mirando.

Llevé el cubito hasta uno de ellos y rocé apenas la punta. El frío disparó una descarga eléctrica que viajó directa hasta mi clítoris, limpia, brutal, completamente nueva. Solté un jadeo en la habitación vacía. Nunca había sentido algo así, ese cortocircuito entre el hielo y el deseo, esa manera en que mi cuerpo respondía como si lo estuviera tocando otra persona.

Y mi cuerpo respondía, vaya si respondía. Sentí la humedad descender entre mis muslos, traicionera y honesta a la vez, mojándome la cara interna de las piernas.

—¿Y si...? —dejé escapar, ante una idea que apenas empezaba a tomar forma.

***

Descendí la mano libre hasta mis labios, los separé con suavidad y dejé entrar el dedo corazón. Empecé a acariciarme con un movimiento lento y circular, una técnica que había aprendido casi por casualidad leyendo una novela que me había prestado una compañera, de esas que esconden más de lo que el título promete. Suspiré largo. Conocía bien esa sensación, la había buscado muchas veces, y aun así seguía pareciéndome increíble.

El hielo de la otra mano había desaparecido casi por completo, derretido contra el calor de mi cuerpo. Mis dedos estaban tan fríos que apenas los sentía. Y entonces se me ocurrió: los bajé también, helados como estaban, hasta mi clítoris.

Fue otra descarga, distinta a la anterior. Esta nació en los hombros y me recorrió la espalda entera antes de estallar abajo y derramarse por mis piernas. Empecé a masajearme con esos dedos congelados y la ilusión fue inmediata, perfecta: como si fueran las manos de otra persona, de una mujer, las que me estaban tocando.

Cerré los ojos y la imaginé. No una cara concreta, sino una presencia: una mujer arrodillada entre mis piernas, su melena rozándome los muslos, su boca subiendo despacio. La fantasía era tan vívida que me arqueé en la silla buscando un contacto que no existía.

La imaginé hablándome. Una voz baja, ronca, diciéndome al oído que me relajara, que ella se encargaba de todo. Me imaginé sus uñas marcando suaves líneas en la cara interna de mis muslos, su aliento cálido contrastando con el frío que yo misma me provocaba. Y lo más extraño fue que no me dio ningún pudor. Al contrario: cuanto más nítida se volvía ella, más se soltaba mi cuerpo, como si llevara años esperando que le dieran permiso.

Entendí entonces que nunca me había permitido fantasear así, sin filtros, sin corregirme a media imagen, sin obligarme a poner a un hombre donde no quería que hubiera ninguno. Y todo lo que durante meses había sido duda se ordenó de golpe en una sola frase clara, mientras los dedos seguían su trabajo.

Mi respiración se volvió agitada. El ritmo se aceleró solo. Abrí los ojos un instante, vi el vaso y tomé el segundo hielo. Lo preparé igual que el primero, paseándolo por la lengua, y esta vez lo llevé directo, sin rodeos, a la zona que ya ardía.

Fue un golpe de sensaciones contradictorias. Tracé círculos alrededor de mi clítoris con el hielo mientras los dedos de la otra mano seguían separándome, abriéndome, reclamando. Frío y calor a la vez, dolor agradable y placer puro mezclados hasta confundirse. Me mordí el labio para no gritar en la casa vacía.

Y entonces, por puro impulso, bajé el hielo y lo empujé apenas hacia mi entrada. El escalofrío me recorrió de arriba abajo, intenso, casi insoportable, antes de que el cubito se rindiera definitivamente al calor de mi interior.

Retiré los dedos, dejé que recuperaran su temperatura contra mi piel desnuda, y cuando volvieron a entrar en calor regresé a acariciarme por dentro. Mi ritmo nunca había sido tan rápido. Respiraba a tirones, sentía el sudor bajándome por la frente y por entre los pechos, y todo el cuerpo tenso como una cuerda a punto de partirse.

Sabía que llegaba. Lo sentía acumularse, subir, concentrarse en un solo punto diminuto que pedía a gritos liberarse.

Me dejé ir.

El orgasmo me partió en dos. Solté un bufido ronco, los muslos me temblaron y me derrumbé contra el respaldo de la silla, vencida, vacía y plena al mismo tiempo. Tardé un rato largo en abrir los ojos, en recordar que existía un mundo más allá de mi propia piel.

***

Cuando por fin levanté la cabeza, observé el desastre. La silla estaba empapada, mezcla de agua derretida y de lo mío. En el suelo había gotas dispersas y hasta un pequeño charco junto a la pata del escritorio. Me reí sola, agotada y satisfecha, sin un gramo de vergüenza.

Algo había cambiado, y no era solo el cuarto desordenado. Por primera vez no había necesitado imaginar a un hombre, ni esforzarme por sentir lo que se suponía que debía sentir. Había imaginado a una mujer y todo había encajado, natural, evidente, como una llave entrando en su cerradura.

No estaba confundida. Nunca lo estuve.

Dispuesta a secarme, alcancé una toalla y me levanté de la silla. Fue entonces cuando el monitor, que se había quedado encendido, parpadeó con una notificación: una solicitud de amistad. No conocía a esa persona —una chica de sonrisa franca y mirada directa en la foto—, pero por aquel entonces tenía la costumbre de aceptar a cualquiera que diera con mi perfil.

Dudé un segundo, todavía desnuda, todavía temblando, con la piel erizada y la certeza nueva latiéndome en el pecho. Después hice clic en aceptar.

Y al día de hoy no me arrepiento de esa última decisión.

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Comentarios (5)

Clarita_Rz

increible, no pensé que fuera tan caliente!! me atrapó desde el título

LucianaYK

Por favor seguí escribiendo, quedé con ganas de mas. Muy bueno

Pamela_77

jajaja me recordó a una tarde de verano que yo también tuve ese tipo de descubrimiento. Qué buenos recuerdos, la verdad

NicoPdp

El titulo me atrapó desde el principio y no me defraudó para nada. Muy bien escrito, felicitaciones

Marcos_Mdq

el calor del verano inspira cosas eh... muy buen relato, sencillo pero efectivo!!

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