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Relatos Ardientes

Mi compañero de piso me enseñó a desearlo con la boca

Siempre me consideré una chica del montón, incluso menos que eso. En el colegio y en el instituto ningún chico se fijó en mí, y yo me refugiaba en mi habitación inventando romances que jamás iban a ocurrir. Era flaquísima, casi sin curvas, y me había convencido de que el deseo era algo reservado para las demás.

El sexo nunca me llamó la atención. Si en la televisión aparecía una escena subida de tono, cambiaba de canal. Si mis amigas hablaban de chicos, me inventaba cualquier excusa para marcharme. La rara, me decían. Y tenían razón, aunque por motivos que nunca le conté a nadie.

A los treinta años dejé el pueblo y me mudé a la capital a trabajar pintando uñas en un pequeño salón, de nueve de la mañana a media tarde. No daba para mucho, apenas para una habitación en un piso compartido a veinte minutos del local.

El departamento pertenecía a una señora de muy mal carácter que, por fortuna, casi nunca aparecía. Había tres dormitorios: uno siempre vacío y otro ocupado por Adrián, un chico de mi edad que trabajaba como técnico de radiología en el hospital de enfrente. Sus horarios y los míos encajaban casi a la perfección, así que terminábamos coincidiendo en casa cada tarde.

***

Cocinábamos y comíamos juntos, y poco a poco aquellas comidas se alargaron en sobremesas, después en cenas, más tarde en charlas que se estiraban hasta entrada la noche. Nos fuimos haciendo amigos sin darnos cuenta. Una tarde me contó que se dedicaba a la radiología en obstetricia, que pasaba el día observando ecografías de mujeres embarazadas, y recuerdo la conversación entera porque solté sin pensar:

—Qué casualidad.

—¿Casualidad por qué?

—Perdona, es que… —me ardía la cara solo de empezar.

—No te preocupes. Si no quieres contármelo, estás en tu derecho.

—Es que tengo un problema ahí desde niña —dije al fin—. Una malformación que mantiene la entrada prácticamente cerrada. Duele al mínimo roce. He visto a mil especialistas.

Adrián dejó la taza sobre la mesa y me miró con una seriedad que no esperaba.

—Lo siento mucho. Es algo poco frecuente, y si es total el pronóstico no es sencillo. ¿Te plantearon operar?

—Demasiado riesgo, por cómo están los tejidos. Lo asumí hace años. Por ahí no entra nada, así que descarté el sexo para siempre. —Me reí para no llorar—. Por eso nunca me atreví con ningún chico. ¿Qué le dices a alguien que te gusta si sabes que jamás vas a poder follar con él?

—No deberías limitarte así —respondió con suavidad—. Hay otras formas de disfrutar. Hay bocas, hay manos, hay pieles. Solo hace falta encontrar a la persona adecuada.

La persona adecuada. Me quedé pensando en esa frase mucho más tiempo del que debía.

***

Eran las primeras noches de verano y dormíamos con la ventana abierta y la persiana baja. Las dos habitaciones daban al mismo patio interior. Una noche, al pasar frente a su puerta camino del baño, escuché un sonido contenido que me detuvo en seco. Un jadeo grave, apenas ahogado contra la almohada, y el crujido rítmico del somier. Curiosidad de chica, me dije. Me acerqué a mi ventana, me estiré de puntillas, y por tres rendijas mal cerradas alcancé a verlo.

Adrián estaba en la cama, desnudo, con la pantalla del ordenador encendida sobre una mesa con ruedas. En la pantalla se movían dos cuerpos: una mujer arrodillada tragándose entera la polla de un tío que la sujetaba del pelo, los mofletes hundidos, un hilo de saliva colgándole hasta las tetas. No hacía falta adivinar qué miraba. Por debajo, con un movimiento lento y casi cuidadoso, Adrián se la meneaba, subiendo y bajando el puño por toda la longitud de la verga, apretando la punta al llegar arriba y volviendo a bajar hasta la base con la mano cerrada.

Era enorme. Enorme, gruesa, morada en la punta, brillante de lo mojada que la tenía. Se la trabajaba con una parsimonia obscena, como quien mide cada caricia, y a cada pasada de su puño el vientre se le tensaba y se le escapaba un gemido ronco que él intentaba tragar. Se escupió en la palma y volvió a envolverla, ahora más rápido, y el chasquido húmedo de la mano sobre la carne empapada me llegó nítido a través de la rendija.

Me puse roja, me ardía toda la cara, y entonces sentí por primera vez en mi vida eso que tantas veces me habían descrito y yo no entendía: excitación. Una corriente que me bajaba por el vientre, se me clavaba entre las piernas y me dejaba sin aire. Los pezones se me pusieron duros de golpe, tanto que me dolían contra la tela del camisón. Sin pensarlo llevé la mano entre mis piernas, por encima de las bragas, y me encontré empapada, como si me hubiera meado encima. Nunca me había pasado. Nunca.

Metí los dedos por debajo del elástico y empecé a frotarme por fuera, en círculos, muy suave, porque cualquier presión mayor me habría hecho gritar de dolor. Sabía que no llegaría a sentir lo que las demás llamaban un orgasmo, mi cuerpo nunca me lo había permitido, pero esa noche me dio igual. Miraba a Adrián acariciándose esa polla enorme y una vibración cálida y sorda me subía desde el ombligo hasta la garganta. Al otro lado del patio él aceleró, se separó la mano del cuerpo, escupió otra vez, y volvió a agarrársela desde la base, apretando fuerte, como si quisiera exprimirla. Los cojones se le tensaban contra la mano. La punta le brillaba más y más.

Por primera vez disfrutaba de mí misma, a mi manera, temblando contra el marco de la ventana, mordiéndome el labio para no soltar ni un sonido. Me imaginé arrodillada delante de él, con esa verga en la cara, y algo dentro se me contrajo en un latido profundo, casi doloroso.

Media hora después vi cómo se corría: se le arqueó la espalda, echó la cabeza hacia atrás, y unos chorros gruesos y blancos le saltaron sobre el vientre y el pecho, uno tras otro, cuatro, cinco, hasta manchárselo entero. Un gemido largo y grave se le escapó antes de desplomarse. Se quedó un rato tocándose la punta con dos dedos, apurando las últimas gotas, embadurnándose. Después apagó la luz. Yo no pegué ojo. Tenía las bragas empapadas y una imagen grabada a fuego en la cabeza que ya no me iba a soltar.

***

A la mañana siguiente madrugué a propósito para coincidir con él, y al verlo salir del baño con una toalla en la cintura confirmé que aquella imagen no iba a abandonarme. Se me fue la mirada al bulto que se marcaba bajo la felpa, y tuve que darle la espalda para que no me viera roja. Le preparé el café y, casi sin querer, empecé a buscar excusas para estar cerca.

Los días siguientes se volvieron una rutina extraña y dulce. Una tarde volvió del trabajo discutiendo por teléfono, fuera de sí. Cuando colgó le pregunté qué pasaba y se derrumbó en el sillón.

—Mi ex —dijo—. Quería hablar y terminamos peor. Me engañó con varios tíos. Me dejó por una razón muy concreta, ¿sabes? Decía que yo no le bastaba. Que prefería… otra cosa. Pollas más gordas, decía. Se cansó de la mía.

—No tienes que contármelo si te duele.

—Es absurdo. —Se pasó la mano por el pelo—. Vivimos obsesionados con las medidas, con compararnos. Y al final lo único que importaba para ella era eso, los centímetros. Me hizo sentir poca cosa durante meses.

Lo miré y vi, por primera vez, que él también cargaba con su propia idea de no ser suficiente. Yo, que lo había visto la noche anterior con esa polla que a mí me había parecido descomunal, no podía creer lo que estaba escuchando. Algo se acomodó dentro de mí esa noche. No éramos tan distintos.

***

Una semana más tarde, cenando, salió el tema de mi pecho. Yo bromeé sobre lo plana que era, sobre los estrógenos que nunca terminaron de desarrollarme, y él, en lugar de incomodarse, se entusiasmó como un científico.

—Hay una línea de estudios curiosa —dijo—. Llevan años con ensayos sobre estimulación hormonal natural. Ciertas hormonas que favorecen el desarrollo del pecho se concentran de forma natural en el semen y se absorben por las paredes del estómago.

—¿Me estás diciendo que… tragar corridas me haría más tetas? —Solté una carcajada incrédula.

—Solo se ha medido en parejas, claro. En mujeres embarazadas que tomaban el semen de su pareja oralmente. Las que se tragaban la lefa con regularidad ganaban una talla, y la conservaban después. Al menos en la mayoría de los casos. —Se encogió de hombros, divertido—. La ciencia tiene cosas raras.

—Pues qué pena no tener un donante a mano —dije, y lo miré fijo, más atrevida de lo que jamás había sido—. Aunque, descartado el resto, sería perfecto para alguien como yo. Solo mamar y tragar, sin complicaciones.

Hubo un silencio espeso. Él tragó saliva. Vi cómo se le movía la nuez.

—Empiezo a mirarte con otros ojos —murmuró.

—Me encanta —contesté, y el corazón me golpeaba como un tambor.

***

Tardé días en reunir el valor, pero una noche se lo dije de frente: que me gustaba, que con él había sentido por primera vez lo que era el deseo, que por qué no intentarlo. Adrián bajó la mirada.

—Hay algo que me cuesta admitir —dijo al fin—. Yo también tengo lo mío. Una cuestión genética: produzco demasiado semen. Necesito descargar casi a diario. Si pasan dos o tres días sin correrme, el dolor en los cojones es insoportable, terminó vomitando de lo mucho que me molesta. Por eso mis relaciones siempre fracasan. Al principio todo va bien, pero después tengo que hacerme pajas cuando la otra persona no quiere follar, y prefiero estar solo antes que sentirme un estorbo.

Me acerqué y le tomé la cara entre las manos.

—Entonces somos el uno para el otro —dije—. Tú me das lo que necesito y yo te doy lo que necesitas. Yo tengo una boca, una lengua y dos manos, y las voy a poner a tu servicio siempre que te haga falta. Te prometo que nunca te dejaría con esos huevos hinchados. Y nunca, jamás, te engañaría.

—¿Estás segura de que no te vas a aburrir? Solo de una manera…

—Voy a aprender a mamártela mejor que nadie. Te lo juro.

Entonces me besó. Me besó como una tormenta, mi primer beso a los treinta años, la lengua entrándome hasta el fondo de la boca, y se me doblaron las rodillas. Tuve que sujetarme a sus hombros para no caer.

***

No tardamos en llegar a la cama. Nos seguimos besando mientras nos desnudábamos con torpeza, y por fin lo vi entero, desnudo, la polla dura señalándome, mucho más grande y gruesa vista de cerca que a través de la rendija. A mí me pareció enorme, aunque él insistía en que no. La tenía tan tensa que se le curvaba un poco hacia arriba, con las venas hinchadas recorriéndola, la punta morada, y una gota transparente le colgaba del glande. Los cojones, cargados, le pesaban entre las piernas.

Antes de continuar me pidió permiso para mirarme «como técnico», y me abrió las piernas con una ternura infinita. Me observó de cerca, sin morbo, con esa mirada profesional que tantas veces habría puesto ante una paciente.

—Es total —confirmó en voz baja, casi para sí mismo—. Ahí no entra ni la punta de un dedo. Pero déjame probar algo.

Bajó repartiendo besos por mi vientre, por la ingle, y cuando su lengua me rozó el coño di un respingo. No era placer: eran cosquillas insoportables, incomodísimas, como si me estuvieran arañando por dentro. Mi cuerpo se cerraba, como siempre. Lo intentó con una paciencia conmovedora, la punta de la lengua deslizándose muy suave por los labios, buscando un ángulo que no me hiciera saltar, pero fue imposible. Al final subió, me dio un beso en la frente y sonrió.

—Tranquila. Ya inventaremos lo nuestro.

Volví a besarlo y noté cómo se le ponía dura otra vez contra mi muslo, caliente, palpitante, mojándome la piel con esa gota que le rezumaba de la punta. Y supe lo que quería hacer.

—Guíame —le pedí—. Nunca he hecho esto.

—La única regla es que disfrutes. Tanto como yo, si puede ser.

Me deslicé por su cuerpo despacio, besándole el pecho, el vientre, hasta quedar arrodillada entre sus piernas abiertas. La tenía delante de la cara, apuntándome, latiéndole con el pulso. La agarré desde la base con la mano y la sentí ardiente, mucho más caliente de lo que imaginaba, tan dura que parecía de piedra forrada de seda. Me la acerqué a la boca, saqué la lengua y lamí la gota que le brillaba en la punta. Sabía a metal, a sal, a algo vivo. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

Entonces abrí la boca y me la metí. Los labios se me estiraron alrededor del glande, la lengua se me pegó a la parte de abajo, y esa sensación de algo tan tibio y tenso llenándome la boca me desarmó por completo. Empecé como pude, un desastre, lo sé hoy, ahogándome, mordiéndolo sin querer, sin ritmo, pero él me iba diciendo con voz ronca:

—Así… más despacio, cuidado con los dientes, tápalos con los labios. Eso es. Sostenla con la mano y muévela al mismo tiempo. Cuando bajes con la boca, sube con el puño. Como si fuera un solo movimiento. Muy bien, así, joder, así.

Le hice caso. Cerré los labios apretados contra el tronco, empecé a subir y bajar la cabeza mientras la mano hacía lo mismo desde la base, y al poco encontramos un ritmo. La saliva empezó a caerme por la barbilla, me chorreaba por la mano, y a él se le escapaban unos jadeos profundos que me erizaban la piel entera. Le lamí la punta, le pasé la lengua por debajo, siguiendo esa venita gruesa que le recorría todo el largo, y él soltó un gemido tan grave que lo sentí vibrar en mi propia boca.

Pensé en todas las veces que mis amigas habían hablado de esto, en las imágenes que yo evitaba, y no podía creer que me diera semejante placer. Me temblaban las piernas de estar arrodillada. Los pezones se me habían puesto tan duros que me dolían. Y entonces empecé a sentir unas punzadas profundas, muy adentro, en una zona que nunca había despertado, como si algo dentro de mí latiera al mismo ritmo al que yo se la chupaba a él.

—Eso son micro-orgasmos —me explicó después, acariciándome el pelo—. El placer que sientes en la boca viaja por la columna y se descarga ahí dentro. Para una chica como tú, es lo más parecido a correrte.

Nunca había besado a nadie y ya estaba teniendo el sustituto biológico de un orgasmo con una polla en la boca. Fue increíble. No quería que aquello terminara jamás. Sentía el sabor de su piel, su ardor en mi boca y el mío propio quemándome entera. Con la mano libre le acaricié los cojones cargados, se los sostuve, los rodé despacio en la palma, y él arqueó las caderas empujándose más adentro.

—¿Te gusta? —me preguntó, jadeando—. ¿Te gusta comerme la polla?

—Como nunca en mi vida —contesté sin sacármela del todo, hablándole contra la punta, salpicándolo de saliva—. Quiero más. Quiero toda tu leche.

—Joder… —Se le escapó una carcajada ahogada—. Entonces voy a explicarte lo importante. Cuando empieces a aspirar con fuerza, no pares, mantén el ritmo hasta que te avise. En cuanto note que me corro, baja la velocidad, sostén la punta dentro y sigue chupando, muy suave, sin apartarte. Trágalo todo. Odio a las que se apartan cuando salpica. Eso no es deseo, es gimnasia.

—No sé si voy a acordarme de todo —dije, mareada de excitación.

—Solo no te atragantes —sonrió, y me puso la mano en la nuca.

Volví a metérmela hasta el fondo, tanto que llegué a notar la punta topándome contra la garganta. Aspiré fuerte, con los mofletes hundidos, y empecé a bombear con la boca y con el puño al mismo tiempo, rápido, sin parar. Adrián se retorcía en la cama, con las manos enredadas en mi pelo, guiándome el ritmo con las caderas. Los cojones se le contrajeron contra la palma de mi mano. La polla se le hinchó todavía más, si eso era posible, y una vena gruesa le empezó a latir contra mi lengua.

—Ya… ya voy, no pares, no pares, joder…

Y se corrió. Se corrió dentro de mi boca con una descarga potente, un chorro caliente que me llenó de golpe, y luego otro, y otro más. Me llenó entera, me desbordó, me retiré un poco por el susto, un chorro me salpicó los labios y la barbilla, no hice nada de lo que me había indicado, fue un completo desastre. Tragué a duras penas, tosiendo, con la lefa colgándome por las comisuras y goteándome sobre las tetas planas. Él se derramaba todavía, en espasmos, la punta latiéndome contra los labios.

Pero los dos nos reímos después, abrazados, sudados, felices, con las sábanas manchadas y mi cara pringosa. Era mi primera vez y todo se aprende.

El sabor no se parecía a nada. Espeso, salado, con un fondo amargo que se me quedaba pegado en el paladar. Al principio me costó, tanto por el gusto como por la textura viscosa que se me deslizaba por la garganta, pero con los días descubrí que me encantaba, igual que la primera cerveza amarga o el primer trago de algo fuerte que al final acaba gustándote.

***

Con el paso de las semanas aprendí a hacerle el amor disfrutando los dos al máximo. Aprendí a tragármela entera sin ahogarme, a jugar con la lengua en el frenillo hasta hacerlo temblar, a chuparle los cojones uno por uno mientras se la meneaba yo misma, a lamerle esa cordita fina que le corre por debajo hasta el culo y que él ni sabía que le enloquecía. Aprendí a distinguir por los latidos de la polla cuánto le faltaba para correrse, a frenar justo antes para alargárselo, a hundírmela hasta la garganta cuando notaba que ya no aguantaba más, y a tragarme cada gota sin perder una.

Conseguí que esas punzadas dentro de mí se volvieran cada vez más intensas, olas profundas que me sacudían el vientre entero cada vez que él se corría en mi boca, una locura de placer que jamás creí que mi cuerpo pudiera darme. Algunas noches me hacía chupársela con las tetas al aire, y cuando terminaba se corría encima de ellas, embadurnándomelas, y después yo misma recogía la lefa con los dedos y me la llevaba a la boca mientras él me miraba. Él dejó de intentar lamerme, porque a mí no me iba, y se entregó por completo a nuestra manera, la nuestra, la que inventamos juntos.

Llevamos ya cuatro meses y estoy loca de contenta. Por fin disfruto del sexo y hago disfrutar a mi chico como nunca lo habían hecho. A veces pienso en aquella adolescente flaquísima encerrada en su habitación, convencida de que el deseo no era para ella, y me dan ganas de abrazarla y decirle que se equivocaba. Que la persona adecuada existe. Que a veces vive en la habitación de al lado y solo hace falta mirar por la rendija.

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Comentarios(8)

Luciana_BsAs

Wow, que relato!! me dejó sin palabras la verdad

ElLector_97

Muy bien narrado, se siente autentico. Esos despertar tardios son los mas intensos de leer

PatriNoche

Ay, me recordó algo que me pasó hace años con un compañero de cuarto. Esas situaciones te cambian para siempre jaja

RomeLect

¿Y despues que paso?? por favor seguí con esto!!

SofiRosa_x

Increible!! se hizo cortisimo, quería que siguiera

ClaudioMZA

Tiene una tension que te atrapa desde el primer parrafo. Espero la continuacion, muy buen trabajo

ViviLectora

Me encanto como lo contaste, sin ser burdo pero igual de intenso. Sigue asi!

anita_lee

la parte de la rendija me mató jaja, tremendo momento

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