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Relatos Ardientes

Cuando mi mujer besó a la vecina dejé de fingir

Llevábamos meses rondando esto sin atrevernos a nombrarlo. Cenas que se alargaban, miradas que duraban un segundo de más, manos que se rozaban al pasar una fuente. Rubén y Lucía vivían en el piso de arriba; Nadia y yo, justo debajo. Esa noche, después del segundo café y la tercera botella, algo en el aire dejó claro que ya no íbamos a seguir disimulando.

Seguí a Rubén a la cocina con la excusa de echarle una mano con el café. El espacio era estrecho, cálido, todavía cargado con el olor de la cena. Por la ventana interior que comunicaba con el salón se veía a nuestras mujeres en el sofá, hablando en voz baja, sentadas demasiado cerca la una de la otra.

Rubén llenó la cafetera con movimientos lentos, como si necesitara las manos ocupadas para decir lo que llevaba toda la noche tragándose.

—Nunca pensé que llegaríamos a esto —murmuró sin mirarme.

—¿A qué? —pregunté, apoyándome en la encimera.

—A esto. Los cuatro, en una misma casa, sin escondernos. —Señaló con la barbilla hacia el salón—. Sin fingir que no sabemos lo que pasa cuando se apaga la luz.

Encendió el fuego. Sus dedos temblaban un poco.

—Durante años fui un imbécil con Lucía —dijo—. La ignoraba. La hacía sentir invisible. Y un día ella dejó de pedir permiso para desearme. Tomó el control. Y descubrí que era justo lo que me faltaba.

Yo conocía bien esa sensación. No dije nada. Lo dejé hablar.

—Ahora, en casa, puedo ser quien soy —siguió—. Me gusta que mande. Me gusta cuando me usa. Nunca me había atrevido a admitirlo en voz alta hasta este año.

La cafetera empezó a borbotear. Rubén miró hacia el salón y se quedó muy quieto.

—Joder —susurró.

Miré yo también. Nadia, mi mujer, tenía a Lucía recostada contra el respaldo del sofá y la besaba despacio, con una mano hundida en el escote del vestido. Lucía gemía contra su boca, con los ojos cerrados y las mejillas encendidas.

Sentí cómo me endurecía al instante. Miré de reojo a Rubén: el bulto de su pantalón ya marcaba la tela. Ninguno de los dos hizo el gesto de apartar la vista.

Entonces Rubén movió la mano sin pensar, como un acto reflejo, y la apoyó sobre mi entrepierna. Me quedé inmóvil. No dije nada. Dejé que sintiera lo dura que la tenía bajo la tela vaquera. Mi propia mano encontró su cintura y lo atraje un paso hacia mí.

Nos acercamos juntos a la ventana, sin soltarnos, buscando mejor ángulo. En el salón, Nadia había subido el vestido de Lucía hasta la cintura y le había liberado los pechos.

—Míralas —jadeó Rubén con la voz ronca.

Nadia le lamía un pezón mientras le metía la mano entre los muslos. Lucía arqueaba la espalda y se mordía el dorso de la mano para no gritar. La mano de Rubén me apretó más fuerte, involuntaria, marcando el ritmo de lo que veíamos.

Me coloqué detrás de él. Lo empujé con suavidad contra el borde de la encimera y dejé que sintiera mi erección contra su culo. Rubén empujó hacia atrás, restregándose por encima de la ropa, buscando fricción y encontrándola.

La tela pronto no fue suficiente. Mis manos fueron a su cinturón. Lo desabroché despacio. Él se aferró al marco de la ventana sin dejar de mirar al salón. Le bajé la cremallera, después el pantalón, después la ropa interior. Su culo quedó al descubierto, pálido contra el oscuro del pantalón caído a media pierna.

—Nos van a ver —murmuró.

—Ya nos ven —respondí.

En el salón, Nadia levantó la vista hacia la cocina, sonrió sin prisa y volvió a bajar la cabeza entre los muslos de Lucía. Lucía gritó y la idea de que sabían lo que hacíamos me prendió por dentro.

Me llevé los dedos a la boca y lo preparé despacio. Uno. Después dos. Rubén empujaba contra mi mano, gimiendo bajo, pidiendo más sin palabras. Cuando lo noté listo me bajé el pantalón lo justo y guié la punta hasta su entrada.

Entré centímetro a centímetro, dándole tiempo a sentir cada milímetro. Estaba caliente, apretado. Solté el aire despacio cuando estuve del todo dentro. Rubén tenía la boca abierta contra el cristal, gimiendo en silencio, con la cara perfectamente visible para las dos mujeres del salón.

Empecé a moverme. Embestidas lentas primero, luego más hondas, sujetándolo por la cadera. Lo follaba contra la ventana, justo donde su mujer podía vernos, y esa idea me encendía más que ninguna otra cosa.

Rubén apretaba la frente contra el cristal con cada empuje. Yo seguía el espectáculo del salón por encima de su hombro: Nadia con la cara hundida entre las piernas de Lucía, los muslos de Lucía cerrándose alrededor de su cabeza, las dos brillando de sudor bajo la luz tibia de la lámpara. Aceleré sin darme cuenta, llevado por lo que veía, y Rubén ahogó un gemido contra el vidrio empañado por su propio aliento.

***

—Eh, vosotros dos. —La voz de Nadia llegó clara desde el salón—. No tan rápido. Venid aquí.

Me detuve a regañadientes. Salí despacio de Rubén, que gimió por la pérdida. Nos subimos los pantalones a medias, despeinados, sudando, y cruzamos al salón.

Lucía estaba recostada en el sofá, el vestido arrugado en la cintura, los pechos fuera, las piernas abiertas. Nadia, arrodillada entre ellas, se giró hacia nosotros con los labios brillantes y una calma que no admitía discusión.

—Rubén —dijo—, ven. Termina tú lo que yo empecé.

Rubén la miró un segundo, procesando, y obedeció. Se arrodilló en el sitio que ella le dejó, entre las piernas de su propia mujer, y bajó la boca. Lucía hundió los dedos en su pelo y gimió su nombre.

Nadia se incorporó y vino hacia mí. Me besó hondo, con el sabor de Lucía todavía en la lengua.

—Tú no has terminado —me dijo al oído—. Ponte detrás de él.

Me coloqué detrás de Rubén, que comía a Lucía de rodillas, con el culo otra vez expuesto. Volví a entrar en él. Cada embestida mía lo empujaba contra el sexo de Lucía, y los tres gemíamos a la vez, enganchados en la misma cadena de movimiento.

Nadia se sentó en el brazo del sofá a mirarnos, con una mano entre sus propias piernas. Le gustaba dirigir tanto como participar.

—Así —ordenaba en voz baja—. Más despacio. Que lo sienta todo.

Obedecíamos los tres. Lucía levantaba las caderas contra la boca de su marido. Rubén gemía contra ella cada vez que yo lo penetraba. Yo marcaba el ritmo que Nadia dictaba desde el borde del sofá.

De pronto Lucía se incorporó. Apartó a Rubén con una mano firme en su pelo, sin tirar, solo con autoridad.

—Cariño —le dijo—, túmbate en el suelo. Boca arriba.

Salí de Rubén. Él obedeció a su mujer sin rechistar y se tendió en la alfombra, con la polla apuntando al techo y la cara todavía brillante de ella.

Lucía se colocó encima, a horcajadas, el sexo justo sobre su boca.

—Come —ordenó.

Rubén alzó la cabeza y empezó a lamerla. Lucía gimió, se apoyó en sus manos y arqueó la espalda. Después me buscó con la mirada.

—Y tú —me dijo—. Fóllame.

No era una súplica. Era una orden, suave pero clara. Me arrodillé detrás de ella, guié la punta y empujé. Lucía gritó cuando la llené, mientras su marido seguía lamiéndole el clítoris desde abajo, las dos cosas a la vez.

Empecé a moverme con embestidas largas y profundas. Lucía se sostenía sobre Rubén, mirándolo, viéndolo mamar, sintiendo a veces la punta de mi polla cuando salía de ella.

Nadia ya no pudo quedarse mirando. Se acercó, se colocó a horcajadas sobre la polla libre de Rubén, de espaldas a él y de cara a Lucía, y se empaló despacio. Gimió largo cuando lo tuvo entero dentro.

Las dos mujeres quedaron frente a frente, moviéndose, una cabalgando, la otra siendo follada, los cuatro enganchados en la misma escena. Nadia se inclinó y besó a Lucía, hondo, húmedo, sin dejar de mecerse sobre su marido.

Yo no apartaba la vista de ese beso mientras seguía empujando dentro de Lucía. Las manos de las dos se buscaban y se entrelazaban en el aire, los pechos rozándose con cada vaivén, los gemidos confundiéndose en una sola respiración. Nunca había visto nada tan hermoso ni tan obsceno a la vez, y supe en ese momento que ninguno de los cuatro querría volver a la vida de antes.

Las embestidas se aceleraron. Lucía fue la primera. Se corrió con un grito ahogado, temblando sobre la boca de su marido. La sentí apretarse alrededor de mí y tuve que frenar para no acabar con ella.

Nadia la siguió, cabalgando a Rubén hasta el final, agarrada a los hombros de Lucía. Y él, atrapado entre las dos, se tensó y se vació dentro de mi mujer con un gemido largo contra el sexo de la suya.

Yo aguanté un poco más, hasta que Lucía giró la cabeza para mirarme por encima del hombro y me lo pidió solo con los ojos. Me hundí hasta el fondo y me dejé ir, sujetándola por las caderas, temblando.

***

Nos desplomamos los cuatro sobre la alfombra del salón, sudados, sin aliento, riéndonos por lo bajo de pura descarga.

—¿Y por qué tardamos tanto en hacer esto? —dijo Lucía, todavía jadeando, mirando a su marido con una sonrisa pícara.

Rubén se rio.

—Buena pregunta.

Nos vestimos a medias. Preparamos otra cafetera, esta vez sin que nadie acabara contra la encimera. Nos sentamos en los sofás, medio desnudos, relajados, hablando de cualquier cosa, como los vecinos de toda la vida que éramos y, a la vez, como algo que todavía no tenía nombre.

—La próxima cocinamos nosotros y subís vosotros —dijo Lucía en la puerta cuando nos íbamos.

—Trato hecho —respondí.

Nadia y yo bajamos a nuestro piso despacio, cansados y contentos. Nos metimos en la cama y nos abrazamos sin hablar, solo estando.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Mejor que bien —murmuró contra mi pecho—. Esto es justo lo que quería.

La besé en la frente y nos quedamos así, enredados, en ese mundo nuevo que habíamos construido entre los cuatro, sin fingir y sin esconder nada. Por primera vez en mucho tiempo, todo encajaba.

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Comentarios (6)

TangoCaliente

increible, de lo mejor que lei en mucho tiempo!!!

ElenaK_Baires

Por favor tiene que haber una segunda parte, esa tension entre los cuatro es demasiado buena para quedarse ahi. Me quede con ganas de mas.

Soleado_K

Me encanto como construiste la escena, sin apuro. Se siente real, no forzado. Sigue escribiendo asi.

FernandoLP

La cafetera como excusa... ahi esta todo dicho jajaja. Tremendo detalle.

CarlaV_Cordoba

Que buena narracion, se me hizo corto. Quiero saber que paso despues!

NachoDRiver

Excelente! Suave, bien escrito y con mucha carga sin necesidad de ser explicito. Enhorabuena, espero mas relatos tuyos.

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