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Relatos Ardientes

Esa noche me entregué sola a mis fantasías

Voy a contar esto en primera persona porque quiero que me conozcan un poco, sin filtros. Me llamo Mariela y, si tuviera que confesar algo, diría que he probado casi de todo. Hombres, mujeres, encuentros que prefiero no detallar. Pero hay una cosa que me gusta más que cualquier otra y que practico desde muy joven: darme placer a mí misma, despacio, sin testigos, sin tener que rendirle cuentas a nadie.

Esa noche en particular no tenía ganas de quedar con nadie. Había sido una semana larga, de esas que te dejan el cuerpo cansado pero la cabeza inquieta. Llegué a casa con un cosquilleo raro instalado entre las piernas, una urgencia que no se parecía al hambre ni al sueño. La conocía bien. Sabía exactamente qué necesitaba.

Mi teléfono vibró un par de veces sobre la mesa. Un par de mensajes de gente que, en otra noche, me habría tentado a salir. Los miré de reojo y los dejé sin responder. No quería conversación ni copas ni la incomodidad de descifrar a un desconocido. Quería algo más simple y más egoísta, y por una vez no sentí ni una gota de culpa por buscarlo.

Cené temprano y liviano, un plato de fruta y un poco de queso, porque no quería sentirme pesada después. Lavé los dos platos que ensucié y apagué las luces del comedor. La casa quedó en penumbra, y yo en silencio, escuchando solo el zumbido lejano del refrigerador.

Entré al dormitorio y empecé el ritual. Encendí tres velas aromáticas sobre la cómoda, esas de vainilla que dejan el aire dulce y espeso. Puse música ambiental, algo lento, con bajos que se sentían más que se oían. Después abrí el cajón donde guardo mi ropa interior buena, la que reservo para mí y no para que la vea nadie más.

Elegí un conjunto de encaje negro. Corpiño con relleno fino y una tanga a juego que se ajustaba justo donde quería que apretara. Me lo puse despacio, mirándome de reojo en el espejo de cuerpo entero que tengo frente a la cama. Hoy soy para mí, pensé, y la idea sola ya me encendió un poco.

***

Me acosté de espaldas sobre el edredón, sin meterme entre las sábanas. Busqué el teléfono y puse uno de esos videos que últimamente me ponen más que ningún otro: dos mujeres, sin apuro, tomándose su tiempo. No me interesaba la urgencia. Me interesaba el detalle, la manera en que una le recorría la espalda a la otra con la punta de los dedos.

Subí el volumen apenas un poco y dejé que la escena me llevara. No me imaginaba dentro del video. Me imaginaba a mí, sola, recibiendo esa misma calma, esa misma atención sin apuro. Hay algo en saber que tengo toda la noche por delante y a nadie a quien complacer que me relaja y me prende al mismo tiempo.

Para cuando dejé el teléfono a un lado, ya estaba estimulada. Empecé por las tetas, por encima del encaje, sin tocar la piel todavía. Dibujaba círculos lentos alrededor de los pezones, sintiendo cómo se endurecían contra la tela. Veía en mi propia respiración que la cosa iba en serio. El aire me entraba más hondo, más despacio.

Bajé la mano y la metí por debajo del corpiño. El contraste fue inmediato: la palma tibia contra la piel, el pezón ya duro pidiendo atención. Lo pellizqué entre dos dedos, suave primero, después un poco más fuerte. Me mojé las yemas con saliva y volví a pasarlas por encima, y esa humedad fría me arrancó un suspiro que no esperaba.

Mi cuerpo empezó a pedir más de lo que le daba. Saqué un pecho del corpiño y luego el otro, porque tenerlos a medias me molestaba. Me los amasaba con las manos abiertas, los apretaba, los soltaba. Pasaba solo las yemas por la parte de abajo, donde la piel es más fina y todo se siente al doble. De vez en cuando se me escapaba un gemido, bajo, casi un ronroneo, y me gustaba escucharme.

Tengo el espejo justo enfrente, así que me incorporé un poco para verme. Me apoyé sobre los codos y miré a la mujer que me devolvía la mirada: el pelo revuelto, las mejillas encendidas, los pechos al aire y el encaje negro recortándome las caderas. Así es como me gusta estar, pensé. Verme me excitaba más que cualquier video.

Una de mis manos bajó sola, sin que yo le diera la orden. Pasó por el vientre, se entretuvo un segundo en el borde de la tanga y siguió hasta donde ya estaba todo mojado. Me toqué por encima del encaje primero, sintiendo el calor que atravesaba la tela. Después aparté la tanga a un lado y me encontré con mi propia humedad.

Empecé despacio, en círculos, justo sobre el clítoris. La otra mano seguía ocupada en mis pechos, alternando entre uno y otro. Era una sensación doble que me iba subiendo en oleadas: cada vez que apretaba un pezón, los dedos de abajo respondían solos, más rápidos. Me mordí el labio para no acelerar demasiado. Quería que durara.

***

Cuando sentí que estaba al borde y todavía no quería llegar, estiré el brazo hacia la mesa de luz. Ahí guardo mi vibrador, el de siempre, el que conoce mi cuerpo mejor que cualquier amante que haya tenido. Lo saqué con dedos algo torpes por las ganas y me lo llevé primero a la boca.

Lo chupé despacio, mirándome en el espejo, jugando a que era otra cosa, a que había alguien más en la habitación a quien complacer. Lo deslicé por mi cuello, entre los pechos, dejando un rastro húmedo por todo el torso. Mi piel estaba caliente, casi febril, y el contacto del juguete tibio por mi saliva me erizaba todo a su paso.

Lo bajé por el vientre y lo encendí. La primera vibración contra el clítoris me hizo arquear la espalda de golpe. Lo sostuve ahí un rato largo, moviéndolo en círculos pequeños, ajustando la presión con la mano. Gemía sin contenerme ya, porque no había nadie que me oyera y porque escucharme era parte del placer.

Lo paseé por toda la zona, sin prisa, dejando que la anticipación hiciera su trabajo. Después lo fui empujando despacio dentro de mí. Entró fácil, mojado como estaba todo. Al principio lo movía con la mano, sintiendo cada vibración multiplicarse en lo profundo. Me toqué el clítoris al mismo tiempo y el mundo se redujo a esos dos puntos.

No me alcanzaba con estar quieta. Me incorporé del todo, doblé las rodillas y me monté sobre el juguete, marcando yo el ritmo. Subía y bajaba a mi antojo, primero lento y después al galope, mientras con la otra mano me apretaba las tetas que seguían duras como dos piedras. En el espejo me veía moverme y esa imagen me empujaba todavía más.

El primer orgasmo me llegó así, montada sobre mi propia mano, mirándome. Fue largo, de esos que empiezan en un punto y se reparten por todo el cuerpo hasta las puntas de los dedos. Solté un gemido ronco y me quedé temblando unos segundos, pero no me detuve. Todavía hay más, me dije.

Aflojé el ritmo apenas lo justo para recuperar el aire y volví a empezar. El segundo vino más rápido, más concentrado, casi rabioso. Me tocaba enfurecida, sin la delicadeza del principio, buscando el placer con una urgencia que ya no podía frenar. Apreté los muslos alrededor de la mano y dejé que me sacudiera entera.

Para el tercero ya no medía nada. Era puro instinto, el cuerpo funcionando solo, las caderas moviéndose por su cuenta. Cuando llegó, me dejó sin fuerzas de verdad. Me caí de espaldas sobre el edredón, jadeando, con el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido kilómetros.

***

Me quité el vibrador con cuidado y lo dejé a un lado. Tenía el cuerpo cansado, satisfecho, esa pesadez deliciosa que solo llega cuando una se entrega del todo. Lo pasé una última vez por la piel, ya apagado, casi como una caricia de despedida, y lo dejé sobre la mesa de luz.

Las velas seguían encendidas, proyectando sombras suaves en el techo. La música todavía sonaba, baja, como un fondo que ya casi no escuchaba. Me quedé un rato así, desnuda a medias entre el encaje desordenado, mirando el techo y sonriendo sin motivo aparente.

Pensé en lo fácil que es buscar fuera lo que muchas veces tenemos dentro. En cómo a veces la mejor compañía es la propia, sin pedirle permiso a nadie, sin esperar que adivinen lo que una necesita. Esa noche no había tenido que explicarle a nadie qué me gustaba ni cómo. Lo sabía yo, y con eso bastaba.

No es que reniegue de los demás. Me gustan las manos ajenas, las bocas, el peso de otro cuerpo sobre el mío. Pero hay una libertad en estar sola que ningún amante me da: la de ir a mi ritmo, parar cuando quiero, repetir lo que me funciona sin tener que pensar en nadie más. Esa noche me la regalé entera, y la disfruté hasta la última gota.

Estiré el brazo y soplé las velas una por una. El olor a vainilla se mezcló con el de mi propia piel, y la habitación quedó a oscuras. Me acomodé por fin entre las sábanas, todavía con el encaje puesto porque me daba pereza quitármelo, y cerré los ojos.

Me dormí casi al instante, con esa calma rara y completa que solo conozco después de una noche entregada a mí misma. Y mientras me ganaba el sueño, lo último que pensé fue que no tardaría demasiado en volver a repetirlo.

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Comentarios (5)

Nati_puntana

excelente!!! me encanto cada detalle

LectorNocte

hermoso relato, se nota que lo escribiste desde adentro. Espero que haya mas!

LauraV_cba

jajaja me recordo a noches que yo tambien pase sola... muy bien contado, sin rodeos

Mati_cba

uff que relato. No esperaba que fuera tan intenso, me tuvo pegado de principio a fin

GabiLectora

increible como lograste transmitir esa sensacion tan intima. Felicitaciones, sigue escribiendo!

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