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Relatos Ardientes

Lo que pasó cuando le tomé esas fotos a mi mujer

Soy Mateo, tengo treinta y ocho años, cuerpo macizo de quien hace tiempo dejó el gimnasio pero todavía aguanta, piel oscura y barba cerrada. Cuento esto porque hace falta el contexto: necesito que entiendan a quién le pasaron las cosas que voy a contar.

Mi mujer se llama Lorena. Es morena, mide un metro sesenta, lleva el pelo largo hasta la mitad de la espalda y se mueve como si no supiera el efecto que provoca. Tiene unas piernas torneadas de tanto correr y un culo que sus propias amigas le marcan en cada foto, siempre con bromas. Lorena viste ajustado, casi sin darse cuenta, y cuando le da por la minifalda, cualquier descuido la deja al borde del escándalo. Ella jura que no se da cuenta. Yo creo que sí.

Lo que voy a contar empezó con un viaje a la costa. Un fin de semana largo, sólo nosotros dos, un hotel pequeño en Punta Brava, un pueblo de playa al que íbamos siempre que podíamos escapar de la ciudad. La noche antes de salir, Lorena me mostró tres bikinis nuevos. Los sacaba del cajón con una sonrisa que yo no le había visto antes, como si me estuviera contando un secreto a medias.

—¿Cuál te gusta? —me preguntó.

—El rojo —dije sin dudar.

—Mmm —contestó ella, y guardó los tres sin decir nada más.

Algo me ocultaba. Lo supe entonces y lo confirmé después.

Los primeros días de la playa transcurrieron como cualquier viaje normal. Caminatas por la orilla, almuerzos largos, siestas con la ventana abierta. Yo me moría por ella cada noche, y cada noche me la cogía con la misma necesidad de siempre, sin que pasara nada distinto. Lo distinto vino el último día.

Esa mañana entramos a un club de playa con piscina, bar y sombrillas alquiladas por hora. Cada uno se fue a su vestuario a cambiarse. Yo salí primero y me senté en unos sillones bajos colocados de costado al vestuario de mujeres, así que la vista que tenía era la de las espaldas de las que salían. Hojeaba el teléfono sin prestar atención cuando levanté los ojos.

Y ahí estaba ella.

Lorena salió del vestuario de espaldas a mí, sin haberme visto. Llevaba puesto un bikini que yo no había visto en mi vida: un tanga rosa, con unas costuras a los lados que le hacían trampa al género y lo hundían entre las nalgas. Cada paso suyo era una invitación. Sentí calor en la nuca y, al mismo tiempo, una rabia confusa: ese bikini no me lo había enseñado en casa.

—Eh —le silbé bajo.

Ella giró la cabeza con una sonrisa que conocía y que no conocía. Era la suya, pero con algo más, una pizca de descaro que no le venía del cuerpo sino de saber lo que estaba haciendo.

—Cabrona —le dije al acercarme.

—¿Por qué cabronaaa? —contestó, alargando la última a, y se rió.

La tomé de la mano y caminamos hacia la zona del bar. No la solté en todo el trayecto. Sentía las miradas como si tuvieran peso: las de los hombres sentados en las tumbonas, las del barman que limpiaba copas mirando dos veces, las de un grupo de chicos en la piscina que se codearon entre ellos. Y, en lugar de la furia que esperaba sentir, sentí otra cosa. Algo que se me apretaba en el pecho y se me derramaba hacia abajo, hacia un calor que ya no era confusión.

***

El bar del club tenía columpios de madera colgados del techo en lugar de banquetas. Lorena se sentó en uno y se balanceó suavemente, con los pies apenas tocando la arena. El movimiento le levantaba la cadera y le hundía aún más el bikini entre las nalgas. Sin darme cuenta, saqué el teléfono.

—¿Me vas a tomar fotos? —preguntó, sin mirarme.

—Sí.

No protestó. Al contrario. Cambió la posición, se inclinó hacia adelante, se acomodó el pelo. Se dejaba mirar sin pudor por la pantalla, y cuando levanté los ojos del teléfono noté que dos hombres en la barra habían dejado de hablar para observarla. Ella también lo notó. Lo sé porque, cuando volví a apuntar la cámara, abrió un poco más las piernas en el columpio.

Esto no era mi mujer. O sí, pero era una versión de ella que nunca había visto.

Hicimos algo parecido a una sesión de fotos. Nos cambiamos al área de las piscinas. Allí buscamos un rincón donde la luz daba bonita sobre la cerámica y donde, por casualidad, había más gente. Lorena se apoyó contra el borde de la pileta, se inclinó dándome la espalda y arqueó el cuerpo de una manera que jamás me había mostrado. Le tomé una foto empinada, otra abriéndose un poco las nalgas con una mano, otra mirando por encima del hombro con la lengua entre los dientes. Cuando bajé la cámara estaba duro, y estaba seguro de que la mitad de los hombres del club también.

—¿Mucho? —preguntó.

—Mucho —contesté.

Ella sonrió y se metió al agua.

***

Esa tarde, mientras hacíamos la valija para volver, me pidió que le pasara las fotos al teléfono. Las miramos juntos, sentados en la cama, con las cortinas medio cerradas y el ventilador girando en el techo. Eran fotos atrevidas. Más que atrevidas. Si las hubiera visto en el teléfono de un amigo, habría pensado que era una modelo soft, no la mujer con la que llevaba ocho años durmiendo.

—Mateo —dijo en voz baja—, ¿te molestaría si subo algunas?

Sentí los celos antes que cualquier otra cosa. Un puñetazo seco en el estómago. Pensé en mis amigos de la oficina, en mi primo Federico, en los compañeros del fútbol del jueves. Pensé en todos los hombres que la habían mirado en la playa y que ahora podrían volver a hacerlo, sin la disculpa del bañador. Pensé también en que eso era exactamente lo que ella estaba pidiéndome, y en que ese pedido tenía nombre y forma. Estaba poniendo en mis manos algo que llevaba mucho tiempo callado.

—¿Cuáles ibas a subir? —pregunté.

—Algunas.

—No —dije—. Mostrame cuáles.

Me las mostró. Eran las más explícitas. Las del columpio con el bikini hundido, la del borde de la piscina con las nalgas apenas separadas, la del hombro mordido. No estaba probando el agua. Estaba metiéndose entera.

—Subilas —dije, y puse cara de enojado, y al segundo me reí. Ella se rió conmigo. Yo me reía nervioso. Ella se reía porque sabía perfectamente lo que acababa de conseguir.

Subió las fotos esa misma noche, ya de vuelta en la ciudad, en su perfil de redes. Los likes empezaron a caer enseguida. Vi cómo nombres conocidos aparecían en la lista. Vi cómo un compañero mío del trabajo dejaba un emoji de fuego que después borró. Vi cómo mi mejor amigo, Esteban, le escribió por privado: «Vacaciones tranquilas, ¿eh?». Lorena me leyó el mensaje en voz alta, riéndose, mientras yo me acababa una cerveza en la cocina sin saber qué hacer con las manos.

***

Esa noche, después de la cena, no aguanté más. La empotré contra la mesada de la cocina antes de que terminara de lavar la última copa. Le subí el vestido y le bajé la ropa interior de un tirón. Estaba ya empapada, como si me hubiera estado esperando con la cabeza puesta en otra cosa toda la noche.

—Amor —jadeó—, ¿no te enojaste por las fotos?

—No.

—¿No te dan celos de que otros me vean?

—Sí —le dije al oído, mientras la abría por detrás—. Me dan celos. Pero también me prende. Saber que te miran con ganas me prende como nunca.

Le entré con todo. Ella se aferró al borde de la mesada y arqueó la espalda como si me invitara a llegar más adentro. Cada embestida la levantaba un poco del suelo, y cada vez que volvía a posar los pies, paraba más el culo, abría más las piernas, como si estuviera intentando que entrara entero, no sólo la verga.

—¿Te gustaría que fuera tu putita? —dijo entre dientes.

Frené un segundo. La pregunta llevaba años escondida.

—¿Querés serlo? —contesté.

—Cuando era chica quería bailar en un tubo —dijo. Estaba mirando la pared, no a mí—. Quería tener la confianza para hacerlo. No me gustan los viejos feos. Sólo quería que me miraran. Soy tosca, no soy sexi.

—Hoy en la piscina eras sexi.

—Hoy era otra.

—Hoy eras vos, Lorena. Sólo que no te lo habías permitido.

La penetré más profundo. Ella soltó un quejido largo, ronco, distinto. Era la primera vez que le escuchaba un sonido así.

—¿Te gusta que te miren el culo? —le pregunté.

—Mjjj —respondió, y no necesitó decir más.

—¿Querés que te coja otro?

—No —contestó rápido, casi enojada—. Sólo vos. Yo soy tu putita.

Y abrió más las piernas. Como si la palabra «tuya» la hubiera soltado en lugar de atarla.

Nos vinimos los dos casi al mismo tiempo, con la mesada chirriando contra la pared y el plato del gato cayéndose al piso por el golpe. No me reí. Ella tampoco. Nos quedamos abrazados, ella todavía empinada sobre el mármol, yo apoyado en su espalda, los dos sudando, los dos pensando lo mismo.

***

Más tarde, ya en la cama, con las luces apagadas y el ventilador girando, Lorena me preguntó si era raro lo que sentía.

—¿Qué cosa? —dije.

—Esto. Que me miren. Que vos quieras que me miren. Que yo quiera que vos quieras.

—No es raro.

—¿Seguro?

—Seguro.

Se quedó callada un rato largo. Después dijo, casi en un susurro:

—La próxima vez quiero que me lleves a un lugar donde sepa que me van a mirar. No por casualidad. A propósito.

No le contesté en ese momento. Me hice el dormido. Pero ya estaba pensando en cuál sería ese lugar.

Somos nuevos en esto. La sexualidad abierta no fue nunca un tema para nosotros, ni siquiera una broma en una sobremesa con vino. Y, sin embargo, ahí estábamos los dos, una pareja de ocho años, descubriendo de golpe que llevábamos un cajón con secretos a medias en la mesa de luz. Yo soy el que más quiere avanzar. Ella va más despacio, midiendo cada paso, pero cada paso es más largo que el anterior. La promesa de que esto era apenas el comienzo no me la hizo ella esa noche. Me la hice yo, viéndola dormir bocabajo, con la espalda al descubierto y la sábana enredada en una pierna, pensando que la próxima vez no sería en una playa de casualidad. La próxima vez la planearíamos juntos.

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Comentarios (5)

TruckerFan99

Increible relato!!! de esos que te atrapan desde la primera linea

Nico_Bariloche

Por favor contanos que paso despues, no podes dejar eso colgado asi!!

KikaRosario

Esa mezcla de sensaciones al principio esta tan bien lograda, se siente real. Me encanto como lo narraste.

Horacio_MDQ

buenisimo!!! seguí subiendo relatos

MartaV66

Lo lei de un tiron, no pude parar. Tiene algo especial ese comienzo, te genera intriga enseguida.

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