Estrené mi juguete nuevo con ayuda de mis tenis
Este recuerdo es cortito y, la verdad, no tiene demasiado peso dentro de toda la secuencia de cosas que les iré contando sobre mi vida y sobre cómo me fui volviendo fetichista de los tenis. Pero fue el primero. Y los primeros, ya saben, una nunca los olvida.
Por aquel entonces salía con un chico que era guapo, listo y muy bien dotado. Lo nuestro no funcionó por una tontería: a él le gustaban las mujeres frondosas, de curvas grandes, y yo soy todo lo contrario. Flaquita, chiquita, sin mucho que ofrecer en ese departamento. Aun así, creo que durante el tiempo que duramos los dos nos disfrutamos bastante bien el uno al otro. No le guardo nada.
Durante esa época, Mateo y yo habíamos recorrido un par de sex shops en el centro de la ciudad. Íbamos medio en broma, medio en serio, buscando cosas para jugar. Salimos de ahí con esposas, con un par de atuendos baratos, con chucherías que ni recuerdo. Pero no con un dildo. Ese día no me animé. Y, sin embargo, me quedó clavada la inquietud, esa curiosidad que pica por dentro y no te suelta.
Así que un día, saliendo del trabajo, me puse mis tenis y fui sola a la tienda donde había visto el modelo que me llamaba la atención. La chica que me atendió fue amable, paciente con todas mis preguntas tontas, y en pocos minutos ya había decidido. Pagué, guardé la caja en mi bolsa como si llevara un secreto, y me fui a casa con una urgencia que no sentía hacía tiempo. No podía esperar a probarlo.
***
Ese día, además de andar caliente, extrañaba las manos de Mateo. Extrañaba que me tocaran, que me agarraran con algo de fuerza, que alguien decidiera por mí durante un rato. Pero no lo tenía, y una aprende a arreglárselas. Así que, en lugar de lanzarme a lo bruto, decidí montar una atmósfera. Quería que estrenar el juguete fuera algo, no un trámite rápido antes de dormir.
Me hice un par de coletas. Sé que suena ridículo, pero a mí me ponía, me hacía sentir traviesa. Me puse un vestidito muy corto y ajustado, sin nada debajo, de esos que dejan que te acaricies por encima de la tela y sientas todo. Como estaba jugando al plan de «nena inocente», me até unas tobilleras blancas con olancitos, de esas cursis, y recién entonces me calcé los tenis. Esa vez elegí unos blancos con detalles rojos, de suela gruesa, que tenía poco de haber comprado y que me encantaban.
Encendí el difusor con un aroma dulce. Puse música suave, de esa que no exige nada. Bajé la intensidad de las luces hasta dejar el cuarto en una penumbra tibia. Me senté en la orilla de la cama, respiré hondo y empecé a tocarme despacio, por encima del vestido, sintiendo cómo la tela se deslizaba contra mi piel.
Como quería que la primera vez con mi juguete fuera una buena experiencia, me había prometido ir lenta. Atenderme con calma. Así que empecé por arriba, acariciándome los pechos por encima de la tela, imaginando que eran las manos de Mateo y no las mías. Apretaba mis muslos uno contra otro deseando que fueran sus dedos los que se abrían paso. Cerré los ojos y dejé que la fantasía tomara forma sola.
En mi cabeza, él no me tocaba sin más: me daba instrucciones. Me decía qué hacer, dónde ponerme las manos, cuánto tiempo aguantar. Y yo, metida de lleno en el papel, empecé a responderle en voz alta, como si de verdad estuviera ahí, sentado en una silla mirándome.
—Sí, lo que usted diga —susurré contra la almohada.
—¿No me va a doler? —pregunté después, mordiéndome el labio.
—¿Está bien esto que hacemos? —dije, y el solo hecho de decirlo me prendía más.
Para cuando quise darme cuenta, ya me había recorrido entera. El cuello, detrás de las orejas, los pechos, el vientre, las nalgas, los muslos, los tobillos. Estaba temblando un poco, con la respiración corta, mojada de verdad. Y todavía no había sacado el juguete de la caja.
***
Lo tomé con las dos manos. Era nuevo, frío, perfecto. Lo encendí y empezó a vibrar contra mi palma, y solo con sentir esa vibración me arrepentí de no haberlo comprado meses antes. ¿Por qué había esperado tanto? Me lo pasé despacio por la parte interna del muslo, subiendo, dejando que el zumbido me anticipara lo que venía. Cuando por fin lo apoyé donde más lo necesitaba, se me escapó un sonido que no controlé.
Lo moví en círculos, sin prisa, aprendiendo lo que me gustaba. A veces lo apretaba apenas, a veces lo presionaba hasta que las piernas se me tensaban solas. Descubrí que si lo deslizaba hacia un lado y luego volvía al centro, el placer se hacía más hondo, más impaciente. Cada cambio de ángulo me arrancaba una respuesta distinta, y yo me iba aprendiendo de memoria, como quien estudia un mapa nuevo de su propio cuerpo.
Me detuve un momento, solo para respirar. Tenía la frente con una capa fina de sudor, el pecho subiendo y bajando rápido, y entre las piernas un latido que no se calmaba. Me gustaba esa pausa, ese borde justo antes de seguir, esa promesa de que lo mejor todavía no había pasado.
Estaba empapada. Tanto que cuando decidí introducirlo, entró sin esfuerzo, como si mi cuerpo lo estuviera esperando desde hacía rato. Me arqueé. Me quedé un segundo quieta, sintiéndolo dentro, acostumbrándome a esa sensación nueva de estar llena. Y entonces, justo ahí, se me ocurrió la idea que terminaría marcándome para siempre.
Quería seguir tocándome con las dos manos libres. No quería sostener el juguete, quería usarlas para mí, para acariciarme el resto del cuerpo mientras el dildo hacía lo suyo. El problema era obvio: alguien tenía que mantenerlo en su lugar. Y por la posición tan rara en la que había quedado sobre la cama, la solución apareció sola.
Lo sujeté con los tenis.
Déjenme explicarlo bien, porque esa postura terminaría excitándome muchísimo en ocasiones posteriores. Estaba acostada boca arriba, con las manos del todo libres para recorrerme por donde quisiera. El dildo dentro de mí, penetrándome, dejándome casi clavada al colchón. Las piernas flexionadas y abiertas en posición de ranita. Y yo controlaba el ángulo y la presión del juguete con la ayuda de la suela de mis tenis.
La suela gruesa daba un agarre buenísimo. Al ser unos tenisotes de plataforma alta, no necesitaba doblar tanto las piernas como uno pensaría; me bastaba con un movimiento pequeño de los pies para empujar o aflojar. Y, de paso, me daban estabilidad para apoyarme y mecer las caderas sin perder el equilibrio. Era cómodo y obsceno a la vez, y esa mezcla me volvió loca.
Con las manos por fin libres, volví a recorrerme. Me pellizqué los pechos, me acaricié el vientre, bajé hasta donde el juguete me llenaba y froté en círculos lentos mientras los pies marcaban el ritmo. Cada vez que empujaba con la suela, el dildo se hundía un poco más, y yo respondía con la voz, todavía dentro del papel.
—Así, sí, como usted quiera —jadeé, y ya no sabía si se lo decía a Mateo imaginario o a mí misma.
El placer se fue acumulando en oleadas. Una idea empujando a la siguiente. Apreté los pies, arqueé la espalda, me froté más rápido. Sentía el calor subir desde el centro, expandirse por el vientre, trepar hasta el pecho. Las coletas se me habían deshecho a medias, el vestido se me había arremangado del todo, y a mí ya no me importaba nada que no fuera llegar.
***
Ese día perdí el control por completo. El orgasmo que me sacudió fue de esos que llegan pocas veces en la vida, de los que te dejan sorda un segundo y te vacían entera. Me corrí con el cuerpo arqueado, los pies todavía empujando el juguete, un grito ahogado contra el dorso de mi propia mano. Y después de la primera oleada vino otra, más corta, casi de rebote, mientras temblaba sin poder parar.
Quedé deshecha sobre la cama. Tardé en recuperar el aliento. Cuando intenté incorporarme, las piernas me temblaban tanto que me costó dos intentos sentarme. El juguete seguía vibrando en algún lugar de las sábanas; alcancé a apagarlo casi de milagro.
Y entonces lo noté. El vestido se me había mojado, los olancitos de las tobilleras estaban húmedos, y hasta los tenis tenían rastros de lo mismo. Me había corrido tanto que había manchado todo lo que llevaba puesto, incluida la suela con la que me había sostenido el juguete.
Me quedé un rato mirándolos, todavía agitada, con una sonrisa boba en la cara. Debería haber sentido vergüenza, supongo. En lugar de eso, sentí curiosidad. Una idea nueva, tibia, asentándose en algún rincón de mi cabeza. El haber mojado mis tenis esa noche me dejó pensando cosas, ideas que más adelante terminaría poniendo en práctica con algunos chicos, y que solo fueron alimentando, una tras otra, mi amor y mi fetiche por los tenis.
Pero eso, queridos, ya será tema para otra historia.
Besitos.