Descubrí que solo gozaba dentro de mi cabeza
Voy a contarlo tal como fue, sin adornos. Me llevó la mitad de mi vida adulta entender algo que ahora me parece evidente: el placer que de verdad me pertenece nunca vino de las manos de otro. Vino de las mías, y de lo que ocurría detrás de mis ojos cuando los cerraba.
Con los primeros novios no llegaba más allá de las caricias. Nos tocábamos en los asientos traseros de los autos, en portales oscuros, en mi habitación con la puerta entornada y el miedo a que alguien subiera. Postergábamos siempre el final, como si ese final fuera una frontera que ninguno se atrevía a cruzar del todo.
Yo lo masturbaba con la mano hasta que terminaba sobre mi pecho. A veces lo tomaba en la boca y dejaba que acabara ahí, tragando, con esa mezcla de pudor y curiosidad que tenía a los veintipocos. Él, a cambio, metía los dedos en mí, me recorría hasta dejarme empapada, y yo llegaba a una especie de orgasmo tibio, incompleto, que no terminaba de saciarme.
Quería llegar entera al matrimonio. Era una idea que me habían metido en la cabeza y que entonces defendía como propia. Por eso evitaba lo otro, lo que llamaba con voz baja «el final», como si nombrarlo lo hiciera más peligroso.
***
El que rompió esa frontera fue un hombre mayor que yo, divorciado, sin paciencia para juegos a medias. Se llamaba Tobías y olía siempre a cigarrillo y a una colonia barata que todavía recuerdo. No quería caricias eternas ni promesas. Quería la cama, y la primera noche me llevó a ella sin rodeos.
Cuando me penetró, frunció el ceño.
—Vos no sos virgen —dijo, casi con reproche.
Me quedé helada. Yo creía que sí lo era, en el único sentido que entonces me importaba. Le expliqué lo de la bicicleta, aquella caída brutal contra el caño en la que pensé que me partía en dos. Le hablé de un control médico años atrás, de unos dedos ajenos y un dolor que no entendí en su momento. Lo dije en voz alta por primera vez, y al decirlo sentí una rabia vieja despertarse.
—No importa —contestó él, y siguió.
Pero a mí sí me importaba. Esa noche entendí que mi cuerpo había guardado historias que yo no había elegido, y que el placer y el dolor se habían mezclado en mí desde mucho antes de lo que creía. Tobías acabó, satisfecho. Yo me quedé mirando el techo, todavía encendida, esperando algo que no llegó.
***
Después vino Renzo, un compañero de trabajo. Lo nuestro fue puro deseo sin nombre, una urgencia que se encendía a las seis de la tarde, cuando el resto de la oficina se vaciaba y solo quedábamos nosotros y el zumbido de las computadoras en suspensión.
Cerrábamos las puertas, bajábamos las persianas. Él me corría la ropa interior con una mano mientras con la otra se desabrochaba el pantalón, y lo hacíamos sobre la mesa de reuniones, o de pie contra la pared fría, o en su silla con ruedas que se deslizaba con cada empujón y nos hacía reír entre los jadeos.
Era excitante de un modo que pocas cosas lo fueron. Lo prohibido del lugar, el riesgo de que alguien volviera por un cargador olvidado, el silencio que teníamos que sostener cuando un guardia pasaba por el pasillo. Todo eso me ponía a temblar.
Y sin embargo, otra vez, él acababa y yo no. Renzo terminaba con un gruñido y se desplomaba sobre mi hombro, y yo me quedaba con la respiración agitada y un fuego entre las piernas que no se apagaba. Me subía las medias, me acomodaba la blusa, sonreía como si todo hubiera estado perfecto. Y por dentro hervía.
¿Qué me pasa que ningún hombre me alcanza?
Esa pregunta me persiguió durante años.
***
La necesidad no se apagaba con los encuentros. Al contrario, los encuentros la alimentaban. Ese roce de piel contra piel, esas manos buscándome, ese contacto carnal que tanto deseaba me dejaba al borde y nunca del otro lado. Volvía a casa recalentada, palpitando, con el cuerpo pidiendo a gritos algo que el otro no me había dado.
Entonces, sola en mi departamento, empezaba lo que tardé tanto en reconocer como mi verdadera vida sexual. Me desvestía despacio frente al espejo del dormitorio. Me miraba. Recorría mis pechos, mi vientre, la curva de mis caderas, y por fin entendía que ese cuerpo que tantos habían tocado seguía siendo un territorio que solo yo conocía de verdad.
Me acariciaba con fuerza, sin la delicadeza torpe de los otros. Mis dedos sabían dónde, cuánto, a qué ritmo. Y mientras me tocaba, dejaba que la imaginación hiciera el resto: me inventaba escenas, voces, manos que me sostenían contra mi voluntad fingida, hombres que me exigían y a los que yo, en el guion secreto de mi cabeza, terminaba entregándome.
Era un juego mío, un teatro de una sola actriz donde yo escribía cada línea. Ahí, y solo ahí, llegaba. Llegaba de verdad, con todo el cuerpo, con esa descarga que recorre desde la nuca hasta las plantas de los pies y que ningún amante me había sabido dar.
***
Con el tiempo dejé de avergonzarme. Compré juguetes. Aprendí a usarlos como un músico aprende su instrumento, con paciencia y oído. Descubrí que demorarme era parte del placer, que postergar el final me hacía gozar más cuando por fin lo dejaba estallar.
Hablaba en voz alta cuando estaba sola, tendida en la cama con las piernas abiertas y la luz baja. Decía cosas que jamás le había dicho a nadie. Me daba órdenes y me las negaba al mismo tiempo, jugaba a los dos papeles, al que pide y al que se resiste, y en esa contradicción encontraba un vértigo que me volvía loca.
—No pares —me decía a mí misma, con la voz quebrada—. Seguí.
Y un segundo después, en un susurro distinto:
—No, así no, dejame.
Era mi fantasía y solo mía. Nadie salía lastimado en ella, nadie quedaba afuera del guion. Yo controlaba cada palabra, cada gesto, cada límite. Lo que en la vida real me habría aterrado, en la seguridad de mi cabeza se volvía deseo puro, manejable, mío. Esa era la diferencia que tardé tanto en comprender: la fantasía no era una huida del placer, era el lugar donde el placer por fin me obedecía.
***
Ahora tengo a alguien. Se llama Damián y es honesto con lo que busca, igual que yo. No nos prometemos amor eterno ni cenas a la luz de las velas. Nos encontramos para esto, para el cuerpo, y eso nos basta.
Él me penetra, goza, acaba con esa entrega que tienen los hombres cuando llegan. Pero ya no me quedo esperando algo que no va a venir. Mientras él recupera el aliento, yo guío sus manos. Le muestro dónde, le pido los juguetes, le digo que toque mientras yo me toco, y entre los dos, con mi voz dirigiendo la escena, llego al fin a ese punto que durante tantos años creí que dependía de otro.
Porque esa es la lección que me costó la mitad de la vida aprender: nadie iba a regalarme el orgasmo. Lo tenía que tomar yo, con mis manos, con mi imaginación, con esa intimidad rara y perfecta que tengo conmigo misma frente al espejo.
Me toco cuando quiero. Pienso lo que quiero. Y en ese encuentro privado, donde no hay nadie a quien complacer más que a mí, descubro cada vez la misma verdad simple y luminosa: el cuerpo que mejor me conoce, el único que nunca me deja a medias, soy yo.
Así pasan mis días. Y nunca, en toda mi vida, me sentí tan dueña de mi propio placer.