Me toqué en el coche a plena luz del día
Hace dos días tomé la autopista que cruza el sur de Almenara a la hora en que todo el mundo va al trabajo y nadie mira a nadie. Eran las nueve de la mañana, el sol entraba plano por el parabrisas y el carril central avanzaba a tirones, ese ritmo lento de la ciudad despertándose. Yo iba en mi coche, con las dos manos en el volante y un secreto encendido entre las piernas.
Lo había planeado la noche anterior. No fue un impulso. Saqué el juguete del cajón, lo cargué hasta que la lucecita se puso verde y lo dejé sobre la mesilla como quien prepara la ropa para el día siguiente. Sabía exactamente lo que iba a hacer, y eso —el saberlo, el esperarlo— ya me había mantenido despierta media noche.
Elegí un vestido de color mostaza, suelto, de esos que se apartan con dos dedos sin que se note nada. Nada debajo. Antes de salir de casa me coloqué el juguete y lo dejé en silencio, esperando. El mando cabía en la palma de mi mano, pequeño, discreto, como una moneda grande. Lo guardé en el hueco que hay junto a la palanca de cambios y arranqué.
Solo hasta la rotonda, me dije. Si me arrepiento, lo apago y no pasa nada.
No me arrepentí.
Esperé a entrar en la autopista, a perderme entre los demás coches, a ser una más en esa marea de gente con prisa. Y entonces, en el primer semáforo en rojo de la salida, bajé la mano y pulsé el botón.
La primera vibración me recorrió entera. Fue suave, apenas un cosquilleo, pero llevaba toda la mañana imaginándolo y mi cuerpo respondió como si hubiera estado conteniendo el aire. Apreté las manos en el volante. A mi izquierda, un hombre con camisa blanca hablaba por el manos libres, golpeando el volante con un dedo al ritmo de una canción que yo no oía. No me miró. Nadie me miraba.
Esa era justamente la cuestión.
El semáforo cambió y avancé. El cosquilleo se convirtió en algo más insistente, una corriente baja y constante que me obligaba a respirar despacio para no perder la concentración. Conducir y sentir aquello al mismo tiempo era difícil, no lo voy a negar. Tenía que repartir la atención entre el carril, el espejo y ese punto exacto entre mis piernas que latía cada vez con más fuerza.
***
Lo que más me gustaba no era el juguete. Era la gente.
Cada coche que adelantaba llevaba dentro a alguien que no tenía ni idea. La chica del descapotable rojo, con las gafas de sol enormes y el pelo recogido. El padre del monovolumen, con dos niños peleándose en el asiento de atrás. El repartidor de la furgoneta blanca, mirando el móvil cuando no debía. Todos ellos a un metro de mí, separados por una ventanilla, y ninguno sospechaba que la mujer del vestido amarillo iba mordiéndose el labio para no gemir.
Subí la intensidad un punto.
El calor me empezó a trepar por el cuello. Notaba la cara encendida, las orejas calientes, ese rubor que no se puede disimular. Bajé un poco la ventanilla para que me diera el aire y, al hacerlo, el conductor del coche de al lado giró la cabeza. Fue un instante. Me miró sin verme, como se mira a un semáforo, y volvió a su carretera.
Si supieras, pensé. Si supieras lo que tienes al lado.
Esa idea —la de estar haciéndolo en mitad de todos, a plena luz, con el secreto latiendo bajo la tela— era lo que de verdad me llevaba al borde. No el aparato. La fantasía. El riesgo medido, la transgresión limpia de quien hace algo prohibido sin romper nada.
La autopista se abrió en una recta larga y solté un poco la tensión de los hombros. Por un momento dejé que el placer me ganara, que me subiera por el vientre en oleadas lentas. Tuve que reducir la velocidad porque las piernas me temblaban. Un camión pasó por mi derecha, enorme, haciendo vibrar todo el coche, y juro que esa vibración añadida me arrancó un suspiro que no pude contener.
Llevaba ya quince minutos así. Y sabía que, si seguía conduciendo, iba a perder el control del coche o de mí misma, y ninguna de las dos cosas terminaba bien en una autopista.
Necesitaba parar.
***
Había memorizado el sitio de antemano. Una zona de descanso poco más adelante, un aparcamiento al aire libre rodeado de pinos, casi siempre vacío a esa hora. Puse el intermitente y salí de la autopista con el pulso golpeándome en la garganta.
Entré despacio. El aparcamiento era más pequeño de lo que recordaba: una franja de asfalto agrietado, unas líneas blancas medio borradas y, al fondo, una fila de árboles que daban una sombra pobre. Aparqué de frente a los pinos, lo más lejos posible de la carretera, y apagué el motor.
El silencio cayó de golpe. Solo se oía el zumbido lejano de la autopista y, dentro del coche, ese ronroneo grave que llevaba quince minutos volviéndome loca.
Antes de salir de casa había preparado el asiento. Una toalla doblada debajo de mí, porque me conozco y sé cómo termino estas cosas. Menos mal que lo hice. Aparté el respaldo unos centímetros, me recliné y, por fin, abrí las piernas del todo.
La diferencia fue brutal. Quieta, sin tener que vigilar la carretera, toda mi atención cayó de golpe sobre ese punto que llevaba demasiado tiempo ardiendo. Subí la intensidad al máximo y eché la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas.
—Por fin —murmuré, para nadie.
Me llevé las manos al pecho. El vestido cedió fácil. Llevaba toda la mañana deseando esto: pellizcarme los pezones, apretarlos despacio, sentir cómo cada caricia se conectaba en línea recta con el latido de abajo. Me los toqué con las puntas de los dedos, primero suave, luego más fuerte, hasta que el placer dejó de ser una corriente y se volvió una marea.
Y entonces lo vi.
***
Había un coche aparcado a unos metros. No estaba cerca, no lo había visto al entrar porque quedaba medio escondido bajo la sombra de un pino. Un coche oscuro, con alguien dentro. No distinguía la cara. No sabía si era un hombre o una mujer, si estaba mirando el móvil o dormido o esperando a alguien. No sabía nada.
Lo único que sabía era que estaba allí.
Por un segundo me quedé congelada, con la mano en el pecho y el corazón en la boca. La parte sensata de mí dijo: arranca, vete, esto se acabó. La otra parte, la que llevaba toda la mañana al rojo vivo, dijo algo muy distinto.
No me podía ver. De eso estaba casi segura. La distancia, los reflejos del parabrisas, la sombra de los árboles. Era prácticamente imposible que aquella persona supiera lo que yo estaba haciendo a unos metros de su coche.
Pero podía estar allí. Podía existir, sin más. Y eso bastó.
La sola idea de que hubiera alguien, de que aquel desconocido sin rostro estuviera respirando el mismo aire mientras yo me retorcía en mi asiento, me encendió de una manera que no esperaba. No necesitaba que me viera. Me bastaba con saber que estaba. Que mi secreto, por una vez, tenía un testigo posible.
Cerré los ojos.
***
Dejé de pensar en si me veía o no. Dejé de pensar en todo. Me concentré en las vibraciones, en mis dedos, en el calor que me subía por el vientre en oleadas cada vez más juntas. Movía las caderas contra el asiento sin poder evitarlo, buscando el ángulo, ese punto exacto donde todo se vuelve insoportable de tan bueno.
El coche se llenó de mi respiración. Jadeaba sin disimulo, porque allí, con las ventanillas cerradas y los pinos delante, ya no tenía que fingir que conducía, que iba a trabajar, que era una mujer normal en un día normal. Era yo, sola, abierta de piernas en un aparcamiento a plena mañana, persiguiendo un orgasmo que llevaba quince kilómetros prometiéndome.
Me pellizqué un pezón con fuerza justo cuando subí el último nivel del juguete, y esa combinación me partió por la mitad. Sentí el primer aviso, ese tirón que empieza muy adentro y avisa de que ya no hay marcha atrás. Apreté los muslos alrededor del juguete, arqueé la espalda y dejé que llegara.
Y llegó como pocas veces.
Fue largo, intenso, de esos que te dejan los oídos zumbando y las piernas inservibles. Me corrí mordiéndome el dorso de la mano para no gritar, aunque una parte de mí —la misma de siempre— deseaba que el desconocido del coche oscuro lo oyera todo. Las oleadas se sucedían una tras otra, y yo solo podía respirar y dejarme llevar, con la toalla cumpliendo exactamente la función para la que la había puesto.
Menos mal que la puse.
***
Tardé un rato largo en volver. Me quedé recostada, con el motor apagado y el juguete por fin en silencio, sintiendo cómo el cuerpo se me iba calmando latido a latido. Por la ventanilla entreabierta entraba olor a pino y a asfalto caliente. La autopista seguía zumbando a lo lejos, indiferente, llena de gente con prisa que jamás sabría nada de la mujer del vestido mostaza.
Cuando por fin abrí los ojos y miré hacia los árboles, el coche oscuro ya no estaba. No lo había oído marcharse. No sé cuándo se fue, ni si llegó a verme, ni si había alguien dentro siquiera o me lo imaginé en mitad del delirio. Y la verdad es que no importa.
Me arreglé el vestido, recogí la toalla, guardé el mando en su hueco junto a la palanca de cambios. Me miré un segundo en el retrovisor: la cara roja, el pelo revuelto, una sonrisa que no podía borrar.
Arranqué de nuevo y volví a la autopista, otra vez una más entre todos, otra vez invisible. Pero ya no era la misma que había entrado esa mañana. Llevaba el secreto puesto, todavía caliente, y la certeza de que iba a volver a hacerlo.
Lo disfruté más de lo que debería confesar.