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Relatos Ardientes

Lo imaginé entero mientras me tocaba sola

Me dejé caer sobre la cama en cuanto crucé la puerta, igual que cada tarde al volver del trabajo. Ese trabajo que detestaba y que, aun así, me pagaba el alquiler y algún capricho de vez en cuando, poco más. Lo aguantaba porque no me quedaba otra, porque había que seguir adelante aunque las piernas pesaran como si llevara horas de pie. Que las llevaba.

La separación me había dejado peor de lo que admitía en voz alta. Tres años conviviendo con Marcos, tres años de costumbres compartidas, y de pronto un apartamento medio vacío y una cama que me quedaba enorme. La gente decía que el tiempo lo cura todo. La gente no dormía en mi lado de la cama.

Supongo que no estábamos hechos el uno para el otro. Eso me repetía cada vez que la nostalgia apretaba demasiado. Una verdad cómoda, fácil de tragar, que no me servía de nada a las cuatro de la tarde con el sol entrando de lado por la persiana.

Todo había cambiado. Reconstruirme me estaba costando más de lo previsto. Pocas amigas, ningunas ganas de empezar algo nuevo y, sin embargo, esa otra cosa metida en la cabeza desde hacía semanas. El sexo. La falta de sexo, más bien. Se había vuelto una obsesión silenciosa que me acompañaba al supermercado, al trabajo, a la ducha.

No recordaba la última vez. Había sido con él, poco antes de que todo se rompiera, una de esas noches en que ya nos hablábamos a medias pero los cuerpos todavía se entendían. Demasiado tiempo atrás. Tanto que casi me daba vergüenza contarlo.

Me levanté con un suspiro y fui hacia el baño. Necesitaba una ducha larga, arrancarme de encima ese uniforme de recepcionista que olía a oficina y a aire acondicionado, sentirme limpia otra vez. Me desabroché la blusa frente al espejo sin mirarme demasiado y dejé que la ropa cayera al suelo en un montón.

El agua caliente bajando por la piel siempre me relajaba. El jabón olía a almendras, un detalle pequeño que me gustaba, casi el único lujo de la jornada. Pasé la ducha por todo el cuerpo para arrastrar la espuma, y cuando el chorro tibio bajó hasta el pubis lo noté distinto. Mil hilitos de agua golpeando justo ahí, como descargas menudas que me obligaron a apoyarme en los azulejos.

Dejé el agua corriendo en ese punto más tiempo del necesario. Cerré los ojos. Separé un poco los pies sobre el plato de la ducha y la sensación creció, tibia y persistente, hasta que tuve que reconocer lo que mi cuerpo llevaba rato pidiendo.

Corté el agua antes de seguir. Estaba húmeda, y no quería que el placer empezara y terminara ahí, de pie, contra unos azulejos fríos. Esa tarde merecía algo mejor.

Me sequé casi con prisa, dejando la toalla a medias, y volví a la habitación con la piel todavía caliente. Abrí el cajón de la mesilla, el de siempre, y saqué dos cosas: el juguete y un bote pequeño de lubricante. Me senté en el borde de la cama un instante, escuchando el silencio del apartamento, y después me tumbé.

Abrí las piernas y dejé caer un poco de gel en las yemas de los dedos. Me estremecí al sentirlo frío y resbaladizo sobre los labios, ese contraste con la piel caliente que siempre me arrancaba un escalofrío. Cerré los ojos y empecé despacio. Sin prisa ninguna. Tenía toda la tarde y nadie a quien rendirle cuentas.

Por la mente me cruzaron escenas viejas, recuerdos que creía guardados bajo llave. Mis pechos hundidos en una boca caliente, la barba de Marcos raspándome la piel, el peso de su cuerpo. La mano izquierda subió sola hasta el pezón y apreté, y un gemido se me escapó de la garganta sin permiso.

Mientras tanto, la otra mano abría con suavidad, rozaba el clítoris y me obligaba a contraerme en un pequeño espasmo. Empecé a rodearlo en círculos, evitando tocarlo de frente, jugando con el capuchón, subiéndolo y bajándolo, demorándome en cada giro. Esa tortura lenta que tan bien conocía y que tan pocas veces me regalaba.

Bajé un poco la mano, busqué la entrada. El gel, ya tibio, resbaló entre las nalgas hasta más abajo. Hundí un dedo, no mucho, apenas la punta, lo giré contra las paredes y me estremecí entera. Solo un poco, pensé, solo lo justo para sentir que alguien está ahí.

Y en mi cabeza ya no era mi dedo. Era él. Una polla rozando justo esa parte que mis dedos ocupaban, firme y suave a la vez, subiendo hasta el clítoris y bajando hasta la entrada con esa paciencia que tenía cuando quería volverme loca. La respiración se me aceleraba con cada pasada.

Para entonces eran dos los dedos perdidos entre los pliegues. Bajé la otra mano y, ahora sí, acaricié el clítoris de frente, sin rodeos. Estaba empapada, los fluidos resbalaban casi a borbotones, y el sonido húmedo en el silencio de la habitación me encendía todavía más.

Poco a poco sentí que aquella polla imaginaria me penetraba. Notaba cómo se abría camino, dura, dueña de cada centímetro, igual que tantas noches de aquellos tres años. Los muslos me temblaban contra el colchón. Era tan real que tuve que abrir los ojos un segundo para convencerme de que estaba sola.

Dejé las caricias solo para encender el juguete. Estaba frío otra vez. Me lo llevé a la boca y lo hundí despacio, fingiendo una mamada, como si tuviera que calentarlo con la lengua. No recordaba la última vez que había sentido un latido de verdad contra el paladar, pero el cuerpo lo recordaba por mí. La boca llena, el roce en la garganta, ese sabor salado. Lo empujé hasta provocarme una arcada contenida. Sí, era exactamente así.

La mano libre casi voló de vuelta al pubis mientras mamaba aquel juguete como si fuera él. La saliva me resbalaba por la barbilla, caliente, y no hice nada por limpiarla. Me gustaba sentirme así, abandonada, sin nadie mirándome, libre para hacer cualquier cosa.

Lo saqué de la boca solo para acercarlo a mi sexo abierto. Lo froté contra el clítoris en cuanto logré encenderlo, y la vibración me hizo separar las piernas todavía más. Lo necesitaba dentro ya, con urgencia, con esa premura que no entiende de razones.

No, no era un trozo de silicona el que me penetraba. Era su polla. Aquella que me había dado tantos orgasmos, con su manera exacta de moverse, de esperar el momento justo. Lo hundí hasta que mis dedos hicieron tope, hasta rozar lo más hondo de mí. Los gemidos crecieron al mismo ritmo que mi mano marcaba. En mi cabeza, su tacto era más real que el del propio juguete.

Subí la intensidad y un primer estallido me recorrió, un aviso de lo que venía, en el vientre, en la nuca, en todo el cuerpo. Sí, me sentía bien. Muy bien. Hacía semanas que no me sentía tan dueña de mí misma.

Lo saqué para frotar la punta vibrante contra el clítoris hinchado y unos temblores se apoderaron de las nalgas, que se levantaban solas de la cama. Estiré el cuello, busqué un pezón con la boca en una postura imposible, porque necesitaba una lengua justo ahí, en ese punto. Lo lamí como pude hasta que el cuello me dolió, y entonces dejé caer la cabeza sobre la almohada, todavía torturando ese pezón duro entre dos dedos.

El vibrador resbaló de mi mano y fue a parar entre las nalgas. El cosquilleo me pilló por sorpresa, pero no lo aparté. Al contrario. Lo dejé ahí, hundido apenas, con su vibración sorda colándose entre ellas, sin ir más lejos. Se sentía tan bien que se me escapó una risa breve, casi de incredulidad.

Lo apreté un poco más contra mí y la punta rozó el borde del esfínter. Sí, definitivamente, se sentía rico. Pero no fui más allá. No esa tarde. Solo quería el cosquilleo, la insinuación, la promesa de algo que me guardaba para otro día.

Lo devolví a mi sexo. Necesitaba correrme ya. Por la mente seguían pasando destellos del pasado: un calor ajeno dentro de mí, una boca mordiendo la mía, unas manos amasándome las nalgas casi hasta el dolor. Subí la vibración al máximo y entré en convulsiones que ya no controlaba.

Estaba ahí, a un paso, a unas vibraciones de distancia. Lo clavé casi con rabia, una y otra vez, hasta sentir que me vaciaba entera, hasta esos calambres en la nuca, hasta perder la noción de lo que hacían mis manos. Me corrí como tantas otras veces, imaginando que su semen me llenaba caliente, sintiendo mis propios fluidos correr entre los muslos, casi gritando mientras el cuerpo entero temblaba.

Después llegó ese dejarse ir, ese hundirse en la almohada con el juguete todavía en la mano. Lo retiré despacio y me acaricié la vulva con suavidad, reclamando los últimos ecos del placer, pequeños recordatorios de lo vivido. Leves estremecimientos que me recordaban que seguía viva, que seguía sintiendo, aunque fuera a solas.

Como pude, apagué el aparato para dejar de escuchar su zumbido monótono y aburrido. Para quedarme solo con el silencio de la tarde y el sonido de mi propia respiración volviendo a la normalidad.

De la mente se me empezaban a borrar las escenas revividas. Un sopor que no llegaba a ser sueño, y la caricia de la sábana subiendo para espantar el frío que amenazaba después de tanto calor.

Una tarde más para echarlo de menos. Para sentir la ausencia de su sexo, de nuestro sexo. Una tarde más en la que terminaba casi sollozando al notar el hueco de su cuerpo en mi cama, en la que todavía era, a ratos, nuestra cama.

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Comentarios (5)

Meli_Hdez

increible!!! me llevo al momento de una

Alejo_23

buenisimo, por favor segui escribiendo que quede con ganas de mas

claudia_bsas

Me encanto como lo narraste, se siente tan cercano y real. Ojala haya segunda parte

LauraV84

jajaja me recordo tanto a mi misma hace años... esas tardes que uno se inventa historias en la cabeza. muy bueno

SombraLarga

corto pero intenso, bien!!!

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