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Relatos Ardientes

Las chicas del juego que me sanaron tras la ruptura

Hace dos años, cuando todavía estaba aprendiendo a dormir sola del lado izquierdo de la cama, me metí de cabeza en un videojuego de realidad virtual que descargué casi por inercia. Se llamaba Lirio Azul, y era esa clase de mundo abierto donde nadie te preguntaba tu edad ni tu nombre real. Solo elegías un avatar, te ponías el visor y te dejabas llevar por una ciudad de torres flotantes en la que cualquiera podía cruzarte y empezar a hablarte.

Me había mudado a un departamento minúsculo en la zona vieja de Posadas, lejos del recuerdo de Camila, y necesitaba un sitio adonde escaparme sin tener que vestirme ni mirarme al espejo. El visor era perfecto para eso. Encendía la consola, me acostaba bocarriba en la cama con la luz apagada y dejaba que el mundo del juego me tragara durante horas.

Allí conocí a un par de chicas más entre las muchas que habían pasado por mi vida de manera fugaz desde la ruptura. Todas hermosas, aunque a esa altura yo ya sabía que la palabra «hermosa» dentro del juego significaba un avatar bien diseñado y una voz suave en el micrófono. Lo que había detrás no siempre coincidía con la imagen, pero a mí ya no me importaba.

La primera de esta nueva tanda apareció una noche de jueves, cuando estaba sentada en una plaza virtual mirando llover píxeles. Yo estaba estresada, sin ganas de escribir nada en el bloc de notas donde llevaba un diario que ya nadie iba a leer, aburrida y, sobre todo, caliente. Tenía el coño mojado desde hacía rato, con esa humedad pegajosa que te obliga a cambiar de postura cada dos minutos porque el pantalón del pijama te roza el clítoris y no te da tregua. Y era consciente de que esa combinación de factores era una mala señal. La clase de mala señal que termina con la mano metida entre las piernas hasta el amanecer y la garganta seca de gemir bajito para no despertar a los vecinos.

—¿Venís seguido por acá? —me escribió por privado.

Su avatar era una chica de pelo corto color lavanda, con un vestido negro entallado que le marcaba las tetas y el culo, y unas botas hasta la rodilla. Se llamaba Talia, o eso me dijo. Las dos sabíamos que el nombre era tan falso como el cabello, pero el juego funcionaba con esa convención.

—Más de lo que debería —respondí.

—¿Sola?

—Siempre.

Hubo una pausa de unos segundos. En el mundo real, escuché mi propia respiración dentro del visor. Estaba caliente desde antes de conectarme, con los pezones ya duros contra la remera, y la conversación, todavía inocente, ya empezaba a hacerme presión en el pecho y a bombearme sangre al bajo vientre.

—¿Hot? —escribió ella.

Esa palabra, sola, era un código. Significaba chat caliente, rol más dieciocho, una conversación que iba a terminar con las dos masturbándose en silencio en habitaciones que no íbamos a conocer nunca, con los dedos empapados de flujo y la boca abierta contra la almohada. Yo había recibido esa propuesta tantas veces dentro del juego que ya tenía una respuesta automática preparada.

—Sí.

***

Las salas privadas del Lirio Azul eran pequeños cubos cerrados, decorados como cuartos de hotel de lujo: cortinas pesadas, una cama enorme con sábanas de seda blanca, una chimenea encendida que no calentaba nada. Talia eligió la sala y me pasó el enlace. Cuando aparecí adentro, ella ya estaba sentada al borde de la cama, con las piernas cruzadas y una sonrisa que su avatar replicaba bastante bien.

—Te ves más nerviosa que yo —dijo, ya hablándome con voz. La suya era ronca, con un dejo de acento del norte que no supe ubicar.

—Siempre lo estoy al principio —admití.

—¿Querés que te lleve yo?

—Por favor.

Cerré los ojos detrás del visor. En el departamento, sola, con la única lámpara del velador encendida, deslicé la mano debajo de la cintura del pantalón del pijama y me encontré ya empapada, con los labios del coño hinchados y resbalosos. Me pasé dos dedos por la raja despacio, de abajo hacia arriba, y cuando llegué al clítoris solté un suspiro que Talia debió escuchar por el micrófono, porque se rió bajito antes de empezar.

—Bajate el pantalón —me ordenó—. Quiero saber que estás desnuda de la cintura para abajo mientras te cuento lo que te hago.

Obedecí sin pensarlo. Levanté la cadera de la cama, me bajé el pijama y la bombacha hasta las rodillas y las pateé al piso. Quedé con las piernas abiertas, el coño al aire, la mano derecha ya de vuelta ahí abajo.

—Estoy —dije.

—¿Mojada?

—Muchísimo.

—Bien. Metete un dedo. Uno solo. Despacio.

Metí el dedo del medio hasta el nudillo y se me escapó un gemido corto. Talia empezó a describir, con una calma que me desarmó, lo que su personaje me hacía dentro de la sala. Cómo se arrodillaba entre mis piernas, cómo me sostenía las muñecas contra el colchón para que no me tapara la cara, cómo subía despacio por el interior de mis muslos con la lengua, mordiéndome apenas la piel de la ingle antes siquiera de tocarme el coño con los dedos.

—Te lamo de abajo hacia arriba —me decía en el oído—. Toda la raja, con la lengua bien plana. Después chupo el clítoris despacio, lo aprisiono entre los labios y te lo succiono. ¿Lo sentís?

—Sí —jadeé.

—Tocátelo. Con la yema del dedo. En círculos. Como si fuera mi lengua.

Me solté el pezón izquierdo, que ya me había estado pellizcando con la mano libre, y bajé esa mano también al coño. Con una me abría los labios, con la otra me frotaba el clítoris en círculos lentos, apretados, mientras seguía escuchándola.

—Ahora te meto dos dedos —siguió—. Curvados hacia adelante, buscándote el punto. Te los muevo despacio, entrando y saliendo, y no te suelto el clítoris de la boca.

Cambié de dedo por dos, los metí hasta el fondo y los curvé como me pedía. El ruido de mi coño mojado se oía por el micrófono, imposible de disimular, un chapoteo húmedo cada vez que los dedos entraban y salían. Talia soltó un «así, sí» que me hizo apretar los muslos alrededor de mi propia mano.

Era ridículo lo bien que se sentía.

Ridículo porque, en algún rincón de la cabeza, yo sabía que del otro lado del micrófono podía haber cualquier persona. Una mujer de mi edad, en su cuarto, con las bragas bajadas también. Una estudiante en una residencia universitaria, mordiéndose la almohada para no despertar a la compañera. Una recién separada como yo. Pero la voz era inconfundiblemente de mujer, y el guion que estaba escribiéndome al oído tenía la cadencia exacta de alguien que ya había cogido con muchas otras antes que conmigo.

—Ahora doy vuelta la escena —dijo Talia, y se le notó la respiración más pesada—. Te subo a la cama, boca abajo. Te levanto el culo. ¿Sabés lo que te voy a hacer?

—Decímelo.

—Te la meto con los dedos por atrás mientras te chupo el coño desde abajo. Toda la lengua adentro. Y te aprieto las nalgas hasta dejarte marca.

Me di vuelta en la cama sin sacarme el visor, quedé de rodillas con la cara contra la almohada, el culo levantado y una mano por debajo entre las piernas. Metí tres dedos ahora, con la palma hacia arriba, y con la otra mano me apreté una nalga tan fuerte como pude, imaginando que era ella.

—Quiero escucharte —me pidió—. Fuerte. No aguantes.

—Esperá —murmuré, mordiéndome el labio contra la tela de la almohada.

—No, ahora. No te calles esta vez. Quiero oír cómo te corrés.

No me callé. Empecé a follarme con los dedos rápido, sin ritmo, buscándome el clítoris con el pulgar de la misma mano, y solté todo lo que tenía adentro. Gemí sucio, con la boca abierta, diciendo «me corro, me corro, mierda» contra el auricular. Sentí la corrida subir desde el fondo del vientre, apretarme el coño alrededor de los dedos en espasmos, y me quedé temblando con la cadera pegada a la mano hasta que no pude más.

Y cuando terminé, jadeando contra el almohadón, con los dedos todavía adentro y el flujo escurriéndome hasta la muñeca, escuché que ella también se había ido conmigo. Lo había hecho casi en silencio, salvo por una respiración entrecortada, un gemido gutural corto y un «mierda» susurrado al final, con esa voz rota que tienen las mujeres cuando acaban de correrse contra su propia mano. Después se rió, bajito.

—Buenas noches, desconocida —dijo, y se desconectó sin esperar respuesta.

Me saqué el visor, miré el techo blanco del departamento con el coño todavía palpitando y los dedos pegajosos, y pensé que iba a poder dormir por primera vez en semanas.

***

Después de Talia vinieron otras. Renata, una española que jugaba desde su balcón y se reía cada vez que un vecino tosía cerca, y que me hizo correrme dos veces seguidas describiéndome cómo me hubiera montado la cara con el coño hasta ahogarme. Mariel, que solo hablaba escribiendo, y que armaba escenas larguísimas en las que yo era su alumna y ella la profesora particular que se aprovechaba de la situación: me escribía párrafos enteros sobre cómo me hacía arrodillar debajo del escritorio, me abría las piernas con la rodilla y me metía tres dedos mientras yo tenía que seguir leyendo en voz alta sin equivocarme, y cada error era una nalgada. Y una uruguaya que se hacía llamar Lupe, que conoció el juego por una amiga y que me confesó, cuatro encuentros más tarde, que yo había sido la primera mujer con la que había hablado de esa manera, y que la primera vez que se corrió conmigo por el micrófono había estado llorando de nervios mientras se tocaba.

Todas tenían algo en común: aparecían en un momento puntual de mi noche, se ofrecían sin rodeos, me pedían que me abriera de piernas sin preguntar nada más, y desaparecían al amanecer sin reclamar nada. Y a mí, que estaba reaprendiendo a vivir con el espacio vacío al lado de la almohada, esa transitoriedad me servía como una medicina.

Yo, por mi parte, también era consciente de que estaba haciendo lo mismo. Que para ellas yo era una voz de provincia, sin nombre verdadero, sin rostro, un coño anónimo que gemía al otro lado del auricular, que prometía algunas horas y nada más. La ecuación funcionaba porque todas firmábamos, sin decirlo, el mismo contrato: no preguntar, no buscar, no mezclar. Correrse y desaparecer.

Casi nunca desarrollaba apego con las mujeres con las que tenía una conversación o una sola noche, ni dentro ni fuera del juego. Era algo curioso de mí misma que recién aprendí estando soltera: con las parejas formales o las amistades con derecho, sí me encariñaba enseguida, a veces demasiado. Con las desconocidas, en cambio, había una pared invisible que no sabía explicar de dónde había salido. Tal vez era una defensa que armé sin darme cuenta cuando Camila se fue.

***

Hubo, sin embargo, una excepción. Una noche, ya entrado el invierno, entró a mi privado una chica que se hacía llamar Aitana. No era especialmente conversadora. Su avatar era simple, sin ropa exagerada, con un corte de pelo casi infantil. Me escribió una sola línea.

—Vi tu nombre en una lista de amigos en común. ¿Hablamos?

Acepté por curiosidad. Aitana no quiso pasar a una sala privada. Se quedó conmigo en la plaza de la fuente, sentadas las dos en un banco de piedra que no existía, mirando un cielo que no era cielo. Y empezó a contarme cosas. Que estaba en Granada terminando una maestría. Que vivía con una compañera de piso a la que le tenía celos sin razón. Que en el juego buscaba lo mismo que todas, pero que esa noche no tenía ganas de actuar, ni de bajarse las bragas, ni de fingir orgasmos para nadie.

—Solo quería hablar con alguien —dijo.

—¿Y por qué conmigo?

—Porque tu voz suena cansada. Yo también lo estoy.

Hablamos hasta que el visor empezó a marcarme batería baja. De sexo no hubo, no esa noche. Pero al despedirnos me pasó un usuario de Telegram con un «por si algún día querés contarme cómo te fue». Y yo, que llevaba un año entero protegiéndome del afecto, lo guardé.

Con Aitana hablamos por chat durante meses. Empezamos por cosas chiquitas: fotos de café, capturas del juego, mensajes de voz mientras una cocinaba y la otra esperaba el sueño. Y, cuando lo nuestro empezó a tomar otra forma, también lo hicimos en lo físico, en la distancia que separaba mi habitación de Posadas de su piso compartido en Granada. La primera videollamada en la que las dos nos desnudamos duró casi dos horas: yo con las piernas abiertas contra el respaldo de la silla, mostrándole cómo me metía los dedos siguiendo sus instrucciones; ella con el vibrador apoyado contra el clítoris y una toalla debajo del culo, corriéndose tres veces sin apagar la cámara. Pero esa es otra historia y, para variar, ya no era con una desconocida.

***

Lo del Lirio Azul fue, ahora que lo pienso, una prueba y error constante. Aprendí, en esa sucesión de chicas anónimas, que el deseo no se cura ni se entierra: se redirige, se traduce, se aprende a manejar con los dedos hundidos en el coño y la voz de otra en el oído. Aprendí que podía pedir lo que quería sin disculparme, decir «mamámelo» o «cogeme» sin que se me trabara la garganta. Que mi voz, cuando se relajaba y se ponía sucia, tenía un efecto sobre la otra persona que en la vida real nunca me había animado a probar: hacía que se corrieran del otro lado del micrófono con solo describirles cómo las abriría de piernas. Y aprendí, sobre todo, que no necesitaba a alguien en mi cama para sentirme acompañada, aunque a veces lo prefiriera.

El juego cerró servidores un par de años después. Para entonces yo ya casi no entraba. Tenía con Aitana algo que se parecía a una relación, aunque a distancia, y mis noches de visor habían sido reemplazadas por videollamadas que terminaban del mismo modo, con las dos corriéndonos frente a la cámara, pero con una persona a la que sí me importaba escuchar respirar al otro lado.

A veces, cuando estoy sola y el aburrimiento me golpea de cierta manera específica, vuelvo a abrir la carpeta del juego en la computadora. No para entrar; ya no se puede. Solo para mirar las capturas que guardé sin pensarlo demasiado: una plaza con fuente, un cuarto con chimenea, un avatar de pelo lavanda al borde de una cama de sábanas blancas. Cada una de esas chicas me dejó algo y se llevó algo, sin que ninguna supiera del todo qué.

Y, cada vez que recuerdo esa época, pienso lo mismo: nunca subestimes lo que puede hacer por una mujer rota una desconocida que no exige nada, una habitación que no existe y una voz suave diciéndote «abrite de piernas» en el oído a las tres de la mañana.

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Comentarios(8)

Romi_86

buenisimo!!!

Maru_BA

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de mas jajaj

GabiRomero

Me recordó a algo que viví yo también, esas conexiones que empiezan de la nada y terminan siendo algo mucho mas profundo. Gracias por escribirlo tan bien.

SandraRdz

Que bien escrito, se siente tan autentico. Sigue así!

fetichista_lect

Como lograste meterle tanta emoción?? es increible. De los mejores que leí últimamente acá

RitaMares

la del pelo lavanda jaja ese detalle me encantó, me quedé con esa imagen

Valen_Sur

Va a haber continuación?? seria una lastima que quede acá. Muy bueno

PatriciaQ23

Se hizo cortísimo, quiero saber que paso despues con ella. Excelente relato

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