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Relatos Ardientes

La jaula que le puse antes de dejarlo tocarme

Pareces nervioso. Expectante, ansioso, con esa mezcla de curiosidad y miedo que solo aparece cuando no tienes idea de lo que va a pasar. Y eso, justamente eso, me pone terriblemente cachonda.

Sabes que compré un juguete nuevo. Lo sabes porque esta mañana, antes de salir a trabajar, te mandé al móvil la foto de una cajita pequeña y debajo escribí cuatro palabras: «esta noche jugaré contigo». Solo eso. Y con cuatro palabras conseguí que me desearas todo el día como un loco.

Ahora estás sentado en una silla del salón, completamente desnudo, con las manos apoyadas en los muslos y la espalda recta, esperando. La lámpara de pie es la única luz encendida y te recorta la silueta contra la pared. Te miro desde arriba y sonrío.

—Llevas todo el día pensando en esto, ¿verdad, Adrián? —te pregunto.

—No he pensado en otra cosa —admites.

Te acaricio el pelo despacio, después los hombros, jugando con la punta de las uñas sobre tu piel. Levantas la mano y rozas mi bata negra de seda, esa que se abre apenas lo justo para dejar entrever el corsé y el liguero que llevo debajo. Noto cómo se te acelera la respiración solo con el roce.

—Me encanta lo que llevas puesto —me dices con la voz ronca—. No te lo quites. Quiero follarte con eso puesto.

—No me lo voy a quitar —respondo, y dejo que la frase quede colgando un segundo—. Pero en lo de follarme… no creo que vayas a poder.

Frunces el ceño, todavía divertido, sin tomarme del todo en serio.

—¿Y por qué no voy a poder follarte?

—Porque voy a ponerte esto en la polla.

Te doy la cajita. La abres con cuidado, casi con reverencia, y te quedas mirando lo que hay dentro. Es una jaula de castidad, pequeña, de acero, con sus barras curvas y su candado diminuto. Tiene pinta de ser fría e incómoda, y lo peor de todo: con ella puesta no vas a poder ni siquiera tener una erección decente. Levantas la vista y me miras como si me hubiera vuelto loca.

—Estás de broma —dices—. No pienso ponerme esto.

Me lo esperaba. De hecho, contaba con ello. Ya había pensado exactamente cómo convencerte.

—Claro que te la vas a poner. ¿Quieres saber por qué estoy tan segura?

—A ver, sorpréndeme.

—Porque si te la pones, te dejaré tocarme. Y si no, te quedas mirando toda la noche.

Doy un paso atrás, hacia el centro de la habitación, donde la luz me da de lleno. Llevo las manos al nudo de la bata y tiro despacio. La seda se desliza por mis hombros, por la espalda, por las caderas, y cae al suelo formando un charco oscuro a mis pies.

Ahora puedes verme entera. El corsé negro me aprieta la cintura hasta convertirla en una línea y me levanta los pechos hasta el borde, a punto de desbordarse con cada respiración. El tanga, apenas un triángulo de encaje, cubre lo justo. El liguero sostiene las medias que me suben por los muslos. Sé exactamente el efecto que tiene todo esto en ti, porque lo elegí esta tarde pensando en este momento.

Te quedas embobado. No dices nada. Ni siquiera parpadeas. Y como no apartas los ojos de mí, decido subir la apuesta.

Me doy la vuelta despacio, dejándote ver cómo el tanga me divide el culo, y me inclino hacia delante apoyando las manos en la mesa baja. Desde tu silla tienes ahora la mejor vista posible. Te escucho tragar saliva.

—Mira esto… —murmuro.

Con una mano aparto la tela hacia un lado. Con la otra, usando dos dedos, me abro despacio, mostrándote lo mojada que ya estoy de solo estar jugando contigo.

—¿De verdad me vas a decir que no quieres tocar aquí?

No dudas ni un segundo. Cuando me giro, ya estás peleándote con el candado de la jaula. Te cuesta, porque la tienes dura y no encaja bien así, pero aprietas los dientes y lo consigues. Cuando terminas, tu polla queda recogida dentro del armazón de barras de acero, doblada sobre sí misma, atrapada. Los testículos cuelgan por debajo, libres. Te veo mover las caderas, incómodo, descubriendo el peso frío del metal.

—Por fin te tengo justo donde quería.

Me acerco y me siento sobre ti, a horcajadas, una pierna a cada lado de la silla, cara a cara. Te tomo la mandíbula con una mano y te obligo a mirarme.

—Vamos a ver si esto es tan divertido como yo creo.

Te beso. Un beso largo, profundo, metiéndote la lengua en la boca, saboreándote sin prisa. Y tú respondes con una desesperación que no te conocía. Me sujetas de la cintura, me clavas los dedos, me agarras del pelo, me arañas la parte de los muslos que las medias dejan al descubierto. Te has convertido en puro fuego, y saber que no puedes hacer absolutamente nada con tu polla no hace más que multiplicar las ganas.

—Esto es una tortura —jadeas contra mi boca.

—De eso se trata, cariño.

Empujas las caderas hacia arriba por instinto y noto cómo la jaula te frena en seco. Tu erección llega al límite del acero y no puede seguir. Se te corta a la mitad. Veo en tu cara la frustración y, debajo de ella, algo nuevo: una excitación distinta, más intensa, casi rabiosa. Cuanto menos puedes, más quieres.

Entonces empiezo a moverme. Restriego mi coño mojado contra la superficie dura de la jaula, hacia delante y hacia atrás, marcando yo el ritmo. Me sujeto pasándote los brazos por detrás del cuello. El metal está helado al principio, pero se va templando con mi calor. Con cada vaivén, una de las barras se me hunde un poco, apenas unos milímetros, lo justo para volverme loca.

El contraste lo es todo: el frío del acero contra lo caliente que estoy, tu cara descompuesta de deseo, el morbo de tenerte así de impotente debajo de mí. No necesito nada más. El primer orgasmo me llega rápido, sin avisar, y lo dejo salir entero.

Grito justo encima de tu cara. Sudo. Tiemblo. Me clavo contra la jaula mientras las olas me recorren y tú lo sientes todo, cada espasmo, sin poder participar. Cuando recupero el aliento, veo que estás al borde de arrancarte el candado para follarme de una vez. Pero me conoces. Sabes que todavía quiero jugar un rato más.

Te sonrío y te doy un beso suave en los labios.

—Déjame correrme una vez más y te suelto. Te lo prometo.

—No sé si voy a aguantar.

—Vas a aguantar. Aguantas porque te gusta.

Me levanto de tu regazo. La jaula está empapada, brillante con mi flujo. Voy hasta la mesita del rincón y abro el cajón. Saco el consolador que tiene ventosa en la base, ese que usamos a veces para los juegos de doble penetración. Tú me sigues con la mirada, sabiendo perfectamente lo que estoy a punto de hacer.

Vuelvo a la silla, me arrodillo y te separo las piernas. Pego la ventosa al borde del asiento, justo entre tus muslos, a un palmo de tu jaula. Aprieto bien para asegurarme de que aguanta. Lo dejo ahí, firme, erguido, mucho más imponente que lo que tú llevas atrapado en el acero. La comparación te duele, lo veo en tu cara, y por eso lo hago.

—Sujétame de la cintura, cariño —te digo—. Como no puedo usar la tuya, voy a tener que conformarme con esta. Tú mira.

Te doy la espalda y me coloco encima. Me bajo despacio, sintiéndolo abrirse paso, y empiezo a montarlo. Está tan pegado a tu jaula que con cada bajada notas mi culo rebotar contra ti, contra el metal, contra tus huevos. Me agarras de la cintura para ayudarme a subir y bajar, marcando el recorrido completo. Cada vez voy más rápido.

—Mira cómo entra —jadeo—. Mira lo que te estás perdiendo.

Me separas el culo con las manos para verlo mejor, para ver cómo el consolador desaparece y vuelve a salir. No puedes evitarlo: te chupas el dedo índice y me lo metes despacio, jugando, justo como sabes que me gusta cuando te follo de espaldas. Gimo más fuerte. Noto mis jugos resbalar y caer sobre tus testículos, que están tan hinchados que parecen a punto de estallar de pura presión acumulada.

El segundo orgasmo me parte en dos. Me deshago sobre el consolador, empalada, y si no me estuvieras sujetando me habría caído de la silla. Te aprieto los dedos clavados en mis caderas hasta que pasa.

—Necesito follarte —me dices con la voz quebrada—. Ya. No aguanto más.

—Claro que sí —respondo, todavía jadeando, mientras me levanto—. Pero antes quiero dejarte bien limpito.

Me arrodillo de nuevo entre tus piernas. Empiezo por los testículos, lamiéndolos despacio, recogiendo el sabor de mi propio placer derramado sobre ellos. Tu cara es indescriptible: una mezcla de gratitud y desesperación que no había visto nunca. Cuando termino con ellos, asomo la lengua entre las barras de la jaula y busco la punta de tu polla, atrapada y palpitante. La tienes tan dura que aprieta el acero desde dentro, peleando por salir. La silla brilla con la mezcla de mi flujo y de mi saliva.

—No puedo más —gimes, casi suplicando—. Necesito correrme.

Te miro desde abajo y, por fin, abro el candado. En cuanto retiro el acero, ni siquiera te da tiempo a metérmela. Apenas queda liberada, toda la presión que habías acumulado durante horas sale de golpe, en varios chorros largos, uno detrás de otro, mientras te desplomas contra el respaldo con los ojos cerrados.

Me quedo mirándote, satisfecha, con la respiración agitada y una sonrisa de oreja a oreja.

—Vaya —digo, recogiendo la jaula vacía del suelo—. Diría que el juguete nuevo te ha gustado.

Abres un ojo, agotado, todavía temblando, y te ríes sin fuerzas.

—La próxima vez —dices entre jadeos— el juguete lo elijo yo.

—Eso —respondo, inclinándome para besarte la frente— ya lo veremos.

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Comentarios (5)

Sofi_Nocturna

Dios mio, que giro tan inesperado!! No me lo esperaba para nada, me dejo con la boca abierta

LunaRda22

Por favor escribi una segunda parte, esto no puede quedar asi. Me quede con muchas ganas de saber como sigue

CuriosoBA

Una de las mejores fantasias que lei aca. El juego de poder esta muy bien manejado y el inicio con ese mensaje de cuatro palabras ya te atrapa. Felicidades!!

Claudio_mdp

tremendo jaja, sigue asi :)

ValentinaGdl

Me encanto la premisa desde el primer parrafo, se siente muy real sin ser burdo. Ojalá hubiera mas relatos de este estilo

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