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Relatos Ardientes

El stripper enmascarado de la despedida era mi ex

Todo empezó porque Mariela se casaba en tres semanas y nosotras tres habíamos jurado darle la despedida de soltera más memorable de nuestras vidas. Daniela se encargaría de la música y la decoración, Pilar de las bebidas y de una sorpresa que se negaba a contarnos, y yo del lugar. Parecía simple cuando lo planeamos entre risas, copa de vino en mano. No tenía idea de lo que esa noche iba a remover dentro de mí.

Pasé una semana entera recorriendo bares, discotecas y salones de la ciudad buscando el sitio perfecto. Ninguno me convencía. Algunos eran demasiado abiertos, otros no nos dejaban hacer lo que teníamos en mente, y la familia de Mariela era lo bastante conservadora como para que cualquier filtración nos costara un escándalo. Al final tomé la decisión más práctica y más peligrosa: lo haríamos en mi casa.

—¿Tu casa? —preguntó Pilar, levantando una ceja—. Entonces yo me ocupo de que nadie reconozca a nadie.

Esa fue su sorpresa: máscaras. Antifaces de plumas, de encaje, venecianos. La idea me pareció brillante. Con el rostro cubierto, ninguna de nosotras tendría que preocuparse por las fotos, por los rumores, por la prima chismosa de Mariela. Podíamos ser otras durante una noche entera.

Daniela y Pilar se encargaron de contratar al animador de la velada. Buscaban a alguien con buen cuerpo, simpático, con iniciativa, capaz de leer el ambiente sin volverlo grotesco. Vieron varios perfiles y, cuando dieron con uno, no lo dudaron. Me mostraron una foto borrosa, de torso, y aprobé sin prestar demasiada atención. Tenía mil detalles logísticos en la cabeza.

***

El sábado llegó más rápido de lo que esperaba. Desde temprano mis amigas invadieron mi living con guirnaldas, luces de colores y una mesa de tragos digna de un bar. Yo iba y venía colgando antifaces de la pared, probando la lista de música, escondiendo cualquier cosa de valor. Estábamos todas nerviosas, riendo demasiado fuerte, llenando el silencio de los preparativos con bromas para no admitir lo ansiosas que estábamos.

A media tarde sonó el teléfono de Pilar. La vi cambiar de cara: primero sorpresa, después una sonrisa enorme que no podía contener.

—No me lo van a creer —dijo al colgar—. El chico que contratamos pregunta si en vez de uno mandamos cuatro. Dice que el grupo trabaja junto y que por el mismo show vienen los cuatro.

—¿Cuatro? —se rió Daniela—. Es perfecto, uno para cada una.

Asentí, divertida, sin saber que ese cambio de planes iba a torcer mi noche por completo. Solo Daniela pareció dudar un segundo, como si temiera por algo, pero no dijo nada.

***

Llegaron cuando ya estábamos todas con un par de copas encima. Entraron con sus máscaras puestas, vestidos de manera impecable, y el living se llenó de gritos y aplausos. La música bajó a un ritmo lento y empezó el show.

Verlos desnudarse de a poco era hipnótico. Las camisas que se abrían botón a botón, los abdominales marcados, la piel apenas brillante bajo las luces de Daniela. Mariela chillaba feliz, Pilar grababa todo entre carcajadas, y yo… yo me quedé colgada de uno de ellos. No sabría explicar por qué. Había algo en cómo se movía, en la seguridad de sus manos al recorrer su propio cuerpo, que me secó la boca.

Tomé valor con la ayuda del vino y me levanté. Si iba a tener un hombre así frente a mí, no pensaba mirarlo desde el sillón. Me acerqué, dejé que la música me guiara y empecé a moverme contra él, dibujando círculos lentos con mi cadera. Giré a su alrededor, subí y bajé arqueando la espalda, ofreciéndole mi cuerpo con una desfachatez que normalmente no me pertenece.

Entonces sus manos me tomaron de la cintura.

Y mi cuerpo lo reconoció antes que mi cabeza.

Fue un escalofrío extraño, una sensación de familiaridad que no tenía lógica. Esas manos sabían exactamente dónde apretar. Seguí bailando, confundida, intentando entender por qué reaccionaba así ante un desconocido. Hasta que una voz grave me rozó la oreja.

—¿Todavía te acordás de mí? —susurró.

Me giré de golpe. La máscara le cubría la mitad de la cara, pero esos ojos los habría reconocido en cualquier parte. Era Adrián. El hombre con el que había compartido el mejor y el más complicado año de mi vida, el que había desaparecido sin despedirse, el que todavía aparecía en sueños que prefería no contarle a nadie.

No hubo tiempo para preguntas. Nos besamos como si los tres años de distancia no hubieran existido, su mano subiendo por mi muslo, la mía aferrada a su nuca. La excitación fue inmediata, descarada, imposible de disimular. En medio del caos de la fiesta, nadie nos prestaba atención.

Le tomé la mano y me lo llevé a mi habitación.

***

Apenas cerré la puerta, el ruido de la fiesta quedó del otro lado, lejano. Adrián me besó el cuello, bajó hasta el hombro y mi piel se erizó entera. Conocía ese recorrido de memoria. Siguió por mi espalda, por la curva de la cadera, tocándome por encima del vestido, dibujando con los dedos lugares que creía haber olvidado.

—Pensé que no iba a volver a verte —le dije, con la voz quebrada.

—Yo nunca dejé de buscarte —respondió, y me giró hacia él.

Me besó el abdomen, los pechos por encima de la tela, subió de nuevo hasta mis labios. Después, sin apuro, empezó a quitarme el vestido. Quedé casi desnuda frente a él, con la ropa interior como única defensa, los pezones endurecidos delatando lo que sentía. Me alzó en sus brazos y me recostó en la cama con una delicadeza que contrastaba con el deseo evidente entre los dos.

—Cerrá los ojos —pidió.

Le hice caso. La oscuridad multiplicó cada sensación. Sentí sus labios en mis senos, sus dientes deslizando la última prenda por mis piernas, su aliento bajando despacio. Una corriente me recorrió de los pies a la nuca.

—Todavía no te hice nada y ya estás temblando —murmuró contra mi piel—. Disfrutá. Esta noche somos solo vos y yo.

Lo escuché alejarse un momento. Volvió, y lo que tocó mi cuello no fue su boca: era un trozo de hielo. Lo paseó por mi garganta, entre mis pechos, por el vientre, dejando un rastro frío que se evaporaba bajo el calor de mi cuerpo. El contraste me arrancó un gemido que no pude contener. Apreté las sábanas, con la respiración entrecortada, mareada de puro placer.

Cuando el frío llegó a donde más lo necesitaba, las piernas me empezaron a temblar. Adrián cambió el hielo por su lengua y el cambio de temperatura me deshizo. Trazó círculos lentos, exactos, alternando presión y suavidad como solo él sabía hacerlo. Me aferré a su pelo, arqueé la espalda y me dejé ir en un orgasmo largo que me dejó sin aire.

***

No quise ser la única en perder la cabeza. Lo empujé sobre la cama y me acomodé sobre él, invertida, ofreciéndole de nuevo lo que acababa de probar mientras yo lo tomaba a él. Lo recorrí despacio con la boca, saboreando cada centímetro, escuchando cómo se le escapaba el aire entre los dientes. Él respondía con la lengua, con los dedos, y yo respondía a su respuesta, en un círculo de placer que nos tenía a los dos al borde.

—Vení acá —dijo de pronto, con la voz ronca.

Me acomodó en cuatro y entró en mí con una lentitud que era casi una venganza por todo el tiempo perdido. La sensación de volver a sentirlo dentro fue abrumadora. Empezó suave y fue ganando ritmo, sosteniéndome de la cintura, leyendo cada uno de mis gemidos para saber exactamente cuándo apretar más fuerte.

—No pares —le pedí, sin reconocer mi propia voz—. Por favor, no pares.

No paró. Sentí cómo me abría con cuidado y cambiaba de lugar, preguntándome en silencio si quería más. Le dije que sí con el cuerpo, empujándome contra él. Entró despacio, milímetro a milímetro, hasta que ya no hubo distancia posible entre los dos. Lo que salía de mi boca ya no eran gemidos, eran sonidos que ni sabía que era capaz de hacer.

Mientras se movía, yo me acariciaba, multiplicando cada sensación. Después me recosté sobre él y tomé el control, marcando yo el ritmo, subiendo y bajando primero despacio y luego sin piedad, cabalgándolo hasta hacerlo gemir mi nombre. Lo sentí hincharse, lo escuché contener la respiración, y cuando se dejó ir lo hizo aferrado a mí, como si tuviera miedo de que volviera a desaparecer.

Terminamos tumbados, enredados, tratando de recuperar el aliento y las fuerzas para volver al mundo de afuera.

—No vuelvas a irte sin avisar —le dije, todavía contra su pecho.

—No pienso hacerlo —contestó, y por primera vez en años le creí.

***

Cuando salimos de la habitación, despeinados y con la ropa a medio acomodar, las cosas afuera no estaban precisamente tranquilas. Mis amigas caminaban de un lado a otro con cara de pánico: la futura novia había desaparecido. Mariela se había escabullido en algún momento del show con uno de los otros chicos del grupo, amigo de Adrián, y nadie lograba ubicarla.

Adrián llamó a su amigo y, después de un par de intentos, atendió. Mariela estaba bien. Se habían escapado a una cafetería a la vuelta para huir del bullicio y poder hablar tranquilos. Cuando los fuimos a buscar, los encontramos riéndose en una mesa del fondo, como si se conocieran de toda la vida.

Nos despedimos en la vereda, ya de madrugada. Adrián me apretó la mano antes de soltarla y prometió llamarme al día siguiente. Esta vez, mientras lo veía alejarse, no sentí el vacío de la otra vez. Algo me decía que esa máscara no había sido el final de nada, sino el principio de un reencuentro que ninguna de las dos esperábamos.

Y pensar que yo solo me había encargado de buscar el lugar.

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Comentarios (4)

AnaMedrano

Excelente!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

NocheLector77

Por favor que haya segunda parte, me quede con las ganas de saber que paso despues

ClaraRossi

Me recordó demasiado a un reencuentro que tuve con alguien del pasado, sin tanto drama jaja pero la sensacion es igualita. Buenísimo

PedroL_ok

te atrapa desde la primera linea, genial

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