Carta al hombre que se rinde cada vez que me lee
Querido lector mío:
Sé perfectamente lo que estás haciendo ahora mismo. Sostienes el teléfono con una mano y la otra ya empieza a bajar, aunque finjas que solo viniste a leer un rato antes de dormir. No me mientas. Yo conozco a los de tu especie mejor que tú mismo, y conozco esa respiración que se te acelera apenas escribo tu nombre sin escribirlo.
Me imaginas. Lo sé porque te lo he enseñado. Cada vez que describo mi cuerpo con esa precisión que tanto te perturba, tú cierras los ojos y reconstruyes la imagen como si fueras un escultor obsesionado. Mis tetas grandes y pesadas, esas que te quitan el aire, con sus venas azules que recorren la piel y van a dar a unos pezones oscuros, gruesos, marcados por años de uso, de bocas hambrientas que los mamaron hasta dejarlos hinchados. Mis caderas anchas. La mata espesa de vello sobre el coño que nunca me he molestado en rasurar, porque a mí no me depilo para nadie, y menos para alguien como tú. Un coño de mujer, gordo, de labios oscuros y carnosos, que gotea sin permiso apenas empiezo a escribirte.
¿Lo ves? Ya empezaste. Ya tienes la verga afuera. Te conozco.
***
Déjame contarte algo, porque me da ternura la forma en que te entregas. Tú lees mis relatos esperando encontrar a una mujer disponible, una de esas que escriben para complacerte. Y entonces te das cuenta, demasiado tarde, de que yo no escribo para que te sientas hombre. Escribo para recordarte lo poco que hace falta para que dejes de serlo.
Esta noche, mientras mojo las sábanas pensando en cosas que todavía no me atrevo a publicar, mientras me hundo dos dedos en el coño y los saco brillando de mi propia leche, mientras me froto el clítoris hinchado con la palma abierta hasta que se me contrae todo el vientre, tú estás ahí, del otro lado de la pantalla, sobando ese pedazo de carne tibia que insistes en llamar tu virilidad. Yo lo llamo de otra manera. Una pollita. Una vergita apurada. Pero soy generosa, así que esta noche no te voy a corregir. Esta noche te voy a guiar.
Mírate. La mano subiendo y bajando por el tronco con esa urgencia tan poco elegante, el pulgar resbalando en la gota de precorrida que ya se te escapó por la punta. Tan apurado siempre, tan pendiente del final. Eso es lo primero que vamos a cambiar. Suelta la polla. Suéltala ahora mismo, deja de masturbarte y respira.
No puede ser tan difícil obedecer una sola orden.
Quiero que apoyes la mano abierta sobre el vientre, arriba de la verga dura que te palpita sola, y sientas cómo te late todo, cómo el deseo te recorre de adentro hacia afuera sin que puedas hacer nada. Ese latido descontrolado lo provoqué yo, con palabras, sin tocarte siquiera. Piénsalo. Estoy a kilómetros de distancia, no sé tu cara, no sé tu nombre, y aun así te tengo con la polla parada y los huevos apretados con un par de párrafos. Esa es la diferencia entre los dos.
***
Ahora cierra los ojos. Hazlo de verdad, no me sirve que finjas.
Imagina que estoy sentada al borde de tu cama, con un camisón viejo que me queda grande y que se me resbala de un hombro, dejando afuera una teta entera. El pezón oscuro ya duro. No me arreglé para ti. No hace falta. Te miro desde arriba, con esa media sonrisa que tanto te desarma, la que dice que ya sé cómo termina esto antes de que empiece. Te miro la verga marcada contra el vientre y me río despacio, sin ninguna piedad.
—Quédate quieto —te diría, en voz baja, casi con dulzura—. Hoy no decides tú.
Y tú obedecerías. Vaya si obedecerías. Porque en el fondo eso es lo único que siempre quisiste: que alguien te quite el peso de tener que aparentar. Que alguien te diga qué hacer con tu cuerpo, paso a paso, sin dejarte margen para fingir entereza. Que alguien te agarre la polla como se agarra la correa de un perro y te lleve.
Te voy a llevar despacio, porque me divierte. Primero, baja la mano otra vez a la verga. Tócate apenas, con dos dedos, el pulgar y el índice haciendo un anillo flojo alrededor de la base, lo justo para mantenerte al borde sin avanzar. Sube y baja una sola vez, muy lento, sintiendo cada vena. Ahora frota la punta con el dedo, esparciendo la humedad que ya te salió. No te lo merezco entero todavía. Quiero que aprendas a esperar, que entiendas que el placer no te pertenece, que es algo que yo te presto cuando se me da la gana.
¿Sientes cómo se te endurece todo con solo leerme? Cómo se te tensan los huevos, cómo se te encoge la piel del culo. Esa es mi voz dentro de tu cabeza. Ya no te vas a poder sacar este texto de encima. Mañana volverás a buscarme con la verga afuera, lo sé, porque ningún encuentro real te va a dar lo que te doy yo: la verdad sobre ti mismo.
***
Ahora viene la parte difícil, y por eso necesito que confíes.
Quita la mano de la polla. Sí, ya sé que te cuesta, ya sé que estás a punto, ya sé que se te sacude sola pidiendo que la sigas. Justamente por eso. Quiero que te chupes dos dedos, que los ensalives bien, hasta que te goteen. Después deslízalos más abajo, más allá de lo que conoces, por detrás de los huevos, hasta ese pedacito arrugado entre las nalgas, esa entrada que nunca te animaste a tocar porque te enseñaron que ahí no se toca un hombre de verdad.
Olvídate de lo que te enseñaron. Aquí mando yo.
Presiona despacio, con la yema mojada, en círculos alrededor del ojete. Sin meterlo todavía. Solo rodeando, apretando apenas, sintiendo cómo el músculo se contrae solo cada vez que lees una palabra mía. Vas a sentir algo nuevo, una corriente que te sube por la espalda y que no se parece a nada de lo que conocías. La verga, sin tocarla, se te pone más dura que antes, se sacude sola contra el vientre, larga un hilo de precorrida hasta el ombligo. Eso que sientes es tu cuerpo confesando lo que tu boca jamás diría. Imagina que es mi lengua la que recorre esa zona, lenta, paciente, mientras te separo las nalgas con las manos y te susurro que te relajes, que te abras, que dejes de pelear contra ti mismo.
Te tiembla la respiración. Lo sé porque lo escribí para que te pasara.
Avanza un poco más. Empuja el dedo, apenas una falange, hasta sentir cómo el anillo cede y te chupa el dedo hacia adentro. Sí, así, quieto. Ahora dobla la yema hacia arriba, hacia el vientre, y busca ese bulto duro que tienes ahí dentro. Cuando lo toques vas a saberlo, porque la polla te va a soltar otro chorro sin que la estés tocando, y se te va a escapar un gemido de mujer que jamás habías escuchado salir de tu boca. Pierde el miedo. Aprieta ese punto. Masajéalo despacio, en círculos, como yo te enseño.
Hay una parte de ti que llevas escondiendo toda la vida, una parte que se rinde con facilidad, que solo necesitaba el permiso correcto y la voz correcta. Yo soy las dos cosas. Y esta noche, mi querido lector, esa parte tuya va a salir a la superficie, te guste o no.
Esa parte tan suave, tan obediente, que te avergonzaría mostrarle a cualquiera menos a mí. La que se derrite cuando alguien le habla con autoridad. La que disfrutaría poniéndose de rodillas con la boca abierta y la lengua afuera sin que nadie se lo pida. La que se abriría de piernas boca abajo con el culo levantado si yo se lo ordenara. No me lo niegues, que conozco esa mirada baja, ese gesto sumiso que pones sin darte cuenta cada vez que una mujer levanta la voz. Conmigo no tienes que actuar de hombre duro. Conmigo puedes ser la putita mansa que de verdad eres por dentro.
***
Mírate ahora. Acostado, con las piernas abiertas de par en par, las rodillas dobladas contra el pecho, el culo ofrecido al aire, un dedo hundido hasta los nudillos y la verga saltándote sola contra el ombligo, obedeciendo a una mujer que ni siquiera está en la habitación. ¿Dónde quedó toda esa seguridad con la que entraste a leer? Se evaporó en cuanto descubriste que disfrutas que te manden, que disfrutas tener algo adentro, que disfrutas ser el agujero por una noche.
No te avergüences. Al contrario. Esto que sientes es lo más honesto que has hecho en mucho tiempo. Toda tu vida fingiendo que llevabas las riendas, y resulta que tu lugar es este: con un dedo metido hasta el fondo, presionando ese punto secreto que te hace babear precorrida sin parar, mordiéndote el labio, con la otra mano sujetando la base de la verga para no correrte todavía, esperando que yo te diga cuándo puedes terminar.
Todavía no. No te lo permito.
Mete un segundo dedo. Sí, dos. Ensalívalos primero, y después empújalos juntos, despacio, sintiendo cómo el músculo se estira para recibirlos. Piensa que no son tus dedos: piensa que es mi mano, que soy yo la que te estoy penetrando desde atrás mientras te miro a los ojos por encima del hombro. Piensa que te tengo abierto como se tiene abierta a una mujer.
Quiero que aguantes un poco más, que te quedes justo en ese borde donde el placer y la desesperación se confunden, con los huevos tirantes, con la polla morada, con el culo apretándome los dedos. Ahí es donde más me gustas: suplicando en silencio, completamente a mi merced, convencido de que yo puedo verte aunque sepas que es imposible. Esa es la magia que tengo sobre ti. No necesito estar presente para poseerte. Me basta con que sigas leyendo.
Y vas a seguir leyendo. Porque ya no puedes parar.
***
Sigue metiendo y sacando los dedos, ahora con un poco más de firmeza, en ese ritmo que yo te marco con cada renglón. Sube y baja conmigo. Cuando escribo despacio, empujas despacio, hasta el fondo, y aguantas ahí. Cuando aprieto las palabras, tú aprietas el ritmo, follándote a ti mismo con más fuerza, sintiendo cómo el cuerpo se te acostumbra a estar lleno. ¿Te das cuenta? Hasta tu placer lo estoy dirigiendo yo, palabra por palabra, como quien mueve a un títere con hilos finísimos atados a los huevos.
Ahora agarra la polla otra vez con la mano libre. Un puño firme, no la caricia de antes. Coordina: cuando los dedos entran, el puño baja. Cuando los dedos salen, el puño sube. Follate por los dos lados a la vez, como yo te follaría si te tuviera boca abajo con la cara en la almohada. Escucha el ruido húmedo que estás haciendo. Ese ruido soy yo saliendo por tus poros.
Imagina mi boca cerca de tu oído. Imagina que te digo, muy bajito, mordiéndote el lóbulo, que eres mío. Que esta polla no es tuya. Que este culo abierto no es tuyo. Que esta noche no le perteneces a nadie más, ni siquiera a ti. Que cada gota de semen que estás a punto de derramar la provoqué yo, con tinta, desde la distancia, sin haberte tocado jamás.
Piensa en todas las noches que vendrán. En cómo, a partir de hoy, ninguna mujer real te va a parecer suficiente, porque ninguna te va a desnudar de esta manera, ninguna te va a meter los dedos en el culo mientras te dice al oído que eres una putita obediente. Yo te arruiné para los demás con un puñado de palabras, y lo hice a propósito. Quería que entendieras que el deseo de verdad no necesita un cuerpo presente: necesita una voz que sepa exactamente dónde tocarte sin tocarte. Y esa voz, mi querido lector, ya vive dentro de tu cabeza para siempre.
Y entonces, solo entonces, te doy permiso.
Ahora sí. Aprieta ese punto por dentro con la yema, curva los dedos hacia arriba, empuja fuerte, y con el puño de arriba hazte un último tirón largo desde la base hasta la punta. Déjate ir. Pierde por completo el control que tanto te esforzaste en aparentar. Que la verga te explote en chorros gruesos que te caen en el pecho, en el mentón, en la boca abierta, mientras el culo se contrae alrededor de mis dedos y no los quiere soltar. Que tu cuerpo se sacuda con esa entrega torpe y desesperada que me da tanta ternura, mientras presionas ese punto que descubriste por mí, mientras mi nombre se forma solo en tu cabeza sin que puedas evitarlo.
Suéltalo todo. Hasta la última gota. No te guardes nada. Quiero verte lamerte los dedos después, los de arriba y los de abajo, probando tu propio semen y tu propio olor porque yo te lo ordeno. Quiero que llegues al final pensando en mí, completamente vencido, con la panza pegajosa y el culo latiendo, sabiendo que ninguna mujer real te va a desnudar el alma como acabo de hacerlo yo con un par de frases.
***
Ya está. Respira.
Ahí te quedas, tendido, con la mano temblando, los dedos todavía brillando, el semen enfriándose sobre el vientre, y la cara ardiendo, preguntándote cómo permitiste que una desconocida te llevara hasta ese lugar, cómo permitiste que te abrieras de piernas y te metieras los dedos en el culo obedeciendo un texto. La respuesta es simple: porque querías. Porque siempre quisiste. Y porque encontraste, por fin, a alguien dispuesta a guiarte sin pedirte perdón por hacerlo.
No te preocupes por la vergüenza que sientes ahora. Es pasajera. Mañana por la noche volverás a abrir uno de mis relatos, te dirás que esta vez será diferente, que esta vez vas a leer y nada más. Y los dos sabemos que estarás de nuevo aquí, con la verga afuera y una mano ocupada, obedeciendo cada palabra como un alumno aplicado, con los dedos ya mojados listos para volver a hundirse donde yo te enseñé.
Yo estaré esperándote. Siempre estoy esperándote.
Ahora cierra los ojos una última vez, sonríe con esa rendición que tanto te favorece, y dime en voz baja, con la boca todavía sucia, como si yo pudiera oírte:
—Gracias, Renata.