Confesión: el chat con un hombre que me obsesionó
Tardé casi tres años en aceptar lo que mi cuerpo ya había decidido por mí. Empezó a inicios del 2020, en mitad del encierro, con una curiosidad incómoda que no sabía cómo nombrar. Me ponía a ver porno como cualquier otro veinteañero aburrido, y poco a poco fui notando que el clic ya no estaba en la chica. Estaba en el otro. En él.
Lo negué bastante tiempo. Me decía que era morbo, que era cuestión de probar algo nuevo, que en cuanto encontrara una novia se me iba a pasar. No se me pasó. Cada vez que una mujer me gustaba en serio, sentimentalmente, seguía siendo solo con mujeres. Pero el deseo físico tenía dos pistas. Y la segunda, la que iba hacia los hombres, era cada vez más ruidosa.
A inicios de este año por fin me animé a hacer algo al respecto. Bajé una aplicación de citas, marqué el perfil como bisexual y dejé que el algoritmo hiciera lo suyo. La primera semana fue desconcertante. Recibí mensajes de tipos que pedían fotos a los dos minutos, de otros que solo querían quedar para coger sin tanto rodeo, y de algunos que parecían más interesados en mi culo que en mi nombre.
Hasta que me escribió Iván.
Vivía a quince minutos de mi barrio. La foto del perfil no era de gimnasio ni de espejo. Era una foto normal, sonriendo, con una camiseta gris y el pelo medio revuelto. Me cayó bien antes incluso de leer su mensaje.
—Hola, ¿qué tal? —escribió—. Tu bio me hizo reír. ¿En serio nunca habías hablado con un tío por aquí?
Nunca con nadie así.
—Nunca —le contesté—. Soy bastante novato en todo esto, la verdad.
Lo que vino después fue una conversación larga, más larga de lo que esperaba. Me preguntó cuánto llevaba pensando en hombres, cómo había llegado a aceptarlo, si lo sabía alguien de mi familia. Yo le contesté con cuidado, midiendo cada palabra, sintiéndome raro de hablar de eso por primera vez con alguien que también podía hacerlo realidad.
—¿Y qué te gusta del sexo? —me soltó de repente, cuando ya llevábamos dos horas dándole al teclado.
Me quedé mirando la pantalla. Era la primera pregunta directa, y por algún motivo me puso nervioso responderla.
—No sé —escribí—. Con mujeres me gustó siempre el oral. Lo de arriba y lo de abajo. ¿Por qué?
—Porque quería saber si eras pasivo, activo, o las dos cosas. Por la app la gente no suele decirlo claro.
—Creo que pasivo. Aunque sin haberlo probado, no sé qué tan en serio puedo decirlo.
—¿Quieres mandarme una foto?
***
Me levanté del sofá. Caminé por el salón. Me serví agua. Volví al móvil y la pregunta seguía ahí, suspendida en la pantalla, esperando una respuesta que ya sabía cuál iba a ser.
—Sí —le contesté.
Entré al baño, me bajé el pantalón y me puse de espaldas frente al espejo. Hice la foto inclinándome un poco hacia delante, sin mostrar la cara. Me costó pulsar enviar. Cuando lo hice, sentí un calor extraño detrás de las orejas, mitad vergüenza, mitad otra cosa que aún no me atrevía a llamar excitación.
Tres puntitos.
—Joder —escribió—. Tienes un culo precioso. ¿Otra de frente?
La segunda foto la hice más decidido. Me había puesto medio duro solo de leer su mensaje. Cuando se la mandé, ya no tenía tantas dudas sobre lo que estaba haciendo.
—¿Me mandas una tú? —escribí.
Tardó menos de un minuto. La foto que me llegó era de él, también sin cara, sosteniendo la polla con la mano derecha. Era más gruesa de lo que esperaba. Estaba erecta y un poco curvada hacia arriba, brillante en la punta.
Me la quedé mirando demasiado tiempo.
Algo se me apretó en el pecho. No fue asco, ni rechazo, ni la confusión que durante tres años me había acompañado cada vez que pensaba en algo así. Fue lo contrario. Fue una palpitación enorme en la entrepierna y la imagen mental, instantánea y vívida, de esa misma polla entrando en mí.
—¿Sigues ahí? —escribió.
—Sí. Perdona. Es que…
—¿Qué?
—Me has puesto cachondo.
***
Esa noche me masturbé pensando en él. No en una mujer, no en una fantasía vaga: en él. En sus manos. En cómo sería tenerlo encima, en cómo sonaría su voz contra mi oído, en lo que diría justo antes de empezar. Usé un consolador que había comprado meses atrás para responderme a mí mismo esa pregunta que no me atrevía a hacer a nadie.
Me corrí en menos de cinco minutos.
Y después me quedé tumbado en la cama, con el techo dando vueltas, pensando que algo había cambiado de manera definitiva. No es que antes no lo supiera. Es que antes podía fingir que era una idea abstracta. Ahora era una gana concreta, con un cuerpo concreto al otro lado de la pantalla.
Hablamos casi todos los días después de eso. Iván tenía una manera de escribir que me desarmaba. No era cursi, no era empalagoso, no me hablaba como si yo fuera una damisela. Me decía las cosas directamente, con una mezcla de calma y morbo que me obligaba a leer cada mensaje dos veces.
—Cuando vengas a mi casa —me escribió un martes a las once de la noche— quiero meterte la lengua antes de meterte cualquier otra cosa. ¿Te ha hecho eso alguien?
—No —contesté, y la mano ya se me había ido sola al pantalón del pijama.
—Pues empezaríamos por ahí. Boca abajo, las piernas separadas, y mi lengua sin prisa. Para que te relajes. Para que entiendas que no hay que tenerle miedo a nada.
Me masturbé otra vez con eso. Y otra vez al día siguiente. Y otra el viernes, cuando me mandó un audio de treinta segundos contándome lo que haría conmigo si nos viéramos esa misma noche.
El audio me lo guardé. No debería decirlo, pero todavía lo escucho a veces.
***
El problema empezó cuando él propuso una fecha real.
—¿Qué tal este sábado?
Yo trabajaba los sábados hasta las nueve. Él entraba a las seis de la mañana al día siguiente. La cosa no cuadraba ni a tiros. Lo intentamos de nuevo el miércoles de la semana siguiente: yo tenía cena familiar. El domingo: él tenía a su sobrino en casa. Cada vez que aparecía una ventana posible, una de las dos agendas se cerraba.
Quería pensar que era solo el calendario. Que era cuestión de mala suerte. Pero la verdad, si soy honesto conmigo mismo, también había otra cosa.
Cada vez que se acercaba una fecha concreta, una hora exacta, una dirección, se me ponía el estómago raro. No miedo exactamente. Algo más complicado. La sensación de que cruzar esa puerta era cruzar una raya que después no se podía borrar. Una vez que fuera a su piso, ya no podría volver a decirme «todavía estoy averiguándolo». Sería un hecho.
Soy desconfiado por naturaleza. Lo he sido siempre. Me cuesta dejar entrar a alguien nuevo, incluso para una cena. Y aquí no se trataba de una cena. Se trataba de tumbarme boca abajo en la cama de un desconocido y dejar que me hiciera todo lo que me había prometido por chat durante semanas.
Otra parte de mí, la que se masturbaba con sus audios, gritaba que dejara de pensar tanto. Que fuera de una puta vez. Que después me arrepentiría más de no haber ido que de haber ido.
Pero el cuerpo, cuando estoy a solas, decide cosas distintas a las que decide cuando estoy en el chat.
***
Llevamos así un mes y medio. Hemos hablado con otros tíos por la app, los dos. Yo se lo cuento, él me lo cuenta. Ninguno encaja como él. Algunos me atraen físicamente, claro, pero la conversación no fluye, o son demasiado rápidos, o demasiado tibios, o me piden cosas que todavía no me siento listo para dar.
Con las mujeres todo es distinto. Con ellas hay sentimiento, hay proyecto, hay ganas de despertar al lado. Con los hombres, al menos por ahora, es deseo puro. Carne. Curiosidad acumulada durante años que pide salir por algún lado.
Iván sigue ahí. A veces pasan tres días sin hablarnos y luego me escribe a las dos de la mañana preguntándome si estoy despierto. Lo estoy. Casi siempre lo estoy. Hablamos un rato, nos calentamos, nos masturbamos cada uno por su lado, y nos volvemos a dormir.
El otro día me preguntó si seguía teniendo miedo.
—No es miedo —le contesté—. Es que quiero estar seguro.
—¿Y cuándo vas a estar seguro?
No supe qué contestarle. Le mandé un emoji tonto y cambié de tema.
Pero esa pregunta lleva semanas dándome vueltas en la cabeza. ¿Cuándo voy a estar seguro? ¿Después de cuántos audios, de cuántas fotos, de cuántas noches imaginándomelo encima de mí?
Sé la respuesta. La he sabido desde hace tiempo. Nunca voy a estar del todo seguro. La única manera de averiguar lo que se siente es metiéndome en el coche un sábado por la noche, conduciendo esos quince minutos, y tocando el timbre de un piso que todavía no he visto.
Lo voy a hacer. No sé cuándo. No sé si esta semana o el mes que viene, pero lo voy a hacer. Y cuando pase, prometo contarlo.
De momento, esto es lo que tengo. Una app, un chico que vive a quince minutos, un audio guardado en favoritos y la certeza incómoda de que dejé de ser quien era hace ya un buen tiempo, solo que no me he atrevido a decírmelo en voz alta hasta esta misma noche.