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Relatos Ardientes

El juego del espejo que me enseñó a desearme

Fue Renata quien me habló del juego por primera vez. Estábamos en su cocina, con dos copas de vino mediadas, y yo le confesaba que hacía meses que no sentía nada parecido al deseo. No con mi pareja, no conmigo misma, no con nadie. Como si una parte de mí se hubiera apagado sin avisar.

—No necesitas a otra persona para volver a encenderte —me dijo ella, girando la copa entre los dedos—. A veces solo necesitas un espejo.

Me reí. Pensé que bromeaba.

—Hablo en serio —insistió—. Te plantas delante de un espejo de cuerpo entero, donde puedas verte completa, y te imaginas que del otro lado hay alguien mirándote. Alguien que no puede tocarte, solo observar. Y tú decides qué le muestras.

Alguien que solo observa. La idea se me quedó pegada en algún rincón durante varios días.

***

La probé un jueves por la noche, cuando me quedé sola en casa. Mi pareja se había ido de viaje y yo tenía el departamento entero para mí, el silencio entero para mí. Cerré la puerta del dormitorio con llave aunque no había nadie más, solo por la sensación de estar a salvo, de poder hacer cualquier cosa sin que el mundo se enterara.

Apagué la luz del techo y dejé encendida nada más la lámpara de la mesita. La penumbra cambiaba todo. El espejo del armario, que durante el día era un mueble cualquiera, ahora parecía una ventana hacia otro lugar.

Me paré frente a él. Todavía vestida, con la ropa con la que había andado todo el día. Me miré a los ojos primero, porque eso era lo más difícil. Sostener la propia mirada sin desviarla, sin buscar defectos, sin corregir la postura.

Imagina que hay alguien ahí. Detrás del cristal. Mirándote.

Y lo imaginé. No le puse cara ni nombre. Solo una presencia atenta, paciente, que esperaba a ver qué iba a hacer yo. Una presencia que no me apuraba, que no me pedía nada, que se conformaba con observar.

Sentí calor en la cara. Es absurdo ruborizarse delante de tu propio reflejo, pero ahí estaba, las mejillas encendidas, la respiración un poco más corta de lo normal.

***

Empecé por la blusa. Despacio, botón por botón, como si del otro lado hubiera alguien contando cada uno. No me la arranqué. La dejé caer de los hombros con una lentitud que ni yo me reconocía, observando cómo la tela se deslizaba por la piel y caía al suelo.

El pantalón fue después. Lo bajé mirándome, no mirando mis manos sino mis ojos en el espejo, porque eso era parte del juego: no perder de vista al observador, dejar que viera cuánto me gustaba que me viera.

Quedé en ropa interior. Un conjunto de encaje negro que había comprado hacía un año y que casi nunca usaba, guardado para una ocasión que nunca llegaba. Esta era la ocasión. Esta noche yo era la ocasión.

Me miré de frente, de perfil, giré la cadera, dejé que la luz tibia de la lámpara dibujara las curvas que durante tanto tiempo había mirado con indiferencia. Esa noche no había indiferencia. Esa noche había una mujer en el espejo que me resultaba, de pronto, profundamente deseable.

Mírame. Mira lo que puedo hacer.

***

Renata me había dicho que la regla era no hablar. Nada de palabras. Todo tenía que decirse con las manos, con los movimientos, con la forma de tocarme. Como si tuviera que enseñarle a mi observador, sin un solo sonido, exactamente cómo me gustaba.

Llevé las manos a mis pechos por encima del encaje. No con prisa. Los rodeé, los sostuve, dejé que el reflejo viera el peso de ellos en mis palmas. Despacio bajé los tirantes del sostén, uno y después el otro, y desabroché el cierre de la espalda sin dejar de mirarme.

El encaje cayó. Mis pechos quedaron al descubierto bajo la luz de la lámpara, y por primera vez en mucho tiempo me detuve a mirarlos de verdad, no con el ojo crítico de siempre sino con la mirada de alguien que los desea.

Rocé los pezones con la yema de los dedos, en círculos lentos, sintiendo cómo se endurecían con cada vuelta. Apreté apenas, lo justo para que una corriente tibia me bajara por el vientre. El espejo me devolvía la imagen de una mujer concentrada en su propio placer, y esa imagen me excitaba más que cualquier cosa que recordara en meses.

Mi respiración ya no era discreta. Subía y bajaba, audible en el silencio del cuarto, y me gustaba que fuera audible. Me gustaba imaginar que del otro lado la escuchaban.

***

Bajé una mano por el abdomen. Lento. Centímetro a centímetro, como si me demorara a propósito para hacer esperar al que miraba. Llegué al borde del encaje de la cadera y me detuve ahí, jugando con el elástico, sin decidirme todavía.

Ese era el punto que Renata había llamado «el momento de la verdad». El instante en que una elige: tocarse para mostrarle al otro cómo se hace, o tocarse simplemente para que el otro vea cuánto placer puede darse una a sí misma.

Elegí lo segundo. Esa noche no quería enseñar nada. Esa noche quería sentir.

Me bajé la última prenda mirándome a los ojos. Quedé completamente desnuda frente al cristal, completamente expuesta a esa presencia inventada que no me juzgaba, que solo esperaba.

***

Me toqué por fuera primero. Los dedos medio y anular deslizándose de arriba hacia abajo, despacio, reconociendo un cuerpo que sentía como nuevo. Estaba más húmeda de lo que esperaba, y esa constatación me arrancó un suspiro que rebotó en las paredes del cuarto.

Encontré el clítoris y dibujé círculos a su alrededor, suaves al principio, apenas un roce. El placer subía en oleadas pequeñas, cada una un poco más alta que la anterior. Separé las piernas sin dejar de mirarme, plantada frente al espejo, decidida a que el observador no se perdiera ni un detalle.

Mira cómo me gusta. Mira cómo me deshago.

Llegó un momento en que los dedos por fuera no me bastaron. Hundí el medio dentro de mí, despacio, y el reflejo me devolvió la imagen de mi propia boca abriéndose en un gemido silencioso. Lo saqué, lo llevé a mis labios para humedecerlo, lo volví a hundir. Cada vez que entraba, una descarga tibia me recorría desde el centro hasta la punta de los pies.

Empecé a moverme contra mi propia mano. Las caderas buscando el ritmo, los dedos entrando y saliendo en círculos, el pulgar presionando el clítoris en el mismo compás. La mujer del espejo tenía el pelo revuelto, la piel encendida, los ojos entrecerrados y fijos en mí.

***

No sé en qué momento dejé de imaginar al observador y me convertí yo en la que miraba. Las dos cosas eran lo mismo. Yo era la que se exhibía y la que contemplaba, la que se tocaba y la que se deseaba, y esa doble sensación me llevó a un borde que hacía mucho que no rozaba.

El ritmo se volvió más urgente. Ya no había lentitud ni elegancia, solo el movimiento crudo de una mujer corriendo hacia su propio final. Mi respiración se rompió en jadeos cortos. Sentí cómo todo se tensaba dentro de mí, cómo el placer se concentraba en un punto que amenazaba con estallar.

Y estalló. Me sostuve la mirada en el espejo hasta el último segundo, obligándome a no cerrar los ojos, a ver el momento exacto en que el orgasmo me sacudió de adentro hacia afuera. Las piernas me temblaron. Tuve que apoyar la mano libre en el armario para no perder el equilibrio.

El reflejo me devolvió una imagen que no olvidaré: una mujer acabando de pie, sola y acompañada al mismo tiempo, mirándose como si se viera por primera vez.

***

Me quedé un rato así, recuperando el aire, con la frente casi pegada al cristal. La mujer del espejo sonreía. Yo sonreía. Habíamos vuelto a encontrarnos después de mucho tiempo.

Pensé en Renata y en su frase sobre no necesitar a nadie para encenderme. Tenía razón a medias. Sí había necesitado a alguien esa noche: había necesitado a la mujer del otro lado del espejo, esa que me observó sin juzgarme, esa que resultó ser yo todo el tiempo.

Repetí el juego muchas noches después. Lo fui cambiando, lo fui haciendo mío, le agregué cada vez detalles nuevos. A veces me imaginaba a una persona concreta detrás del cristal; a veces a varias; a veces a nadie, solo a mí misma multiplicada.

Pero esa primera noche, la del jueves, la del departamento vacío y la lámpara encendida, fue la que me devolvió algo que creía perdido. No fue un orgasmo lo que recuperé. Fue el deseo de mirarme y querer lo que veía.

Si alguna vez sienten que esa parte de ustedes se apagó, prueben el juego. Plántense frente al espejo, imaginen que del otro lado alguien las espera, y muéstrenle, sin una sola palabra, todo lo que son capaces de sentir. Después cuéntenme cómo les fue.

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Comentarios (5)

DanielaRos

Que relato tan especial, me llego directo. Gracias por compartirlo con tanta honestidad.

Valentina_84

Increible como describis esa sensacion. Me gusto mucho, espero que sigas escribiendo por aca

NocturnaLect

Me recordo a cuando yo misma me propuse algo parecido una noche de invierno. Pocas veces un relato te hace sentir tan identificada, muy bien escrito.

MiraNocturna

Buenisimo!!!

Sergio_PBA

Pocas veces uno lee algo que excite y a la vez haga pensar. Este relato lo logra. Muy bueno.

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