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Relatos Ardientes

La noche de fernet y fantasías que no olvidamos

3.6 (12)

Era un viernes de enero en Córdoba, uno de esos en que el calor aprieta incluso después de medianoche y el ventilador apenas ayuda. La casa era mía por el fin de semana: mis viejos habían salido de viaje con mi hermano menor, y yo tenía todo el espacio. Esa tarde limpié el living, acomodé los almohadones grandes en el piso, prendí unas velas y bajé las luces. A las nueve empezaron a llegar.

Sofi fue la primera. Llegó con una bolsa del súper: dos botellas de fernet, papas fritas, palitos. Venía en remera oversize blanca, shorts de jean y zapatillas, el pelo suelto y revuelto. —Valentina, esta noche nos emborrachamos como la gente —me dijo dándome un beso en la mejilla y entrando directo a la cocina sin esperar que la invitaran.

Romina llegó al rato, puntual como siempre, cargando dos cajas de pizza gigantes. Pepperoni y cuatro quesos. Se sacó las zapatillas en la entrada, se tiró en el sillón y abrió la caja sin preguntar. El olor a queso derretido llenó el living en segundos.

Camila llegó diferente. Top negro de tirantes finísimos, shorts cortísimos rotos, sandalias con taco. Venía maquillada, con el pelo suelto cayéndole por la espalda, y una energía que se notaba desde que entró. —¿Me extrañaron? —preguntó con esa sonrisa de quien ya sabe que la noche va a ser buena. Se movía con esa seguridad de quien conoce exactamente el efecto que causa.

La última fue Paula. Vestido blanco corto, escote en V sutil, aros dorados largos. Trajo las cocas para complementar el fernet de Sofi. —Tardé eligiendo el outfit para no opacar a nadie —bromeó guiñándome un ojo mientras dejaba todo en la mesa ratona. Se veía impecable, como recién salida de una editorial de moda pero sin pretensiones.

Nos acomodamos en el living: yo en el sillón, Sofi y Romina tiradas entre los almohadones del piso, Camila con las piernas cruzadas mostrando más de lo necesario, y Paula sentada en el piso con la espalda contra el sofá. Fernet con coca en vasos de plástico, pizza abierta sobre la mesa ratona, papitas y palitos en un bol. La música sonaba bajito. Las velas le daban al ambiente algo entre íntimo y eléctrico.

Arrancamos con chismes del trabajo, memes del grupo, anécdotas varias. Nos reíamos fuerte, abríamos la pizza, picábamos las papitas. El fernet iba y venía. Las mejillas se pusieron coloradas, las risas más altas, los comentarios más sueltos.

Fue Sofi la que lo cambió todo. Se quedó callada un momento, miró alrededor con esa cara de «acá falta algo», tomó un trago largo y dijo:

—Chicas... ¿y si dejamos de hablar de pavadas y nos ponemos un poco más picantes? Porque yo ya estoy media caliente con el calor y el fernet me está pegando para ese lado.

El living se quedó en silencio. Todas nos miramos con esa mezcla de nervios y curiosidad que precede a las cosas buenas.

—¿De qué querés que hablemos exactamente? —pregunté, intentando sonar tranquila aunque el corazón ya me latía un poco más rápido.

Nadie contestó de entrada. Romina se mordió el labio y miró para el costado. Paula se rio bajito tapándose la boca con la mano. Fue Camila, recostada en el sillón con ese top que apenas cubría nada, la que lo resolvió con una sonrisa lenta:

—Ay, si quieren picante de verdad... hablemos de fantasías. Las que tienen en la cabeza y nunca le cuentan a nadie. Yo tengo las mías y cero vergüenza.

El acuerdo fue unánime. El problema era que nadie quería arrancar. Nos miramos en círculo hasta que todas terminamos mirando a Camila, que ya tenía esa sonrisa traviesa puesta.

—Ay, son todas unas cagonas —dijo riéndose—. Bueno, yo arranco.

***

Camila se acomodó mejor en el sillón, cruzó las piernas y empezó a hablar con voz baja, lenta, como si estuviera contando un secreto sucio:

—Mi fantasía favorita es una orgía anal. En el gimnasio del colegio, de noche, después de un partido. El piso de parquet, olor a sudor y a goma de zapatillas. Quince tipos, todos mayores, sin nombre, sin cara clara. Solo cuerpos.

Hizo una pausa y tomó un trago.

—Me ponen en cuatro sobre uno de los bancos de madera, sin casi preparación. El primero entra de golpe. Después el segundo, el tercero, uno detrás del otro sin darme tiempo a respirar. Me van cogiendo el culo cada vez más profundo, más fuerte. Me agarran el pelo, me dan cachetadas, me llenan adentro. Uno por uno. Me dejan ahí tirada con el culo abierto, goteando, y yo sigo pidiendo más.

El living se quedó en silencio. Romina se tapó la cara con las manos riendo incrédula. Sofi se mordía el labio sin saber si reír o escandalizarse. Paula tenía los ojos abiertos de par en par.

—¿Qué les parece? —preguntó Camila, mirándonos una por una con calma absoluta.

El living explotó. Romina le tiró un almohadón gritando «¡Sos un caso!», Sofi se reía sin poder parar, yo negaba con la cabeza sintiendo que el calor de la habitación ya no era solo del verano.

***

—Dale, Sofi —dije un rato después, dándole un empujoncito con el pie—. No te hagas la santa ahora que fuiste vos quien armó todo esto.

Sofi tomó un trago largo, miró el techo un segundo y soltó:

—Está bien. Pero es una pavada comparada con lo de Camila. La mía es con un glory hole. En un baño público de estación de tren, de noche. Un agujero en la pared, nada más. Yo arrodillada del otro lado, con las rodillas en el piso frío, sin saber quiénes son los tipos. Solo veo vergas entrando una detrás de la otra.

—La primera entra en mi boca de golpe. El tipo empuja desde el otro lado, me agarra el pelo a través del agujero, me la mete hasta que me dan arcadas. Babeo, lloro un poco, trago todo lo que me da. Cuando acaba, me llena la boca de leche caliente y espesa. Y yo no escupo nada.

—Después viene la segunda, la tercera, la cuarta. Al final tengo la cara destruida: rímel corrido, labios hinchados, pelos pegados en la frente. Y quiero seguir. Me quedo ahí esperando la siguiente, rogando que no paren.

—¿Tragás todo? —gritó Romina, entre escandalizada y muerta de risa al mismo tiempo.

—En la fantasía sí —respondió Sofi con una sonrisa de costado—. Hasta la última gota.

Camila aplaudió despacio:

—Bienvenida al club de las degeneradas.

***

Paula fue más difícil de convencer. Estaba en el piso con el vestido blanco subido un poco por los muslos, bebiendo a sorbitos, mirándose las manos como si el vaso fuera muy interesante de repente.

—Yo paso, chicas. En serio. No tengo nada que contar.

—Paula —insistió Camila—. Sos la más linda del grupo, y la única virgen oficial. Imposible que no tengas fantasías. Eso hace todo más interesante, no menos.

Sofi asintió fuerte:

—Exacto. Las más tranquilas siempre esconden algo.

Paula suspiró largo, se mordió el labio inferior y cedió, hablando bajito al principio:

—Hay algo. Con un profesor de la facultad. No es atractivo en el sentido convencional. Tiene como cuarenta años, anteojos gruesos, siempre con la ropa arrugada. Pero cuando habla, cuando explica, hay algo en su seguridad que me pone la piel de gallina. La voz, la forma en que todo encaja cuando dice las cosas. Me vuelve loca solo escucharlo.

Siguió, con la voz más ronca:

—En la fantasía el aula ya está vacía, todos se fueron. Solo quedamos él y yo. Me dice que cierre la puerta con llave. Yo le digo que no entiendo qué pasa, que me tengo que ir. Él no me escucha. Me dice «Paula, sentate en el escritorio». Me niego, le digo que es inapropiado. Pero mis piernas no se mueven. Termino sentándome igual, con el corazón a mil.

—Entonces se para frente a mí, se desabrocha el pantalón despacio y me ordena que se la chupe. Yo le digo que nunca lo hice, que soy virgen. Él me agarra del pelo suave, solo lo suficiente para guiarme hacia él. Y yo abro la boca. No sé por qué. En la fantasía no quiero, pero lo hago de todos modos. La meto despacio, lamo la punta, siento el calor y el gusto salado. Él empieza a moverse, primero lento, después más rápido, diciéndome «así, tragala toda, sos una buena alumna cuando querés». Yo lloro un poco, de vergüenza y de morbo, pero no paro. Al final acaba adentro y me dice que mañana vuelva a la misma hora. Me voy con las piernas temblando y el sabor todavía en la lengua.

Silencio. Camila fue la primera en hablar:

—Virgen, pero con fantasías de sumisión pura. Me encanta.

—Me toco pensando en esa escena casi todas las noches —admitió Paula, con una sonrisa pequeña y culpable—. Es lo que más me excita.

Romina le dio un abrazo de costado:

—Sos la más inocente y la más sucia del grupo al mismo tiempo. Te re quiero.

***

Romina se entregó sin mucha resistencia. Tirada entre los almohadones, con la musculosa negra pegada al cuerpo por el calor, levantó una mano:

—La mía es simple comparada con las de ustedes. Un tipo cualquiera, no importa la cara ni el nombre. Pero con una verga monstruosa. De esas que ves y pensás que no entra ni en sueños. Veinticinco centímetros. Gruesa como una lata de Pringles.

El living explotó en carcajadas.

—Romina, eso no es una verga, es un brazo —dijo Camila entre risas.

—O un poste —agregó Sofi.

Romina siguió, inclinándose hacia adelante con voz más baja y morbosa:

—En la fantasía estamos en una habitación oscura. Él se para frente a mí y la saca. Enorme, venosa, pesada. Me arrodillo e intento metérmela en la boca, pero apenas entra la punta. Me estira los labios al máximo, me duele la mandíbula desde el primer intento. Babeo, la lamo de arriba abajo, intento un deepthroat y llego a la mitad antes de que me den arcadas. Él empuja más. Al final acaba: chorros gruesos y calientes que me llenan la boca hasta que me chorrea por la nariz y la barbilla. Trago lo que puedo.

Hizo una pausa, miró nuestras caras, y siguió:

—Después me pone en cuatro y va por vaginal. Duele al principio, siento que me parte, pero en la fantasía me encanta. Entra centímetro a centímetro, me llena tanto que veo el bulto en mi panza cada vez que empuja. Me coge fuerte, profundo. Acabo una y otra vez. Cuando ya no puedo más, me da vuelta y va por el anal. Sin casi lubricante, solo saliva. Siento cada vena, cada pulgada estirándome hasta el límite. Me duele rico, me quema, pero pido más. Al final se acaba adentro, y yo quedo tirada, el culo palpitando, goteando. Todavía así me toco el clítoris hasta acabar otra vez, solo con esa sensación de estar tan llena.

Todas nos quedamos calladas un momento.

—Para expertas, eso —comentó Camila—. Pero cuando probás una así, quedás marcada para siempre.

***

Las cuatro me miraron. No había escapatoria.

—Valentina —dijo Camila, señalándome con el dedo y una sonrisa lenta—. Vos sos la anfitriona. Todas contamos menos vos.

—Ya, ya —cedí, tapándome la cara un segundo—. Está bien. La mía es rara. Y ya no puede pasar, porque ya no estoy en el colegio.

Tomé aire, me acomodé en el sillón y empecé:

—Me hubiera gustado que se viralizara un video que grabé de adolescente. Yo de rodillas chupándosela a mi novio en su cuarto, mirando a la cámara, babeando, hasta que me acabó en la cara. Que se filtrara en el colegio, que todos lo vieran. Que me tuvieran que cambiar de institución porque en los pasillos me dijeran «vi el video, qué bien la chupás». Que me miraran diferente. Que supieran que detrás de la carita de nena buena, de barrio tranquilo y notas perfectas, había algo muy distinto.

Sofi fue la primera en hablar:

—Y siempre tuviste cara de modelo, de nena responsable. La gente no podría creerlo.

—Ese es exactamente el morbo —dije—. Que no puedan creerlo. Que todos te miren diferente en los pasillos y vos sabés que saben, y disfrutás del escándalo en secreto.

El silencio que siguió fue diferente. Más cargado, más íntimo. Todas nos miramos con sonrisas lentas, conscientes de haber cruzado una línea que no tenía vuelta atrás.

***

Esa noche dormimos todas en mi cuarto. La cama grande y un colchón inflable del placard. Nos tiramos entre risas bajas y codazos suaves, en ropa interior y remerones, con el aire encendido al mínimo. Un «buenas noches» colectivo, y después solo el sonido de respiraciones que se calmaban.

No pasó nada entre nosotras. Ningún beso, ningún roce intencional. Solo calor de cuerpos cercanos y el ronquido suave de Romina que nos hizo reír por lo bajo antes de quedarnos dormidas.

Pero yo tuve un sueño. De esos que se sienten tan reales que al despertar tardás un segundo en saber dónde estás.

Estaba desnuda en el cuarto de mis padres. Mi novio estaba conmigo, también desnudo, mirándome con esa cara de hambre que me descoloca. Me arrodillé frente a él y le hice un pete baboso, de esos que sé que le gustan. Le metía la verga hasta el fondo, babeaba, la saliva me chorreaba por la comisura y le caía encima. Lo miraba desde abajo mientras él me agarraba el pelo y gemía bajito.

De repente, en el sueño, tenía las tetas grandes. Pesadas, redondas, perfectas. No me pregunté por qué. Me las junté con las manos y le hice una turca lenta, sacando la lengua para lamerle el glande cada vez que subía. Él gemía más fuerte, me decía «qué lindas las tetas que tenés hoy».

Después me tiró en la cama y me cogió en misionero. Despacio pero profundo, mirándome a los ojos. Sentía cada centímetro, caliente, perfecto.

Me susurró al oído, con voz ronca:

—Quiero romperte el culo, mi amor.

Me dio vuelta, me puso en cuatro y entró de un solo empujón, sin piedad. Me cogía fuerte, rápido, agarrándome las caderas. Me cambiaba de posición constantemente: contra la pared, en el piso, sobre el escritorio de mi papá, de pie. Mi cuerpo no tenía peso en el sueño.

En uno de esos movimientos, cuando me tenía contra la cómoda, me vi en el espejo grande del cuarto.

Y no era yo.

Era mi madre. Tenía su cuerpo: las tetas grandes, la cintura más pronunciada, la cola redonda, el pelo oscuro con rulos. Era Laura la que estaba siendo cogida por mi novio. Era su cara la que gemía, su cuerpo el que recibía cada empujón.

Por alguna razón, eso me excitó más que todo lo anterior.

Una calentura prohibida y rara, como si estuviera viendo algo que no debía pero que me volvía absolutamente loca. Empecé a acabar sin control, temblando entera, apretando alrededor de su verga. Él me llenó con chorros calientes y abundantes mientras yo miraba a mi madre en el espejo sin poder apartar los ojos.

Me desperté de golpe, agitada, con el corazón latiéndome fuerte en las sienes.

Tenía la bombacha empapada. Me quedé quieta un rato largo, respirando despacio, con una mezcla rarísima de vergüenza, morbo y algo parecido a la culpa.

De adolescente tuve muchos complejos con mi madre. Ella detenía miradas en cualquier lugar y yo todavía estaba encontrando la mía. Que eso apareciera en un sueño, esa noche de todas las noches, no me sorprendió tanto como me hubiera gustado admitir.

Alrededor mío todas seguían dormidas. El sol ya entraba por las persianas.

***

Al día siguiente fingimos demencia total. Medialunas y café en la cocina, chismes livianos, fotos para el grupo. Nadie mencionó las fantasías, ni el calor que todavía flotaba en el aire como algo sin terminar. Comentarios inocentes: «che, nos pasamos con el fernet» y «qué lindo dormir todas juntas, hay que repetirlo». Nos maquillamos mutuamente, planeamos salir a caminar por la costanera.

Y así la mañana se fue diluyendo en normalidad, como si la noche anterior hubiera sido solo un capítulo que cerramos sin abrirlo del todo.

Pero cada una se llevó algo adentro. De eso estoy segura.

Y tarde o temprano, alguna va a sacar el tema de nuevo. Porque después de una noche así, las cosas no vuelven a ser exactamente iguales.

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3.6 (12)

Comentarios (10)

Marce_BA

Que buenoo!!! me quede con ganas de mas

PaulaV91

Por favor una segunda parte, quiero saber como siguio la noche despues de la confesion de Sofi jaja

Santi2030

Me recordo a una noche con mis amigos en el verano, el alcohol saca verdades que de dia nunca dirias. Muy bien contado!

NickR82

Lo que hace el fernet jaja. Excelente relato, se siente muy real

LauraQ

Que dinamica tan bien lograda entre las amigas. Se nota que lo viviste o al menos lo imaginaste muy bien :)

Nikki

increible!!! sigue escribiendo asi porfavor

pedro_nocturno

De los mejores que lei esta semana. Me encanto el ritmo, no se hizo largo en ningun momento.

Vidente79

Ese momento cuando alguien rompe el hielo y todos se animan a hablar... muy autentico. Felicidades

MarisolDC

Buenisimo. Espero que hayas vivido algo asi, porque si es real me muero de envidia jajaja. Saludos!

Memo1987

corto pero intenso, quiero mas

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