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Relatos Ardientes

La noche que volví a tocarme después de enviudar

Beatriz rompió la distancia de sus despedidas cotidianas y se acercó a Adrián para besarlo en un gesto que a él lo pilló desprevenido. No fueron más que dos besos castos en la mejilla, dos besos cordiales entre compañeros de oficina que a Beatriz le sirvieron para confirmar algo que llevaba semanas fermentándole por dentro. Dos besos para saberse otra vez viva. Todavía no sabía si estaba lista para el amor, pero para el sexo, para el sexo estaba desesperada.

Manejó desde el edificio de la calle Larios hasta su casa en piloto automático, con la yema de los dedos rozando el volante y la boca todavía caliente por el roce de la barba de él. Llegó, se quitó los tacones en el recibidor, se sirvió una copa de tinto y se sentó frente al televisor a matar el tiempo hasta la hora en que la casa dejaba de doler. Pasó canales. Nada. Un concurso, un partido, dos películas que ya había visto. Apagó a la una. Subió las escaleras despacio, como si el silencio le pesara en cada peldaño, y se metió en el cuarto que había compartido con Miguel hasta hacía dos años.

La cama seguía siendo demasiado grande. Demasiado fría.

Se puso el pijama de verano —una camisola de algodón sin mangas y una braga de encaje negro que Miguel le había regalado en su último cumpleaños vivo—, cerró los ojos y se dijo que iba a dormir. Y por un momento lo creyó.

Pero los dos besos volvieron. La mano de Adrián apoyada un segundo en su cintura mientras se inclinaba hacia ella. El olor de su cuello, jabón de cedro y algo animal debajo. Los ojos color avellana. Los hombros anchos de un hombre de treinta y siete años que iba al gimnasio a mediodía. La sonrisa desigual con la que se despidió, como si adivinara.

Beatriz apretó los muslos por debajo de la sábana.

***

La mano derecha le bajó sola. No la mandó ella, o eso quiso creerse. Se coló por la cintura elástica del pantaloncito, se posó sobre el encaje de la braga y se quedó ahí, dudando, como quien reconoce un lugar al que hace demasiado tiempo que no vuelve. Debajo de la tela ya había humedad. Una humedad tibia, viscosa, que le mojó la yema del dedo cuando presionó apenas.

—Joder —dijo en voz alta, y la palabra le raspó la garganta.

No decía joder desde que Miguel se había muerto. No decía joder en la cama desde mucho antes, la verdad, porque los últimos años de la enfermedad de él habían apagado todo lo que se parecía al deseo. Y antes de la enfermedad, en fin, tampoco eran de decirse cosas soeces. Se querían mucho, se cogían con cariño, se dormían tomados de la mano. Pero de coños empapados y bocas malhabladas, poco.

Ahora, en cambio, Beatriz tenía el coño empapado. La palabra le salió sola con la humedad, y con la palabra vino un latigazo caliente que le partió el vientre en dos.

Apartó la sábana de un tirón, se levantó la camisola hasta debajo de los pechos y se bajó la braga hasta los tobillos. La pateó por el suelo. Abrió las piernas. La luz de la lámpara de la mesilla —esa que no apagaba desde que Miguel no estaba porque el cuarto a oscuras la mataba— le iluminaba el sexo depilado y brillante.

Se miró.

Hacía dos años que no se miraba. Los labios estaban un poco más rellenos que en su recuerdo, más oscuros. El clítoris, cuando lo destapó con dos dedos, estaba hinchado, rosa vivo, latiéndole entre las yemas. Beatriz se pasó la yema por encima, apenas una caricia, y todo el cuerpo se le arqueó hacia arriba como si le hubieran dado corriente.

—Hostia —jadeó.

Se metió el dedo del medio en la boca, lo mojó bien de saliva y lo bajó otra vez. Empezó por afuera. Trazó círculos lentos alrededor del clítoris, sin tocarlo directamente, provocándoselo, alargándoselo. Se acordó de cómo la miraba Adrián, cómo le sostenía los ojos dos segundos de más cada vez que le pasaba un informe por encima del escritorio. Se imaginó esos dedos gruesos y limpios, con el reloj metálico en la muñeca, haciendo lo que ahora hacían los suyos.

Metió un dedo. Solo uno, hasta la primera falange, y lo sacó enseguida. Volvió a meterlo, más profundo. Estaba tan mojada que se coló sin resistencia, y el sonido —ese chapoteo obsceno que hacía años no oía— la hizo gemir contra la almohada.

—Adrián —susurró, y le dio vergüenza y le dio gusto en partes iguales.

***

Ya no había marcha atrás. Beatriz apoyó los pies contra el colchón, dobló las rodillas y se abrió del todo. Con la mano izquierda se subió la camisola hasta el cuello y se destapó los pechos. Los tenía pesados, un poco caídos, con los pezones oscuros y grandes. Se los agarró, se los apretó, se pellizcó un pezón entre el pulgar y el índice hasta que le dolió, y hasta que el dolor se convirtió en otra corriente que le bajaba por el vientre y le confluía en el coño.

Con la derecha se metió dos dedos. Los movió despacio primero, buscando el ángulo, girándolos hacia dentro y hacia arriba, hasta que dio con esa zona rugosa que casi había olvidado que existía. Ahí. Presionó. Se le escapó un gemido ronco, largo, un gemido que no reconocía como suyo.

Empezó a follarse los dedos. Al principio con cuidado, con vergüenza casi, mirando de reojo la puerta del cuarto como si Miguel fuera a entrar. Pero Miguel no iba a entrar más. Miguel estaba enterrado en el nicho tres del cementerio de San Rafael y ella tenía cincuenta y dos años, un cuerpo que aún respondía y un compañero de treinta y siete que esa tarde la había mirado como si quisiera comérsela contra la fotocopiadora.

—Fóllame —le dijo a Adrián en el techo, en voz alta, porque nadie la escuchaba—. Fóllame de una vez.

Empujó los dedos hasta el fondo. Los sacó despacio, brillantes, y volvió a empujarlos. Otra vez. Otra. El colchón crujía bajo su culo. La palma de la mano le golpeaba el clítoris con cada embestida y ese golpe seco, húmedo, le arrancaba una descarga que le corría hasta los dedos de los pies. Sudaba. Tenía el pelo pegado a la nuca, la camisola arrugada bajo las axilas, los muslos temblorosos.

Se acordó de la barba de Adrián raspándole la mejilla al despedirse. Se imaginó esa barba entre sus muslos, esa boca ancha y roja hundida en su coño, esa lengua barriéndole el clítoris de arriba abajo mientras dos dedos —los suyos ahora, los de él en la fantasía— la abrían por dentro. Se imaginó agarrándolo del pelo. Ordenándole que no parara. Sintiendo el aliento caliente de él sobre su clítoris hinchado justo antes de que la boca cerrara alrededor y chupara.

—Ay —soltó—. Ay, joder, así, así.

***

Ya no controlaba nada. Los dedos se movían solos, entrando y saliendo, girando, curvándose contra ese punto de adentro. La otra mano bajó del pecho al clítoris y empezó a frotarlo en círculos rápidos, cada vez más rápidos, con la yema resbalando en su propio flujo. Beatriz se retorció sobre el colchón. Se le escapó una risa nerviosa entre gemido y gemido, una risa incrédula, porque no se acordaba de que su cuerpo pudiera todavía llegar tan lejos, ponerse tan duro, mojarse tanto.

El manantial le corría por las nalgas, le empapaba la sábana debajo del culo. Tenía el olor de ella misma en el aire, un olor a hembra sola y despierta que no percibía desde hacía años, y ese olor la enloqueció todavía más. Se llevó a la boca los dedos que tenía frotándose el clítoris, se probó, se relamió el labio superior con su propio sabor y volvió a bajar la mano.

Adrián. Miguel. Adrián otra vez. Los dos hombres se le mezclaban en la cabeza y ya no le importaba. Se estaba masturbando pensando en el chico de la oficina y también en el marido muerto y también en nadie, en su propia mano, en el ruido chapoteante que hacían sus dedos entrando en su coño, y las tres cosas al mismo tiempo la excitaban.

Sintió el orgasmo llegar como una ola. Se le acumuló primero en las plantas de los pies, se le enroscó en los muslos, le subió por el vientre. Beatriz cerró los ojos, apretó los dientes, contuvo la respiración un segundo largo y estalló.

—¡Ay! ¡Ay, ay, ay, dios! —gritó en la oscuridad de la casa vacía, sin ningún pudor, gritó por Adrián y por Miguel y por ella y por los dos años de silencio, gritó hasta quedarse sin voz.

El coño se le contrajo en espasmos alrededor de sus propios dedos. Una, dos, tres, cuatro veces. Sintió cómo la mano se le mojaba entera, cómo la humedad le corría por la muñeca, cómo el antebrazo terminaba pegajoso hasta el codo. La otra mano seguía en el clítoris, ya sin frotar, apenas presionando, prolongando las últimas ondas del temblor.

Cuando pudo, sacó los dedos. Los miró a la luz de la lámpara. Estaban brillantes, hinchados, con hilos transparentes que colgaban de ellos.

Se los llevó a la boca sin pensarlo. Se los chupó. Le supo a sal y a algo suyo, íntimo, olvidado.

***

Se quedó quieta un rato larguísimo, con las piernas todavía abiertas, la camisola arremangada y la mano descansando sobre el vientre. El corazón le fue bajando de a poco. La piel se le fue enfriando. Empezó a distinguir los ruidos de la casa: el zumbido del frigorífico dos plantas más abajo, el tic de la caldera, un coche que pasaba por la calle a lo lejos.

Y entre esos ruidos, empezó a distinguir sus propios pensamientos. Se le acumularon en cascada, muchos contradictorios. Culpa por haberse acordado de Adrián. Culpa por haberse olvidado de Miguel en el clímax. Culpa por haber sentido más placer con sus propios dedos que en muchos de los últimos años con su marido. Y debajo de las culpas, más fuerte que todas ellas, una alegría rara, casi obscena: seguía viva. El cuerpo respondía. El deseo estaba ahí, había estado agazapado dos años y ahora se había desperezado y ya no iba a volver a dormirse.

Se pasó la mano por la sábana y encontró el charco. Grande. Tibio. Iba a tener que dormir encima o cambiar las sábanas a las tres de la mañana. Le dio pereza levantarse. Se corrió veinte centímetros hacia el lado que Miguel ya no ocupaba y se acomodó allí, con el olor a ella todavía flotando en el cuarto y una idea instalándose en la cabeza para el día siguiente en la oficina.

La próxima vez —porque iba a haber próxima vez, eso lo tenía claro— no le iba a alcanzar con dos dedos y una mano cansada. La próxima vez iba a necesitar una toalla debajo de las caderas. O, si se atrevía —y esa noche, con el sabor de sí misma todavía en la lengua, se atrevía a mucho—, una lengua ajena. Una boca. Un cuerpo. La barba raspando y unos ojos color avellana mirándola desde entre sus muslos.

Se durmió con esa imagen, sonriendo apenas contra la almohada.

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Comentarios(6)

NocheSolitaria22

Que relato tan hermoso... me llegó al corazón de verdad.

Pilar_Rios

Esto es lo que quiero leer mas seguido. Sin vulgaridades, con emocion real. Gracias por compartirlo.

CassioRJ

Muy bien contado. Se nota que hay algo de real en esto, no es solo fantasia.

SoledadLec

Me recordó a una época dificil mia tambien. No es facil volver a estar bien con una misma después de perder a alguien. Gracias por ponerle palabras a algo que pocos se atreven a contar.

MateoR_91

Buenisimo!! Quiero mas relatos asi!!

Cintia_BA

El titulo me atrapó apenas lo vi y el relato no decepcionó. Emotivo y sensual a la vez, muy buen equilibrio.

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