La tarde en que la casa era solo para mí
Aquella tarde el departamento estaba tan silencioso que podía escuchar el zumbido del refrigerador desde el pasillo. Mi compañera de piso se había ido a visitar a sus padres y no volvía hasta el domingo. Por primera vez en meses tenía todo el lugar para mí. Cada rincón, cada sofá, cada centímetro de esa cama que compartía pared con la suya y que siempre me obligaba a morderme la almohada cuando quería tocarme.
Todavía no me había bañado. Había llegado del gimnasio con la ropa pegada al cuerpo, el pelo tirante en una cola alta y una capa fina de sudor entre los pechos. Debería haberme metido directo a la ducha. Y sin embargo, en vez de eso, me tiré en el sofá con el teléfono en la mano y me puse a leer.
Fue culpa de una página que encontré por accidente. Confesiones. Mujeres contando cómo se masturbaban, qué se imaginaban, qué juguetes usaban, cuántas veces se corrían en un solo rato. Empecé por curiosidad y a los tres relatos ya tenía el pantalón desabrochado y una mano metida por debajo del elástico. Uno de esos textos —la historia de una chica que se había hecho gemir hasta quedar afónica una tarde entera— me dejó completamente empapada.
Cerré el teléfono. A la mierda la ducha.
Me levanté del sofá con las piernas ya débiles y caminé hasta el cuarto. Sabía exactamente lo que iba a hacer y sabía exactamente con qué. Abrí el cajón de la mesa de luz, el segundo, el que tenía un doble fondo improvisado con una caja de zapatos, y saqué mi vibrador morado. Era el más caro que me había comprado, uno de esos de silicona con base plana y motor supuestamente silencioso, aunque esa tarde el silencio me importaba una mierda. Al lado, el frasco de lubricante casi lleno. Los dejé sobre la sábana.
Estiré una toalla vieja encima de la cama, de esas que ya no se usan para nada más, y me subí encima. La blusa todavía estaba impregnada del olor del gimnasio, una mezcla ácida de sudor y perfume viejo que en cualquier otro momento me hubiera dado asco y que en ese instante me estaba poniendo peor. Volví a abrir la página de confesiones. Otra historia. Una mujer describiendo cómo su vecino la miraba desde el edificio de enfrente mientras ella se abría de piernas contra la ventana. La leí dos veces. Cuando la terminé ya tenía las bragas pegadas.
***
Empecé por arriba de la ropa. Es una costumbre que tengo, no sé por qué; me gusta la tortura de sentirme a través de la tela antes de tocarme la piel. Me pasé la palma de la mano por el pecho izquierdo, apreté suave, después el otro. Los pezones se me endurecieron enseguida, dos puntas duras marcando la blusa fina. Cerré los ojos y me imaginé que era otra mano la que me estaba tocando.
Encendí el vibrador en el nivel más bajo, apenas un ronroneo. Lo apoyé sobre el pezón izquierdo, siempre por encima de la tela, y solté un jadeo largo antes de darme cuenta de que ya estaba jadeando. Nadie iba a escucharme. Repetí lo mismo con el derecho. La vibración se transmitía a través del algodón y se me metía en la piel, en los huesos, en el bajo vientre. Fui pasando el juguete de un pezón al otro con lentitud, casi con crueldad, hasta que sentí que las bragas ya no eran humedad: eran directamente un charco.
Dejé el vibrador a un lado. Con las dos manos me bajé el short de algodón hasta las rodillas, después lo pateé al suelo. Quedé en bragas negras, las mismas del gimnasio, con la tela oscurecida por el centro. Me pasé un dedo por encima, apenas rozando, y me dio un tirón eléctrico que me hizo curvar la espalda.
—Puta madre —murmuré al techo.
Volví a agarrar el vibrador, lo prendí y lo apoyé encima de las bragas, justo donde estaba el bulto húmedo. La vibración me atravesó la tela como si no existiera. Me temblaron los muslos, giré la cadera para que la punta del juguete se me apretara contra el clítoris, y ahí me quedé unos segundos, aguantando, respirando por la boca. Sentía la humedad correrme por la ingle, imposible de contener con las bragas puestas. Si seguía así iba a acabar antes de empezar de verdad.
Apagué el juguete. Me saqué las bragas de un tirón, las mandé al piso a hacer compañía al short y me quedé desde la cintura para abajo completamente desnuda, con la blusa todavía puesta y arrugada arriba del ombligo. Agarré el frasco de lubricante, me eché un chorro generoso en la palma y embadurné el vibrador de arriba a abajo. Frío. Denso. Perfecto.
***
Me arrodillé sobre la cama con las piernas separadas y el juguete en la mano. Lo apoyé contra la entrada del coño y empecé a empujar, muy despacio, sin encenderlo. Solo el frío del lubricante y la presión suave de la silicona abriéndose paso. La primera pulgada entró sola. La segunda ya me arrancó un gemido; la tercera me hizo cerrar los ojos y bajar la cabeza. Cuando lo tuve más de la mitad adentro empecé a moverlo, primero pequeños círculos, después adentro y afuera con calma. La toalla debajo de mis rodillas ya se estaba mojando de mí.
Y entonces, sin encenderlo todavía, empecé a montarlo.
Lo agarré por la base con una mano y me subí y bajé sobre él, primero despacio, después más rápido, hasta que se me escapó un grito medio ahogado contra el hombro. Las tetas me rebotaban dentro de la blusa a cada golpe. Con la mano libre me apreté un pezón por encima de la tela, después el otro, tirando fuerte, dejándome moretones que no me iba a acordar hasta el día siguiente. Sentía el juguete entrar hasta el fondo cada vez que dejaba caer las caderas, y el ruido húmedo que hacía al salir era casi obsceno.
—Sí —jadeé, para mí, para nadie—. Así.
Me estaba imaginando cosas. La mujer del relato con el vecino en la ventana. Un desconocido cualquiera, sin cara, arrodillado detrás de mí, agarrándome de las caderas y clavándomela con la fuerza con la que yo me la estaba clavando sola. Alguien mordiéndome la nuca. Alguien tapándome la boca para que no gritara. La escena se me iba armando en la cabeza y yo seguía cogiéndome al vibrador al ritmo de mi propia película.
Me cansé de la posición antes de correrme. No quería acabar todavía; quería alargar aquello lo más posible, aprovechar cada minuto de la casa vacía. Saqué el juguete —salió con un ruido pegajoso que me hizo reír sola— y me dejé caer de espaldas sobre la toalla. Levanté las rodillas, abrí las piernas de par en par y, con la otra mano, me metí el vibrador de vuelta hasta el fondo. Esta vez lo encendí.
La primera oleada de vibración me arqueó la espalda entera. Grité contra el techo, sin importarme una mierda si el vecino de al lado estaba tomando mate en el balcón. Subí la intensidad un nivel. Después otro. El zumbido se me metía por las paredes del coño, se enroscaba alrededor del clítoris, se me subía por el vientre. Solté el juguete —lo dejé metido, vibrando solo— y con las dos manos me agarré los muslos por debajo de las rodillas para mantenerme abierta.
El calor bajo el ombligo se convirtió en un nudo. Me temblaban los muslos, me temblaba la mandíbula, se me caía baba por la comisura y no me importaba. Bajé una mano y le subí la potencia al máximo. Con la otra me arranqué la blusa hacia arriba de un tirón, ya podrida de tener las tetas encerradas, y me quedé completamente desnuda con el vibrador todavía trabajándome adentro.
Me agarré los dos pezones a la vez, los pellizqué, los estiré. Metí una mano entre mis piernas y me toqué el clítoris con dos dedos mientras la silicona seguía vibrando adentro mío. Fue demasiado. Se me nubló la vista. Todos los músculos del bajo vientre se me apretaron a la vez, me arqueé como un puente sobre la cama y me corrí gritando una serie de puteadas sin ningún sentido que en ese momento eran lo más elocuente que había dicho en mi vida.
Duró más de lo que me había durado nunca. Bajé la intensidad del vibrador pero no lo saqué; lo dejé adentro, palpitando en su nivel más suave, mientras las contracciones seguían. Cada espasmo del coño lo apretaba un poco más y me arrancaba un temblor nuevo. Debí quedarme así medio minuto largo, con las piernas abiertas, la cara colorada, el pelo pegado a la frente, jadeando como si acabara de subir cinco pisos por escalera.
***
Lo saqué al fin. Lo apagué. Lo tiré al costado de la cama, sobre la almohada, sin importarme si manchaba la funda.
Me quedé desparramada, la mano derecha todavía apoyada sobre el vientre, sintiéndome subir y bajar con cada respiración. La blusa arrugada a la altura del cuello, las tetas todavía brillando de sudor y saliva —me había estado chupando los dedos sin darme cuenta—, los muslos separados, la ingle mojada de mí misma y de lubricante. Un desastre. El desastre más rico del mundo.
Debería haberme parado. Debería haberme metido a la ducha, como había pensado al principio.
Pero seguía caliente.
Bajé la mano derecha y me pasé dos dedos por el clítoris, apenas rozando, y todo el cuerpo me pegó un latigazo. Estaba tan sensible que casi me dolía. Los subí y los bajé en círculos pequeños, muy despacio, sintiendo cómo cada roce me disparaba una descarga por la columna. Me arqueé sola sobre la toalla, jadeando por la boca, sin poder cerrar los ojos porque cada vez que los cerraba me venían imágenes: manos ajenas, bocas, alguien lamiéndome ahí abajo hasta hacerme suplicar.
Estiré el brazo, agarré el vibrador otra vez, lo prendí en el máximo desde el arranque y me lo apoyé encima del clítoris sin metérmelo. El grito que solté hubiera hecho llamar a la policía si mi vecina no fuera sorda. Me retorcí como un pescado, agarré la sábana con la mano libre, cerré las piernas alrededor del juguete, las volví a abrir, y a los diez o quince segundos me estaba corriendo por segunda vez, más corto que el primero pero más filoso, más agudo, más animal.
Aparté el vibrador de un manotazo. Lo apagué. Lo dejé caer al piso, sobre la ropa que ya estaba tirada ahí.
Con la mano abierta me toqué el coño, sentí lo empapada que estaba, y me pasé los dedos brillantes por los pezones, primero uno, después el otro. Los acaricié en círculos, esparciéndome encima. Todavía respiraba como si me faltara el aire. El bajo vientre me palpitaba entero, como un segundo corazón.
***
Me quedé un rato más así, boca arriba, mirando el ventilador de techo dar vueltas. Fui bajando poco a poco. La blusa arrugada, la toalla arruinada, el pelo hecho un desastre, los muslos temblando cada vez que intentaba juntarlos. Sonreí sola. Nadie en el mundo sabía lo que acababa de hacer y esa era exactamente la parte que más me gustaba.
Me levanté como pude. Las piernas se me doblaban. Agarré la toalla mojada y la metí en la canasta de la ropa sucia, tapada por dos remeras para que mi compañera no la viera cuando volviera. Recogí el vibrador del piso, lo enjuagué en el bidet con agua tibia y jabón neutro, lo sequé con un pañuelo y lo guardé en su lugar del cajón, junto al frasco de lubricante casi vacío. La blusa y las bragas también fueron a parar a la canasta. Quedé desnuda en el medio del cuarto, mirándome de reojo en el espejo del ropero: el pelo revuelto, las mejillas rojas, marcas de dedos en un pecho.
Entonces sí, por fin, me metí a bañar. El agua caliente me cayó sobre los hombros, después sobre las tetas, después entre las piernas, y ahí me di cuenta de que seguía sensible, tanto que el chorro directo me hizo cerrar los ojos y morderme el labio. Podría haber empezado de nuevo. Podría haberme quedado bajo la ducha una hora más, tocándome hasta que el agua saliera fría.
Pero decidí guardarme algo para la noche. Al final la casa seguía siendo mía hasta el domingo, y todavía quedaban muchas confesiones por leer.





