Le confesé a Marcus mi fantasía con mi novia
En la primera parte conté cómo Bianca y yo llegamos a Estados Unidos para empezar la universidad, y cómo empecé a fantasear con verla en brazos de otro hombre. Lo que sigue es la parte en la que descubrí si me atrevía o no a contarle a alguien lo que tenía en la cabeza.
Pasaron las semanas y yo seguía sin reunir el valor. De noche, cuando ella dormía, abría el buscador y devoraba videos que me dejaban el pulso disparado. Mi obsesión crecía y cada vez necesitaba dosis más altas para calmarla.
En la facultad, en cambio, me movía sin problemas. Conocí gente, hice amigos. El más cercano fue Nacho, un latino de tercer año con el que coincidía en un par de materias. Se volvió mi mano derecha: estudiábamos, jugábamos consola, perdíamos las tardes juntos. Sabía que yo tenía novia, pero nunca la había visto, porque nuestras facultades quedaban en extremos opuestos del campus.
Un jueves le pedí que me acompañara al entrenamiento del equipo de vóley de Bianca para presentárselos. Le había hablado de él y ella tenía ganas de conocerlo. Llegamos, subimos a las gradas y nos sentamos arriba del todo.
Nacho disfrutaba la vista. Las chicas del equipo eran preciosas, casi todas rubias, con pantaloncitos ajustados que no dejaban nada a la imaginación. Una en particular lo enganchó: Brenda, la capitana.
—Es muy amiga de Bianca —le dije—. Si querés, le pido que te la presente cuando terminen.
—Sí, sí, por favor —respondió, casi sin disimular la emoción.
Cuando acabó la práctica, empezamos a bajar despacio mientras seguíamos charlando. Entonces lo vi. Marcus se acercaba a Bianca en el centro de la cancha. No lo había visto entrar; supuse que estaba en el banco de los jugadores.
Le dijo algo al oído y ella se sonrojó. Se le dibujó una sonrisa tímida que yo le conocía bien. Después me vio bajar con Nacho y me saludó con la mano.
—¡Hola, mi amor! ¿Cómo estás? —dijo.
Me extrañó que no me diera un beso, porque siempre nos saludábamos así, pero no le di importancia en ese momento. Ella misma me presentó a Marcus.
—Mucho gusto, soy Mateo —le tendí la mano—. Bianca me ha hablado mucho de vos.
Mi mano parecía diminuta dentro de la suya. La tenía áspera y firme, de deportista. De cerca se veía aún más alto y más fornido.
—Igualmente, hombre —contestó—. Yo también escuché de vos. Tenés una novia hermosa, sos un afortunado.
El comentario me incomodó, pero solo sonreí y aproveché para presentarle a Nacho a Bianca. Se saludaron con amabilidad. Marcus miró la hora.
—Diablos, tengo que irme. Un placer, chicos. ¡Nos vemos, Bianca!
—Chau, Marcus —respondió ella.
Nos quedamos los tres conversando. Recordé entonces la promesa que le había hecho a mi amigo.
—Amor, ¿podrías presentarle a Brenda a Nacho? Le quedó dando vueltas.
Bianca se rió y salió disparada hacia los vestuarios. Mientras se alejaba, yo no podía despegar la vista de su trasero dentro de esos shorts. Me sentía afortunado de tenerla, hermosa como era. Estaba en una especie de trance cuando Nacho me sacó de él.
—Oye, ¿creés que tenga alguna oportunidad con ella? Me gusta en serio. Estaría dispuesto a intentarlo todo, incluso algo serio.
—Recién la viste hoy y ya estás haciéndote la cabeza —me reí—. Ni siquiera la conocés.
Bianca volvió con Brenda antes de que él pudiera contestar. Se presentaron con una sonrisa, pero a los pocos segundos a mi novia le sonó el teléfono.
—Disculpen, chicos, nos esperan en la biblioteca. ¡Nos vemos luego!
Se despidieron y cada quien tomó su rumbo. Me quedé un rato más con Nacho y después me fui a casa.
***
Apenas entré al apartamento descargué la calentura como pude, con la ropa de Bianca cerca y mi dosis diaria. Luego me puse al día con unas tareas y la esperé. Llegó agotada, como siempre, y le propuse ver una película. Aceptó: necesitaba despejarse. Pusimos una comedia y la pasábamos bien, hasta que solté la pregunta que me rondaba.
—¿Creés que Nacho tenga alguna posibilidad con Brenda? Quedó embobado.
—No lo sé —dijo ella—. Después de irse, Brenda me comentó que le pareció simpático, pero que ella no sale con chicos blancos.
—¿Cómo que no, si ella es rubia?
—Le pregunté lo mismo. Me dijo que solo sale con hombres negros.
En ese instante se me endureció la entrepierna como un resorte. Tuve que disimular para que ella no notara que ese escenario me prendía. Usé la excusa del sueño, le di un beso en la mejilla y me encerré en mi cuarto con llave. Esta vez la fantasía era distinta: imaginaba a Brenda, no a Bianca.
Cuando terminé, pensé que quizás Brenda ya sabía las intenciones de Marcus con mi novia y, en vez de avisarle, la alentaba. La idea me revolvió. Me dije que estaba inventando y traté de dormir.
***
Los días siguientes intenté ser el novio perfecto. Iba seguido a su facultad, por sorpresa, aunque quedaba a veinte minutos caminando de la mía y yo no era nada deportista. Casi siempre la encontraba charlando con alguna amiga. Pero lo que más me golpeó fue la cantidad de tiempo que pasaba con Marcus.
Me escondía a lo lejos para que no me vieran. Él la acompañaba a las prácticas, a los salones, almorzaban juntos, le cargaba el bolso. Cualquiera que mirara dos segundos habría jurado que eran pareja. Al despedirse, se daban un beso en la mejilla y un abrazo demasiado largo. Marcus siempre la tomaba de la cintura y la pegaba a su cuerpo. Para sentirle los pechos, pensaba yo.
El día de nuestro aniversario, el tercero, fui a buscarla con un ramo de flores y un peluche, de esas cosas cursis. No la encontraba por ningún lado y su teléfono sonaba apagado. Cuando estaba por rendirme, una compañera del equipo me dijo que la había visto en la biblioteca, estudiando con Marcus.
La biblioteca estaba casi vacía. Tiene cubículos aislados, con mesas y sillas, para estudiar sin que nadie moleste. Cuando llegué al de ellos, miré por la ventanita de la puerta antes de entrar.
Estaban solos, sentados uno frente al otro, con una torre de libros entre los dos. Bianca llevaba una musculosa blanca y unos leggins negros ajustados. Tenía el pelo recogido en una coleta. Estaba hermosa.
Ella leía concentrada. Él hacía como que leía, pero tenía los ojos clavados en su escote. En un momento ni siquiera disimuló. Bianca levantó la vista y lo descubrió mirándola. Se sostuvieron la mirada un par de segundos sin decir nada. Después ella volvió a su libro, pero en vez de cubrirse, acercó la silla a la mesa, ofreciéndole una vista aún mejor.
Yo estaba demasiado excitado por lo que veía. Respiré hondo, me calmé y golpeé la puerta.
—Feliz aniversario, mi vida. Sos una en un millón. Te amo.
Ella se levantó, me abrazó y, con los ojos húmedos, me dijo que era el mejor novio que podía tener. Nos besamos. Marcus observaba todo el espectáculo sin saber que yo lo había pillado un minuto antes.
Nos despedimos de él y nos fuimos a casa. Bianca preparó una cena deliciosa; cocinaba de maravilla, venía de familia italiana. Esa noche tuvimos sexo después de mucho tiempo. Lo que más me sorprendió fue lo encendida que estaba ella, aunque en el fondo yo sabía de dónde venía esa calentura. Me pidió que le hiciera sexo oral, algo que casi nunca pedía, y la encontré empapada. Después se montó sobre mí y me cabalgó hasta que terminé.
Pero esa vez no se quedó en el resumen. Cerré la puerta del dormitorio, la tiré sobre la cama y le levanté la musculosa con ansia, metiendo la mano bajo la tela para apretarle las tetas nuevas, firmes, altas, todavía con esa dureza fresca de cirugía que me volvía loco. Bianca arqueó la espalda y dejó escapar un gemido largo, sorprendida de lo sensible que estaba. Le corrí el corpiño hacia arriba y me incliné para chuparle los pezones, primero uno, después el otro, lamiéndolos con la lengua mientras ella me agarraba del pelo y me empujaba contra su pecho.
—Así, mi amor... chupámelos bien —susurró, con la voz rota.
Le bajé los leggins despacio, y cuando se los saqué del todo vi la tanga empapada, pegada a su coño como una segunda piel. La toqué por encima, encontrándola caliente, abierta, desesperada. Ella respiró hondo cuando deslicé dos dedos entre sus labios, resbalosos, y me pidió que no la hiciera esperar. Le aparté la ropa interior y me quedé mirándola un segundo, porque estaba brillante, mojada de verdad, con los pliegues hinchados, lista para mí.
Me arrodillé entre sus piernas y le enterré la cara ahí mismo. Bianca soltó un gritito cuando le pasé la lengua de abajo arriba, separándole el coño con la punta, chupándole el clítoris hasta hacerla temblar. Olía a deseo y a sudor suave, a ella, a mujer caliente que se había estado aguantando demasiado. La comí con ganas, profundo, sin parar, metiendo la lengua todo lo que podía mientras me agarraba de la cabeza y me obligaba a seguir.
—Eso, Mateo... no pares... —jadeó, abriendo más las piernas.
Le metí dos dedos mientras seguía lamiéndola. La tenía tan mojada que mis dedos entraban y salían con un sonido obsceno, y cada vez que se los hundía ella se retorcía, con las caderas levantándose para buscar más. Le metí los dedos profundo, rozando ese punto que la hacía apretar los muslos, y la llevé al borde sin dejar de chuparle el clítoris. Bianca empezó a gemir más alto, con la respiración entrecortada, pidiéndome que no la dejara acabar todavía, pero ya estaba perdida.
Se corrió sobre mi lengua con un espasmo fuerte, la espalda arqueada y la cara contraída de placer. Le temblaron los muslos, me mojó la boca y siguió gimiendo mientras yo la lamía para limpiar cada gota. Después me tiró hacia arriba y me besó con hambre, saboreando su propio jugo en mis labios.
Le quité la camiseta y se subió encima de mí otra vez, rozando mi verga dura contra su sexo empapado. Se la acomodó con la mano y, mirándome a los ojos, se fue sentando encima, tragándosela de golpe. Los dos gemimos al mismo tiempo. Sentí cómo me rodeaba toda, apretada, ardiente, y me hundí dentro de su calor hasta el fondo. Empezó a cabalgarme despacio al principio, marcando el ritmo con las manos apoyadas en mi pecho, pero enseguida se dejó llevar y empezó a moverse con fuerza, subiendo y bajando, rebotando sobre mí hasta hacer crujir la cama.
—Dámela, Mateo, dame esa polla —me dijo, clavándome las uñas en los hombros.
Yo le apreté las caderas y la guié para que se moviera más rápido, metiéndole la verga hasta el límite una y otra vez. El sonido húmedo entre nuestros cuerpos llenó el cuarto. Ella se inclinó hacia delante y me ofreció las tetas, así que se las chupé de nuevo mientras la sentía apretarse alrededor de mí. Luego la volteé, la puse boca abajo y le levanté el culo para entrarle por detrás. Bianca gemía con la cara hundida en la almohada mientras le daba fuerte, agarrándola de las caderas y abriéndole bien el culo con las manos para verla temblar cada vez que le embestía la concha.
—Así me gusta, cogeme así —decía, rota, sin aire.
Le di por detrás hasta que se le aflojaron las piernas, y cuando la senté de nuevo sobre la cama la hice quedarse quieta, con la polla todavía adentro, mientras le acariciaba las tetas y le besaba el cuello. Terminamos los dos jadeando, empapados, con el cuarto oliendo a sudor y sexo. Se quedó encima de mí, respirando rápido, y me besó la boca con una sonrisa satisfecha.
***
Mientras ella se duchaba, se me ocurrió revisar su teléfono. Lo encontré cargando en la repisa. En las notificaciones había un mensaje de Marcus por Instagram. Leí las conversaciones: nada explícito, ningún tono sexual, pero se escribían muchísimo. Lo último de ese día decía así:
—@bianca.deluca: ¡Gracias por acompañarme a estudiar! Sé que soy aburrida y nunca te invito a nada divertido, todo es estudio y deporte, jaja.
—@marcus_big: Tranquila, no me parecés nada aburrida. Como te dije hoy, en dos semanas, cuando empiecen las vacaciones de verano, mis tíos me prestan su casa de playa. Voy a invitar a algunos amigos. Si querés, venís, y Mateo también si quiere. Quedo atento, ¡besos!
—@bianca.deluca: ¡Suena genial! Lo hablo con Mateo y te aviso.
El corazón me latía con fuerza. Empezaba a creer en serio que Marcus le atraía a Bianca. Sentí una punzada de celos: una cosa era fantasear, y otra muy distinta que se volviera real. Pero tampoco podía negar lo mucho que esa situación me calentaba.
Tenía dos opciones. Frenar todo y pedirle que se alejara de él. O dejar que las cosas siguieran su curso y confesarle a Marcus mi fantasía. Bloqueé el teléfono, lo dejé donde estaba y me encerré en mi cuarto. Esa noche me costó dormir pensando en cómo decírselo.
***
Al día siguiente todo transcurrió normal. Me crucé con Nacho y hablamos de videojuegos y tonterías, aunque mi mente estaba en otra parte. Cuando llegué a casa, Bianca me esperaba con la novedad.
—Mateo, ayer estuve hablando con Marcus. Me preguntó qué íbamos a hacer en verano y le dije que nada interesante, así que se ofreció a invitarnos a la casa de playa de sus tíos. Una semana. Me dijo que tenemos el lugar para nosotros y unos amigos. Me encantó la idea, pero le dije que tenía que consultarlo con vos.
Tuve que fingir que no sabía nada, aunque había leído esa misma conversación la noche anterior. Pensé bien la respuesta para no sonar desesperado.
—No sé, amor. Dejame pensarlo y te aviso, ¿va?
—Bueno, pero no tardes mucho, que tengo que confirmarle.
La verdad era que, antes de aceptar, yo necesitaba hablar con él. Dejar las cosas claras y darle luz verde para que se quedara con mi hermosa novia.
***
Pasaron unos días sin que yo le diera respuesta. Entonces Bianca me contó que una amiga de su facultad daba una fiesta para festejar el inicio del verano y quería que la acompañara. Acepté enseguida. A mí las fiestas no me iban demasiado —prefería quedarme jugando a la consola—, pero todo sea por verla feliz.
El día de la fiesta estaba espectacular: un jean que le envolvía las piernas y una blusa negra con un escote justo en el límite. Apenas llegamos, ella se fue con sus amigas y yo encontré a Nacho, que por suerte también había ido. Empezamos a beber y a charlar. Me confesó otra vez lo mucho que le gustaba Brenda. Yo, que hacía rato no tomaba, sentí el alcohol pegándome rápido en mi cuerpo blando.
Después de un par de horas, vi a Bianca haciéndome una seña a lo lejos. Me despedí de Nacho y fui hacia ella medio mareado.
—Marcus está aquí y quiere saludarte. Ven —me dijo al oído, por encima de la música.
Me llevó de la mano afuera. Marcus estaba recostado en una pared, con una cerveza.
—¿Cómo estás, hombre? No sabía que andabas por acá —le dije.
—Todo bien. Te vi a lo lejos con tu amigo, pero no quise interrumpir.
En eso, la amiga de Bianca apareció por detrás y se la llevó: tenían algo importante que hablar.
—Chicos, los dejo solos para que se conozcan mejor. Y por favor, Marcus, no dejes que Mateo beba de más, jaja.
Mientras ella hablaba, noté que Marcus no le miraba la cara, sino el escote. Me hice el desentendido y dejé que se fuera.
Nos quedamos charlando como si fuéramos amigos de toda la vida. Era un tipo agradable, inteligente de verdad: hablaba de deportes, pero también de ciencia. Entendí por qué Bianca disfrutaba estar con él. En medio de la conversación, me interrumpió.
—Mateo, disculpá. No quiero sonar grosero, pero hay algo que me da curiosidad desde hace tiempo. Es sobre Bianca... ¿se operó los pechos?
La pregunta me dejó helado, pero sentí que el hielo entre nosotros se rompía.
—Sí. Se los operó este año, antes de venirnos. Un regalo de sus padres.
—Vaya regalo —se rió—. Te debés estar dando un festín, ¿no?
—No tanto como querría, pero algo es algo.
—¿Tienen problemas ustedes?
—Algo así. Estamos un poco distantes por la facultad, y eso pega en lo sexual.
—Espero que lo solucionen pronto. Voy por otra cerveza, ya vuelvo.
Mientras se alejaba, entendí que ese era el momento. Cuando volviera, se lo iba a decir todo. Lo vi acercarse entre la multitud.
—Marcus, hace tiempo quiero contarte algo delicado. No lo había hecho porque no te tenía confianza, pero ahora veo que sos buen tipo. Vamos a un lugar privado, no quiero que nadie escuche.
Caminamos hasta unos arbustos, lejos del ruido. Ahí, en esa noche fría, le confesé todo: lo que había visto en la biblioteca, la atracción que percibía en mi novia, los mensajes de Instagram y, al final, mi fantasía. Mientras hablaba, vi una sonrisa breve cruzarle la cara antes de que la borrara y se pusiera serio.
Se quedó callado, mirándome, unos segundos eternos.
—No puedo creer lo que me contás, hombre. Es muy delicado. Me alegra que confíes en mí. Esto queda entre vos y yo.
—Gracias. Sería fatal que alguien se enterara.
—Tranquilo, nadie lo va a saber. Soy una tumba. ¿Cuáles son tus condiciones?
—La primera: no le cuentes nada a ella. Pensaría que soy un pervertido. Quiero que seas discreto, que nadie sospeche.
—Tenés mi palabra.
—Hay algo más. Cuando lo hagas, sin condón. Y quiero estar ahí, viendo.
—Lo último va a ser difícil de organizar, pero algo armaremos. Lo vemos en la playa.
—Hoy mismo le digo que acepté la invitación.
Volví a buscar a Bianca entre la gente. Lo que yo no podía imaginar era lo que pasaba por la cabeza de Marcus en ese instante.
Así que el blanquito quiere ser cornudo. Bianca es la chica más sexy que intenté llevarme, y que su propio novio me lo pida me prende todavía más.
Detrás de esa fachada de tipo correcto, Marcus había cambiado el plan después de nuestra charla. Ya no quería solo acostarse con ella: quería quedársela, hacerla su novia. Y pensaba usar todo lo que yo le había dicho a su favor, incluso romper el pacto que acabábamos de sellar. Por supuesto, yo no sabía nada de eso.
Esa noche, ya en casa, le dije a Bianca que había aceptado. Su reacción no me sorprendió: se moría por ir.
—¡Gracias, mi amor! Sos el mejor novio del mundo. ¡Me muero por broncearme, estoy pálida!
—Tranquila. Estuve hablando un montón con Marcus en la fiesta. Me cae muy bien, me alegra que pases tiempo con él.
Apenas nombré a Marcus, su mirada cambió. Le brillaban los ojos cada vez que escuchaba ese nombre.
***
Pasaron un par de días y yo ya no veía la hora de que llegara el lunes. Ese día partíamos a la playa.
Fin de la parte 2. ¿Ustedes qué creen? ¿Marcus se saldrá con la suya? Eso lo descubriremos en el próximo capítulo.





