Cuando me visto de mujer sueño con un hombre real
También yo sueño a veces. No siempre dormida, porque aunque casi nunca se note, tengo mi corazoncito guardado en algún rincón.
Sueño sobre todo cuando me pongo la lencería y la peluca rubia, cuando me planto frente al espejo y me ajusto la liga de las medias con la punta de los dedos. Me sopeso el pecho, giro las caderas para comprobar si el encaje negro del tanga realza lo suficiente las curvas, mido con un poco de preocupación el bulto que marca mi vientre contra el corpiño de cuero falso. Es entonces, mientras me convierto en Bianca, cuando me dejo llevar y empiezo a imaginar a un hombre. No un macho cualquiera. Un hombre de verdad.
Uno que sepa acariciarme con amor y con firmeza a la vez. Que me bese como si ese beso le costara el corazón. Que me haga el amor de esa manera que todas conocemos y casi ninguna recibe: penetrándome con fuerza pero mirándome con dulzura, doblegándome a su voluntad y a su peso y consiguiendo, sin embargo, que en ese instante yo me sienta lo más importante del mundo. Un hombre capaz de pedirme cualquier guarrería sin ruegos, sin violencia, sin la insistencia pesada de quien solo quiere descargar. Que me la haga desear a mí también, con esa seguridad contagiosa de quien sabe lo que hace.
Uno que me tumbe boca arriba y me abra las piernas despacio, sin prisa, y se tome su tiempo en mirarme entera, en pasarme la lengua por los pezones hasta ponerme los pelos de punta, en bajarme el tanga con los dientes mientras me susurra guarradas al oído. Que me chupe entera, sin asco ni prejuicios, que me la mame también a mí, que me lama la polla hasta ponerme dura y luego me suelte y me devore el culo con la boca abierta, empujando la lengua dentro hasta que se me escape un gemido roto. Que se ría bajito al oír cómo me quiebro y siga, con dos dedos ensalivados abriéndome despacio, buscando ese punto que me hace arquear la espalda como si me diera la corriente. Que me prepare a conciencia, sin prisa, hasta dejarme abierta y suplicando que me la meta ya.
Y que entonces sí, cuando yo ya no aguante más, se coloque encima y me la clave hasta el fondo de una sola embestida, con la mano en mi cuello y la mirada clavada en la mía. Que me folle despacio primero, saboreando, y después con rabia, hasta hacer chirriar la cama, tirándome del pelo, dándome vuelta, poniéndome a cuatro patas, azotándome el culo con la palma abierta hasta dejármelo rojo. Que me diga puta, mi puta, sin dejar de llamarme guapa entre embestida y embestida. Que me la meta hasta que me corra sin tocarme, chorreándolo todo, y que él aguante un poco más para vaciarse dentro con un gruñido que me haga temblar.
Sueño con que, después de someterme a sus caprichos, después de marcarme con su olor y con sus azotes, no me eche de la cama ni se escabulla como un gato escaldado. Que se quede. Que me deje apoyar la cabeza en su pecho y escuchar el corazón todavía desbocado por el esfuerzo. Que me abrace y me susurre cosas que me pongan la piel de gallina. Que me rodee con los brazos y me haga sentir protegida de este mundo perro y de todas sus amenazas.
Que me seduzca como a una dama, me folle como a una golfa y luego me cuide como a un tesoro.
Que me quiera tal y como soy. Con mis contradicciones, con los michelines que no logro disimular, con mi ambivalencia y con todos mis secretos a cuestas.
En el sueño hay sábanas limpias y una lámpara de noche encendida. Hay desayuno al día siguiente, café recalentado, una conversación tonta sobre nada. Hay alguien que pregunta cómo dormí y espera de verdad la respuesta. Eso es lo que más me cuesta imaginar, más incluso que sus manos: la mañana después. La parte en la que el deseo se enfría y, sin embargo, alguien decide quedarse igual.
Qué fácil es soñar frente a un espejo.
A veces me doy el capricho de imaginar a un príncipe, del color que sea, que me saque de esta vida de andar de cama en cama, de cuarto oscuro en cuarto oscuro. Siempre metiéndome en líos, siempre arrastrándome a la penumbra para ofrecerme a desconocidos que me usan como un pañuelo, como un recipiente, como una fantasía vergonzante que no terminan de entender pero que no consiguen dejar de probar.
Y suspiro pensando en cómo sería ese caballero de la triste figura. Masculino y tierno a la vez, en paz consigo mismo y conmigo. Capaz de amarme por lo que soy y no a pesar de ello. Imagino una vida entera con él. Ser suya, solo suya, aunque fuese de puertas para dentro. Recibir flores sin motivo, una nota torpe escrita a mano, un regalo de aniversario que no recuerde la fecha exacta pero llegue igual.
Y entregarle, solo a él y solo porque yo lo quisiera, los placeres ocultos con que él apenas se atreve a fantasear. Quién sabe. Un trío con esa amiga descarada que tengo, las dos arrodilladas mamándosela a la vez, turnándonos los huevos y la punta hasta que él nos suelte la corrida en la cara y nos la comamos entre besos, con la lengua sacada, sin dejar caer una gota. Una noche de intercambio con la pareja joven del piso de abajo, viéndolo follarse a ella mientras yo la beso y me tocan a cuatro manos, cambiando de agujero, mezclándonos hasta perder la cuenta. Darle el gusto, si eso lo enciende, de invitar a sus amigos y ponerme a su disposición delante de él, dejar que me abran de piernas por turnos, uno chupándomela mientras otro me embiste desde atrás, otro esperando su turno con la polla dura en la mano, y él en el sillón mirándome, orgulloso, dueño, sabiendo que al terminar seré solo suya otra vez. Lo que fuera, mientras al final de la noche me durmiera segura en el refugio de sus brazos.
Cierro los ojos y casi siento el beso ardiente de sus azotes en las nalgas, el sabor fresco de su boca sin pudor, la mirada llena de deseo y de algo más con la que conseguiría de mí absolutamente todo.
***
Pero entonces miro el reloj.
Se me hace tarde. Me recoloco el pecho dentro del vestido, me ahueco la peluca, me alineo la tira del tanga en la raja del culo. Compruebo con resignación que se me ha empezado a hacer una carrera en la media izquierda y ya no hay tiempo de cambiarla. Bianca tiene una cita, como casi todas las noches, y a Bianca la esperan.
Me dispongo a encontrarme con otro de esos. Uno que me recibe en su casa a oscuras, o que viene a la mía mirando a todos lados como si lo persiguiera la policía, o que me espera dentro de una furgoneta aparcada en las sombras de un solar. Tipos sudorosos que me manosean con una torpeza ansiosa, que me apretujan las tetas postizas por encima del vestido como si fueran a arrancarlas, que me meten la mano por debajo de la falda sin preguntar y me palpan el paquete con una mezcla de morbo y susto. Que me besan con furia, casi mordiéndome más que besándome, empujándome la lengua hasta la garganta, agarrándome del pelo de la peluca como si fuera mío. Que se bajan la bragueta a los dos minutos, se sacan la polla ya dura, me empujan de los hombros hacia abajo y jadean como perros cuando se la trago hasta el fondo, sujetándome la nuca con las dos manos, follándome la boca sin darme respiro, hasta que se me escapan las lágrimas y el rímel me chorrea por las mejillas.
De esos que se lanzan a comerme el sexo con los ojos cerrados, como si manteniéndolos cerrados yo no fuera a notar que su fachada de hetero se les está cayendo a pedazos. Que agarran mi polla con la mano temblorosa y se la meten en la boca sin dejar de fruncir el ceño, chupándomela a tirones, torpes, con dientes, hasta que se relajan y empiezan a mamarla de verdad, hasta el fondo, con la garganta abierta, muertos de ganas de tragarse lo que dicen no querer. Me dan la vuelta, me abren las nalgas con las dos manos y me devoran el culo con un apetito brutal, hundiendo la lengua, ensalivándome entero, como si lamerme con insistencia les devolviera esa hombría que creen haber perdido un minuto antes. Y por fin me lo meten sin miramientos, a lo bruto, de una sola embestida, sin lubricante, sin esperar a que me abra, empujados por un deseo que les quema desde que vieron las fotos de mi trasero en lencería en la aplicación.
Me agarran las caderas con desesperación y me embisten hasta el fondo, con la pelvis chocando contra mis nalgas, produciendo ese ruido húmedo y obsceno de carne contra carne que a ellos los enloquece. Me azotan las nalgas con violencia, dejándome la palma marcada, tirándome de la peluca como si fueran riendas. Disfrazan de insultos sus gemidos de placer: puta, cerda, guarra, tómala toda, y otras cosas peores que se dicen a sí mismos más que a mí, escupidas entre dientes para no oírse temblar. Me embisten con esa brutalidad animal que luego justifican diciendo que no suelen hacer esto, que no saben muy bien cómo comportarse, que tienen prisa por si llega su mujer. Cambian de postura sin avisar, me tumban boca abajo con la cara aplastada contra el colchón, me suben a horcajadas sobre ellos y me obligan a cabalgarlos mientras me pellizcan los pezones, me ponen contra la pared con una pierna en alto y me la clavan de pie hasta hacerme flaquear las rodillas. A los pocos minutos se corren entre espasmos y un gruñido ronco, y me llenan por dentro sin siquiera preguntar, o me la sacan a última hora para regarme la cara, o el pecho, o la boca, apuntando con la mano temblorosa y ordenándome que abra y saque la lengua, porque casi todos llegan con el mismo fetiche aprendido a solas frente a algún vídeo barato, como si fuera un guion secreto que hay que respetar.
Y yo, que soy como soy, a todos les digo que sí.
Les dejo que me marquen, que me dejen embadurnada de sudor y de saliva y de semen, la lencería medio rota, los cachetes enrojecidos, el culo abierto y goteando, el cuerpo dolorido. Hecha un ovillo de carne con el que han acallado, por un rato al menos, esa ansia que los empuja y que los llena por igual de lujuria y de vergüenza.
De esos que muchas veces me dejan a medias porque «no podían aguantar más» y, en cuanto terminan, «se vienen abajo y se les quitan las ganas de todo». De esos que aceptan a regañadientes rozarme la polla con dos dedos sin mirarla mientras yo me la casco sola encima de sus muslos, procurando no salpicarles demasiado, para no quedarme con la miel en los labios.
De esos que, en cuanto se desahogan de sus frustraciones conmigo, me esquivan la mirada. Apartan la cara que un momento antes buscaban con desesperación. Evitan mis besos. Se van, o me piden que me vaya, nerviosos, como si mi cuerpo fuese un espejo en el que pudieran ver verdades sobre sí mismos que su pobre orgullo de hombres muy hombres no sería capaz de soportar.
De esos, sin ir más lejos, como el de anoche.
Me besó hasta dejarme sin aire, mordiéndome los labios, chupándome el cuello hasta dejarme un moretón. Me usó la boca con rabia, sacándose la polla antes siquiera de saludar, hundiéndomela hasta el fondo de la garganta y follándomela contra el marco de la puerta hasta que las arcadas me hicieron llorar. Me arrastró al salón, me subió el vestido sin quitármelo, me arrancó el tanga de un tirón y me empotró contra el respaldo del sofá, de rodillas, con la cara aplastada contra el cuero. Me escupió en el culo, se frotó la polla contra mis nalgas dos veces y me la metió de golpe, sin preparación, mordiéndome la nuca, gruñendo como un animal. Me folló a un ritmo salvaje, agarrado a mis caderas con las dos manos, azotándome las nalgas con la palma abierta entre embestida y embestida, insultándome bajito, y terminó dentro de mí en menos de cinco minutos, vaciándose con un gemido casi doloroso, corriéndose tan adentro que sentí la punta latir contra mis paredes. Después, mientras yo me vestía en silencio con el semen bajándome por la cara interna del muslo, fue incapaz de mirarme a la cara. Me pidió que me fuera de su casa cuando todavía me goteaba su rastro por dentro.
—Ya está —dijo, dándome la espalda, buscando la cartera para pagarme—. Tengo que madrugar.
—Tranquilo —contesté, y me até el abrigo sobre el vestido—. Ya me iba.
No hubo más. Nunca hay más.
***
Con esos, con los que ni loca soñaría, es con los que me toca vivir. Son los que existen en esta realidad concreta, la única que hay, nos guste poco o nada. Y son los que me dan esa pasión urgente y áspera, sucia y avergonzada para ellos, con la que me conformo. En parte porque, a qué negarlo, también a mí me gusta sentirme usada, follada sin contemplaciones, tratada como la puta que en esas noches soy. Y en parte porque entiendo que es, sencillamente, todo lo que tienen para dar.
Y, aun así, no siempre es horrible. Hay noches en que alguno se demora un poco más de la cuenta, en que un beso dura un segundo de más antes de que se acuerde de tener miedo, en que una mano me recorre la espalda con algo parecido a la ternura antes de retirarse de golpe, como quien se da cuenta de que ha dicho demasiado. Vivo de esos segundos robados. Los colecciono. Los estiro durante el viaje de vuelta como quien chupa el último caramelo del bolsillo.
Me lo repito en el taxi de vuelta, con la peluca en el regazo y la cara lavada en el cristal de la ventanilla. Me lo repito mientras me desmaquillo despacio y veo cómo Bianca se va por el desagüe junto al agua tibia, hasta que en el espejo vuelve a aparecer la otra cara, la de cada día, la que nadie azota ni adora.
Y aun así, mañana volveré a abrir el cajón. Volveré a desenredar la peluca, a estirar una media nueva por la pierna, a ajustarme la liga con la punta de los dedos. Volveré a mirarme y a sentir, por un instante, ese cosquilleo de chica que se arregla para alguien que la espera.
Porque a fin de cuentas, queridos, una caricia es una caricia. Y un hombre de verdad sigue siendo, todavía, lo único que de verdad me falta.
Los sueños, ya se sabe, sueños son.
Pero son míos. Y esos no me los quita nadie.





