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Relatos Ardientes

Desnuda en mi cama, sueño con un desconocido

La tarde de domingo entra por la ventana en franjas doradas y se derrama sobre las sábanas revueltas. Estoy tumbada de espaldas, sin nada encima, sintiendo cómo el aire tibio me roza la piel. Hace calor. Hace ese calor pesado y lento que invita a no hacer nada, a quedarse quieta y dejar que la mente vague.

Y mi mente, como siempre, vaga hacia él.

La cama me queda enorme. Demasiado grande para una sola persona, demasiado vacía. Estiro los brazos hacia los lados y solo encuentro tela fría, ese lado que nadie ocupa. Suspiro. Llevo tantos domingos así, sola, deseando un cuerpo que llene este hueco que tengo al lado y este otro que tengo dentro.

No sé su nombre. No sé su cara. Pero lo invento cada tarde, hilo a hilo, hasta que lo siento tan real que casi puedo olerlo.

Lo imagino grande. Un desconocido de manos enormes y hombros anchos, de esos que ocupan todo el marco de una puerta. Me lo imagino entrando en la habitación sin pedir permiso, mirándome desde arriba como se mira algo que ya es tuyo. Yo, pequeña y blanda sobre el colchón; él, duro y firme, dueño de cada centímetro de la escena.

Ven, desconocido. Ven y haz conmigo lo que quieras.

***

En mi fantasía se sienta en el borde de la cama y el colchón se hunde bajo su peso. No dice nada. Solo me mira, y esa mirada ya me hace temblar. Después acerca una de esas manos grandes y me la pasa por el vientre, despacio, como quien comprueba que la mercancía es suya.

—Date la vuelta —me ordena, y su voz es grave y tranquila, sin asomo de duda.

Obedezco. Me giro y me quedo boca abajo, con la cara hundida en la almohada y el corazón golpeándome contra el pecho. Lo siento moverse detrás de mí. Lo siento decidir.

La primera palmada me llega sin aviso. Un chasquido seco, el ardor que se extiende, el cuerpo que se arquea solo. Suelto un gemido contra la almohada y él vuelve a hacerlo, esta vez del otro lado, repartiendo el calor por mis nalgas como si pintara con fuego.

—Quieta —dice.

Y yo me quedo quieta, aunque cada golpe me empuja hacia adelante, aunque me arden las ganas tanto como la piel. Me azota sin prisa y sin piedad, una y otra vez, hasta que noto que tengo el culo rojo, encendido, latiendo. Aprieto los dientes. No quiero que pare. Que arda. Que duela un poco. Ese dolor pequeño es lo que más me gusta, porque es la prueba de que estoy a su merced.

Cuando por fin se detiene, apoya la palma sobre la piel ardida y la deja ahí, posesiva. El frío de su mano contra mi calor me hace estremecer entera.

***

Entonces me levanta. Me agarra de los hombros y me da la vuelta otra vez, y de pronto lo tengo encima, todo su peso aplastándome contra el colchón. Es exactamente lo que quiero. Sentirme cubierta, atrapada, pequeña debajo de algo más grande que yo.

Me rodea con los brazos y me aprieta. Me estruja contra su pecho hasta que apenas puedo respirar, y aun así quiero más. Quiero que me apriete más fuerte, que me deshaga, que me funda con él.

Su mano sube despacio. Me recorre el cuello, lo rodea, y se cierra apenas. No para hacerme daño. Solo lo justo para que yo sienta el límite, para que sepa quién manda. Lo miro desde abajo, rendida del todo, temblando de miedo y de deseo a la vez, sin saber muy bien dónde termina uno y empieza el otro.

Estoy en sus manos. Literalmente. Y nunca me he sentido tan a salvo.

Él lo nota. Nota que cuanto más se adueña de mí, más me entrego, y eso le gusta. Afloja la mano y me acaricia la mejilla con el pulgar, casi con ternura, antes de volver a endurecer la mirada.

—Abre la boca —dice.

***

Y yo abro la boca para él. La abro como si fuera la cosa más natural del mundo, porque en mi fantasía lo es. Mi boca es suya, igual que el resto de mí.

Se incorpora de rodillas sobre el colchón y se coloca encima. Me sujeta la cabeza con las dos manos, los dedos hundidos en mi pelo, y entra despacio. Lo siento deslizarse entre mis labios, grueso y caliente, llenándome entera hasta que ya no me cabe el aire. Me usa sin pedir permiso, marcando el ritmo, empujando hasta el fondo mientras yo lo miro hacia arriba con los ojos húmedos.

Cierro los labios alrededor de él y hago lo único que puedo hacer: dejarme. Dejar que me use para su placer. Cada empujón me arranca un sonido ahogado, y cada sonido parece encenderlo más. Me clava los dedos en el cuero cabelludo. La habitación entera se reduce a esto: él, mi boca, su placer creciendo.

Pero no quiere terminar todavía. Lo siento contenerse, salir, dejarme jadeando con la boca abierta y la barbilla brillante. Me mira un segundo largo, como decidiendo qué hacer conmigo a continuación.

Lo que quieras. Soy tuya. Haz lo que quieras.

***

Y entonces llega el momento. Ese que tanto he esperado en cada una de estas tardes solitarias.

Me agarra de la cintura con las dos manos y tira de mí sin esfuerzo, como si no pesara nada. Me pone de rodillas, el pecho contra el colchón y el culo en pompa, ofrecido. Me siento expuesta del todo, abierta, entregada. Me gusta. Me gusta ese instante en que ya no hay vuelta atrás, en que él decide y yo solo espero.

Se humedece los dedos y me prepara despacio, con una paciencia que no esperaba de alguien tan dominante. Reparte un poco de saliva, presiona, tantea ese lugar mío que ningún hombre ha tocado jamás. Estoy tensa. Estrecha. Asustada de lo que viene y, al mismo tiempo, muerta de ganas de que venga.

—Respira —me dice, y apoya una mano firme en el centro de mi espalda.

Respiro. Suelto el aire despacio. Y entonces empuja.

Entra de una sola embestida, firme y profunda, y un grito se me escapa contra la almohada. Es dolor. Es un ardor que me parte en dos, que me arranca lágrimas de los ojos sin que pueda evitarlo. Pero detrás del dolor hay otra cosa, algo enorme, algo que no sabía nombrar hasta ahora: la sensación de estar siendo poseída de verdad, hasta el último rincón, sin que quede nada de mí que no sea suyo.

Muerdo la almohada. Aguanto. Me clavo los dedos en las sábanas y dejo que me folle, salvaje, sin contemplaciones, mientras el dolor se va volviendo otra cosa, una mezcla espesa de ardor y placer que me sube por la columna.

***

Él me sujeta de las caderas y marca el ritmo, cada vez más hondo, cada vez más rápido. Yo dejé de existir como persona hace rato. Ahora soy otra cosa para él: una muñeca, un cuerpo blando con el que saciar su ardor, un juguete que se dobla y se deja y pide más.

Y me gusta serlo. Me gusta esa entrega total, ese borrarme. Él es el macho, grande y duro y seguro de sí mismo; yo soy lo contrario, suave y rendida y hambrienta, hecha justo para esto. Cada uno como es. Cada uno en su sitio. Y mi sitio, esta tarde de domingo, es debajo de él.

No quiero que pare nunca. Que me use hasta gastarme.

Lo siento crecer dentro de mí, ponerse más duro, más urgente. Sus embestidas pierden el ritmo, se vuelven brutas, descontroladas. Sé lo que viene y lo deseo con todas mis fuerzas. Quiero que se derrame en mí. Quiero quedarme llena de él, marcada por dentro, suya del todo.

Y se corre. Empuja hasta el fondo y se queda ahí, temblando, vaciándose en mí con un gruñido ronco que me hace cerrar los ojos de puro placer. Lo siento llenarme, latir dentro de mí, dejarme su calor como una firma.

***

Después, el peso. Se derrumba sobre mi espalda, sudado, jadeando, y yo me dejo caer del todo contra el colchón con él encima. Estoy deshecha. Dolorida. Y feliz. Más feliz de lo que he estado en muchísimo tiempo.

Nos quedamos así un rato largo, sin movernos, su respiración bajando poco a poco contra mi nuca. Me besa el hombro, casi sin darse cuenta, y ese gesto pequeño me derrite más que todo lo anterior.

Pero entonces abro los ojos de verdad.

Y la habitación está vacía.

Es solo la tarde de domingo, las franjas doradas un poco más largas que antes, la cama enorme y mía y sola. Mi mano sigue donde la dejé. El desconocido se ha ido por donde vino: por la puerta estrecha de mi imaginación, esa que abro cada tarde para no sentirme tan sola.

Suspiro y me estiro entre las sábanas. Me pesa el sueño, ese sopor dulce que viene después. Tengo el cuerpo flojo y la mente todavía caliente, aún a medias entre lo que soñé y lo que querría que fuera real.

Cierro los ojos otra vez. Voy a dormir un rato.

Y mientras me hundo, me hago la misma promesa de siempre, la que me sostiene de un domingo al otro: algún día dejaré de inventarlo. Algún día abriré la puerta de verdad y dejaré entrar a un desconocido de manos grandes, y entonces no tendré que cerrar los ojos para tenerlo.

Algún día esta fantasía será real.

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Comentarios(7)

Carla_Noc

Increible, me llevó de principio a fin sin darme cuenta. Gracias por esto!

MatiasR87

Me recordó a esos domingos en que la mente se va sola jajaja. Muy buen relato.

Nico_MZA

Buenisimo!!

curiosa_porteña

¿Va a tener continuacion? Porque si sigue así me engancho del todo.

RobertoSK

Esa mezcla de soledad y deseo que transmitís... se siente muy real. Bien escrito.

FernandoB_ok

Se hizo corto, queremos mas! Ojalá haya una segunda parte pronto.

Silvina_BA

Los domingos tienen algo especial para esto, la verdad. Me gustó mucho.

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