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Relatos Ardientes

Le cumplí a mi esposa la fantasía de verla con mi amigo

Llevábamos ocho años casados y casi quince conociéndonos, y todavía me sorprendía mirar a Lorena cuando se movía por la casa sin saberse observada. No era solo el cuerpo, aunque el cuerpo ayudaba: la forma en que le temblaban las tetas cuando se reía fuerte, la curva de su espalda cuando se agachaba a recoger algo y se le marcaba el culo redondo bajo la tela. Era esa mezcla de confianza y descaro que solo se gana con los años. Y desde hacía un tiempo, esa imagen venía contaminada por una idea que no me dejaba en paz.

Quería verla follando con otro hombre.

Tardé meses en confesárselo, y cuando por fin lo dije en voz alta, ella me contestó con un «no» tan seco que no volví a tocar el tema durante semanas. Pero yo la conocía. Conocía la pausa que hizo antes de negarse, la manera en que apretó los muslos debajo de la sábana, cómo se le endurecieron los pezones bajo la camiseta. La idea no le daba asco. Le daba miedo gustarle demasiado, mojarse demasiado con solo pensarlo.

Una noche, ya entregada, con dos dedos míos metidos hasta el fondo de su coño empapado y el pulgar dándole vueltas al clítoris, dejó caer el nombre como si se le escapara.

—Si fuera con alguien… tendría que ser Bruno —murmuró, y apretó el coño alrededor de mis dedos al decirlo.

Bruno era amigo mío desde la universidad. Un tipo grande, que vivía medio metido en el gimnasio, con esa seguridad fácil de los que nunca han tenido que pedir permiso para nada. Que ella dijera su nombre me dio celos y se me puso la polla como una piedra al mismo tiempo, una contradicción que no supe resolver y que tampoco quise.

—Entonces que sea Bruno —dije, y la sentí estremecerse y correrse en mis dedos casi al instante, con un gemido largo que le mojó la muñeca entera.

***

Durante casi un año aquello vivió solo en nuestra cama. Era nuestro juego secreto. Cuando follábamos le pedía que cerrara los ojos y se imaginara que era él quien la tenía debajo, que era la verga de Bruno la que la estaba rompiendo, y Lorena se encendía de una forma que nunca había visto. Se mojaba antes de tocarla, me buscaba con una urgencia distinta, me clavaba las uñas en la espalda como si el deseo le pesara en las manos. Me pedía que le hablara sucio, que le describiera cómo Bruno se la iba a coger, y ella se corría con la boca abierta contra mi hombro, mordiéndome para no gritar.

—Dime cómo me la mete —jadeaba, con mi polla dentro—. Dime que me llena entera.

—Te va a partir en dos —le contestaba yo al oído, embistiéndola más fuerte—. Te va a hacer chorrear encima de él.

Terminábamos rápido y sin aliento, riéndonos después de lo que acabábamos de decir en voz alta, con mi semen escurriéndole por los muslos.

—Pero es solo un juego —aclaraba ella siempre, apoyada en mi pecho—. No lo haría de verdad.

—Claro —le contestaba yo. Y los dos sabíamos que mentíamos un poco.

El cambio llegó una madrugada de mayo. Después de venirme dentro de ella, todavía con la respiración entrecortada y sintiendo cómo el semen me goteaba fuera de su coño, le hice la pregunta sin adornos.

—¿Te gustaría de verdad? ¿Con Bruno, aquí, conmigo presente?

Lorena se quedó callada mucho tiempo. La luz de la calle se colaba por la persiana y le dibujaba rayas en la cara. Cuando habló, lo hizo sin dramatismo, casi con alivio.

—Sí —dijo—. Pero contigo en el cuarto. No quiero hacerlo a escondidas. Quiero que lo veas, que estés ahí. Que me veas mamársela, que me veas con su polla dentro. Que sea algo nuestro, no algo mío.

Esa frase, «algo nuestro», fue la que me decidió.

***

Lo difícil era Bruno. No podía soltárselo sin más. Le escribí al día siguiente proponiéndole unas cervezas y me presenté en su casa con un paquete de las que él tomaba. Hablamos de fútbol, del trabajo, de nada, mientras yo buscaba la manera de empujar la conversación hacia donde la necesitaba.

A la tercera cerveza me lancé.

—Oye, una pregunta de hombre a hombre. ¿Te parece guapa Lorena?

Bruno levantó las cejas y dejó la lata sobre la mesa con cuidado, como si de pronto pesara más.

—A tu mujer la respeto, Damián —dijo—. No vayas por ahí.

—No te estoy reclamando nada. Al contrario. —Respiré hondo—. Lorena y yo tenemos una fantasía. Quiere que se la folle otro delante mío. Y pensamos en ti. Y no me digas que nunca le has mirado el culo, porque te he visto comértelo con los ojos cada vez que se agacha.

Se rió, incómodo, y se pasó la mano por la nuca. Le insistí. Le dije que ella era de las que valen la pena, que la idea había nacido de los dos, que no le estaba ofreciendo una traición sino un regalo. Vi cómo se le marcaba el bulto en el pantalón mientras seguía negándose con la boca y aceptando con el cuerpo. La polla se le hinchaba sola bajo la tela, y a mí me daba una mezcla rara de orgullo y morbo saber que era mi mujer la que se la estaba poniendo dura de solo pensarla.

—La respeto demasiado —repitió, ya sin convicción.

—Deja de hacerte el santo. Se muere por que le metas la verga. ¿Le entras o no?

Tardó. Apuró la cerveza, miró el techo, y al final soltó el aire que llevaba aguantando.

—Está bien. Dime cuándo y dónde.

—El viernes es mi cumpleaños —le dije—. Ven a casa. Trátala bien. Cógetela como se merece. Eso es lo único que te pido.

***

Cuando le conté a Lorena que estaba arreglado, se le subieron los colores hasta las orejas.

—No manches —dijo, tapándose la cara con las manos, riéndose como una adolescente—. ¿De verdad dijo que sí?

—De verdad. El viernes te la mete.

Me besó con una fuerza que no le conocía, mordiéndome el labio, metiéndome la lengua hasta la garganta. Esa misma noche me la mamó como no lo hacía en años, arrodillada entre mis piernas, mirándome desde abajo con los ojos brillantes mientras se metía mi polla entera hasta que se atragantaba y le corrían los hilos de saliva por la barbilla. Supe que esa semana iba a ser la más larga de mi vida.

El viernes mandé a los niños a casa de su abuela. Limpiamos la casa entera, no porque hiciera falta, sino porque las manos necesitaban algo que hacer. Lorena se preparó con una calma que me ponía nervioso. Se depiló entera, se dio una ducha larga, se puso un vestido negro y ceñido, una tanga del mismo color que se le marcaba entre las nalgas cuando caminaba, se pintó las uñas de rojo. Se dejó los pechos sin sostén y los pezones se le dibujaban duros bajo la tela.

—Para verme más golfa —dijo mirándose al espejo, y me guiñó un ojo—. Para que se le pare de solo verme entrar.

Le besé los pies antes de ponerle las sandalias, y ella me levantó el vestido un momento para enseñarme que ya estaba mojada, con un brillo espeso bajándole por la cara interna del muslo. Yo me quedé con una camisa sencilla y un pantalón, porque sabía que esa noche no era la mía.

***

Bruno llegó pasadas las ocho, recién duchado, con una camisa que le marcaba el pecho. Saludó a Lorena con dos besos en la mejilla y noté que ella se quedó un segundo de más cerca de él, rozándole el pecho con las tetas. Pedimos unas pizzas, abrimos cervezas, y durante un rato fuimos solo tres amigos conversando en el sofá. Pero el alcohol y la razón por la que estábamos ahí hicieron que la conversación se fuera calentando sola.

—¿Y a ti cómo te gustan las mujeres? —le preguntó Lorena, jugando con el borde de su vaso.

—Que sean seguras —contestó él, mirándola a los ojos—. Que no le tengan miedo a lo que quieren. Que sepan pedir que se las folle bien. Como tú.

Ella se mordió el labio y separó un poco las piernas, dejando que el vestido se le subiera hasta enseñar el arranque del muslo. Yo sentí una punzada en el pecho, esa mezcla rara de celos y excitación que ya conocía, solo que multiplicada por diez. Me levanté con la excusa de ir al baño. Necesitaba un minuto para mí, para entender lo que estaba a punto de pasar bajo mi propio techo.

Cuando volví, ya no hizo falta ningún plan.

Estaban besándose en el sofá. Despacio, profundo, con las manos de Bruno enredadas en el pelo de mi mujer y la otra metida por debajo del vestido, apretándole una teta. Lorena tenía una mano puesta sobre el bulto del pantalón de Bruno, apretándoselo, midiendo lo que había ahí dentro. Me quedé en el umbral, sin saber si entrar o desaparecer, con la polla ya durísima dentro de mi pantalón.

—Perdóname, amor —dijo Lorena al verme, con la voz ronca y los labios hinchados—. Es que me puso muy caliente. La tiene enorme, la estoy tocando. No pude esperar.

—No tienes que pedir perdón —contesté, y la voz me salió más firme de lo que esperaba—. A eso vino. Sácasela.

Ella no lo dudó. Le desabrochó el pantalón ahí mismo y le sacó la verga, y a mí se me secó la boca al verla: gorda, larga, con la punta ya brillando de líquido preseminal. Le pesó en la mano cuando la levantó. Le dio un beso en la punta mirándome a mí, y después se la metió en la boca hasta la mitad de un solo movimiento.

—Joder —gruñó Bruno, echando la cabeza para atrás en el sofá.

Lorena le mamó la polla ahí, en mi sala, con el vestido subido hasta la cintura y la tanga marcándosele en el culo. Chupaba con hambre, se la metía entera hasta la garganta y sacaba la lengua para lamerle los huevos, subiendo por la vena de abajo con la punta de la lengua como si le estuviera enseñando qué sabía hacer. Se le caía la saliva por la barbilla y le goteaba en las tetas. Yo me acerqué, le levanté el pelo para que Bruno pudiera verle bien la cara, y ella aprovechó para mirarme mientras se la seguía tragando, con los ojos llorosos y una sonrisa alrededor del glande.

—Vámonos al cuarto —dijo ella al fin, soltándola con un chasquido—. Quiero que me la meta en la cama.

***

Nos pasamos al dormitorio. Lorena se desvistió frente a los dos sin prisa, disfrutando de que la miráramos. Se bajó el vestido despacio, después se soltó la tanga por los tobillos y se la tiró a Bruno a la cara. Estaba empapada, la tela oscura de tan mojada. Se quedó desnuda en medio del cuarto, tocándose los pezones con los pulgares, invitándonos con el cuerpo entero. Bruno la siguió con los ojos como quien estudia algo que lleva tiempo deseando. La sentó en el borde de la cama, se arrodilló, le abrió las piernas y le hundió la boca en el coño sin previo aviso.

Lorena soltó un grito que se le quebró en la garganta. Bruno se la estaba comiendo como un animal, con la lengua adentro, chupándole los labios, subiendo al clítoris para lamerlo en círculos y volver a bajar. Le agarraba los muslos con las dos manos para mantenérselos abiertos, y ella no podía parar de retorcerse. Le agarró la cabeza y se la apretó contra el coño.

—Más adentro —jadeaba—. Métemela con la lengua, así, así.

Yo me senté en la silla del rincón. Desde ahí lo veía todo: la espalda ancha de mi amigo entre las piernas de mi mujer, el brillo de la saliva y del flujo de ella mezclados en su barbilla, la cara descompuesta de Lorena mordiéndose el puño para no despertar al barrio. Se corrió así, con la boca de Bruno pegada a ella, arqueando la espalda hasta que las tetas le apuntaron al techo, y de ella salió un chorro fino que le empapó la cara a él y las sábanas debajo. Tenía un nudo en la garganta, y no era de tristeza. Era de pura tensión, con la polla dolorida dentro del pantalón.

—No te quedes ahí —me dijo ella entre jadeos, buscándome con la mano—. Quiero que estés cerca. Quiero besarte mientras me folla.

Me acerqué. Me senté en la cama, junto a su cabeza, y ella giró el rostro para besarme. Me metió la lengua con sabor a su propio coño, porque Bruno seguía comiéndosela desde abajo, y yo le acaricié el pelo y le susurré al oído que la amaba, que era la mujer más caliente del mundo, que se dejara ir con él. Le acaricié las tetas, le pellizqué los pezones duros, y ella respondía apretándome la mano cada vez que una oleada la sacudía.

—No pares —le pedía a Bruno—. Por favor, no pares, que me vuelvo a correr.

Cuando Bruno se incorporó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se agarró la polla para colocársela en la entrada. Lorena me miró a los ojos. No apartó la vista ni un segundo mientras él empezaba a metérsela despacio, centímetro a centímetro, abriéndole el coño con esa verga gorda que ella ya conocía de haberla mamado. La vi apretar los dientes, después abrir la boca en una O muda, y por fin soltar un gemido largo, sucio, cuando él le entró hasta el fondo y los huevos le golpearon las nalgas.

—¿Estás bien? —le pregunté, tonto, como si no fuera evidente.

—Estoy increíble —dijo, y se rió y gimió a la vez—. Me llena entero. Me toca hasta el fondo, gordo, no sabes cómo se siente.

***

Verla así fue distinto a todo lo que había imaginado durante ese año. En la fantasía, yo era un espectador frío. En la realidad, estaba metido hasta el cuello: le sostenía la mirada, le secaba el sudor de la frente, le lamía los pezones mientras el otro se la cogía, sentía cada empujón a través del colchón. Bruno se movía con un ritmo paciente, alternando embestidas lentas con otras más hondas que le sacaban gemidos guturales y la hacían clavar los dedos en la sábana. Se le veía la polla brillante de flujo entrando y saliendo del coño de Lorena, y cada vez que salía casi entera para volver a metérsela de golpe, ella soltaba un grito.

—Más fuerte —pedía—. Más fuerte, cógeme como una puta, no me trates bonito.

Bruno le dio la vuelta y la puso a cuatro patas frente a mí. Le agarró las caderas y volvió a metérsela de un empujón seco que le hizo dar un aullido. Empezó a follársela así, con las manos hundidas en las nalgas, abriéndoselas para verse él mismo la polla desapareciendo dentro de ella. Yo tenía la cara de Lorena a un palmo de la mía. Se le sacudían las tetas colgando con cada embestida, y ella tenía la boca abierta, la baba corriéndole por el mentón, los ojos entornados.

—Dame de comer, amor —me dijo, mirando el bulto de mi pantalón—. Sácamela y dame de comer mientras me la mete.

Me la saqué. La tenía tan hinchada que me dolía. Ella se abalanzó y se la tragó de una, apretando los labios alrededor mientras Bruno la seguía cogiendo por atrás con embestidas que la empujaban hacia mí y le hacían meterse mi polla más adentro sola. Se atragantaba, se le llenaban los ojos de lágrimas, pero no soltaba. Cambiaba entre mamármela hasta la garganta y sacarla para lamerme los huevos, todo mientras el otro le rompía el coño desde atrás. Nunca había visto nada tan caliente en mi vida.

—Pónganme como ustedes quieran —dijo Lorena en un momento, perdida del todo, con la boca hinchada de tanto chupar—. Háganme sentir suya. Úsenme entera.

La pusieron de espaldas a él, montada sobre su verga, frente al espejo que teníamos al pie de la cama. Bruno estaba sentado en el borde y ella subía y bajaba encima con los muslos abiertos, dejándose ver todo. Ella se miraba reflejada y aquello la encendía aún más, ver su propio cuerpo abierto, la polla de Bruno entrando y saliendo del coño mojado, su cara descompuesta de placer, las tetas botando arriba y abajo. Me pidió el teléfono.

—Graba —me dijo, cabalgándolo—. Quiero acordarme de esto. Quiero verme puta cuando quiera.

Grabé un poco, las manos temblándome. Grabé cómo se hundía la verga en ella, cómo se le tensaba el vientre en cada bajada, cómo Bruno le apretaba las tetas por detrás y le mordía el cuello. Ella se metía dos dedos en la boca, se los ensalivaba y bajaba la mano para tocarse el clítoris ella misma mientras él le seguía dando desde abajo.

—Ay Dios, ya me vengo otra vez, ya me vengo —empezó a decir, y se corrió con una sacudida larga que se le notó en el temblor de los muslos, apretando el coño alrededor de la polla del otro hasta hacerlo gruñir.

Ella misma me jaló entonces y me pidió que dejara la cámara y participara. Me arrodillé frente a ellos. Le besé la boca, le acaricié los pechos mientras Bruno la sostenía por las caderas y seguía metiéndosela desde abajo. En algún momento mi lengua rozó la línea donde los dos se unían, el pliegue mojado donde su polla entraba en ella, y descubrí que no me hacía sentir menos hombre. Le pasé la lengua por el clítoris mientras él seguía cogiéndosela, le lamí también los huevos a él sin pensarlo, todo era un solo cuerpo caliente. Era solo deseo, y el deseo no entiende de esas cuentas.

—Así —jadeaba ella—. Justo así, los dos. No paren, no paren.

***

Bruno aguantó más de lo que cualquiera habría esperado, pero al final el cuerpo le pudo. La tumbó de espaldas otra vez, le levantó las piernas hasta ponérselas sobre los hombros y la embistió con las últimas ganas que le quedaban, hondo, rápido, hasta hacer chocar la cama contra la pared. Cuando se vino, lo hizo con un gruñido sordo y un temblor que le recorrió la espalda entera, y se quedó clavado hasta el fondo vaciándose dentro de ella. Lorena lo recibió con la cabeza echada hacia atrás y una sonrisa que jamás voy a olvidar, sintiendo cómo el semen la llenaba en chorros calientes.

—Me lleno, me lleno todo por dentro —gimió, apretándole las nalgas con los talones para que no se saliera hasta la última gota.

Cuando él se apartó por fin, se le escurrió un hilo grueso y blanco por el coño abierto y le corrió hacia el ojete. Lorena metió dos dedos, recogió un poco y se lo llevó a la boca mientras me miraba.

—Tu turno —me dijo en cuanto él se apartó, abriendo las piernas de par en par y agarrándose el coño con las dos manos—. Ven a cogerte a tu mujer bien mojada. Métemela encima de la suya.

Entré sin pensar, todavía caliente de haberlos visto, y sentí mi verga resbalar dentro de ella entre el semen del otro. Estaba tibia, hinchada, resbaladiza. Le follé con todo el peso encima, con las manos apretándole las tetas, y a los pocos minutos me bastaron. Me corrí con una intensidad que me dejó sin aire, vaciándome dentro de ella encima de lo que ya había dejado Bruno, mientras Bruno, recuperándose en la silla, nos miraba con una cerveza en la mano, la polla otra vez a media asta y media sonrisa de satisfacción.

Después vino la calma. Nos quedamos los tres tirados en la cama, riéndonos de lo que acabábamos de hacer, pasándonos la última cerveza como tres viejos amigos que comparten un secreto enorme. Lorena estaba en el medio, desnuda, con las piernas abiertas y las dos corridas escurriéndole todavía. Bruno se levantó para vestirse.

—Gracias por la confianza —me dijo, dándome un apretón de manos—. De verdad.

—Gracias a ti por ayudarme con esta locura —contesté.

Era tarde, las dos y media pasadas, y le ofrecí la cama de invitados porque había bebido demasiado para manejar. Aceptó. Lorena y yo nos fuimos a nuestro cuarto.

***

—¿Qué sentiste? —me preguntó ella, acurrucada contra mi pecho.

—Celos al principio —admití—. Y después unas ganas brutales de verte cogiendo. Eres impresionante, ¿lo sabes? Le tragabas la verga como si fuera lo único que quisieras en el mundo.

Me besó, y sentí que todavía le sabía la boca a los dos. Estábamos a punto de dormirnos cuando mi teléfono vibró en la mesilla. Era un mensaje de Bruno, desde la habitación de al lado: «¿Me dejas tenerla un rato más?».

Le enseñé la pantalla a Lorena. No lo pensó dos segundos. Me dio un beso, se quitó el short de la pijama que se acababa de poner y se levantó desnuda de cintura para abajo.

—Quiero más —dijo simplemente—. Se me antojó otra vez, tengo el coño ardiendo. No tardo.

La dejé ir. Me quedé un rato escuchando el silencio de la casa, y después los oí: el crujido de la cama de invitados empezando a moverse, un gemido corto de Lorena, la voz grave de Bruno diciéndole algo al oído. Debatiéndome entre el morbo y unos celos que esta vez sí pesaban un poco, me la agarré por debajo del calzoncillo y me la empecé a menear al ritmo de los sonidos de la otra habitación. Al final pudo el morbo. Fui hasta la otra puerta, que estaba entreabierta, y los encontré enredados en la cama, ella encima montada sobre él, moviendo el culo despacio, con las manos de Bruno agarrándole las tetas desde abajo. No follaban con prisa como antes, se daban placer el uno al otro con una intimidad distinta, más callada, sin público que impresionar. Se besaban con lengua entre embestida y embestida. Ella tenía la frente apoyada en la de él y le susurraba cosas que no alcancé a oír. Esa imagen me removió más que toda la noche junta. Me terminé de correr ahí mismo, apoyado en el marco, y volví a nuestra cama y los dejé solos.

Lorena regresó cuarenta minutos después, despeinada y satisfecha, con el coño otra vez mojado de semen fresco, y se acostó contra mí como si nada hubiera cambiado y todo hubiera cambiado a la vez. Me agarró la mano y se la puso entre las piernas para que sintiera lo que le había dejado el otro.

—Te amo, gordo —me dijo en la oscuridad.

—Y yo a ti.

***

Al día siguiente, mientras desayunábamos los tres con una naturalidad que me sorprendió, entendí que aquella fantasía que tanto me había costado confesar no había roto nada. Al contrario. Nos había dado un secreto que era solo nuestro, un terreno nuevo que explorar sin culpa.

Si tu pareja te confiesa un deseo así, y los dos lo quieren de verdad, no lo entierres por miedo. A veces lo que parece una amenaza resulta ser otra forma de mirarse. Lorena nunca fue tan mía como aquella noche en que, por un rato, también fue de otro.

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Comentarios(7)

Ale_Cba

tremendo relato!!! me dejo sin palabras, de los mejores que lei por aca

GabiFlores22

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas. Como termino todo despues de esa noche?

TorresR81

Me recordo a una charla que tuve con mi pareja hace unos meses... uno nunca sabe para donde puede ir una fantasia de esas. Muy bien escrito

Nati_P

Y como reaccionaste cuando los viste? eso me genera mas curiosidad que el relato mismo jaja

PabloLctr

Lo que mas me gusto es que se nota genuino, nada forzado. El momento en que volviste del baño y los viste... se siente real. De esos relatos que no abundan por aca. Saludos y ojala puedas contarnos como siguio todo.

Marcelino_ok

jajaja la escena del baño es clave, el timing perfecto

Lector_Rk

Morboso en el buen sentido, bien narrado. Esperando el proximo con ansias

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