El regalo de cumpleaños que le pedí a mi esposa
Todo empezó como empiezan estas cosas: con una frase dicha en voz baja, en la cama, cuando uno cree que nada de lo que dice tendrá consecuencias. Daniela y yo llevábamos seis años juntos y habíamos aprendido a contarnos lo que pensábamos sin filtro. Esa noche, mientras le acariciaba la espalda, ella soltó algo que se me quedó clavado durante semanas.
—Oye —dijo, casi riendo—, ese amigo tuyo, el del puesto de tacos… seguro está mejor de lo que aparenta debajo de la ropa.
Me reí. No supe qué otra cosa hacer. Pero en lugar de molestarme, sentí un calor extraño en el estómago, una mezcla de celos y de algo más oscuro que no quería nombrar todavía.
—¿Te gustaría averiguarlo? —le pregunté, medio en broma.
Ella no contestó enseguida. Se giró, me miró a los ojos en la penumbra y se mordió el labio antes de hablar.
—No sé. ¿A ti te gustaría que lo averiguara?
Ahí entendí que aquello no era una broma. Era una puerta que los dos teníamos ganas de abrir.
Nunca me había imaginado compartiéndola. Y de pronto no pensaba en otra cosa.
***
El amigo se llamaba Bruno. Tenía un puesto de tacos a tres calles de nuestra casa, en Saltillo, y nos conocíamos desde hacía un par de años. Era de piel clara, cuidaba mucho lo que comía a pesar del oficio y tenía esa seguridad tranquila de los hombres que saben que gustan sin tener que esforzarse. Daniela lo había visto un puñado de veces, siempre de lejos, siempre con esa mirada que yo fingía no notar.
Durante los días siguientes, el tema se volvió parte de nuestra intimidad. En cada encuentro, ella me pedía que le hablara de él, que le describiera cómo me imaginaba la escena. Y cuanto más lo hacíamos, más claro tenía que aquello no se iba a quedar en palabras.
—Quiero que pase de verdad —me dijo una madrugada, todavía agitada—. Para mi cumpleaños. Quiero que sea mi regalo.
Su cumpleaños era el lunes siguiente. Tenía cuatro días para decidir si era el hombre capaz de cumplir esa fantasía o si me iba a arrepentir el resto de mi vida por no haberme atrevido.
***
Fui al puesto de Bruno un par de días después, ya entrada la tarde, cuando casi no quedaba clientela. Me preparó unos tacos, hablamos de fútbol y de tonterías, y cuando vi el hueco, lo solté de golpe antes de echarme atrás.
—Oye, te voy a preguntar algo y no quiero que pienses mal.
—A ver —dijo, limpiándose las manos en el delantal.
—Conozco a una mujer que quiere acostarse contigo. Sin compromisos, sin líos. Una sola noche.
Bruno se rió, convencido de que le tomaba el pelo. Insistí. Le dije que iba en serio, que ella misma lo había pedido como un regalo de cumpleaños y que solo necesitaba un sí.
—¿Y quién es? —preguntó, ya con otra cara.
—Eso lo descubres esa noche. ¿Le entras o no?
Se quedó pensando unos segundos, mirando la plancha como si ahí estuviera la respuesta.
—Si está buena… claro que le entro —dijo al fin, con media sonrisa.
No tenía ni idea de que la mujer en cuestión dormía cada noche a mi lado.
***
El lunes llegó despacio. Daniela se pasó la tarde nerviosa, yendo y viniendo por la casa. Se metió a la ducha temprano, se depiló con cuidado y, cuando salió, me preguntó qué debía ponerse como si fuera su primera cita.
—Ponte algo que te haga sentir poderosa —le dije—. Eso es lo que importa.
Eligió un vestido negro ajustado, con una abertura al frente que dejaba ver sus piernas cada vez que daba un paso. Se planchó el pelo, se pintó las uñas de los pies de rojo y se puso unos tacones que la hacían caminar distinto, más segura, más consciente de su cuerpo. Cuando se dio la vuelta para que la viera, sentí la boca seca.
—¿Y bien? —preguntó.
—Bruno no va a saber qué le pegó —respondí.
Le escribí un mensaje para confirmar la hora. Quedamos en pasar por él cerca de su puesto a las ocho. Daniela se sentó en los asientos traseros de la camioneta, detrás de los vidrios polarizados, para que él no la reconociera hasta el último momento. Quería ver su cara cuando descubriera la sorpresa.
***
Llegamos al punto acordado y Bruno todavía no estaba. Le mandé un mensaje y respondió que venía en camino. Los minutos se hicieron eternos. Daniela, en el asiento de atrás, jugaba con el dobladillo del vestido y respiraba hondo. Yo la miraba por el retrovisor y me preguntaba en qué momento mi vida había tomado ese giro.
Bruno apareció caminando, recién duchado, con una camisa que no le había visto nunca. Bajé el vidrio.
—¿Y la morra? —preguntó, asomándose.
—Sube atrás —le dije.
Abrió la puerta trasera, se inclinó para entrar y se quedó congelado a medio movimiento. Tardó un par de segundos en reconocerla en la penumbra del coche.
—No manches —murmuró—. Mateo, ¿es en serio?
Daniela se rió, encantada con el efecto que había causado.
—Sube, ven —le dijo ella, dándole espacio.
Bruno me miró buscando una explicación. Yo solo me encogí de hombros.
—Te dije que era un regalo. ¿Le entras o te bajas?
Subió. Cerró la puerta. Y durante todo el camino al motel, Daniela le habló de cualquier cosa menos de lo que íbamos a hacer, como si quisiera bajarle la tensión a fuerza de naturalidad. Funcionó a medias: yo sentía la electricidad llenando la camioneta.
***
El cuarto era sencillo: una cama grande, un sillón en la esquina, luz tenue. Nos sentamos los tres y por un momento nadie supo qué decir. Bruno se destapó una cerveza y se la bebió casi de un trago.
—Tranquilo —le dije, riéndome de su nerviosismo—. Nadie te obliga.
—Es que pensé que era otra mujer, no la tuya —contestó.
Daniela se puso de pie. Se plantó frente a él, con esa seguridad que le habían dado los tacones y el vestido, y lo miró desde arriba.
—¿Te parezco lo bastante guapa, Bruno? —preguntó con la voz baja—. ¿Lo bastante para que te animes?
Él tragó saliva. La recorrió de arriba abajo y asintió despacio.
—Estás increíble —dijo—. Pero esto es muy raro, perro.
—Entonces deja de pensar.
Se levantó del sillón, se quitó la camisa de un tirón y la atrajo hacia él. Se besaron, primero con cuidado y después con ganas, y yo me quedé sentado al borde de la cama, mirando, sintiendo el corazón en la garganta.
***
Daniela le pasó la mano por encima del pantalón y soltó un suspiro al notar el bulto. Le bajó el cierre sin prisa, lo liberó y se quedó mirándolo un segundo antes de arrodillarse en la alfombra.
—¿Y Mateo no se une? —preguntó Bruno, todavía incrédulo.
—Él solo mira —respondió ella, sin dejar de acariciarlo—. Hoy soy toda tuya.
Lo tomó con la boca despacio, marcando cada movimiento, mirándolo a los ojos para ver el efecto que provocaba. Bruno apoyó la cabeza en el respaldo y dejó escapar un gemido ronco. Estuvieron así varios minutos, hasta que él le avisó que no aguantaba más y ella aceleró el ritmo. Bruno se tensó entero, se vino y Daniela no se apartó.
Se limpió con el dorso de la mano y se volvió hacia mí con una sonrisa que nunca le había visto. Estaba disfrutando del control, de saber que yo no podía apartar la vista.
***
No fue suficiente para ninguno de los tres. Daniela se sentó a horcajadas sobre él en el sillón y enseguida notó que volvía a estar listo.
—Llévame a la cama —le dijo al oído.
Bruno la cargó los pocos pasos que los separaban del colchón. Ella abrió las piernas y lo atrajo, y él la fue penetrando con una lentitud que hizo que Daniela arqueara la espalda y hundiera los dedos en las sábanas.
—Así, no te detengas —jadeó ella—. Mateo, mira cómo me coge.
Yo estaba de pie a un costado, incapaz de hacer otra cosa que mirar. Me quité la ropa y me acerqué. Daniela giró la cabeza, me buscó con la boca y me tomó mientras Bruno la embestía desde atrás. Verla así, repartida entre los dos, fue lo más intenso que había sentido en años.
Cambiaron de posición. Ella se puso a cuatro patas y él la sujetó por las caderas. Cada empujón le arrancaba un gemido más alto, y entre uno y otro me decía lo mucho que le gustaba, lo bien que se sentía, lo mojada que estaba. Yo la sostenía de frente, acariciándole el pelo, escuchando cosas que jamás imaginé que le oiría decir.
***
Bruno se detuvo un momento y la hizo girarse para un sesenta y nueve sobre la cama. Daniela se montó encima, lo tomó con la boca y él le devolvió el placer con la lengua hasta que ella se estremeció por completo, temblando, agarrada a sus muslos.
—Ven aquí —le dijo ella después, jalándolo hacia el sillón otra vez—. Quiero terminar así.
Se abrió de piernas en el borde y él la penetró de nuevo, esta vez sin pausas, hasta que los dos llegaron casi al mismo tiempo. Daniela lo abrazó con las piernas y no lo soltó hasta que pasó el último temblor.
Se quedaron tumbados, enredados, besándose como si fueran ellos los novios y yo el invitado. Reconozco que sentí una punzada de celos. Pero también algo nuevo, una excitación distinta, la de haberle dado a la mujer que amo exactamente lo que deseaba.
***
—Vamos a ducharnos, no tardamos —dijo Daniela al cabo de un rato, levantándose.
Los dejé solos. Pasaron varios minutos y, picado por la curiosidad, me asomé al baño. Estaban dentro de la regadera, riéndose, hablando bajito, todavía con las manos encima el uno del otro. Daniela me vio en el reflejo del espejo y, lejos de cortarse, me hizo un gesto para que esperara.
Cuando salieron, envueltos en vapor, ya no quedaba rastro de la tensión del principio.
—Ven —me dijo ella, tomándome de la mano—. Ahora te toca a ti, mi amor.
Me recosté en la cama. Daniela se colocó delante, de espaldas a Bruno, y mientras él la tomaba una última vez, ella se inclinó sobre mí. Verla disfrutar de los dos, sentirla cerca después de todo lo que había pasado, fue suficiente. Terminé entre sus manos, mirándola a los ojos, los dos sin necesidad de decir nada.
***
Salimos del motel pasada la una de la mañana. Dejamos a Bruno cerca de su casa y él se despidió de Daniela con un beso largo en la puerta de la camioneta, sin la incomodidad del principio.
De regreso, ella iba callada en el asiento del copiloto, con la cabeza apoyada en el vidrio y una sonrisa que no se le borraba. Le tomé la mano en cada semáforo.
—¿Lo volverías a hacer? —le pregunté ya cerca de casa.
Se giró, me miró con esos ojos cansados y felices, y no dudó.
—Solo si tú estás ahí para verlo.
Aquella noche entendí que las fantasías que uno se atreve a cumplir no destruyen lo que tienes. A veces, si las compartes con la persona correcta, lo vuelven todavía más tuyo.