El regalo de cumpleaños que le pedí a mi esposa
Todo empezó como empiezan estas cosas: con una frase dicha en voz baja, en la cama, cuando uno cree que nada de lo que dice tendrá consecuencias. Daniela y yo llevábamos seis años juntos y habíamos aprendido a contarnos lo que pensábamos sin filtro. Esa noche, mientras le acariciaba la espalda desnuda, ella soltó algo que se me quedó clavado durante semanas.
—Oye —dijo, casi riendo—, ese amigo tuyo, el del puesto de tacos… seguro tiene una buena verga debajo del pantalón.
Me reí. No supe qué otra cosa hacer. Pero en lugar de molestarme, sentí un calor extraño en el estómago, una mezcla de celos y de algo más oscuro que no quería nombrar todavía. Mi polla empezó a endurecerse contra su cadera sin permiso.
—¿Te gustaría averiguarlo? —le pregunté, medio en broma.
Ella no contestó enseguida. Se giró, me miró a los ojos en la penumbra y se mordió el labio antes de hablar. Bajó la mano y me apretó la polla por encima del bóxer, sintiendo cómo palpitaba.
—No sé. ¿A ti te gustaría que lo averiguara? Porque a ti se te está poniendo dura de pensarlo, cabrón.
Ahí entendí que aquello no era una broma. Era una puerta que los dos teníamos ganas de abrir. Le metí la mano entre las piernas y se la encontré empapada, el coño hinchado, los labios resbalosos de solo hablar del tema. Le hundí dos dedos hasta el fondo y ella soltó un gemido ronco que me hizo entender todo. La follé esa noche pensando en Bruno, y ella se corrió tres veces gritando cosas que jamás le había oído decir.
Nunca me había imaginado compartiéndola. Y de pronto no pensaba en otra cosa.
***
El amigo se llamaba Bruno. Tenía un puesto de tacos a tres calles de nuestra casa, en Saltillo, y nos conocíamos desde hacía un par de años. Era de piel clara, cuidaba mucho lo que comía a pesar del oficio y tenía esa seguridad tranquila de los hombres que saben que gustan sin tener que esforzarse. Daniela lo había visto un puñado de veces, siempre de lejos, siempre con esa mirada que yo fingía no notar.
Durante los días siguientes, el tema se volvió parte de nuestra intimidad. En cada encuentro, ella me pedía que le hablara de él, que le describiera cómo me imaginaba la escena. Me pedía que le dijera al oído cómo iba a chuparle la polla mientras yo la penetraba por detrás, cómo iba a tragarse su leche mientras yo le lamía el culo. Y cuanto más lo hacíamos, más claro tenía que aquello no se iba a quedar en palabras.
—Quiero que pase de verdad —me dijo una madrugada, todavía agitada, con mi semen escurriéndole por los muslos—. Para mi cumpleaños. Quiero que sea mi regalo. Quiero que me folle mientras tú miras.
Su cumpleaños era el lunes siguiente. Tenía cuatro días para decidir si era el hombre capaz de cumplir esa fantasía o si me iba a arrepentir el resto de mi vida por no haberme atrevido.
***
Fui al puesto de Bruno un par de días después, ya entrada la tarde, cuando casi no quedaba clientela. Me preparó unos tacos, hablamos de fútbol y de tonterías, y cuando vi el hueco, lo solté de golpe antes de echarme atrás.
—Oye, te voy a preguntar algo y no quiero que pienses mal.
—A ver —dijo, limpiándose las manos en el delantal.
—Conozco a una mujer que quiere que te la cojas. Sin compromisos, sin líos. Una sola noche. Ella pone el coño, tú pones la verga.
Bruno se rió, convencido de que le tomaba el pelo. Insistí. Le dije que iba en serio, que ella misma lo había pedido como un regalo de cumpleaños y que solo necesitaba un sí.
—¿Y quién es? —preguntó, ya con otra cara.
—Eso lo descubres esa noche. ¿Le entras o no?
Se quedó pensando unos segundos, mirando la plancha como si ahí estuviera la respuesta.
—Si está buena… claro que le entro. Ando con las bolas llenas —dijo al fin, con media sonrisa.
No tenía ni idea de que la mujer en cuestión dormía cada noche a mi lado.
***
El lunes llegó despacio. Daniela se pasó la tarde nerviosa, yendo y viniendo por la casa. Se metió a la ducha temprano, se depiló el coño con cuidado hasta dejárselo completamente liso, y cuando salió, me preguntó qué debía ponerse como si fuera su primera cita.
—Ponte algo que te haga sentir puta —le dije—. Eso es lo que importa.
Eligió un vestido negro ajustado, sin sujetador, con una abertura al frente que dejaba ver sus piernas cada vez que daba un paso. Debajo se puso una tanga diminuta que a los pocos minutos ya tenía una mancha oscura en la entrepierna. Se planchó el pelo, se pintó las uñas de los pies de rojo y se puso unos tacones que la hacían caminar distinto, más segura, más consciente de su cuerpo. Cuando se dio la vuelta para que la viera, sentí la boca seca y la polla dura.
—¿Y bien? —preguntó, girándose para enseñarme el culo.
—Bruno se va a correr solo con verte —respondí, agarrándole una nalga por debajo del vestido.
Le escribí un mensaje para confirmar la hora. Quedamos en pasar por él cerca de su puesto a las ocho. Daniela se sentó en los asientos traseros de la camioneta, detrás de los vidrios polarizados, para que él no la reconociera hasta el último momento. Quería ver su cara cuando descubriera la sorpresa.
***
Llegamos al punto acordado y Bruno todavía no estaba. Le mandé un mensaje y respondió que venía en camino. Los minutos se hicieron eternos. Daniela, en el asiento de atrás, jugaba con el dobladillo del vestido y respiraba hondo. Yo la miraba por el retrovisor y me preguntaba en qué momento mi vida había tomado ese giro.
Bruno apareció caminando, recién duchado, con una camisa que no le había visto nunca. Bajé el vidrio.
—¿Y la morra? —preguntó, asomándose.
—Sube atrás —le dije.
Abrió la puerta trasera, se inclinó para entrar y se quedó congelado a medio movimiento. Tardó un par de segundos en reconocerla en la penumbra del coche.
—No manches —murmuró—. Mateo, ¿es en serio?
Daniela se rió, encantada con el efecto que había causado. Se subió el vestido y le enseñó los muslos desnudos hasta casi la ingle.
—Sube, ven —le dijo ella, dándole espacio—. Mira lo que te regalan hoy.
Bruno me miró buscando una explicación. Yo solo me encogí de hombros.
—Te dije que era un regalo. ¿Le entras o te bajas?
Subió. Cerró la puerta. Y durante todo el camino al motel, Daniela le fue calentando: le tomó la mano y se la puso sobre el muslo, después más arriba, hasta que le dejó los dedos rozándole la tanga empapada. Bruno se acomodó el bulto en el pantalón sin disimular. Yo sentía la electricidad llenando la camioneta y una erección brutal apretándome contra la bragueta.
***
El cuarto era sencillo: una cama grande, un sillón en la esquina, luz tenue. Nos sentamos los tres y por un momento nadie supo qué decir. Bruno se destapó una cerveza y se la bebió casi de un trago.
—Tranquilo —le dije, riéndome de su nerviosismo—. Nadie te obliga.
—Es que pensé que era otra mujer, no la tuya —contestó.
Daniela se puso de pie. Se plantó frente a él, con esa seguridad que le habían dado los tacones y el vestido, y lo miró desde arriba. Se soltó el tirante del hombro y dejó que el vestido le cayera hasta la cintura, mostrándole las tetas al aire, los pezones ya duros y erguidos.
—¿Te parezco lo bastante puta, Bruno? —preguntó con la voz baja—. ¿Lo bastante para que saques esa verga y me la metas?
Él tragó saliva. La recorrió de arriba abajo y asintió despacio.
—Tienes unas tetas de puta madre —dijo—. Pero esto es muy raro, perro.
—Entonces deja de pensar y sácamela.
Se levantó del sillón, se quitó la camisa de un tirón y la atrajo hacia él. La besó agarrándole las tetas con las dos manos, apretándoselas, pellizcándole los pezones hasta que ella gimió dentro de su boca. Yo me quedé sentado al borde de la cama, con la polla dura dentro del pantalón, sintiendo el corazón en la garganta.
***
Daniela le pasó la mano por encima del pantalón y soltó un suspiro ronco al notar el bulto que tenía dentro.
—Está enorme —dijo, mirándome de reojo con una sonrisa sucia—. Mateo, está mucho más grande que la tuya.
Le bajó el cierre sin prisa, le sacó la polla y se quedó mirándola un segundo antes de arrodillarse en la alfombra. Era gruesa, larga, con la cabeza morada y las venas marcadas. Ella la sostuvo con las dos manos y no le cabía entera.
—¿Y Mateo no se une? —preguntó Bruno, todavía incrédulo, con la respiración entrecortada.
—Él solo mira —respondió ella, escupiendo un hilo de saliva sobre el glande y esparciéndolo con la lengua—. Hoy soy toda tuya. Hoy me vas a tratar como a una puta.
Se la metió en la boca despacio, marcando cada centímetro, mirándolo a los ojos para ver el efecto que provocaba. La chupó desde la base hasta la punta, jugando con la lengua sobre el frenillo, haciendo ruidos húmedos que llenaron el cuarto. Después abrió la garganta y se la tragó entera hasta que se le saltaron las lágrimas, con la nariz pegada al vientre de Bruno. Él apoyó la cabeza en el respaldo y le agarró la cabeza con las dos manos, empujándosela.
—Puta madre, qué bien la mamas —jadeó.
Daniela se apartó un segundo, con hilos de saliva colgándole de la boca a la polla, y se rió mirándome.
—Mira cómo se me pone la boca con la verga de tu amigo, mi amor.
Volvió a metérsela. Le lamió los huevos, se los chupó uno por uno, y después subió otra vez y aceleró el ritmo hasta que Bruno le avisó que no aguantaba más. Ella no se apartó. Sintió los tirones, los espasmos, y recibió la corrida entera en la boca con los ojos clavados en los míos. Le tragó casi todo y dejó que un resto le escurriera por el mentón hasta las tetas.
Se limpió con el dorso de la mano, se lamió los dedos y se volvió hacia mí con una sonrisa que nunca le había visto. Estaba disfrutando del control, de saber que yo no podía apartar la vista y que tenía la polla a punto de reventar dentro del pantalón.
***
No fue suficiente para ninguno de los tres. Daniela se levantó, se quitó el vestido del todo y se quedó solo con los tacones y la tanga empapada. Se sentó a horcajadas sobre él en el sillón y enseguida notó que la polla volvía a estar dura contra su coño.
—No jodas, ya la tienes lista otra vez —dijo, restregándose encima—. Llévame a la cama y métemela hasta el fondo.
Bruno le arrancó la tanga de un tirón, la cargó los pocos pasos que los separaban del colchón y la tumbó boca arriba. Le abrió las piernas, se acomodó entre ellas y le pasó la cabeza de la polla por los labios del coño de arriba abajo, empapándose de sus jugos, hasta que ella empezó a suplicar.
—Métemela ya, cabrón, no me hagas rogar.
Él la fue penetrando con una lentitud que hizo que Daniela arqueara la espalda y hundiera los dedos en las sábanas. Se la metió centímetro a centímetro, y cuando llegó al fondo, ella soltó un grito ahogado.
—Ay, hijo de puta, qué grande la tienes.
—Cabe entera —murmuró él, empezando a moverse.
—Así, no te detengas —jadeó ella—. Mateo, mira cómo me coge tu amigo. Mira cómo me abre el coño.
Yo estaba de pie a un costado, incapaz de hacer otra cosa que mirar cómo la verga de Bruno entraba y salía brillante de los flujos de mi mujer. Me quité la ropa, me tomé la polla en la mano y me acerqué. Daniela giró la cabeza, me buscó con la boca y me la tragó mientras Bruno la embestía. Verla así, repartida entre los dos, con la boca llena de mi polla y el coño lleno de la de él, fue lo más intenso que había sentido en años.
Cambiaron de posición. Ella se puso a cuatro patas sobre la cama, con el culo levantado, y él se colocó detrás y la sujetó por las caderas. Le dio una palmada en la nalga que le dejó la marca roja y después se la clavó de un solo golpe. Cada embestida le arrancaba un gemido más alto, y el ruido de los muslos chocando contra el culo llenaba el cuarto. Entre uno y otro empujón me decía las cosas más sucias que le había oído.
—Mira cómo me la clava, mi amor. Mira cómo me chorrea el coño. Es la verga más grande que he tenido dentro.
Yo la sostenía de frente, agarrándola del pelo, metiéndole la polla en la boca hasta el fondo mientras Bruno la reventaba por detrás. Le escupí sobre la lengua y ella tragó sin apartar los ojos de los míos. Bruno le separó las nalgas con los pulgares y le pasó uno por el culo, mojándoselo con los jugos que le escurrían.
—¿Se lo meto también aquí? —preguntó, mirándome a mí como si me pidiera permiso.
—Métemelo —contestó ella antes que yo—. Métemelo todo, cabrón.
Le hundió el pulgar en el culo mientras seguía cogiéndosela por el coño, y Daniela se corrió por primera vez ahí, temblando, apretando la polla mía entre los dientes, empapando las sábanas de un chorro caliente que le bajó por los muslos.
***
Bruno se detuvo un momento, con la polla brillante hasta la base, y la hizo girarse para un sesenta y nueve sobre la cama. Él se tumbó boca arriba y Daniela se montó encima con el coño abierto sobre su cara. Bruno le sacó la lengua, se la clavó entre los labios hinchados, le chupó el clítoris haciendo círculos y le metió dos dedos hasta el fondo. Ella se retorcía encima, con los muslos temblando, y a la vez le tragaba la polla haciendo ruidos guturales.
Yo me arrodillé al costado y le acariciaba las tetas mientras se la mamaba a mi amigo. Le apretaba los pezones, se los pellizcaba, y ella gemía con la boca llena. Bruno la agarró del culo con las dos manos, se lo separó y le clavó la lengua entre las nalgas. Daniela pegó un grito ahogado y se corrió otra vez, restregándose entera contra su boca.
—Ven aquí —le dijo ella después, con la voz ronca, jalándolo hacia el sillón otra vez—. Quiero terminar con tu leche dentro.
Se abrió de piernas en el borde del sillón y él la penetró de nuevo, esta vez sin pausas, con el sonido húmedo de la polla entrando y saliendo llenando el cuarto. Le agarró las tetas, se las mordió, y ella le clavó las uñas en la espalda dejándole marcas rojas.
—Córrete dentro, cabrón, quiero sentirlo.
Bruno soltó un gruñido animal y se vació dentro de ella con tres embestidas brutales. Daniela se corrió al mismo tiempo, gritándole en el oído, abrazándolo con las piernas para que no se le saliera. No lo soltó hasta que pasó el último temblor y sintió el último chorro de semen dentro.
Se quedaron tumbados, enredados, besándose como si fueran ellos los novios y yo el invitado, mientras el semen de Bruno le escurría a Daniela por el coño hasta el sillón. Reconozco que sentí una punzada de celos. Pero también algo nuevo, una excitación distinta, la de haberle dado a la mujer que amo exactamente lo que deseaba.
***
—Vamos a ducharnos, no tardamos —dijo Daniela al cabo de un rato, levantándose con las piernas temblorosas y el semen bajándole por los muslos.
Los dejé solos. Pasaron varios minutos y, picado por la curiosidad, me asomé al baño. Estaban dentro de la regadera, riéndose, hablando bajito, todavía con las manos encima el uno del otro. Bruno tenía la polla otra vez dura y ella se la enjabonaba con cuidado, arrodillada bajo el agua, y de vez en cuando le daba un lametón a la cabeza. Daniela me vio en el reflejo del espejo y, lejos de cortarse, se la volvió a meter en la boca sin quitarme los ojos de encima y me hizo un gesto para que esperara.
Cuando salieron, envueltos en vapor, ya no quedaba rastro de la tensión del principio.
—Ven —me dijo ella, tomándome de la mano—. Ahora te toca a ti, mi amor. Ven a coger a tu mujer bien mojada.
Me recosté en la cama con la polla dura apuntando al techo. Daniela se subió encima y se la clavó de un solo movimiento, montándome con el coño todavía lleno de la corrida de Bruno. Sentí el semen tibio de mi amigo empapándome la verga, escurriendo hasta mis huevos, y casi me corro solo con eso.
—¿Sientes lo lleno que me lo dejó? —me susurró al oído, moviendo las caderas—. ¿Sientes su leche mezclándose contigo?
Bruno se acomodó detrás de ella, le agarró las tetas por atrás y le metió la polla en la boca cuando ella giró la cabeza. Se la mamaba mientras me cabalgaba, moviendo el culo en círculos, jadeando con la boca llena. La agarré de la cintura y empecé a embestirla desde abajo, hundiéndome hasta el fondo, mientras ella se tragaba entera la verga de mi amigo.
Verla disfrutar de los dos, con una polla en cada agujero, sintiéndola apretarme con el coño lleno de otro hombre, fue suficiente. Me corrí dentro de ella con un grito que se me escapó del pecho, mezclando mi semen con el que ya le había dejado Bruno. Casi al mismo tiempo, él se vació otra vez en la boca de Daniela, y ella tragó todo mirándome a los ojos, los dos sin necesidad de decir nada.
***
Salimos del motel pasada la una de la mañana. Dejamos a Bruno cerca de su casa y él se despidió de Daniela con un beso largo en la puerta de la camioneta, con la mano metida por debajo del vestido una última vez, sin la incomodidad del principio.
De regreso, ella iba callada en el asiento del copiloto, con la cabeza apoyada en el vidrio y una sonrisa que no se le borraba. Le tomé la mano en cada semáforo. Todavía tenía la ropa interior en el bolso y sentía, sin necesidad de mirarla, que le seguía escurriendo la mezcla de los dos por los muslos.
—¿Lo volverías a hacer? —le pregunté ya cerca de casa.
Se giró, me miró con esos ojos cansados y felices, y no dudó.
—Solo si tú estás ahí para verlo. Y para cogerme después con su leche todavía dentro.
Aquella noche entendí que las fantasías que uno se atreve a cumplir no destruyen lo que tienes. A veces, si las compartes con la persona correcta, lo vuelven todavía más tuyo.