La sobrina de mi jefe me reconoció en el bar
Aquella tarde de septiembre el centro de Valencia hervía. Yo estaba en la terraza de un bar estrecho, de esos con dos mesas en la acera y un toldo que no daba sombra a nadie, bebiendo un café con hielo que se aguaba a la misma velocidad a la que yo sudaba. Venía del gimnasio, todavía con la camiseta pegada a la espalda y las piernas cargadas después de una sesión larga. Tenía la cabeza en cualquier parte cuando una voz me sacó de mis pensamientos.
—Tú eres Ardiente, ¿verdad?
Levanté la vista. Una chica delgada, de pelo negro cortado muy corto, casi a navaja sobre la nuca, me miraba con una media sonrisa. Tenía la piel morena, los pómulos marcados y unos ojos oscuros que no parpadeaban lo suficiente. Sostenía un caramelo de palo entre los dedos y, mientras esperaba mi respuesta, se lo llevó a la boca sin prisa.
—Depende de quién pregunte —contesté.
—De alguien que ha leído todo lo que escribes en el foro.
Vaya con la desconocida. Ardiente era el alias con el que firmaba mis relatos en una página de historias para adultos, una afición que no compartía con casi nadie. Que una chica me reconociera por la calle, en carne y hueso, era algo que no me había pasado nunca.
—¿Puedo sentarme? —preguntó.
—Como quieras.
Se acomodó en la silla de enfrente y cruzó las piernas con una lentitud calculada. Llevaba una blusa fina de manga corta y una falda vaquera por encima de la rodilla. Siguió chupando el caramelo, y juro que lo hacía mirándome a los ojos, midiendo el efecto que cada movimiento tenía sobre mí.
—Hace semanas que vengo a este bar a la misma hora —dijo—. Sé que sales del gimnasio de la esquina los martes y los jueves. Y hoy por fin me he atrevido.
—¿Atrevido a qué?
—A comprobar si el que escribe esas cosas las hace también.
Me reí, más por nervios que por otra cosa. Había algo en su descaro que me ponía en guardia y, al mismo tiempo, me tiraba hacia ella como un imán.
—Estoy ocupado —mentí, aunque mi cuerpo ya había decidido lo contrario.
Ella no se inmutó. Apoyó un codo en la mesa, acercó la cara a la mía y bajó la voz hasta convertirla en un susurro ronco.
—Tengo calor. Mucho calor. ¿Y si me ayudas a quitármelo?
***
Antes de que respondiera, su pie descalzo subió por mi pantorrilla bajo la mesa. La terraza estaba casi vacía: una pareja de turistas al otro extremo, el camarero dentro, de espaldas, secando vasos. Nadie nos prestaba atención.
—¿Cómo te llamas? —pregunté, porque su cara me sonaba de algún sitio que todavía no sabía ubicar.
—Nadia.
El nombre me encendió una alarma. En el grupo de la empresa de fitness donde yo trabajaba como entrenador personal, mi jefe había compartido fotos familiares hacía poco. Y entre esas fotos había una sobrina de pelo negro y corto.
—Nadia —repetí—. ¿Tu tío es Marcos?
Su sonrisa vaciló un segundo, lo justo para confirmármelo. Luego volvió a cargarse de seguridad.
—Eso no cambia nada —dijo—. O quizá lo cambia todo. ¿No es eso lo que buscas en tus relatos? Lo que no deberías tocar.
Tenía razón, y los dos lo sabíamos. La idea de que fuera precisamente ella, la sobrina del hombre que firmaba mis nóminas, debería haberme frenado en seco. En vez de eso, sentí el tirón inconfundible bajo el pantalón.
—Hay un baño al fondo —dijo, leyéndome el pensamiento—. He entrado antes. Tiene pestillo.
***
Se levantó primero. Yo dejé un billete sobre la mesa sin contar y la seguí, manteniendo la distancia, como si no fuéramos juntos. El pasillo del fondo olía a lejía y a café molido. Empujé la puerta del baño, ella entró detrás y el pestillo sonó con un clic seco que nos dejó solos.
No hubo preámbulos. Me besó de golpe, mordiéndome el labio, y sus manos se colaron bajo mi camiseta para recorrerme el abdomen. Yo la levanté por la cintura y la senté sobre el lavabo, separándole las rodillas con un gesto. La falda se le subió sola.
—Llevo semanas imaginando esto —jadeó contra mi cuello.
Le aparté la ropa interior con dos dedos y la encontré completamente mojada. Ella echó la cabeza hacia atrás y se mordió el dorso de la mano para no hacer ruido. La acaricié despacio al principio, buscando el ritmo que le cortaba la respiración, y cuando lo encontré aceleré hasta que sus caderas empezaron a moverse solas contra mi mano.
—Date la vuelta —le pedí.
Lo hizo sin protestar. Apoyó las palmas en el espejo, arqueó la espalda y me miró a través del reflejo mientras yo me desabrochaba el pantalón. Entré despacio, conteniéndome, y la oí soltar un gemido largo que ahogó apretando los labios. El espejo nos devolvía la imagen de los dos: ella inclinada, yo detrás, sus pechos rebotando con cada empuje.
—Más fuerte —susurró al reflejo—. Nadie nos va a oír.
Le hice caso. La sujeté por las caderas y empujé con ganas, sintiendo cómo se cerraba sobre mí cada vez que tomaba aire. Pasé una mano por delante y le froté el clítoris en círculos rápidos, y eso bastó. La sentí temblar de arriba abajo, mordiéndose el antebrazo, conteniendo un grito que se le escapó solo a medias.
Antes de que terminara me arrodillé. Quería probarla. Hundí la lengua entre sus piernas y la lamí con avidez mientras ella me tiraba del pelo y me empujaba contra sí. Se corrió así, contra mi boca, con los muslos cerrándose alrededor de mi cabeza y un quejido que retumbó en las baldosas.
La levanté de nuevo, la apoyé contra la pared y sus piernas se enredaron en mi cintura. Esta vez fui despacio, mirándola a los ojos, hasta que el calor me venció y me corrí dentro con un gruñido que ella silenció con un beso.
***
Salimos del baño por separado, con un minuto de diferencia. Volvimos a la terraza y terminamos las bebidas como si nada, ella con el pelo revuelto y las mejillas encendidas, yo intentando recuperar el aire. Bajo la mesa, su pie volvió a rozarme la entrepierna, prometiendo que aquello no había sido más que el principio.
—Mañana —dijo, levantándose—. En tu casa. Y esta vez sin pestillos que nos corten.
No me preguntó la dirección. Ya la sabía.
***
Vivía en un piso pequeño del Cabanyal, a dos calles de la playa. Nadia llegó al día siguiente con un vestido corto y ceñido que le marcaba la figura, y no la dejé pasar del recibidor sin besarla. Le bajé los tirantes con los dientes mientras ella se reía contra mi boca, y la fui empujando hacia el sofá hasta que cayó de espaldas, riéndose todavía.
—Quiero que empieces por abajo —dijo, separando las piernas.
Me arrodillé entre ellas, le quité la ropa interior y empecé despacio, saboreándola, rodeando el clítoris con la punta de la lengua sin tocarlo del todo, hasta que me clavó los talones en la espalda exigiendo más. Entonces aceleré, metí dos dedos y chupé con fuerza, y ella se arqueó sobre el sofá con los pechos subiendo y bajando al ritmo de su respiración rota.
—Así, no pares —pidió, con las manos enredadas en mi pelo—. Voy a correrme.
Lo hizo, con los muslos temblando a ambos lados de mi cara. Y antes de que pudiera recuperarse, se dio la vuelta y se puso a cuatro patas sobre los cojines, ofreciéndome la espalda y una mirada por encima del hombro que no admitía dudas.
La penetré sujetándola por las caderas, y cada empuje le arrancaba un gemido que ya no se molestaba en disimular. En aquella casa no había vecinos pegados ni espejos de bar; solo nosotros y la luz naranja que entraba por la ventana. Aguanté todo lo que pude, escuchándola, hasta que la sentí cerrarse a mi alrededor por segunda vez y me dejé ir con ella.
***
Lo que empezó en una terraza se convirtió en costumbre. Nos veíamos sin plan ni etiquetas, solo por el gusto de buscarnos. Una tarde, en su coche aparcado en un garaje a oscuras, se inclinó sobre mi regazo y me la chupó con una lentitud que me hizo clavar los dedos en el asiento. Otra noche fue en el gimnasio, después de cerrar, con las luces de emergencia encendidas y su espalda contra una de las máquinas, los dos riéndonos del riesgo entre jadeos.
El morbo de lo prohibido lo volvía todo más intenso. Que fuera la sobrina de mi jefe, que pudiéramos cruzarnos con él cualquier día, que nadie supiera nada: cada encuentro tenía ese filo que yo solo había sabido escribir, nunca vivir.
—¿Lo vas a contar en el foro? —me preguntó una vez, tumbada sobre mi pecho.
—Nadie me creería.
—Mejor —dijo, y me besó—. Que se queden con la fantasía. Lo real es nuestro.
***
Marcos terminó enterándose meses después, por un mensaje que Nadia mandó al chat equivocado. Me preparé para el despido, para la bronca, para lo que fuera. En cambio, me llamó a su despacho, cerró la puerta y se quedó mirándome un buen rato antes de soltar una risa cansada.
—Sois adultos —dijo al fin—. Mientras no me lo restreguéis por la cara y el trabajo siga saliendo, no quiero saber nada.
Salí de allí sin acabar de creérmelo. Esa misma noche se lo conté a Nadia, y ella se encogió de hombros como si siempre lo hubiera sabido.
—Te lo dije —murmuró, deslizando una mano bajo mi camiseta—. Lo prohibido casi nunca da tanto miedo como lo imaginas. Da otra cosa.
Y volvió a demostrármelo, despacio, hasta que dejé de pensar en nóminas, en foros y en cualquier historia que pudiera escribir. Aquella era mejor, y era mía.