La cena de inauguración que planeé bajo la mesa
Adrián estrenaba piso y había montado una cena con sus amigos de siempre. Le hacía ilusión que yo estuviera, y a mí me venía perfecto: era la excusa que necesitaba para escaparme un fin de semana entero con él. Llevábamos semanas hablando solo por mensajes, y los mensajes ya se me habían quedado cortos.
El día anterior había ido a verle. Le di lo que después, entre risas, definió como «la mejor mamada de su vida». Esa noche me quedé pensando, fantaseando con varias cosas, y antes de dormirme decidí que en la cena haría algo que fuera del agrado de todos. No de algunos. De todos.
Adrián se había puesto un traje sencillo para aparentar formalidad. Le quedaba demasiado bien para mi tranquilidad.
Los chicos fueron llegando de a poco y él les enseñó cada rincón del piso. En general estaba bien, aunque la cocina era lo mejor de todo: amplia, con una encimera oscura que ocupaba media pared. Me quedé mirándola más de lo que debía. Tomamos un vino, nos sentamos y empezamos a cenar.
—Voy un momento al baño, id empezando —dije, y me levanté antes de que nadie respondiera.
Me desnudé en el dormitorio y me quedé solo con el tanga negro. Entré al baño y, frente al espejo, me coloqué unas pezoneras de tachuelas metálicas que había traído con la idea de estrenarlas con Adrián en la intimidad. Pero me iban a dar mucho más juego de lo previsto. Volví a calzarme los tacones y aproveché para retocar el maquillaje, aunque sabía que poco me iba a durar en su sitio si pasaba lo que mi cabeza ya tenía planeado.
Y va a pasar. De eso no tengo ninguna duda.
Siempre he sido muy segura de mí misma. Me recogí el pelo en una coleta, sonreí al espejo al ver lo bien que me sentaba todo, y regresé a la cocina como si nada.
Adrián y otro de los chicos fueron los primeros en mirar hacia la puerta. El resto estaba de espaldas, pero les bastó ver la cara de los dos primeros para girarse casi a la vez. Las reacciones me importaban poco; ya contaba con ellas. Lo único que de verdad buscaba era la aprobación de mi amo. Por su expresión, diría que la idea no le parecía mala, aunque estaba segura de que no tenía ni idea de hasta dónde pensaba llegar.
—Os dije que podíais ir empezando —insinué en tono sugerente, acercándome a la mesa—. Si os parece, os las puedo limpiar…
—¿Dices las manos? —preguntó el que tenía más cerca. Se las miró un segundo y enseguida volvió los ojos a mi cuerpo.
Mi boca se torció en una sonrisa ante tanta inocencia. Miré a Adrián y vi cómo su semblante cambiaba a algo que no sabría describir con exactitud. Algo entre la incredulidad y el hambre. Aunque la que iba a comer de más esa noche era yo.
Por cómo me devoraban con la mirada, no entraba en mis planes que ninguno rechazara que les limpiara la polla con la boca. Pero preferí empezar por una demostración con mi amo. Me arrodillé y me metí bajo la mesa, accediendo por el sitio donde se suponía que tenía que sentarme, donde me esperaba un plato seguramente ya frío. Iba a por cinco más calientes.
Solo se escuchaban mis tacones primero, la silla apartándose después, y la cremallera del pantalón de Adrián, que ya me esperaba con las piernas bien abiertas para recibirme. Su polla, ladeada, luchaba contra la fina tela del traje. Recorrí la silueta con los dedos y golpeé la punta con suavidad antes de meter la mano dentro para liberarla. Estaba mojado, y hacía menos de un minuto que yo había decidido revolucionar la cena. Él tenía la misma información que sus amigos: ninguna.
Observé de reojo. El resto se había inclinado para mirar bajo la mesa.
—Creo que tiene más gracia si seguís cenando… —sugerí.
De hecho, Adrián era el único que no miraba. Con sentir mi mano y el calor de mi aliento frente a su glande, le bastaba para hacerse una idea de lo que venía.
Los chicos obedecieron y por un momento solo se oyó el sonido de los cubiertos chocando contra los platos. Poco después, tras unos besos pequeños y unos lametones cada vez más intensos de la base a la punta, sumé el ruido de la polla de Adrián entrando en mi garganta. O más bien de mi garganta cerrándose sobre ella. La aguanté bien adentro y su pierna empezó a temblar sin control, para mi completa satisfacción. No pude evitar morder con suavidad ese tronco que me ocupaba la boca entera, y después lo fui liberando poco a poco, bien mojado. Lo despedí con un buen salivazo. Eso sí que le habría gustado verlo: cómo el rojo de mis labios se traspasaba a su piel.
Para mi sorpresa, al girarme hacia los otros chicos comprobé con agrado que todos habían sacado ya sus pollas del pantalón. Duras y preparadas para mí.
Fui una por una. Siempre del mismo modo. Un recorrido suave con los dedos que provocaba un respingo de sorpresa, una lamida larga desde la base hasta la punta, y una chupada intensa en el glande con su beso final, esta vez sin salivazo de despedida. Tenía saliva de sobra para bañarlas todas y más, pero esa solo la quería usar con mi amo. No iba a ser tan complaciente con el resto como con él. A Adrián quería darle siempre más. Se lo merecía, aunque fuera solo por dejarme disfrutar de experiencias como esta.
Salí de debajo de la mesa por el mismo sitio por el que había entrado minutos atrás y comprobé cómo los cinco me miraban como animales en ayunas. Estaba claro que la jugada había servido para encenderlos a todos.
***
Adrián se levantó y me llevó hasta la gran encimera, junto a la mesa. Era de tacto suave y frío, y contrastaba con el calor que desprendíamos todos en esa cocina que ya olía a otra cosa.
Me recosté sobre ella con el culo justo al borde. Adrián amagaba con clavarme la polla, cosa que yo deseaba más que nada en el mundo, mientras con la mano libre me levantaba una pierna y la apoyaba contra su pecho.
El resto se había levantado y miraba desde ambos costados de la encimera, masturbándose despacio mientras contemplaban mi cuerpo. No tardaron en usar la mano que les quedaba libre para recorrerme como les venía en gana.
Estaba exactamente en la situación que había buscado. A punto de ser tomada por mi amo, con sus invitados disfrutando de mí a su antojo. Sin censurar nada. Una mano en mi cuello; los dedos del de enfrente jugando con mis labios; los otros dos repartiéndose mis pechos, uno curioseando con una de las pezoneras —primero con los dedos, luego con la punta de su polla—, el otro apretando hasta hacerme gemir. Me encantaba recibir. Me encantaba ser el centro de todo aquello.
—Vamos, amo. La necesito dentro ya… —le imploré a Adrián, que aún la restregaba contra mi sexo y seguía jugando a amagar con metérmela. Cada amago me mojaba más. Y ya estaba suficientemente mojada.
Adrián hizo caso a mi súplica y dejó que su polla entrara como cuchillo en mantequilla. Hasta el fondo, para mi completa satisfacción. No pude evitar gemir sonoramente, para deleite de todos los presentes. El resto seguía a lo suyo con mi cuerpo. Una pezonera ya se había caído al suelo y mis pechos se habían convertido en la atracción favorita de esos descarados. Sus dedos se quedaban marcados en rojo sobre mi piel blanca.
Habían dejado las pollas apoyadas en la encimera para tener las dos manos libres, así que aproveché para agarrarlas de a pares mientras Adrián me embestía. Primero firme pero despacio, sacándola casi entera y dejándome apenas el glande dentro, hambrienta durante ese segundo, para volver a llenarme con una nueva acometida. La misma firmeza, pero con un ritmo cada vez mayor.
Notaba esa electricidad que anticipaba lo inevitable. Estaba tan estimulada que no me hizo falta llevarme los dedos al clítoris para estallar en un orgasmo tremendo. Y Adrián no cesaba ni por un instante, con esas entradas y salidas tan perfectas. Su polla encajaba tan bien en mí que solo con ese balanceo glorioso me corría en menos de dos minutos.
Los demás tampoco me daban tregua. Al contrario, retomaron el ritmo mirando cómo me retorcía, y dos de ellos, prácticamente uno detrás del otro, no pudieron contenerse y descargaron sin control ni recato sobre mi vientre, sobre mis pechos y sobre la encimera de Adrián, que ninguna culpa tenía de lo descarada que era la chica tendida encima. Mis quejidos se mezclaban con los suyos, y eso calentaba todavía más el ambiente.
La polla de Adrián seguía entrando y saliendo de mí con total facilidad. Sus manos sujetaban la cara interna de mis muslos, rodeados por sus antebrazos, haciendo que cada embestida fuera medida y controlada, aunque por su forma de mirarme y de empujar diera la impresión de estar completamente fuera de sí.
Tenía la frente perlada de sudor por el esfuerzo y esa mirada de quien sabe que te está partiendo por la mitad y disfruta sabiéndolo. Su boca entreabierta por la excitación. Querría comerme esos labios, pasarles la lengua una y otra vez, morderlos con fuerza, hacerle de todo.
Mis manos, algo cansadas, seguían masturbando sin piedad a los dos que quedaban. Estaban duros como piedras y me apetecían de nuevo en la boca. Me incliné hacia uno y, después de chuparlo con ganas, me pasé al otro. Lo mismo, salvo que este último parecía estar al límite.
—Uff, si sigues así me voy a correr… —avisó.
Y así seguí, claro. Pocos segundos después de su aviso sentí cómo su leche me llenaba la boca, mientras la del otro se descontrolaba en mi mano y un buen chorro iba a parar a mis pechos ya bañados, seguido de otros más pequeños sobre la encimera. Escupí lo que no me había tragado contra la polla aún dura del primero y, sin más, me olvidé de ellos.
Adrián había llegado a ese punto en que sabía que se iba a correr. Llegaban las mejores embestidas. Pocas, pero con la fuerza y el ritmo justos para hacerme estallar de nuevo, esta vez junto a él. Lo grité como no había gritado un orgasmo en mi vida, con las manos de los chicos todavía recorriendo las pocas partes de mi cuerpo que seguían limpias.
Cada caricia era una tortura placentera dentro de esa vorágine de sensaciones que es un orgasmo. Era como sentir las réplicas continuas después de un terremoto enorme. Y la polla de Adrián llenándome justo en el momento de correrme: una sensación que no sé describir.
Sus quejidos, saber que claudicaba, me daban un punto extra de placer, y yo contraía la vagina para exprimirle hasta la última gota.
***
Todavía nos quedaba la ducha. Esta vez los dos solos, con más besos y más caricias, sin ninguna prisa, porque los chicos se habían marchado quedando en hacer la cena de inauguración en otra ocasión.
A todos les había quitado el hambre.